EQUIPO DE LEONAS


Los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 asomaban. Y la vida del equipo femenino de hockey haría el click buscado. De la mano de la psicóloga deportiva Nelly Giscafré, del entrenador “Cachito” Vigil y del trabajo de sus jugadoras, el mundo conocería a Las Leonas tal como se las conoce hoy.

Por Sasha Nefez

El 24 de septiembre del 2000 las garras saldrían a la luz del cielo de Sídney. Cada manchita formaría la insignia que llenaría de mística la camiseta argentina. Las Leonas afrontarían el desafío de salir de la jaula para la competencia.
La vorágine del inmediato se apoderó del equipo. Aún en las paredes de su oficina del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard) retumba la voz de Nelly Giscafré como lo hacía en su cabeza a comienzo de siglo un pensamiento. “Tenemos que sacarlas, tenemos que sacarlas de cuartas”, decía por entonces.
Para Giscafré cada acontecimiento histórico debe ser contado con sumo detalle: “De otra manera, pueden causar mucho daño”, le cuenta a Éter digital. A la Selección Argentina femenina de Hockey sobre césped le costaba asimilarse, o bien, descubrir su potencial. En el mundial de Utrecht, Holanda, en 1998 y en el Champions Trophy del 2000 en la ciudad de Amstelveen, de ese mismo país, las chicas se ubicarían unos centímetros por debajo del podio. Otra vez, cuartas.
Previo al Juego Olímpico, la psicóloga hizo una evaluación del plantel que comandaba Cachito Vigil que le permitiría sacar una conclusión: “A la mayoría de las jugadoras las desafiaba la presión y la competencia, tal como le sucedía también al entrenador”, afirma.
El entrenador le confesaría a Giscafré tiempo después que le molestaba que “le dijera al equipo que debía salir de la conformidad del cuarto puesto”, confiesa la psicóloga. “Cachito es muy respetuoso”. Y aclara que para poder aportar, primero debía conocer al entrenador.
Era necesario que se produjera la reunión entre ellos. Después del entrenamiento que el equipo había llevado a cabo por la tarde en el Cenard con Giscafré, le dijo con los ojos brillosos y voz suave, fácil de identificar como relajadora, aquello que había percibido: “Tenes un equipo de leonas”.
Cada frase soltada al aire quedaba impregnada en sus mentes como la humedad en la camiseta de las jugadoras. En Rosario, una comida entre el coach, algunas jugadoras como Vanina Oneto y su marido, resultarían reveladoras para aquello que flotaba en el inconsciente colectivo del grupo. “Las chicas deberían tener un nombre”, dijo el esposo de Oneto. Cachito, que había participado de la reunión, no durmió hasta llegar a Buenos Aires al otro día recordando esa frase de Giscafré: “…un equipo de leonas”
La sucesión de hechos eran forjados en equipo por encima de cualquier ego. Adaptar el trabajo de las Leonas como metodología de vida daría lugar a la mística. El cónclave se produjo entre el cuerpo técnico y cuatro jugadoras referentes, entre las que se encontraba Magui Aicega, quien dice que “aportaba al equipo con la experiencia de estar seis años en la selección mayor. Siempre en pos del equipo y de manera positiva. Tirando para el mismo lado, colaborando con las más grandes que se ponían el equipo al hombro”.
Así sucedió. El cuerpo técnico creyó que era necesario que ellas lograsen dar cuenta de quiénes eran y qué llevaban dentro. Surgió naturalmente. A dos semanas de los Juegos Olímpicos habían nacido Las Leonas, pero ¿en qué momento aparecerían?
En Sidney, el seleccionado había comenzado con dos victorias frente a Corea del Sur y Gran Bretaña. Del otro lado del cuadro, la poderosa Holanda tenía complicada su clasificación. Cachito fue espectador del partido en el que jugarían las holandesas y Nueva Zelanda. Unos asientos debajo de la grada, el cuerpo técnico español, a quien el seleccionado enfrentaría al día siguiente, sembraba la duda. Si Argentina no se quedaba con la victoria frente a las españolas quedaría sin puntos de cara a la fase final entre seis equipos. Las rivales serían las chicas vestidas de naranja.
Era el momento. La decepción del equipo por aquel error de interpretación reglamentario ponía a Argentina en el camino de Holanda. Allí estarían a la vista de todos. Aquel 24 de septiembre, el afuera dejaría de conocer al seleccionado femenino de hockey argentino conformista, acostumbrado y cómodo con el cuarto puesto. A partir de allí, pasarían a ser Las Leonas, aquellas que defienden lo propio, con corazón y entrega y siempre van para adelante. “Si le tendría que poner un rótulo fue la primera final ganada”, concluyó Magui Aicega. La segunda, sería la plata olímpica.

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