COLORES Y OLORES DE LA MARCHA FEDERAL


“¿Qué le diría al Presidente? Que cumpla con las promesas que hizo antes de las elecciones, con eso nos arreglamos. Si está cumpliendo con las empresas ¿porqué no con nosotros?”

Por Juan Bosnic

En pocas y respetuosas palabras, Claudia Guallama argumenta por qué se levantó a las 5 de la mañana del día más frío del año para participar en la Marcha Federal convocada por varias organizaciones sociales: el Movimiento Evita, la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, Barrios de Pie, la Corriente Clasista y Combativa, el Frente Darío Santillán y el Frente de Organizaciones en Lucha. 
Claudia habla con voz pausada, contundente: “Más que por mí, vine por mi hermana Liliana. Ella vive en Barrio Casasco, al sur de Moreno, provincia de Buenos Aires. Participa en el Movimiento Evita. A principios de año abrió un comedor en el patio de su casa, venían 8 ó 10 chicos. Pero con el correr de las semanas fueron llegando más y más: hoy son como 80 pibes todos los días. Se sostiene por los víveres que aporta el movimiento y vecinas que ayudan. Cocina a leña porque la garrafa es imposible de pagar. Ahora que vino el frío se pondrá muy feo, porque el frío da hambre”.
Luego contará que las changas de las que viven los vecinos del barrio –albañiles, pintores, lo que sea– se han ido espaciando: “La plata no alcanza y, como viene la mano, alcanzará menos”.
Su grupo es abrumadoramente femenino; lo justifica porque varios esposos –los que tienen algún empleo– decidieron ir a ganarse el día porque “mañana hay que seguir comiendo”.
El carácter federal lo dan las cinco columnas que habiendo partido desde La Quiaca, Bariloche, Río Gallegos, Posadas y La Rioja, a su paso fueron sumando adherentes, como lo testimonian las decenas de pancartas con los nombres de las localidades.
Iniciaron el periplo un ya lejano lunes 28 de mayo, bajo la consigna “Marcha Federal por pan y trabajo”, que tres días después mutó a “Contra el veto y el ajuste, por pan y trabajo”.
También cambió su destino final: en lugar del Congreso culmina en Plaza de Mayo, atravesando la ciudad por la Av. Rivadavia, previo acampe en el barrio de Liniers.
San Cayetano fue mudo testigo de muchas peticiones y algunos agradecimientos. Justamente, su figura lidera la multitudinaria procesión, flanqueada de carteles que refieren al Papa Francisco, algunos, y al pagano Gauchito Gil, otros.
Al llegar a la esquina de Rivadavia y Entre Ríos (o Callao, según se mire) el Che Guevara y el padre Mugica se suman a la protesta, con sus viriles rostros ploteados en una ambulancia de la Central de Emergencias Villeras que acompaña a la columna. 
Mientras tanto, pasan mascarones carnavalescos y grandes pancartas con los cinco principales reclamos de los trabajadores de la economía popular:
-Emergencia alimentaria: proponen un relevamiento nacional para detectar a niños, niñas y adolescentes malnutridos o en riesgo de serlo.
-Infraestructura social: para que el 25 por ciento del presupuesto de obras públicas sea destinado a proyectos realizados por cooperativas.
-Integración urbana: las organizaciones reclaman fondos para la urbanización de los 4.000 barrios precarios censados por el ministerio de Bienestar Social.
-Agricultura familiar: piden habilitar un fondo fiduciario público con una línea de créditos para adquirir tierras con ese fin.
-Ley de adicciones: campañas de atención especializada a jóvenes en situación de riesgo.
La razonabilidad de las propuestas no es dato menor, comparadas con las pretensiones y exigencias de los partidos de izquierda.
Al cruzar la avenida más ancha del mundo el sol tibio alivia -poco- la tarde fría.
En cambio, las parrillas repletas de chorizos, hamburguesas y bifes coronados con huevos fritos calientan el ambiente con sus humos y olores penetrantes. Pero pocos están dispuestos a pagar $50 por un choripán, aún con agua en la boca.
Néstor es un señor mayor que camina con dificultad, empujando una silla de ruedas donde instaló un cartel luminoso de luces led. “Es un invento mío, voy a la Plaza a mostrárselo a Moyano” aclara sin precisar cuál es la novedad, quizás por un patentamiento pendiente.
A la altura del café Tortoni, se produce el único momento tenso: un auto intenta cruzar cuando la marcha esté detenida. Recibe un “casual” sillazo metálico, pero rápidamente, algunos participantes rodean al alcoholizado manifestante y el incidente termina.
El espíritu de la marcha es pacífico, se palpa en el ambiente. Y aunque es un mar de gente, los negocios de Avenida de Mayo no cerraron sus puertas, aún sin policías a la vista.
“Somos de Córdoba capital, hace dos días salimos unos quinientos, pero somos muchísimos protestando allá. ¿Para qué diario es?” pregunta un señor canoso oriundo de la provincia donde en 2015 Cambiemos ganó con un aplastante 72%.
Identificado por el intercambio, se acerca Alicia: “Señor, mire la boleta de luz que recibió mi hijo, 23 mil pesos es una locura, publíquelo” mientras la exhibe en un celular con la pantalla hecha añicos. Imposible de leer, la foto tomada con zoom luego revelará que es un bimestre del último verano y que ese monto incluye un saldo anterior por 18 mil. Aún con el blooper dialéctico, cinco mil pesos bimestrales -y a tarifa vieja- es impagable para hogares humildes.
Es más: la protesta fue lanzada inicialmente para instalar en la agenda política los cinco reclamos ya mencionados, pero la anulación exprés de la Ley de Emergencia Tarifaria sancionada 48 horas antes la convirtió en la primera tribuna tras el veto presidencial.
En la puerta del Tortoni una larga y ordenada fila de turistas espera su turno para entrar, mientras sacan fotos a una pareja lookeada con máscaras y panes colgando con leyendas en repudio del FMI. Tampoco falta el tortilla-móvil, carrito empujado por dos personas mientras un tercero pantallea un negruzco carbón, que avanza gambeteando manifestantes en busca de la Plaza de la República, ya colmada.
A diferencia del pasado diciembre, esta vez no hubo gases: el único humo fue el de las parrillitas.

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