ANTONIO CAMINA LENTO


El salón aún huele a noche. Dos latas de paté viejas rebalsan de cenizas sobre las mesas plásticas redondas. Sus bordes quemados por los cigarrillos, dejaron de ser blancos hace tiempo. Los jugadores de cartas ya no están desde la madrugada. Un ventiluz en lo alto recorta un cuadrado de cielo despejado y derrama, como una mancha en el piso, la única luz de sol que hay adentro. A paso lento, él atraviesa el espacio y llega a la puerta. Al pasar por el costado del pool arrastra su mano por el paño como quien acaricia un terciopelo. Tiene los ojos hinchados. Se acostó a las 4. Con una fuerza impredecible, bracea la cadena y levanta la cortina del local hasta la mitad. La luz inunda todo como desesperada. Ahora puede verse de más latas de paté sobre las mesas redondas, colillas de cigarrillos en el piso y una heladera mostrador, con el vidrio roto, en el fondo.

Por Jerónimo Galarza

Antonio nació en Campobasso, Italia, en 1943. Recién seis años después conoció a su padre Santiago. Una mañana de 1948 en Roccamandolfi, el pueblo sureño de mil habitantes, ubicado como una maqueta sobre la ladera de una montaña a cuatro horas de Roma, vio llegar a un hombre contaminado de piojos, con ropa sucia y rota. Lo miró sin saber que era su padre. Jamás lo había visto hasta ese entonces. Su madre corrió a la puerta y se perdió en un abrazo con el desconocido. Los dos rompieron en un llanto que duró varios minutos. Antonio miraba la escena sin entender. Seis años antes, Santiago y María se habían despedido. Aquel día, él la besó, la miró a los ojos, acarició con su mano un embarazo de seis meses y partió. No hubo cartas. Nunca más tuvieron noticias de él hasta ese día. Para ese entonces Estados Unidos ya había lanzado sus bombas sobre Hiroshima, la idea de un Tercer Reich había fracasado y la Segunda Guerra Mundial había terminado.

“En el pueblito era todo en bajada y en subida, ni en bicicleta podías andar. Mi abuelo tenía como 60 hectáreas en el campo. Ahí hacía vinos, legumbres, castañas, nueces y vendía todo. Yo, para ir al colegio, caminaba como 10 kilómetros. Cuando nos vinimos para acá estaba en cuarto grado”, cuenta Antonio mientras golpea las uñas contra la mesa como si eso lo ayudará a recordar.

La casa de Grand Bourg aún conserva detalles de María y Santiago. Una jaula de pájaros, oxidada, colgada sobre un bombeador en un patio de cerámicas viejas. Al costado, un limonero cargado de puntos amarillos que vician el aire de un perfume cítrico. Una puerta de alambre, también oxidada, divide en dos partes el terreno que a un costado tiene el chalet. Un camino de cerámicas bordea la casa hasta llegar al frente y conecta las dos puertas: la de alambre y la de calle. Cada una tiene un candado. Una rosa blanca y un jazmín, como un oasis en un mar de pasto crecido, completan el frente de la casa antigua.

“Llegué acá el 14 de febrero del 54. Boca Campeón”, dice Antonio. Está sentado en la cocina de la casa donde vive solo desde que fallecieron sus padres. Tres habitaciones y un comedor amplio completan el chalet que respeta la estructura de otros iguales en la misma cuadra. Fueron construidos mediante el Plan de Viviendas Eva Perón. Apoya la pava en la mesa cada vez que ceba el mate con un excesivo ácido de limón y Chucker. Es otoño y la puerta mosquitero que da al patio deja pasar el aire, el sol mañanero, el aroma a limón y el canto de los pájaros.

“Los alemanes les ponían un piquete atrás para que avancen. Lo mandaban por la guerra viste. Estuvo seis años. Una vez me contó que lo llevaron a Africa. Nosotros no sabíamos si estaba vivo. La pasamos horrible durante esos años. Cuando se corría la bola que venían los ingleses corríamos a la montaña y dejábamos todo. Decían que los ingleses se comían a los chicos, pero pasaban y se comían todo de las casas”, rememora Antonio. “En Roccamandolfi no nos faltaba nada, pero en un momento papá decidió venirse”, continúa con nostalgia.

