“EL PERONISMO Y EL KIRCHERISMO OLVIDARON A LÓPEZ Y ÉL FUE UN EJEMPLO DE PERONISTA”


Jorge Pastor Asuaje tiene 62 años, se define como un “marxista cristiano” que se acercó al peronismo por la influencia de su “compadre”, el poeta desaparecido Joaquín Areta. Es escritor, periodista, guionista y director de cine. En 1973 fue coordinador y responsable político de Montoneros en las unidades básicas de los barrios Tolosa, Melchor Romero, Villa Elvira y Los Hornos. Es modesto cuando habla y cuando escucha, vive en un barrio humilde -obrero- de la ciudad de La Plata, recibe a los cronistas vistiendo un buzo y un pantalón de joggings, y durante la charla se burla de la “modernidad” preguntando si los partidos de Argentina tienen mejores resultados vistos en un plasma último modelo en lugar de en el viejo armatoste de 26 pulgadas que tiene en la cocina, debajo de una estampita de San Cayetano.En 1979, por el desgaste y el agotamiento psicológico que implicaba vivir en la clandestinidad, Asuaje cruzó la frontera como turista venezolano, con pasaportes falsos, junto con su esposa e hija, con quienes se exilió en Caracas. Durante la entrevista confesará un sentimiento de culpa por haber podido zafar: “Yo tenía mayor responsabilidad, no te voy a mentir, más de una vez me pregunté por qué le había pasado eso a mis compañeros y no a mí”. A fines de los ochenta, ya de regreso en Argentina, se reencontró con Jorge Julio López, ex compañero de la Unidad Básica Juan Pablo Maestre. Desde entonces inició un nuevo vínculo con él, marcado por la reconstrucción de la historia de los setentas y las confesiones de los horrores vividos en los centros clandestinos de detención.

¿Cómo, cuándo y en qué contexto político conoce a Julio López?

Soy uno de los fundadores de la unidad básica Juan Pablo Maestre. Ahí lo conozco a  López, en el año 1973. Nosotros inauguramos la unidad básica y volanteamos por todo el barrio. En una de esas volanteadas parece que López conoce la unidad básica, y así llega al local. Fue un momento muy especial, un momento de euforia.  El peronismo había ganado las elecciones de forma aplastante el 11 de marzo, entonces había una enorme expectativa en cuanto al gobierno. La apertura de la unidad básica coincidió con la vuelta de Perón, había una gran expectativa popular, por eso la movilización a Ezeiza para recibirlo a Perón fue gigantesca, posiblemente la más grande que haya habido en la historia Argentina.

¿Qué tipo de participación tenía López en la unidad básica?

López  participaba por un lado de las cuestiones reivindicativas que se hacían allí y también de las cuestiones políticas, de las reuniones donde se discutía. Ahí se discutía todo. Había gente que quería participar solo de lo reivindicativo y de lo político nada. Pero había gente que sí participaba más en lo político y que no necesariamente estaba de acuerdo con todo lo que hacíamos nosotros, pero que adhería. Incluso, tengo idea de que López participó en el apoyo de algunas actividades que ahora pueden parecer totalmente intranscendentes como puede ser cortar una calle y prender cubiertas,  o a lo mejor haber tirado unas bombas molotov. En lo territorial era más que nada un acto relámpago en el que se quemaba un colectivo o cosas así. Bueno, puede ser que López haya participado en alguna de esas acciones, un poco de apoyo. Claro, hoy a nadie se le ocurre que prender fuero una cubierta puede ser algo peligroso pero en ese momento sí lo era. Yo no tengo memoria como para poder decir López hizo tal cosa o tal otra. Era alguien que, digamos, no era  lo que se dice un militante a tiempo completo, pero apoyaba políticamente, con sus diferencias. No era alguien que adhería totalmente,  pero apoyaba y participaba en lo político.  Él sabía por qué se hacía lo que se hacía.

¿Cómo fueron sus años durante la dictadura?

