LA GENERACIÓN BORRADA


Cómo la política barrió con el seleccionado argentino de básquetbol que había ganado el mundial de 1950; 35 jugadores fueron suspendidos de por vida y todo el semillero fue afectado

Por Nicolas Levy @NicoLevyRenaud), Belén Macías (@BelnMacias), Juan Manrique (Pablo de Paris @pablodeparis), Martín Squeri (@MartinSqueri)

Ricardo González mira el papel en sus manos. Lee y relee su nombre en tinta negra, que aparece bajo el membrete de la Comisión Investigadora 49. La citación para el 27 del corriente mes de enero de 1956 no le trae pensamientos gratos. Con el gobierno militar en el poder, ese pedazo de papel no puede significar nada bueno.

Ya pasaron cinco años desde que sostuvo en sus manos la Copa del Mundo de Básquet, desde que, como capitán, agradeció “a todo el pueblo argentino” en un Luna Park repleto. Hace unos instantes, su cabeza se entretenía con el sueño de la gloria olímpica en los Juegos Olímlipicos, en la ciudad australiana de Melbourne. Pero ese pedazo de papel se lo hace olvidar por un momento. En unos días sabrá que lo que queda de su carrera, junto con el resto de la élite del deporte, será borrado.

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La Generación Dorada, liderada por Manu Ginóbili, Andrés Nocioni y compañía, obtuvo en 2002 el segundo puesto en el Mundial de Indianápolis. Más de cincuenta años antes, en 1950, el primer campeonato del mundo quedaba en manos de la Argentina, con González como capitán y con Oscar Furlong como figura. Después de derrotar a todos sus rivales, incluido al poderoso equipo estadounidense, se consagraron simultáneamente como el primer campeón del mundo y, sin saberlo ni quererlo, en el equipo insignia del peronismo. Pero el reconocimiento que recibieron los dirigidos por Rubén Magnano contrasta con el recuerdo que quedó de aquella camada de pioneros.

Juan Domingo Perón sabía de la importancia del deporte como producto de exportación y manejo de masas, y ya tenía varios deportistas bajo su ala: Juan Manuel Fangio en automovilismo, Mary Terán de Weiss en tenis, y Pascual Pérez en boxeo, entre otros. Pero no contaba con un conjunto nacional que pudiera representar sus ideales, y la talentosa generación de básquet fue su apuesta.

Ése fue el comienzo del fin. Cinco años más tarde, la Revolución Libertadora derrocaría al presidente democrático e instauraría un régimen militar que buscaría eliminar todo recuerdo y referencia al líder justicialista.

Todo esto terminaría en una tragedia bastante paradójica: después de ser citados por la mencionada Comisión Investigadora, 35 basquetbolistas serían penados de por vida con el pretexto de haber recibido dinero y bienes en un deporte reglado por el amateurismo. La paradoja es doble: el apoyo económico se había circunscripto sólo a un permiso de importación de un automóvil y, como si fuera poco, la mayoría de los jugadores alcanzados por esta recompensa no sentían lealtad alguna por el ex presidente. “Dentro de nuestro equipo eran casi todos anti peronistas”, dice Ignacio Poletti, el más jóven del plantel. “A Furlong, Perón le había sacado la empresa que tenía y le había pagado dos pesos con cincuenta”.

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Foto Ricardo Gonzalez

Ricardo González se mira las manos, arrugadas por el paso del tiempo. En algún lado queda la bronca y la impotencia que sintió en el momento en el que cortaron su carrera y la de sus compañeros. “Nosotros íbamos a los Juegos en Melbourne; para mí, para Furlong, y para todos los que estábamos en ese equipo, hubiese sido un espaldarazo brutal”, cuenta, sin dejar de mirarse las manos. “En los Panamericanos del ‘55 habíamos salido primeros, a Estados Unidos se le ganó dos veces en el ‘53, en ese año Argentina salió campeón mundial universitario. También había nadadores como (Héctor) Domínguez Nimo, (Alberto) Nicolao, campeones mundiales en ciclismo, esgrimistas. Dejaron a oscuras al deporte”.

La voz de Oscar Furlong en el teléfono afina el eje del que hablaba su compañero: “En el mundo el amateurismo del básquet era cosa del pasado. Menos acá, parece”, dice el escolta. “Lo que pasó es que había un grupo de dirigentes que se hacían los amateuristas para mostrarse como opositores a Perón y conservar sus puestos en la Confederación”, agrega.