Cuando Santiago se fue, Antonio había cumplido seis meses en el vientre de María que ya tenía a Rafael y Marcela de 4 y 8 años. Una esquirla perforó los dos pulmones de su padre durante esos años que estuvo en la guerra pero nunca fue enviado a su casa hasta que todo terminó en 1948. Un hermano del recién llegado, que por ese entonces vivía en Caseros, Argentina, fue quien le dijo que emigre al país donde reinaba el trabajo.

Santiago escuchó a su hermano y en 1950 decidió venir a Argentina con sus dos hijos más grandes. Antonio y su madre se quedaron tres años más en Roccamandolfi y recién en 1953 viajaron. La familia volvió a estar entera en Caseros, cuando comenzaba 1954.

“Estuvimos cuatro años en Caseros. Alquilábamos. En esa casa había uno que era hincha de San Lorenzo y me llevaba a la cancha. Después mi hermana se puso de novia con un socio de Boca que me llevaba a la Bombonera. Ahí me hice hincha de Boca”, dice Antonio mientras ceba el mate que todavía navega en el sabor infinito del Chuker y el limón.

“Yo iba al colegio en Caseros y después trabajaba en un taller que estaba al lado de mi casa. Tenía 12 años. Mi hermano también laburaba en una carpintería, pero él era vago como la puta madre”, se acuerda y se ríe. “Mi hermana empezó a trabajar después en una fábrica”, sigue.

El sol que penetra por la puerta mosquitero y el de la ventana le dan en la espalda. Antonio se levanta a poner la pava en el fuego. Su hombro da justo contra un frasco de la alacena que cuelga a su costado lleno de pasas de uva. “Las uso para hacer empanadas, ¿te gusta la empanada con pasas de uva?”, pregunta y completa: “Un día te voy a hacer”.

El local de 20 metros de largo por 8 de ancho que linda con el chalet aún conserva las puertas del antiguo almacén. Los dos terrenos se conectan por el fondo a través de un camino de cemento. Dos paltas tocan el cielo en otro mar de pasto crecido y completan el fondo de la parcela donde está el local.

Antonio camina lento, solo, siempre despacio, de la casa al local.

El fin de 1999 cambiaría el destino del almacén que se convertiría en bar. La tierra que tapaba productos vencidos sobre estanterías de hierro, el óxido de latas de galletitas y el desdén de una lista manuscrita de vecinos que pagaban una vez al mes dejarían de existir.

Por esos años, uno de los nietos de Nelly, la vecina de 87 años, fue su amigo y su nieto. Lo conocía desde muy chico. Lo llevaba al mayorista, a comer, a la cancha de Boca. Le preparaba sandwiches de jamón y queso que feteaba con la cortadora de fiambre. Pasaban tardes enteras de verano sentado sobre cajones de La Serenísima en la vereda del almacén, jugaban a la pelota dentro del local y armaban gomeras para disparar bolillas de Paraíso a las cajas de gas de la vereda de enfrente. Ese chico junto al que tomaba termos enteros de mate con el ácido interminable del limón y el Chuker soy yo.

Su hermana, cuatro años mayor que él, falleció de un ataque de asma en 1994. Su hermano, cuatro años mayor que su hermana, tiene 75 y aún vive en Catamarca. Antonio se divorció de María Rosa algunos años después que ella lo dejó por un amigo suyo. Desde ese entonces vivió solo. Habían tenido tres hijos: Daniel, Esther y Claudia. Las dos mujeres lo visitan esporádicamente con sus nietas. A Daniel hace años que no lo ve.

En la casa, a la que llegaron en el 57, solo queda de Santiago el galpón en el fondo y el recuerdo de algunos de los gritos que pegaba por la madrugada cuando recordaba las bombas de la guerra. Hace varios años que Antonio remienda la soledad en el bar que atiende cada noche. Allí lo visitan amigos, juega a las cartas mientras vende cocas, cervezas y vasos de vino a los habitués. Los miércoles de asados juega al truco, se acuesta tarde y al otro día vuelve a media mañana a limpiar las cenizas del día anterior, a vaciar las latas de paté y ventilar el salón para la noche siguiente.

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