Siguiendo el legado familiar, la ciclista Valentina Muñoz surgió hace cuatro años de un pueblito de Rio Negro y llegó hasta Grecia, en donde fue parte de la ceremonia de encendido de la llama olímpica para Buenso Aires 2018.

Por Agustina Vázquez

“Siempre pensé que los libros te abrían mucho la cabeza y cuando comencé a viajar me di cuenta de que hacerlo produce la misma sensación. Mi primer viaje fue a Brasil, con la selección y sin mis papas, y conocer otra cultura fue increíble. También fui a España a entrenar y son lugares muy diferentes a los que uno suele viajar de chico. Esos se convierten en momentos únicos que no podés olvidar jamás”. En 2014, en un pueblito de Rio Negro llamado Maquinchao, una muchacha de cabello negro largo y una sonrisa enorme salió con su papá a pedalear por la ruta y se convirtió en una fanática de la bicicleta. Él, también adicto al mismo deporte, vio en ella aptitudes que la diferenciaban del resto. Cuenta que lo que más le gusto y la alentó a seguir adelante fue el entusiasmo que demostraba Claudio, su papá. Poco tiempo después de aquella primera vez, Valentina Muñoz se destaca en el mundo del ciclismo como la promesa argentina.

Con entrenamiento y dedicación se convirtió en una experta en el mundo de las dos ruedas y tan solo cinco meses después de su primera salida por la ruta se clasificó para los Juegos Evita. Tenía 13 años. “Cuando fui creciendo y obteniendo los resultados empecé a proponerme más metas, cosas que quería cumplir. Muchas veces tuve que dejar de juntarme con mis amigos los domingos porque corría las carreras ese día”, la amistad es un pilar fundamental cuando un adolescente empieza la pubertad. Sin embargo, ella consiguió ese lazo con ciclistas de otras partes del mundo como de Bolivia, Chile y Suiza. Como buena argentina cuenta que siempre logró forjar ese vínculo por medio de una charla con mates, ese que siempre lleva en su bolso de entrenamiento y que la acompaña en los pocos ratos libres que consigue.

Tal vez una de las mayores virtudes de Valentina fue nacer en Maquinchao. Un pueblo de 2.500 habitantes en la provincia de Río Negro donde durante todo el año el clima es muy duro, pero ella aprendió a lidiar con los cambios y salió siempre a entrenarse, aunque hubiera viento, sol o nieve. Tuvo que poner todo su esfuerzo cada día y así aprendió a no sufrir las diferentes temporadas. Las desventajas de su lugar de origen la obligaron a ejercitarse más duro que el resto de su equipo, lo que la llevo a tener un mejor rendimiento a la hora de competir.

El máximo hito de un atleta de este estilo es poder participar en algún Juego Olímpico y la maquinchense ya lo logró pues clasificó para la disciplina de ciclismo en el evento que se realizaran este año en Buenos Aires. ¿Se puede pedir algo más? Sí, se puede y ella lo deseo tanto que se hizo realidad. En julio fue una de los dos deportistas argentinos que viajó a Grecia para recibir la Llama Olímpica de la Juventud. Fue la primera vez en la historia que jóvenes portaron el fuego sagrado. En el Estadio Panathinaikó le tocó ofrecer un discurso y con emoción recordó esos mismos cambios climáticos que la llevaron a ser lo que hoy es. Aunque estaba un poco nerviosa de hablar frente a tantas personas, confiesa que tocarse los aros en forma de argolla que lleva en las orejas desde los 13 años la tranquiliza. Solo se los saca para bañarse, el único accesorio que porta cuando está compitiendo, casi como si fuese su cábala personal.

El debut olímpico de Valentina se realizará en su país y, por lo tanto, siente que será el que siempre llevara en el corazón. Uno que está ocupado por su pasión por el ciclismo, su familia y su novio. Con él lleva una relación tranquila, muchas veces a larga distancia cuando tiene que viajar a otro país para entrenar o competir. Su fuente principal de comunicación es el Skype: “Es difícil cuando sos adolescente, pero estoy persiguiendo mi sueño”.

Hoy, con 17 años, sus condiciones para este deporte están más que demostradas después de haber obtenido el oro en los Juegos Odesur de Chile y un fichaje por parte de Ladies Power Weber Shimano, uno de los equipos de ciclismos más importante de Latinoamérica. Tras participar en Aigle (Suiza) participando del Mundial junior –en donde obtuvo el 11° lugar en la general-, con sus dos trenzas, una media colita de pelo y su casco blanco y negro, espera los Juegos de la Juventud para demostrar todo lo que ha logrado desde esa primera vez hace cuatro años.

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