Esos mismos dirigentes que habían acompañado a la delegación en sus viajes interprovinciales e internacionales fueron los que los echarían a la hoguera. En 2009, Ricardo González fue homenajeado por la Federación Internacional de Basquet Asociado (FIBA) al ser introducido en el Hall de la Fama, en Madrid. Pero su orgullo y felicidad se vieron empañados por la siguiente distinción: bajo su nombre figuraba el de Luis Martín, uno de los tantos responsables del fin de su carrera. A pesar de que la Confederación Argentina de Básquetbol (CABB) se opuso a su nominación, la FIBA hizo caso omiso a los reclamos. “No me gustó figurar con él. Martín fue uno de los que levantó la mano y dijo ‘sí, hay que sancionarlos.’”, dice hoy González, en la comodidad de su amado club Palermo. “Él pudo haberse ido con nosotros, pero decidió quedarse. Y cuando llegó el momento para sostenerse en la Confederación, aprobó la sanción”.

Para Emilio Gutiérrez, sociólogo y autor de “Basquetbol argentino. 1956, donde habita el olvido”, las razones que dieron para esta decisión fueron excusas: “El amateurismo fue el argumento usado para acabar con la mejor generación y el mejor equipo del siglo XX, aunque estuviera en desuso.” Poletti acota: “Éste fue el único país del mundo en el que los dirigentes que suspendieron a jugadores por profesionalismo fueron los mismos que antes lo habían avalado”.

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Ricardo González entra a la cancha del Club Palermo para ver a un grupo de adolescentes jugando al deporte que a él le negaron hace 57 años. “¿Sabés qué es lo peor? No es que nos hayan borrado a nosotros, o a otros deportistas del momento. Es el golpe para el semillero. Sin figuras se hizo imposible que a los chicos les interesara el deporte”.

En 1967, la pena fue levantada para 23 de los 35 sancionados. Los otros 12, jugadores de Racing Club al momento del castigo, nunca fueron redimidos. El dato es casi una anécdota, porque de cualquier manera, para ese entonces el grupo ya había pasado la edad de retiro y no pisaría las canchas de nuevo. Furlong agrega: “La sanción sacó a una camada entera. El básquet nunca terminó de recuperarse”. González volvería a jugar en la categoría para veteranos, pero su tiempo bajo el reflector había quedado atrás hace tiempo. “Al básquet le tomó más de treinta años empezar la recuperación, gracias al impulso de la Liga Nacional de León Najnudel, pero todavía no tenemos nada asegurado.”

Aunque esa recuperación tardó, a su tiempo se plasmó en un puñado de nombres que, en el comienzo del siglo XXI, elevaron a la Argentina a los primeros lugares del deporte. Pero la Generación Dorada ya empieza a contar sus últimos días y la renovación de talentos aún se ve lejana. Intentar vislumbrar el futuro de un equipo nacional a largo plazo es, como lo demostró la Comisión Investigadora número 49 hace 57 años, una tarea imposible.

Los que quedan de la Generación Borrada, diezmados en espiritualmente por intereses políticos hace casi seis décadas y físicamente hasta el día de hoy por el inexorable avance del tiempo, siguen adelante como pueden. Sin olvidar la oscuridad que quisieron y lograron imponerles. Pero sabiendo que la llama que encendieron no pudo ser apagada, y que su luz, tarde o temprano, volvería a ser vista.

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Las basquetbolistas del General

Susana Abad, María Izal y Casilda Triacavilli eran integrantes del equipo de básquet de la Unión de Estudiantes Secundarios peronistas (UES, que dentro tenía basquetbolistas como Ricardo Alix y Miguel Ballicora) dirigido por el profesor Jorge Canavesi, entrenador del seleccionado masculino campeón en 1950. El técnico ya se había distanciado de la selección antes de la suspensión del ‘56. “En el Panamericano del ‘55 ni apareció, porque estaba armando lo que era la UES Trotters, una especie de Globetrotters pero con mujeres, que entrenaba directamente en la quinta de Olivos”, explica el sociólogo Emilio Gutiérrez. “Luego de una derrota lo llamaron. Le dijeron: ‘Los equipos del General no pueden perder’ y le elevaron un sumario. Lo mandaron al exilio, tuvo que arreglar las cosas y se fue a la Patagonia”.

“El COA siempre había sido manejado por gente de la clase alta, eran autárquicos, hacían lo que querían, pero Perón metió la Comisión Argentina de Deportes (CAD-COA) y al mando puso a su amigo Fernando Huergo, esgrimista, y como director a Rodolfo Valenzuela, presidente de la Corte Suprema”. Una vez derrocado el peronismo, el informe final de la Comisión de Investigación número 49 sugirió inhabilitar a las tres jugadoras, que figuraban allí por haber cometido la ‘inadmisible irregularidad’ de haber aceptado la disminución de categoría (habían jugado en primera y pasaron a jugar en tercera para la UES gracias a un permiso extraordinario concedido por el Dr. Valenzuela) una vez que el libro de pases había cerrado, y no por el hecho mismo de haber participado en ese programa deportivo.

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