EL AVE FÉNIX DEL BEL CANTO


La soprano Haydée Dabusti, luego de 16 años sin cantar, volvió a su viejo amor, la ópera, y su voz se extendió por América Latina e Italia. “La prima donna” argentina transformó el dolor en arte.

Por Graciela Mancuso

Es domingo. Sarandí está desierto. Se abre la puerta ventana lateral de la casa. Una esbelta figura se asoma y un rostro sin maquillaje da la bienvenida. El cabello largo y rubio cae suavemente hasta la altura del pecho y, aunque está vestida de “entrecasa”, tiene el porte de una reina. Su mirada marrón glacé es penetrante. Tiene una voz firme con un tinte lejano de dulzura. Trata de entrar al living, pero Abigail, una caniche toy blanca, no deja de saltar buscando una caricia que pronto llega. Enseguida, la soprano Haydée Dabusti, abre la charla. No existen temas, por más dolorosos que sean,  a los que trata de huir. Simplemente los enfrenta, como un torero que a capa y espada defiende su vida ante la envestida de un pasado de dolor: “¿Sabés cómo me dicen? El ave fénix”, comenta Haydée. Nadie podía creer que haya vuelto a cantar luego de 16 años “sin dar una sola nota musical”.

El primer golpe que recibió Haydée fue cuando tenía 23 años.  Su primer marido cayó desplomado -justo frente a ella- por un paro cardíaco fulminante. No llegaron a cumplir el cuarto aniversario de casados. El mundo se le vino abajo. Las cuerdas vocales de la joven soprano dejaron de vibrar a la par de las notas del piano. “Se me cerró el pecho, no podía ni hablar”, cuenta, mientras el dolor vuelve con el recuerdo. Su maestra, la directora del Teatro Colón en aquel momento, Teresa Serantes, le dijo que “se tomara su tiempo”. “No volví más”, asegura Haydée. Decidió refugiarse en el paisajismo y la venta de plantas. Abandonó los círculos artísticos.  Se alejó de las tablas. Nadie supo nada más de ella.

Varios años después, en una reunión de amigos, uno de los invitados se acerca a ella y comienza a conversar. Las horas pasan, la gente que los acompañaban se van retirando del lugar y ellos dos quedan solos. De ahí en más no se separaron nunca. Ese hombre sería su esposo en segundas nupcias: José. Diez años le llevó a José convencerla de que vuelva a cantar. “Hacé todo lo que quieras, lo que te guste hasta que te convenzas que lo tuyo es volver al escenario. Dios te va a dar la segunda oportunidad. No te mueras sin volver a cantar”, sentenciaba su marido. Cada seis meses se lo repetía.

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Haydée asegura que el dolor sufrido la ayudó a interpretar mejor la ópera, que “es teatro cantado”.

Durante el tiempo que no cantó, Haydée fue cinturón negro de karate, practicó hasta llegar a la categoría salto en la escuela de equitación, por una temporada se dedicó a hacer gimnasia, hasta que dijo: “¡Basta!, voy a probar la voz”. No fue fácil, 16 años para una cantante de ópera es una vida. Primero se dedicó durante un año a realizar ejercicios respiratorios. Y el segundo año se volcó íntegramente a la vocalización. Practicó las técnicas que le había enseñado Teresa Serantes a los 16. Estuvo dos años entrenando como un “gimnasta” todos los días. Cuando consideró que estaba preparada, llamó al director musical Dante Ranieri. El maestro la escuchó y le dijo: “¿Usted no quiere volver a las tablas? Tengo dentro de seis meses una Traviatta en Colombia. Yo la preparo”. Dos meses después, Haydée ya se sabía todo el repertorio.

En 2001, volvía a debutar en Cartagena de Indias. Luego le siguió en Buenos Aires tres funciones en el Margarita Xirgu. La noticia se extendió hasta llegar a oídos de sus antiguos maestros en el Teatro Colón.  Se presenta en una audición y queda seleccionada como tercer elenco, hasta que en 2002 forma parte del primer elenco e interpreta Aída, de Giuseppe Verdi, bajo la dirección del maestro Eduardo Cazullo. En 2003 estrena “Norma” en el teatro Avenida. “Hacía 20 años que no se presentaba esa ópera en Buenos Aires. La última vez la interpretó la soprano Adelaida Negri”, comenta Haydée. Y agrega: “Ahí empezó la vorágine de no parar y estudiar más”.

“Los maestros me escuchaban y no podían creer que volví a cantar”, asegura la soprano. La gran ventaja es que en esos 16 años la voz no tuvo desgaste: nunca participó de un coro. “Fue empezar de cero otra vez, pero con la ventaja de las vivencias. El golpe y el dolor me dio la interpretación, porque la ópera es teatro cantado, no es sólo dar notas”, concluye. Para ella, la interpretación se basa en las experiencias vividas. Afirma que hoy la juventud no entiende que hay que ir aceptando los títulos (las obras) en las diferentes etapas de la vida, sino que “canta forzando la gola”. “Si no pueden darlo desde las vísceras, el dramatismo o las diferentes situaciones de estado anímico lo único que logran es arruinar las cuerdas vocales”, explica Haydée.

