BANDERAS: LA IMPRONTA DE LA VIEJA ESCENA DEL ROCK


El viernes 30 de septiembre y sábado 1° de octubre Guasones se presentó en el Teatro Flores repasando los primeros tres materiales discográficos de su carrera. Esta modalidad de recitales en los cuales se respeta incluso hasta el orden de la lista de canciones de los discos la vienen llevando adelante muchas de las bandas más importantes de la escena musical del rock: La 25, 2 Minutos y Viejas Locas, por nombrar algunas de las más convocantes. Durante ese tipo de shows se da un fenómeno curioso en el cual casi de forma obligatoria el público compara la estética actual y la de comienzos de la década pasada, relacionado a lo que se denominaba “el folclore del rock”, esos actos dionisiacos en los cuales la “hinchada” de las bandas era casi tan importante como el espectáculo que se desarrollaba arriba del escenario. Las dos ausencias más notables son la de la pirotecnia -la cual la mayoría de la gente comprende y comparte- y la de las banderas.
“Las banderas son las insignias que eligen para representarse los distintos barrios y facciones de hinchadas de una banda para demostrar su apoyo incondicional hacia ella y así hacer notar su fidelidad”, cuenta Diego Sasaki, guitarrista del conjunto Sexto Sentido. Al igual que en el fútbol, “los trapos”, como suele decirse en la jerga, son la manera de decir presente que tienen los grupos de personas que van a ver juntos a un conjunto como parte de algo cuasi religioso. En los diseños de las mismas se pueden observar una serie de elementos en común: los nombres de los barrios, o de las personas a la cual pertenece; dibujos distintivos identificatorios de las bandas (logo, tapa de cd´s y artes utilizados en afiches); y agujeros en sus extremos para ser colgadas o flameadas dependiendo generalmente de su tamaño.

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Las banderas tienen sus historias al igual que los que las cargan. Por ejemplo la de “los Pibes de Ramos”, un pedazo negro de arpillera gruesa que alcanza casi los 6 metros de largo y en donde solo reza Ramos Mejía en letras blancas, con una tipografía idéntica a la que compone el logo de Viejas Locas, una de las bandas fundadoras junto a los Ratones Paranoicos y Heroicos Sobrevivientes del movimiento del rock rollinga en Argentina y probablemente la más convocante. Las dos palabras están separada únicamente por la lengua de los Rolling Stones. Esa bandera estuvo el 30 de diciembre del 2004 en República Cromañón cuando durante un recital de Callejeros perdieron la vida 194 personas por un incendio provocado por una candela. La bandera primero quedó dentro del recinto para conservar la escena de los hechos tal cual fue aquella fatídica noche y luego retenida por la policía como elemento judicial. Los llamaron un día para avisarles que la podían pasar a retirar, cuando ya la habían dado por perdida, y se hizo presente el día 21 de septiembre de 2006 en el estadio Chateau Carreras (Córdoba), el día que retorno a los escenarios la banda de Villa Celina. “Cada trapo y cada pibe que va a un recital tiene su origen, su historia y su mística”, coinciden los oriundos de la ciudad del partido bonaerense de La Matanza.
La tragedia de Cromañón cambió de manera radical los recitales y las actividades nocturnas sobre todo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La ley Nº14050 que regula las actividades de los locales bailables (horarios de apertura y cierre, venta de bebidas alcohólicas, capacidad de personas habilitadas por metro cuadrado) fue modificada mucho desde ese día. Incluso una semana después del 30 de diciembre del 2004 hubo un cierre en masa de clubes y discotecas por falta de cumplimiento de los requisitos de habilitación, cosa que de haber sucedido una semana antes hubiera evitado la muerte de 194 personas. Entre las cosas que intentaron enfatizar, lógicamente se encontraba el ingreso de la pirotecnia.
“Con el tiempo el público del rock volvió a emplear los fuegos artificiales, sobre todo en recitales masivos, convencido de la premisa: ni las bengalas, ni el rocanrol, a nuestros pibes los mató la corrupción”, se aflige Sasaki, ya que esa vuelta de la pirotecnia duró hasta que el 27 de mayo de 2015, cuando durante un recital de La Renga en el autódromo Roberto Mouras de la ciudad bonaerense de La Plata, Miguel Ramírez falleció producto del impacto de una bengala náutica arrojada desde otro sector del recinto. Tras una nueva muerte que conmocionó la escena musical rockera, se volvió a tomar magnitud del peligro que trae aparejado la pirotecnia.
Sin embargo las banderas que tienen incluso medidas reglamentarias con las cuales pueden ser ingresadas a los estadios de fútbol (1 metro x 1,2 metro), al no estar tan reguladas para los locales nocturnos empezaron a ser parte del derecho de admisión de cada lugar. “Nunca dejamos pasar las banderas, la única excepción es que las bandas se hagan cargo mediante un pedido escrito y respondan por ellas, y solamente las que están colgadas, las de palo no”, dice Fabián Bikar, uno de los representantes de seguridad de MTS, la empresa que regentea los teatros de Flores, Vorterix y The Roxy Live, y agrega: “Generalmente es así en todos lados, porque finalmente termina teniendo la culpa siempre el lugar y no la gente que muchas veces es irracional también y que no se da cuenta que nosotros no lo podemos dejar entrar con un palo porque no deja de ser un objeto contundente, sea cual sea su fin”.
Así de a poco, la presencia de los trapos se fue limitando solo a eventos masivos y en la gran mayoría de los recitales ya no se observa ninguno. En los únicos shows en los que se puede ver una presencia importante de banderas, que remite a la escena vieja del rock, es en los de La Renga, Ciro y los Persas, el Indio Solari, La 25 y pocas excepciones contadas más. Esto se debe a que las bandas autorizan el ingreso de los mismos o se hacen cargo de la seguridad del recital en varias oportunidades. Otro factor es que en los espectáculos multitudinarios los controles suelen ser menos exhaustivos, un problema que viene incluso desde antes de Cromañón, debido a que en un lapso de 2 a 3 horas tienen que controlar el ingreso de 20.000 hasta 100.000 personas (dependiendo el recital) y los equipos de prevención terminan siendo desbordados, cosa evitable si se aumenta el número de personal.

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