Estábamos muy desgastados, sobre todo psicológicamente. Vivíamos en la clandestinidad, en Mar del Plata. Vivía con otra identidad. Como ser espía en un país extranjero, una cosa así. Tenía que hacer un esfuerzo tremendo, todo el tiempo, para que algún detalle no me pueda delatar, porque uno no sabía qué detalle podía escapársele. Uno se llamaba de otra manera, contaba cosas, tenía que ser coherente lo que decía uno y lo que decía el otro en la pareja, saber lo que había dicho antes. Era muy desgastante eso. Y además, estar todo el tiempo atento, yo por ejemplo cuando dormía y a la noche escuchaba ruidos tenía que identificar el ruido del motor de los autos, si era un auto chico, un Fiat 600, no era nada. Ahora, si ya escuchaba el ruido de un auto más grande, de un Torino, un Falcon, una cosa así, ya uno abría más los ojos, estaba más atento porque podía ser del Ejército. Uno vivía en esas circunstancias y a nosotros se nos hizo muy duro. Después, volvimos a La Plata y nos encontramos con todos los contactos que nos quedaban, entre ellos Adela, la esposa de Joaquín Areta, se habían ido al exterior. Ahí fue que decidimos irnos. Nos exiliamos en el año 1979. En ese momento la gente no tenía idea de la diferencia enorme que había entre La Plata y Buenos Aires a nivel represivo. Uno cuando iba a Buenos Aires parecía que se sentía liberado. Porque acá la presencia de la represión era mucho más fuerte. La Plata era como una ciudad ocupada. Ir a Buenos Aires ofrecía una cantidad de alternativas que acá no estaban. Hasta sentarse en un bar, acá en La Plata era impensado, porque los bares eran muy pocos. Se portó muy bien mi papa y un tío mío, que nos consiguieron los pasaportes. Nosotros, mi mujer, mis dos nenas y yo, viajamos disfrazados de turistas venezolanos desde Ezeiza.

¿Y a López cuándo lo volvió a ver? ¿Cómo fue eso?

Yo me lo encuentro de nuevo entre el año 1986 y el año 1991.  Me lo encuentro de una forma totalmente sorpresiva: entrando a mi casa, o la que había sido mi casa. Yo me había separado, pero iba a mi casa a ver a mis hijos. Entro y me lo encuentro a López arreglando, revocando una pared. Ahí la sorpresa fue de los dos. Me vengo a enterar que él hacía mucho lo conocía a mi ex suegro, coincidían en el mismo constructor o algo así debería ser, trabajan juntos, esa era su única relación. Mi suegro era anti-peronista así que nada que ver, solo era una cuestión de trabajo. Él lo había llamado para que haga unos arreglos.  Ahí fue la primera vez que me contó lo que le había pasado a los chicos de la unidad básica. No me acuerdo si había terminado el trabajo o no. Pero si sé que salimos afuera, al patio de la casa, al costado a hablar. Eso sí me acuerdo bien, porque fue muy duro para él y muy duro para mí. O sea, él se puso muy mal y yo también porque yo sabía lo que le había pasado a mis compañeros, uno sabía que ese era el destino que iban a tener, uno sabía que los iban a terminar matando, pero uno no sabía cómo. Él se puso realmente muy mal. Me contó lo mismo que contó en el juicio. Después en otros encuentros me repitió otras cosas, fue agregando y también  modificándolas.

¿Desde entonces estuvieron en contacto?

Después,  por las cosas que yo me contacte con él fue por necesidad  de otra gente de contactarse con él. Entonces yo iba a verlo. En el noventa y pico, dos mil y pico, yo iba  a verlo, aunque no fueron muchas veces. Y la esposa era como que tenía terror, teniendo miedo como si estuviéramos en dictadura todavía. No le gustaba para nada.  A mí me resultaba incómodo eso, pero bueno. La esposa, no quería que él -creo que por miedo-, no quería que él hablara. Como si negando la realidad, la realidad dejase de existir. Eso se ha dado en mucha gente, uno no lo comparte. Uno, incluso,  a veces lo ha censurado. Pero es así, hay gente que cree que no hablando de la realidad, la realidad deja de existir.

Cuando desaparece por segunda vez Jorge Julio López, ¿cómo recibe la noticia?

Yo estaba en Berisso. Estaba con otro director de la película y el director del Teatro Berisso, tratando de combinar cómo íbamos a filmar algunas escenas, y me llama Gerardo (Dell Oro) y me pregunta si López estaba conmigo y le respondo que no. Y ahí me entró el pánico. Porque lo que me entró fue el recuerdo del ’74, de cuando empezaron las masacres. Que podía ser el comienzo de una cosa de esas. Así que estuve un rato realmente aterrorizado y se me había ido el hambre. Y Después, se me fue pasando esa sensación pero primero fue un rato de terror. El accionar de la Triple A era un accionar muy macabro, eran quizás de llevar y volar los cuerpos, aparecía en las sombras de repente. Los militares, acá en La Plata, si bien operaban así en las sombras, en algunos operativos cuando intuían que iba a haber resistencia sacaban todo el aparato, iba la policía y hasta los conscriptos llevaban. Acá la presencia fue muy fuerte, veías militares por todos lados, la policía por todos lados. Entonces era muy fuerte.

López fue desaparecido en dos oportunidades. Entre la primera y la segunda desaparición escribió un conjunto de papeles dolorosos que le entregó con una carta que firmó “Jorge López, detenido desaparecido”. ¿Por qué cree que firmó así? ¿Formaba parte de su identidad?

