JELENE RISTIC, EL TALISMÁN DEL DJOKER


En su clandestina infancia creció entre bombardeos en un país completamente en llamas. Su casa fue un búnker aprueba de bombas arrojadas por aviones militares. Sufrió en carne propia la pérdida de familiares que fueron devorados por la violencia de la guerra. El horror y sufrimiento lo acompañaron en su niñez, pero superó esos obstáculos y hoy es uno de los mejores tenistas del mundo. Una vida jamás imaginada que merece ser contada.

Por Nicolás Lafuente (@NickoLafuente)

En el aire palpaba el aroma a pólvora que penetraba en sus fosas nasales. El sonido de los aviones militares causaba pánico en sus oídos. Las nauseas se volvían cotidianas. Su cuerpo se estremecía con cada explosión que sentía en la superficie. El tormento no acababa. En esa habitación húmeda y oscura pocos se animaban a decir algo, por la noche sólo se escuchaban rezos en voz baja. Arriba, donde solían vivir en paz, el infierno no cesaba. Las sirenas aturdían. Sobre el cielo grisáceo y humeante volaban enjambres de bombarderos. Las fuerzas de la OTAN arrojaban misiles, uno tras otro, sin piedad alguna. Belgrado, perteneciente a la antigua Yugoslavia, no tenía paz.
En las profundidades, hospedado en un búnker, un joven muchacho añora a sus seres queridos que perdieron la vida. La impotencia de no poder vivir libremente se apodera de él. Dolorosos recuerdos que jamás se irán de su conciencia, pero que ayudaron a moldear su espíritu y personalidad. En las profundidades de lo que hoy es Serbia, se encontraba un joven con pasta de campeón. Un joven con hambre de gloria. Novak Djokovic, a pesar de lo vivido, tenía un objetivo claro: ser tenista profesional y convertirse en el número 1. Su futuro era la raqueta. Aprendió a jugar al tenis antes que a leer y a escribir. Esto lo hizo acudir a un colegio secundario enfocado en el deporte, donde conoció a Jelene Ristic, su apoyo incondicional de cada uno de sus partidos. Fue amor a primera vista. Ella era una entusiasta del tenis, de niña admiraba el buen desempeño de Novak con la raqueta.
Pero la secundaria no dura para siempre, cada uno debía tomar su camino y seguir adelante. Él siguió con su carrera deportiva, para así ser el número 1. Mientras que ella se marchó a Milán, Italia, a terminar sus estudios. Para ellos reunirse era una misión de ciencia ficción. Ambos jóvenes y con poco dinero, no podían darse el lujo de tomar un vuelo y así poder verse. A pesar de la distancia, el cariño que se tenían seguía vivo. De alguna manera se las ingeniaban para estar juntos, por lo menos en los momentos más importantes de la vida del cada uno. “Nole llegó a ir a uno de los exámenes más importante de mi carrera. Se sentó en la fila del fondo mientras yo estaba en la fila de adelante, el profesor le permitió hacerlo, él en ese momento no era conocido”, contó más de una vez Jelene.

El amor que se tienen es recíproco. Ella estuvo y está presente en cada partido importante de Djokovic y creyó en él cuando sólo era una promesa deportiva. Se convirtió en su mejor amuleto. Luego de finalizar sus estudios, Jelene Ristic empezó a trabajar como directora de la fundación Novak Djokovic, en la educación de niños huérfanos víctimas de la guerra de su país. Ambos comparten la mayoría de los actos y se implican a fondo en este proyecto. El 12 de Julio de 2014, meses antes de que naciera su primer hijo, se casaron en la majestuosa isla de Stevi Stefan (mismo nombre que le pusieron a su hijo). De la crueldad de la guerra y el frío búnker donde vivió gran parte de su niñez, al éxito rotundo y la felicidad plena en familia.

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