A LA CANCHA, CON EL NENE


Verborrágico, Lucio solo corta sus relatos para tomar de su infaltable cerveza o para pitar un cigarrillo. Simpatizante, hincha de Boca; sus años de mayor seguimiento quedaron atrás: casado y con dos hijos, el mayor el único hombre, perdió el fanatismo que tenía en sus años jóvenes. “Un poco loco estaba”, reconoce con gracia el hombre que intenta enseñarle a su heredero cómo seguir al Xeneize.

–Antes de casarte, eras más ferviente con Boca. ¿Ibas mucho a la cancha?
-Sí, iba a todos lados, estaba todo el día en el club. Lo pienso ahora y lo veo excesivo. Igual la pasaba como quería, le dedicaba muchísimo tiempo. Desde que tuve hijos frené un poco: hay responsabilidades, elegí estar más tiempo con mi familia.

–A tu hijo lo llevás desde chico a la cancha. ¿Actuaste alguna vez con él como en tus épocas de soltero?
-Lo lleve a los seis años a un clásico. Entramos con la barra porque habíamos llegado tarde. Odio perderme algún minuto del partido, imagínate quedarme en la puerta. La única que quedaba para entrar era rodar por el piso por abajo de los vallados de la policía. Nos rodeaban cuatro o cinco muñecotes, creo que eran de La 12. En la mitad, Franco, mientras rodaba hasta llegar al molinete, me frena y me pregunta: “¿Pa, te puedo hacer una pregunta? ¿Nos estamos colando?”. Me agarró de sorpresa, lo mejor que me salió fue: “En realidad no, es una manera más graciosa de entrar a la cancha”. Era chiquito, no sé si compró o no. Terminamos entrando.

–¿Qué partido era?
-Era un Boca – San Lorenzo

–¿Qué te pasó ese día en la tribuna?
-Entramos y veíamos el partido. A los cinco minutos de empezar, apretados como sardinas, una mina que se empezó descomponer; estaba al lado la mamá y el padre. Ella estaba al lado mío, le faltaba el aire porque, la verdad, ni se podía respirar de la cantidad de gente que había. Estábamos contra un paraavalanchas, y la mina se sentó: no corría una gota de aire por todos los trapos, la gente, los paraguas, los bombos, la fumata… una cosa impresionante. La mina se empezó a desesperar; tenía pánico, quería salir y no había cómo. Yo tenía dos flacos que me separaban de un tercero y ese tercero estaba cerca de la salida. El flaco estaba totalmente de la gorra, cantaba “eee dale bo dale bo”. Le grité: “¡Flaco!, correte porque hay una mina que se está descomponiendo y se va a morir acá”. No me respondió, y entonces le digo al de al lado mío que me “bancase un toque en el hombro”. No me entendió. Le expliqué que quería agachara un poquito el hombro, cuando lo hizo me apoyé en él para saltar y pegarle un roscazo al energúmeno ese; que seguía cantando, falopeado hasta la manija. El chabón se cayó al piso, y le mostré a la mina que había un lugar para salir. Terminada la situación, Franco, que estaba mirando todo, me preguntó porque le había pegado. Le intenté explicar que no me escuchaba, que había una mujer que quería salir… esta vez no fue tan fácil. Me reclamó: “¡Pero le pegaste una piña, Pa!” Insistí con que no me escuchaba, a lo que él concluyó: “Que suerte que te hago caso con el colegio”. Pobrecito… Cuando le conté a mi mujer todo, con el nene al lado, se enojó más de lo que esperaba. Realmente creí que me separaba. Capaz era mejor que ni se entere, je.

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