La dimensión de López iba mucho más allá de lo que uno se imaginaba. En primer lugar, nunca me imaginé que López iba a la Asociación Anahí (espacio de Chicha Mariani, quien busca a su nieta apropiada), que había participado de esas cosas. Nunca me hubiese imaginado las fotos que él hizo (tomadas por Helen Zout, durante el juicio). En segundo lugar, desarrolló una forma de buscar las cosas que uno no se imaginaba. La cabeza López la trabajaba mucho más de lo que uno suponía. Porque era un hombre muy callado, entonces uno no sospechaba todas las cosas que realmente hacía. Con esto también tiene que ver lo de la lectura, dicen que leía mucho sobre Napoleón, Aristóteles: yo no sabía, ni me lo imaginaba, porque tampoco lo hablé nunca con él de eso.

¿Qué representó para usted que López le haya dado esos escritos? ¿Que lo haya dejado a cargo de transmitir su mensaje?

Es un honor que López haya confiado en mí, pero uno lo siente como una responsabilidad, como algo que uno tenía que cumplir. Yo todavía con todas las limitaciones que tengo me siento un militante, pienso que uno por cumplir una tarea tiene satisfacción de haberla cumplido. Pero ni siquiera pude hacer algo con esos papeles, más de lo que se hizo en ese momento (los escritos de López fueron exhibidos en una exposición artística y compilados en un libro, Memoria escrita). Además,  no sabía qué hacer, me estaba dando una carga demasiado grande.  A López la última vez que lo vi fue cuando nos reunimos con los abogados para acordar lo que se iba a sostener en el alegato, que fue muy sencillo porque fue decir ‘bueno vamos a mantener lo mismo que dijimos’. Pero después yo me puse a pensar esto, últimamente, que no tenía mucho sentido lo que hicimos, porque igual López iba a decir lo que a él se ocurriese en ese momento, y nadie iba a poder cambiarle lo que él pensaba. Yo incluso digo que los militares hicieron montonero a López. Nosotros hubiésemos querido que sea un montonero con mayor nivel de participación, pero no lo lográbamos, como no lo lográbamos con él, no lo lográbamos con mucha gente. Pero él se terminó revidando a partir de eso. Nunca hablamos de ese tema, de que hay que reivindicar la historia. Yo me limitaba a escucharlo, y para mí fue una sorpresa  que en la declaración se reivindicara como montonero. Creo que fue ahí, viendo esa realidad, que tomó esa decisión.

¿Siente que puso “hacer justicia” como le pidió López en esos escritos?

Yo te soy franco,  siento que no. Que yo no logré nada. Creo que fue mérito del gobierno en ese momento, de todos los que estuvimos luchando por eso. Pero fundamente de las Madres, de las Abuelas de Plaza de Mayo. Fundamentalmente, mérito de ellas. Yo no creo que mi participación fuera especial. Sino que fue la misma que miles y miles. Pero sí creo que se logró lo que él quería, más allá de que no lo logré yo.

¿Tiene pensado hacer una película sobre López?

No, porque a veces cuando uno lo vive de tan cerca es difícil. Bah, miento. Yo estoy trabajando, pero en algo que es anterior, en la primera caída de López. No quiero hablar mucho, para no quemarla, porque quizás no se concreta nada. El guión es la historia de Monseñor Plaza, que fue uno de los torturadores de López, y que según él la primera caída vino de Monseñor, que le llevó información a los militares para que hagan el operativo. La información, la historia de Plaza, la fui recopilando de varios lugares.

¿Cómo atraviesa el décimo aniversario de la segunda desaparición de López?

Estamos preparando una vigilia, para el 17 y 18, con un acto político que yo estoy impulsando que es la reivindicación de López por parte del peronismo y el kirchnerismo. Creo que lo han olvidado a López y López es el ejemplo del peronista. Es anteponer el ejemplo de un López por el ejemplo de otro López. Los López del peronismo no son los López que andan revoleando dólares en los conventos, sino los que militaron, lucharon. Por este mes voy a estar con esto, pero después voy a volver al receso de militancia para enfocarme en mi guión. Mi idea es que en el acto político esté lo más amplio del espectro del peronismo y hasta muchos que no me gustan pero que creo ellos tienen la obligación de reivindicar a López. Primero, porque es justo que se lo reivindique, porque si hay algo  que no se le puede negar a López es su peronismo. Y después, porque es una forma de ampliar el reconocimiento  político y social de la figura de López y de todo lo que fue la militancia de esa época. Yo creo que el propio kirchnerismo tiene que reivindicarlo. Me parece que corresponde. 

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