CRÓNICAS COREANAS


Los caramelos eran unos bolones verdes, parecidos a los media hora pero infinitamente más ricos, básicamente porque eran de melón. Los traía la mamá de Susana de vez en cuando y el aula era una fiesta. Bueno, el aula no, nuestro pequeño grupo de 4 que deliraba con el misterioso (por desconocido) “Barrio Coreano”.

Por Lucía Rivero

Susana, Su-Jung o Crystal, que era lo realmente significaba su nombre, había nacido en Corea del Sur y llegado a Buenos Aires a los 4 años, y aún así recordaba bastante de su lugar de nacimiento y lo que no se acordaba, su mamá se encargaba de traerlo del Bajo Flores.

La avenida Cobo termina en la curva de la calle Corea y un arco con símbolos de colores es el aviso de llegada. Con mucha menos prensa que el Barrio Chino de Belgrano, en Coreatown conviven gran parte de los 20.000 coreanos que residen en Argentina y comenzaron a emigrar a partir de 1965 escapando de la guerra de las dos Coreas.
El barrio se extiende por 7 cuadras sobre la Av. Carabobo, una isla entre Parque Chacabuco y la Villa 1-11-14 en que los carteles de los negocios están tanto en español como en coreano.
Cinco adolescentes de origen coreano se abren paso por Av. Eva Perón y Carabobo. Uno tiene la remera de Argentina. Hoy juega la selección. Son hijos de la generación 1.5 que es como se les llama a los nacidos en Corea pero que vivieron gran parte de su vida en Argentina.

Una sola vez fuimos a la casa de Susana y lo que más me llamó la atención durante el almuerzo fueron los platos.
Eran platos con subdivisiones, como los de los chicos, pero para adultos. En cada división había algo distinto. Arroz blanco, carne, verduras. Susana agarraba un poco de cada cosa con los palitos, los clavaba en el arroz, les agregaba algo de acá, algo de allá y con un movimiento de muñeca tenía armado el bocado. Nada se caía. Tenía ritmo. Arroz, carne, verduras. Arroz, carne, verduras.

“Los coreanos comen todo junto, no hay entrada y plato principal”, explica Ana de “Una Canción Coreana”, el restaurant emblema de la calle Carabobo mientras sirve al centro de la mesa, para compartir, el bulgogi que es un plato de carne con salsa de soja, una especie de “asado” coreano, las nokdu bindetok, tortillas de habichuela fritas, la kalguksu, una sopa de fideos cortados a cuchillo y varios platitos de acompañamientos donde la estrella es el kimichi, una conserva de repollo oriental o baechu fermentado de olor fuerte y muy picante. Al costado, siempre un bowl de arroz blanco individual. Porque el arroz no se comparte ni se mezcla. Sería un sacrilegio manchar con verduras, carne o caldo el arroz brillante, níveo que tiene el punto perfecto para aplacar la mezcla de sabores.
Ana Ra Chung llegó a Argentina en 1983 y, aunque el resto de su familia siguió viaje hasta Los Ángeles, ella decidió quedarse y formar su familia en Buenos Aires. Ana conjuga el trabajo en el restaurant con las clases de canto que les da a los chicos del Instituto Coreano Argentino. Vìctor, su marido, dice que el canto de Ana es una ofrenda a Dios.

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“Tocate la de Titanic”, y Susana, de oído replicaba con exactitud cada una de las notas.
Nosotras aullábamos jugando a ser Celine Dion, hasta que se nos ocurriera otra canción para pedirle. Proponíamos, ella tocaba. A la perfección. Estudiar piano desde los 4 años le había dado esa capacidad. La disciplina coreana es severa. Su padre, un pastor cuya sola mirada bastaba para que no volara una mosca.

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“¿Tienen caramelos de melón?”
“No, no, eso en el coreano”, me responde un hombre en un español dificultoso.
“Probá en el kiosco de la esquina”, me dice otro que debe tener 40 años, esta vez en español nativo. Generación 1.5.
En el barrio se entrecruzan varias identidades culturales diferentes y definidas: están los porteños, tradicionales habitantes del barrio; los coreanos que están establecidos hace años pero no dejan de ser un “elemento extraño” para más de uno; los bolivianos que viven hacia el lado del Barrio Rivadavia y vienen a trabajar; y los “coreanos-chinos”, que son ciudadanos chinos, pero que en la Ciudad de Buenos Aires se integraron a la colectividad coreana. Hablan coreano, comen comida coreana y se reconocen como tales .

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En segundo año, Susana se quedó libre. Se había llevado varias materias y era usual que, en vez de repetir el año, se rindieran esas materias adeudadas y se retomara al año siguiente. La vimos menos, mucho menos. Un día, Marina que había mantenido el contacto, nos contó que se iba a vivir a Los Ángeles a terminar el secundario. Algo había pasado, no preguntamos. Nos despedimos en Ezeiza, Susana, Marina, Inés y yo. “El día más triste de mi vida”, titularía años más tarde Susana en Facebook a una foto de ese día.

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“No sigas para allá que está la villa”, me señala la mujer policía que detecta con facilidad que no soy del barrio. “Para allá” son las dos últimas cuadras del barrio. Quiero ir a hacerles fotos a los símbolos del arco de entrada pero me inhibe la situación.
En un supermercado ¿chino? hay una góndola entera llena de productos coreanos: gaseosas con gusto a leche y yogurt, otras a base de arroz y jengibre, snacks sabor a miel, a sésamo y palitos dulces, otra vez sabor a yogurt. Té verde con arroz integral y mas de 10 variedades de Ramen, esas sopas de fideos que vienen en paquete y a veces en vaso listas para comer después de agregarles agua caliente.
Caramelos. Caramelos de sandía, de uva y de frutilla: “¿Disculpe, tiene caramelos de melón?”. Con muy poca predisposición, el cajero señala la góndola. No hay respuesta. Compro un surtido de paquetes variados con letras inintelegibles para el ojo occidental. Le pago. Sobre el mostrador tiene un par de diarios en coreano. Distingo el alfabeto. Le quiero preguntar algo pero ni me mira, no me animo. Me llevo la bolsa repleta de comida chatarra y caramelos de ciruela. De melón no hay.

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