ASCENSO Y DOLOR


Jamás creyó que el día más feliz de los últimos años terminaría así. Nunca imaginó que la alegría azulgrana se mancharía de negro, y que el rojo sangriento taparía las sonrisas.

Por Melina Ortíz Erbes

Llegó al estadio con la ilusión de volverse siendo de Primera. Su querido Tigre enfrentaba a Chicago en Mataderos en un partido por la promoción. La victoria en el encuentro de ida lo tenía tranquilo, pero sabía que no se podían relajar. Para volver a la primera categoría del fútbol argentino, sin la ventaja deportiva, no debían perder.
Dejó la moto a dos cuadras del estadio. Llegó tarde y no tenía entrada. Consiguió que un hombre que estaba en las inmediaciones le vendiera un ticket e ingresó tan rápido como pudo. Una vez ubicado en la tribuna visitante supo que su equipo ganaba 1-0. Su alegría se acrecentó cuando el Matador aumentó la ventaja. El contexto era el ideal.
Sin embargo, algo cambió. Y no fue solo el gol de Chicago que ponía el encuentro 2-1 y metía a Tigre atrás. Comenzó a sentir un clima extraño. Los rostros de los hinchas que estaban con él manifestaban preocupación. Pudo observar cómo algunos, los que estaban ubicados en la zona superior del sector, advertían la presencia de hinchas rivales y la ausencia de policías. Le pareció oír que esos mismos hinchas estaban rompiendo los vehículos que estaban en la zona. Ese lugar les correspondía a los visitantes. Pensó en su moto y un temblor le recorrió el cuerpo. Miró su reloj y calculó que al encuentro le quedaban no más de 5 minutos. Intentó tranquilizarse, su moto estaba estacionada un poco más lejos y quizás zafaba.
El juez cobró penal para Tigre. “Listo, ganamos. Ascendimos”, pensó. Una felicidad extrema lo invadió. Eso era ser feliz.
Pronto sus ojos se desviaron del jugador que iba a patear. Enfrente los hinchas de Chicago, enojados, dolidos quizás por la derrota cantada, se escapaban de su tribuna, pero no hacia el exterior. Vio cómo ingresaron al campo de juego y se abalanzaron contra los jugadores. A su alrededor, algunos todavía festejaban el penal y cantaban ganadores. Miró nuevamente a los Verdinegros. Esta vez se abalanzaban sobre donde él estaba. Traían palos. ¿De dónde los habían sacado? No había tiempo para el análisis. Rompieron el alambrado y esta vez la avalancha era en contra de ellos. No parecían humanos como él, eran enemigos endemoniados.
Casi por inercia, comenzó a correr hacia la salida. Tarde, muchos habían hecho lo mismo y solo había una boca de salida habilitada. La otra estaba tapada por un cordón policial. Los uniformados inmóviles. ¿No harían nada? Sintió impotencia y angustia. Empujó, saltó, corrió. Todos, con desasosiego actuaban de igual modo. Notó que había gente lastimada.
Todos gritaban. Los cantos de aliento, de victoria y de felicidad se habían transformado en gritos de ataque y de socorro.
Logró salir del estadio y sintió alivio. Pensó otra vez en la moto. Corrió hacia el estacionamiento, pero algo lo frenó. Un hombre yacía en el suelo. Su rostro estaba desfigurado, los ojos desorbitados y la nariz tapada de sangre. Temblaba inconsciente. Pensó que eso era una convulsión. Intentó ayudarlo. Oyó a su alrededor estruendos, sirenas, gritos. Al hombre no lo oía.
Vio hinchas de Chicago acercarse. Tuvo miedo. Sintió su cuerpo frío, pero intentó sacar valentía de donde pudo e intentó socorrer al herido. Hacía más de 10 años que ejercía como veterinario de animales exóticos. Buscó relacionar sus conocimientos sobre la reanimación animal con ese cuerpo que sin hablar le pedía ayuda. Le sacó la lengua para que no se ahogara en la convulsión. Se sentó junto a al desconocido y tomó una de sus manos para controlarle el pulso. No lo soltó por un buen rato.
Permaneció allí más de 20 minutos pidiendo ayuda. Le gritó a cuanto policía inmóvil vio y llamó a la ambulancia repetidas veces.
El hombre no reaccionaba y el caos no cesaba.
Llegó el móvil médico y se llevó al hincha. Huyó con su moto por la General Paz esquivando piedras. Cuando estuvo en su casa supo por la televisión que el desconocido se llamaba Marcelo Cejas y que había muerto en el Hospital Santollani.
Volvió con el ascenso, pero la felicidad desapreció y fue reemplazada por el dolor, el miedo, la impotencia y la inseguridad. Jamás olvidará esa Promoción, pero muchos menos, a Marcelo Cejas.

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