DE ADICCIONES Y DE PÉRDIDAS


Esteban era un joven como cualquier otro, con trabajo, sueños y una familia que fueron destruidos por el abuso de sustancias peligrosas y el alcohol. Solo en la comunidad terapéutica encontró la contención que necesitaba para recuperar su vida.

Por Gabriela F. Gauna

Eran las 10 de la mañana. Una música suave envolvía el interior, afuera un paisaje desolado, fresco y ventoso acompañan el andar del auto por la ruta 3 que une Trelew con Dolavon. Antes de comenzar la charla, su voz se oye muy baja diciendo: “no tengo problema de contar mi experiencia, mi historia, pero por favor, no divulgues mi nombre”. Acordado el tema y bajo el seudónimo de “Esteban” comienzan a fluir las palabras. Lleva la mirada fija hacia adelante, observa el mismo camino que tantas veces recorrió sin la atención ni la sensación que siente en este viaje. Él vivió con peligrosa intensidad los últimos quince años de los 48 que tiene.

El destino de este viaje es CADES, el lugar que, según sus propias palabras, le salvó la vida. Caminos de Esperanzas es la única comunidad terapéutica para la prevención y el tratamiento de adicciones que existe en los alrededores de la provincia de Chubut y está abierta a la derivación de pacientes de todo el país.

Ya pasaron dos años desde que pidió ayuda y tomó la decisión más difícil para todo adicto, la desintoxicación. “No fue un paso fácil de dar, pero sí el más valiente. Luego de incendiar mi casa con mi ex mujer y mis hijos Franco y Karen adentro me di cuenta de que había llegado a un punto sin retorno”, dice con la voz quebrada.

En más de una década de consumo probó de todo, su primera experiencia con las drogas fue aspirando pegamento. “Entre la ignorancia que existía hace 30 años sobre el tema nadie pensaba que yo iba a ser adicto, solo era un pibe bobo que hacía tonterías”, cuenta, “todavía conservo esas sensaciones en mi memoria, me gustaba perderme, disfrutaba ver el mundo ajeno a mi cuerpo”. Años después vinieron las ganas de experimentar y probó algunas drogas más fuertes como LSD y marihuana. Posteriormente llegaron a su vida la cocaína y la heroína. Por un tiempo pensó que podía dejarlas pero tras meses de inhalaciones continuas descubrió que no podía parar y peor aún, tampoco podía pagarlas.

“Cuando llegás a ese punto donde lo más importante en tu vida es la droga, tenés tal vacío y desesperanza, que la única forma de no sentirla es continuar consumiendo, aún cuando eso implique robarle a tu propia familia para comprarla”.

Esteban casi no recuerda la vida antes de las adicciones. Sabe que fue un hombre trabajador que pudo construir una familia, tener hijos y una esposa sumamente enamorada. “Tenía mi casa, mi auto y hasta podía ayudar económicamente a mis papás y mis hermanos”. Pero el éxito, por llamarlo de alguna manera, también le trajo muchos falsos amigos, salidas, reuniones, asados, alcohol y drogas. Era divertido sentirse el hombre fuerte capaz de probar todo lo que sus amigos le invitaban y desafiar todos los límites. Las noches transcurrían cada vez más lejanas a la familia, y el amor de su mujer Andrea  fueron reemplazadas por noches de sexo con prostitutas. El rostro de Esteban muestra el dolor del recuerdo de esos pasos que anduvo y de los cuales no hay vuelta atrás. El consumo había  sobrepasado las fiestas y la noche, fue encontrando en el amparo de la luz del día también buenos momentos para consumir.

Lo que para quienes lo veían consumir era mucho, él lo sentía poco y desafió nuevamente sus propios límites probando con algo más fuerte. Pasó de la cocaína a la heroína. Durante tres años consumió diariamente. La cantidad de sustancias y la frecuencia ocasionaron una enorme paranoia. Comenzó a perseguir a su esposa Andrea, pensaba que lo engañaba y que conspiraba con su familia para matarlo. Vivía enfrentado a las personas que más lo amaban, con la cabeza llena de fantasmas, no hacía otra cosas que desconfiar y el pánico lo atormentaba.

Frente del Centro de Prevención y Tratamiento de Abuso y Dependencia de Sustancias Psicoactivas (CADES)

Los cambios físicos fueron cada vez más notorios, recuerda. “Perdí todo, me fui de casa y mi familia ya no quería verme, no tenía a nadie que quiera darme un lugar, viví como indigente, dormía en cualquier rincón que encontraba”. El dolor de la indiferencia de la gente que pasaba ignorándolo le dolía, a eso se le sumaban el hambre, el frío o la lluvia. Con los ojos llenos de lágrimas y la mirada fija en la ruta continúa contando. “Recuerdo la noche en la que el fuego envolvió la casa de mi familia, mi desesperación por apagarla y luego despertar en el hospital. Junto a mí había un policía de pie, los vecinos habían visto mientras yo mismo provocaba el siniestro”. La pérdida material fue total, pero sus hijos y Andrea estaban bien, esa noche fue la última vez que los vió, “ella me pidió que busque ayuda, solo así podría volver a ver a mis hijos”. Hizo falta reconocer que había llegado a una callejón sin salida y que sin ayuda profesional no podría parar de consumir.

Esteban recorrió consultorios psicológicos, psiquiátricos, intentó con distintas terapias pero ni sus paredes, rejas, ni medicamentos fueron un impedimento para que él vuelva a escaparse y reincidir en sus adicciones. Volvió a la calle y su vida se había esfumado.

Dos años después estando tirado en una plaza vio pasar a Franco y Karen con su mamá, el corazón le estalló de emoción al oír sus voces pero la vergüenza de que lo vean en ese estado impidió que corriera a abrazarlos. Ese momento sería clave para darse cuenta de que el final había llegado, necesitaba recuperar su vida.

Llegó a CADES acompañado por su hermana Myriam, “Los primeros 30 días fueron realmente duros. Mi vida estaba en manos de personas que para mí no valían nada, por un lado necesitaba ayuda pero por el otro pedirla me hería el orgullo. Había perdido todo pero sobre todo me había perdido a mi mismo como persona, lo único que veía cuando miraba al espejo era el desecho de quien había sido”.

A pocos metros está la entrada a un camino de tierra que lleva al Centro de Asistencia, un cartel hecho en madera reza el nombre. En el medio de un paisaje tan árido es extraño leer “Camino de Esperanzas”. A Esteban le llevó un año la rehabilitación y meses más reconciliarse con su mamá y sus hermanas. Su padre falleció antes de poder volver a verlo. A sus hijos aún no los puede ver, no puede superar la vergüenza de tantos años de ausencia.

Mientras mira el cartel en el medio de la nada Esteban afirma, “en CADES encontré otro enfoque al tratamiento de las adicciones, me permitió reconstruir los lazos familiares, reconciliarme conmigo mismo y contar mi historia, que otros conozcan la realidad de la adicción, una vida amargada, solitaria y enloquecedora”.

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