FÚTBOL, DINÁMICA DE LO MAL CONCEBIDO


Cuando Dante Panzeri en su libro escrito en 1967 “Fútbol dinámica de lo impensado” escribió que el fútbol era el más hermoso juego que hubiese concebido el hombre y, como concepción de juego, era la más perfecta introducción al ser en la lección humana de vida cooperativista, no imaginó jamás esta actualidad. Él hablaba de fútbol a lo que el juego se refiere. La mala concepción del deporte, y las corporaciones detrás del mismo, hicieron de ello una práctica mal entendida para el conjunto de la sociedad futbolera. El hincha.

Por Sasha Nefez (@sashanefez)

La muerte de Emanuel Balbo en el clásico entre Belgrano y Talleres visualizaron, una vez más, los problemas estructurales, entendiendo a estas como instituciones, dirigentes, jugadores, público, política, policía, periodismo, y demás agentes que rodean al espectáculo. La sociedad, lejos de sorprenderse, en su mayoría manifestó indignación, pero ¿Cómo aislarse de ello si el problema está en su raíz?
Eduardo Archetti en su investigación “El potrero y el pibe. Territorio y pertenencias en el imaginario del fútbol argentino”, habla en el resumen de su escrito de “los productos e identidades locales difíciles de discernir dentro de la cultura global” y cuenta como en Argentina “los hinchas de fútbol y periodistas deportivos se dedican a construir mundos locales”. Desde la concepción del fútbol como “una interpretación de los paisajes locales como únicos y las nociones de pertenencia e identidad como internas y exclusivas” forman parte de esa raíz. Ya en 1928 la Revista “El Gráfico”, una revista para hombres, diferenciaba en dos posiciones la fundación del fútbol argentino, donde la influencia latina sobre el juego contrastaba con los inventores del deporte. El fútbol inglés es entendido como el que destruye la acción personal para formar un colectivo, donde no existen hombres separados, o figuras mesiánicas que responden sobre el resto, sino un equipo que se concibe en su conjunto. Por su parte, el fútbol criollo es el que practica juego individualista, con menor disciplina, que se basa en el esfuerzo personal e individual del jugador habilidoso. El potrero es la cuna de este jugador criollo, hábil, veloz y ágil. En Argentina, esa identidad perdería su atracción si no se diferenciara de aquella y la adoptara como algo propio, marcando así un paralelismo con lo establecido.
Con bandera en mano, gorro y camiseta, con carnet o entrada en mano, el hincha concurre fin de semana tras fin de semana a la cancha. Hombres y mujeres, niños, adolecentes y entrados en edad, asisten para ver a su equipo, el que llevan en el corazón, el que se transmite de generación en generación. Por ese que sufren y se alegran. Ese equipo que les mueve algo dentro de sí. Esa concepción del fútbol por parte de los argentinos, muchas veces mal interpretadas, han hecho del deporte una mera cuestión de aguante. El hincha es individualista, no respeta las reglas, y tampoco las hace cumplir. Ahora, ¿son responsables o victimas? Es la pregunta que surge cada vez que lo externo al fútbol es noticia, ya sea por incidentes con la policía, con los hinchas del equipo rival, o con los propios.
Aquella influencia latina sobre el fútbol de la que habla Eduardo Archetti concuerda con esta visión actual del deporte por parte del público argentino. Es el que se diferencia con el fútbol inglés de la época, representado en este caso, por el fútbol de elite europeo, donde los incidentes son casi nulos y donde hinchas del Borussia Dortmund comparten tribunas, asiento de por medio, con los aficionados del Bayern Munich en un mismo partido, en una misma tribuna, divididos por nada.
En el caso de Emanuel Balbo, la muerte del mismo se produjo porque, desde la misma tribuna donde se encontraba viendo a su equipo frente al clásico rival, otra persona lo acusó de ser “de la contra”. Mientras Balbo bajaba estrepitosamente de la tribuna Willington, otros desde atrás lo molían a golpes, ante la impávida mirada del resto de los espectadores. Nadie hizo nada por defenderlo, por anteponerse. El final resultó trágico. Sin encontrar una salida, quedó arrinconado ante el muro de ingreso. Aquellos que lo golpearon fueron por más. Lo arrojaron por allí, produciendo primero la muerte cerebral, y luego el fallecimiento.
Con el correr del tiempo, la vorágine por intentar contrarrestar, o en el peor de los casos ocultar la problemática, las medidas adoptadas por los gobernantes de los clubes y del país han contribuido a inflar la bola de nieve en la que está envuelta el fútbol argentino. Se aisló al público con vallas, fosas, alambres, en vez de aplicar la ley como herramienta de alcance o trabajar con todos los actores para evitar esas prácticas. Se adoptó el destrato como algo propio. Una prueba de ello sucedió en el encuentro entre Emelec de Ecuador y River Plate por partido de copa internacional. Mariano Closs, parte del equipo periodístico encargado de llevar adelante la transmisión, le preguntó al hombre que seguía las noticias del equipo argentino desde Guayaquíl, algo que percibió desde la televisión como una asombrosa particularidad: “¿Está dividido por algo el límite entre la tribuna y el campo?”, dijo inquieto. Ante la respuesta negativa del periodista, Closs reflexionó: “Me pareció raro. Evidentemente los que estamos equivocados somos nosotros”.

La legitimidad de la violencia no depende únicamente de las barrabravas, hasta ahora no mencionadas. Verlas desde el punto mercantil es reducirlas a una única variante. No todas las barras son lo mismo vistas desde esa perspectiva. Son muy reducidas las que cuentan con los ingresos que pueden llegar a tener la de River o la de Boca. Muchos de los que llegan, buscan ser reconocidos como parte de ellas. Las generalidades en este caso pasan a un segundo plano. La violencia en el fútbol, con la barrabrava siempre como la más visible, tampoco está limitada a la adhesión de las clases bajas o más pobres. Es decir, la violencia no solo parte desde ellas, sino también del señor que lleva a sus hijos a la platea. Por eso, caer sobre los “inadaptados de siempre”, como lugar común, resulta lo más fácil.
La policía no está fuera del eje de discusión. Más allá de ser la autoridad a cargo del espectáculo, la inacción e incapacidad de las mismas colaboran en aumentar la problemática. Muchas veces la complicidad, en la suma de los factores, hace de la discusión un obstáculo difícil de sanar. Las autoridades han dejado de ser confiables para el espectador, siendo vistas como parte de un conjunto no inclusivo. La problemática incluye a la policía, y también a quien no forma parte de los grupos organizados, como los periodistas y los jugadores, que tienen incluso, en sus diferentes versiones, accionares violentos. Reconocer el problema será el punto de partida para dejar de entender al fútbol desde una dinámica de lo mal concebido, al fútbol como dinámica de lo impensado tal decía Dante Panzeri en su libro.

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