En su época de aprendiz, los maestros iban paso a paso, y la técnica se aprendía en tiempo y forma. Por eso Haydée asegura: “Ya no hay más grandes cantantes como (María) Callas, (Luciano) Pavarotti o (Mario) del Mónaco, que han hecho carreras de 30 o 40 años. Ahora las carreras son de cuatro, cinco o seis, como mucho. Y desaparecen”. Retornar al Colón le llevó diez años.

El 28 de diciembre de 2012,  Haydée estaba con su marido en casa. En enero empezaba los ensayos en el Teatro Colón para un concierto en homenaje al maestro Rolando Nicolosi, en la capital de la ópera: Roma. José se descompuso. Haydée lo llevó a la Fundación Favarolo, pero quedó muerto en vida. Un ACV le tomó todo el hemisferio izquierdo del cerebro. Era irrecuperable. El 31 de diciembre, a las siete de la mañana, el timbre del teléfono rompió el silencio de la casa. Tenía que ir al sanatorio a reconocer el cuerpo. Decidió no decir nada a la familia ni a los amigos, pues su esposo  nunca le hubiese perdonado “dar una noticia así en una fecha de festejo”. Fue sola. Hizo los trámites. Lo cremó tal como era el deseo de su amor y llevó las cenizas a la casa. Al cuarto día, llamó a la Madre Priora del Carmelo de Clausura del Corpus Christi -lugar donde Haydée enseña, desde hace diez años, a cantar a las monjas que componen el coro del recinto- para avisarles lo acontecido. La Madre le preguntó dónde pensaba depositar las cenizas de su marido e inmediatamente propuso: “¿No quisiera que descanse en el Carmelo de Clausura?”. Haydée, como ferviente católica, se sintió conmovida y aceptó. Ahora cada vez que va al Carmelo, cuando abre la ventana que da al jardín, justo debajo de una “alegría del hogar” roja, están las cenizas de José.

En marzo de 2013, Haydée logró concretar uno de sus sueños: viajar a Roma. Pero el placer fue doble, pues se presentó como soprano en la capital de la ópera justo cuando un cardenal argentino era nombrado Papa. La prensa internacional preguntaba: ¿Quién es esa mujer a la que el papa Francisco se acercó para conversar? Los flashes se dispararon una y otra vez, y la imagen de Haydée Dabusti y Su Santidad recorrieron el mundo.

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La soprano fue recibida a mitad de año por el Papa, a quien conoce porque suele cantar en la Catedral de Buenos Aires.

El Papa anunciaba, cuando era conocido como Jorge Mario Bergoglio, los conciertos de Haydée. Oficiaba la misa de Rosario por la Vida que se hace en la Catedral desde 2003. “Yo interpretaba el Ave María de Shubert cuando entraba la Virgen y él se quedaba debajo escuchándome”, afirma la soprano. Y agrega: “Este es el primer año que lo voy a interpretar y él no oficiará la misa”.

Cuando falleció su segundo marido José, Haydée siguió ensayando en el Teatro Colón y, en marzo, estaba debutando en Roma. Cuando el Papa la vio se acercó y comenzó una conversación: “¿Estás contenta que estás en la gira?”, le preguntó.  Haydée empezó a tartamudear, sólo atinó a decirle que estaba con el maestro Ronaldo Nicolosi (amigo del Sumo Pontífice). “¡Qué suerte!”, exclamó el Papa y le dio un beso.        

Haydée, presurosa, presentó las cartas credenciales al embajador en Italia, Torcuato Di Tella, quien automáticamente le concedió la entrevista; pasó la documentación al servicio secreto del Vaticano; y el 17 de abril tuvo la audiencia con el papa Francisco. “Ver a su Santidad fue una bendición del cielo”, dice conmovida. “El 2 de diciembre voy a interpretar el Requiem de Verdi en la Catedral, en homenaje a Francisco”, aseguró. Esta vez el dolor “no cerró su pecho”. Su esposo le ha enseñado que, pase lo que pase, jamás debe renunciar a aquello para lo que ha nacido: cantar. 

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 Las futuras presentaciones 

Noviembre

En la Catedral de Avellaneda se realizará el Requiem de Verdi con la dirección musical del maestro Enrique Roel. Haydée Dabusti interpretará el rol de soprano solista acompañada por la Orquesta Sinfónica Municipal de Avellaneda.

Diciembre

El 2 de diciembre cantará la Misa de Requiem de Giuseppe Verdi, bajo la dirección musical del maestro Enrique Roel, en La Catedral Metropolitana de Buenos Aires acompañada por la Orquesta Sinfónica Municipal de Avellaneda.

A mediados de diciembre participará de la temporada lírica 2013 del Teatro Colón de Buenos Aires en el rol de Amelia del “Ballo in Maschera” de Verdi.  Será el director musical, Ira Levin; y de escena, Alex Ollé.

Entre mediados y casi fines de diciembre volverá a viajar a Roma, Italia, para diferentes compromisos.  Siempre acompañada por el maestro Rolando Nicolosi, al piano.

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