EDUCAR ES COMBATIR


Adolescentes que crearon y se hacen cargo de La Cueva -un espacio cultural para niños en el barrio Padre Mugica- cuentan cómo manejan el proyecto.

Por Delfina Tremouilleres (@delfitremou)

“No me veo no yendo a La Cueva: ver a los pibes, estar y laburar con ellos, tomar unos mates. Hacer algo por ellos y que a la vez ellos -sin saberlo- hagan algo por mí, me hace la semana. Es imposible no encariñarse, la cosa es automática”. Victoria Coria tiene 18 años, vive en el barrio Padre Mugica en Retiro y está haciendo el CBC para la carrera de Derecho. Junto a un grupo de chicos de su misma edad, lleva a cabo un proyecto de educación y contención en la Villa 31.
La Cueva es un espacio cultural ubicado a dos cuadras de la entrada del barrio, cerca de las vías del tren y enfrente a una plaza de juegos. Nació en enero del 2016. Alrededor de diez chicos de entre 15 y 20 años -que ya daban apoyo escolar, pero en un comedor prestado- reconstruyeron un galpón que se caía a pedazos. Durante cinco meses –incluidos febrero y marzo, en vacaciones- pasaron sábados y domingos trabajando para reconstruir el local. Había que lijar, pintar y limpiar; poner cables y luz; hacer muebles e instalarlos. Los viernes tampoco descansaban: se juntaban a preparar empanadas para vender y autofinanciarse. También hacían rifas y conseguían donaciones. Así lo lograron: de abajo y solos.

Era necesario construir un espacio propio para lograr algo más que dar clases: los chicos buscaban –y todavía buscan- crear un lugar de acompañamiento a los nenes, y generar una conciencia sobre lo que significa vivir y participar en el barrio.
Diamela Lugones tiene 18 años y es una de las “profes”. Da apoyo escolar desde los 14 y aún sigue siendo parte de su rutina porque le gusta ver aprender a los chicos: no es casual que esté haciendo el Profesorado en Educación Primaria en la Escuela Normal Superior N°1 en Lenguas Vivas “Presidente Roque Sáenz Peña”.
Lugones vive en el barrio desde que nació y sostiene que es necesario que haya un actor social que acompañe el crecimiento allí. Ese es su rol y espera que en un futuro los chicos a los que les da clases estén en su lugar: “Me gustaría poder incentivarlos a que el día de mañana tomen cariño por el barrio, por los nenes que siguen; que valoren el estudio; que sean más libres. Que realmente se tome un cariño más personal con el barrio, con los chicos, con la educación. Y que se sepa que atrás de todo esto hay una lucha, que es la de la urbanización, la de la inclusión”.
Ese fue el camino que Lugones construyó. En la primaria, iba todos los sábados a apoyo escolar y remarca que es algo que siempre tiene presente: allí es donde recibió todo el acompañamiento que necesitaba y donde aprendió que otros iban a necesitarlo.

La Cueva abre los miércoles y sábados. Hay apoyo escolar en dos turnos (uno de primer a tercer grado y otro de cuarto a séptimo, más secundaria) y talleres de arte, malabares y música. La cantidad de chicos y profesores no es fija porque no todos tienen una constancia. Pero en general, los alumnos son entre 10 y 15 en cada clase o taller, y los que enseñan, alrededor de 20. Su trabajo tiene una retribución cuando un nene les da un dibujo o cuando una madre les agradece por el avance de su hijo en la escuela.
Buscan que los chicos quieran el lugar en donde viven, para poder defenderlo y defenderse. La Cueva ayuda a que tomen cariño por el barrio, porque allí descubrieron su lugar. Un galpón con dibujos y carteles pegados en las paredes, una biblioteca llena de libros, y una larga mesa donde pueden sentarse todos juntos -y donde siempre hay galletitas para compartir-, es el lugar donde pueden refugiarse y encontrarse con otros.
Los adolescentes que se hacen cargo del espacio tienen el deseo de que, a futuro, puedan abrirlo todos los días. No es una tarea fácil: sacrifican salidas los viernes a la noche y horas de sueño o estudio. Pero remarcan que vale la pena hacerlo: “La edad no es una excusa porque hay un pibe que te espera todos los sábados y vos no podes decir ‘bueno, ya está, tengo 18 años y falté este, y el anterior, y aparezco recién el otro’. Sabés que hay otra persona atrás y entonces eso hace que se vuelva mucho más una prioridad, porque ya no estás vos solo”, dice Lautaro Tremouilleres, que tiene 18 años y que, aunque para sus amigos es un “colgado” -porque nunca puso una gran cuota de responsabilidad en el colegio-, es partícipe de un proyecto que exige un gran compromiso.
A veces, algún adulto les dice: “Claro, porque seguro que vos vas a hacer la revolución levantándote los sábados a las 10 AM”. Y no, tal vez no cambien el mundo. Pero son adolescentes que vieron que pasaba algo y hace un año y medio trabajan en un proyecto que pasó de ser un galpón tirado abajo a ser un espacio cultural que esconde detrás una lucha.

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