SE TOCA CUANDO LOS BAÑOS LO PERMITEN


Los alumnos de la Escuela Popular de Avellaneda denuncian que hay días que no tienen clase porque se quedan sin luz y agua. Con pocos instrumentos y paredes rotas, recibe a más de 1.500 estudiantes. El reclamo de un nuevo edificio, que ya lleva 13 años, por ahora sólo tiene una promesa: aseguran que la obra estará terminada en abril. 

 

Por Hernán Cocchi (@cokyto), Jorge Andreani (@cronopio17), Diego Suárez (@suarezd82), Aramis Glauber (@aramis2487) y Joaquín Bianciotto (@Joacobianciotto)

 

La Escuela de Música Popular de Avellaneda (EMPA), única en su tipo en la Argentina y en América Latina, funciona desde 1986 en edificios alquilados. La prestigiosa institución, en la que estudian cientos de vecinos de distintas partes de Capital y el Conurbano, no cuenta con las medidas básicas de higiene y seguridad. A diario, las clases se suspenden por la falta de servicios fundamentales como agua y luz. Sus alumnos, en marchas y protestas musicales que realizan desde 2001, aguardan la promesa de la construcción del nuevo edificio que lleva 13 años sin cumplirse. Si bien está pactada su inauguración para abril del año que viene, desde el Municipio de Avellaneda aseguran no tener una fecha precisa.

“Hay problemas con el agua porque el gimnasio de al lado comparte la misma estructura edilicia y, a determinada hora del día, ellos cargan sus tanques y se corta el servicio”, dice Ana Sofía Stamponi, integrante del Centro de Estudiantes de la EMPA. Mientras detalla los problemas del edificio de Belgrano 581, los baños de la sede central vuelven a pedir auxilio y las clases corren riesgo de suspenderse (otra vez, como ayer, o como mañana). Los reiterados cortes de luz también afectan la cursada: cuando no hay servicio, hay que cerrar las aulas.

 

Foto EMPA 2

 

En el 2000, se firmó el primer acuerdo entre la dirección de la Escuela, la Municipalidad de Avellaneda y la Provincia de Buenos Aires para dar solución al histórico reclamo. Casi 14 años después, los estudiantes se esperanzan con el avance de obra de la nueva sede y con la promesa de que el ansiado corte de cintas se concrete en abril próximo. Pero no se distraen. “Ni bien dejan de pagar, la constructora nos llama para avisarnos: ‘Chicos no nos pagaron, no se está avanzando ¿Qué hacemos?’, y ahí nosotros siempre estamos movilizando cosas porque sabemos que si uno no tiene constancia en el reclamo, las cosas no salen”, cuenta con cierta naturalidad la dirigente del Centro de Estudiantes.

Mientras, Andrés Pirruco, estudiante, carga su guitarra jazzera al hombro y lanza una queja que suena a costumbre: “Se hace lo que se puede con lo que se tiene”, admite. Impone un silencio reflexivo y agrega que “o que sostiene a esta escuela es que los profesores. “Están comprometidos con la enseñanza, parece que todo se hace con un motivo superior. Son de los mejores que hay en el país. También hace especial a esta escuela que es una de las pocas que enseña jazz y tango gratis, por ejemplo”, agrega Andrés.

El petit hotel ubicado a solo minutos de la bajada del Puente Pueyrredón, donde se une a gran parte del sur del Conurbano con la Ciudad de Buenos Aires, no alcanza para albergar a los más de 1.500 estudiantes. Son pocos los instrumentos que compra y mantiene la cooperadora con los $ 20 de cuota voluntaria. Ana Sofía insiste, sin dejar de sonreír: “También tenemos problemas con la acustización de las aulas para que cada clase tenga su propio sonido. Estás cursando una materia y escuchás muy fuerte lo que pasa en la de al lado”. O peor, una clase de guitarra se ve interrumpida por el estruendoso punchi punchi del dispositivo fitness vecino. Andrés lo vivió en carne propia: “Ellos ponen su música y nosotros tenemos nuestras músicas, es una guerra y a veces ganan ellos”. Para descomprimir, el Municipio de Avellaneda alquiló un anexo a metros del Bingo, en diciembre de 2002, donde actualmente funciona una subsede.
Foto EMPA

 

 

En el 2000, la promesa hablaba de un año para el final de la obra. Pero con la crisis de 2001 las prioridades cambiaron. El miércoles 13 de septiembre de 2000, los estudiantes de la EMPA tomaron el edificio de la calle Belgrano. Fue la primera de las protestas que intentaron hacer visible la necesidad que se resumió en la consigna “¡Edificio propio ya!”. Ese día y muchos días posteriores, durante muchos años posteriores, hubo música en la calle: “La música popular es el núcleo conector de todo”, argumentan desde el Centro de Estudiantes. Uno de esos recitales, cuentan, llegó a reunir más de cinco mil vecinos en las calles.

Pero hubo que esperar hasta 2004 para que el proyecto tome forma. La Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia propuso que el viejo Corralón Municipal de la esquina de Belgrano y Vélez Sarsfield (ocho cuadras al sur de la actual sede principal de la EMPA) se transformará en el edificio único que todavía hoy no llegó. “Estamos esperanzados porque sabemos que hay voluntad de empezar a pagar de a $2  millones por mes hasta abril del año que viene, que es la nueva fecha donde supuestamente se entregaría”, dice (y resopla) Ana Sofía.

Tras varios intentos fallidos de comunicación con la Municipalidad de Avellaneda, desde el área de Prensa informaron a Eter no estar seguros de cuándo se terminaría el edificio. “Calculamos que el año que viene”, comunicaron, antes de derivar el pedido de informes a la Secretaría de Obras Públicas, donde tampoco hubo respuestas.

Es jueves. Llega la hora de clase. Los estudiantes entran y salen de la EMPA con sus estuches rígidos chicos, medianos y grandes. Invitan a adivinar qué instrumentos cargan de acá para allá con el sueño de hacer música. Si hay clases, si no se corta la luz, si los baños tienen agua, si una batería no tapa a una flauta traversa, si la humedad no hinchó la madera de un piano, ese día toca tocar. Sino, silencio o el gimnasio de al lado impone su particular sonido sampleado.

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