¿LA GRASA MILITANTE?


En tiempos de “antipolítica”, Bondi entrevistó a jóvenes que militan en diferentes organizaciones. Tanto oficialistas como opositores aseguran estar preocupados por la situación del país.

Por Julieta Cáceres y Manuel Joaquín Nieto

Desde diciembre de 2015, Leandro Armesto, de 24 años, pasa tres horas diarias arriba de una combi para ir y volver de su trabajo en La Plata. Cuando María Eugenia Vidal fue candidata a gobernadora de Buenos Aires, él, que había empezado a militar en el PRO de Palermo y que “timbreaba” en la zona norte de la Capital Federal, se vio obligado a “ayudar” en los distritos más calientes del sur del Conurbano: Quilmes, Avellaneda, Berazategui. “Sabíamos de todos los problemas que tenía la provincia; la pobreza, el hambre, la inseguridad, la falta de agua potable y de cloacas –asegura-. Pero recién cuando uno llega y se instala toma conciencia real de dónde está”. Hoy Armesto se desempeña como asesor en el Ministerio de Gobierno provincial.
Con el cambio de Gobierno también cambió la situación laboral de Eleonora Vázquez, que renunció a su cargo de directora de Juventud en la Municipalidad de San Vicente, luego de que el peronismo de ese distrito cayera derrotado en las elecciones a manos de una resucitada UCR. “Soy abogada, así que después que asumieran las nuevas autoridades me dediqué a ejercer en el sector privado”, comenta ella, rubia, linda, de 26 años. Y grafica las desventuras de otros menos afortunados: “Muchos compañeros se quedaron sin laburo y la están pasando mal. Se la rebuscan con changas haciendo pan casero, dando clases en secundarios… Tratamos de ayudarnos entre todos”.
Para Eleonora, la militancia sigue siendo la misma: “Cuando éramos oficialismo no teníamos una gran ayuda de la Municipalidad porque los recursos eran pocos, así que ahora seguimos haciendo el mismo trabajo territorial, organizando jornadas en instituciones barriales o relevando las necesidades de los vecinos. Por ejemplo, con el tarifazo juntamos firmas y presentamos un amparo ante la Justicia para frenarlo, porque el intendente no hizo nada”. ¿La diferencia? “Antes hacíamos hincapié en informar a las familias sobre los programas del gobierno nacional que las podían beneficiar: subsidios, capacitaciones, talleres, actividades. Ahora hablamos con esa misma gente para explicarles todo lo que están sacando y los derechos que están perdiendo”.
Durante el kirchnerismo, la participación de los jóvenes en la política fue promovida en parte desde el Gobierno. En los últimos años de esa etapa, las organizaciones juveniles adquirieron relevancia en la estructura del Estado, en las acciones barriales y en procesos electorales. No existen estadísticas sobre militancia en la Argentina. Apenas se sabe que cerca de 7 millones de ciudadanos son afiliados a algún partido y que el 80 por ciento está inscripto dentro de las dos estructuras tradicionales: el PJ y la UCR. Pero esos números pueden ser engañosos. Muchos de los afiliados todavía sobreviven en los papeles desde el retorno de la democracia, cuando se dio una suerte de boom bipartidista. No hay que olvidar además la larga historia militante de este país. Eso no se borra fácilmente.
“Es indudable que con Néstor y Cristina el contexto político y social fue muy fértil para que los jóvenes volviéramos a la política”, sostiene Juan Manuel Muñiz, conocido como “El Místico” en la agrupación Peronismo Militante, que se dedica “al trabajo territorial y a la formación de cuadros” políticos. En las unidades básicas hay debate ideológico y capacitaciones en historia y geopolítica. Después, los mismos muchachos organizan talleres de apoyo escolar y campañas de salud pública en las villas y fomentan mercados populares en los barrios. “Hacemos de nexo entre los vecinos y nuestra legisladora, Magdalena Tiesso”, explicó.
¿Qué cambió en la participación juvenil desde que Macri asumió el poder? “Hasta el año pasado, en la calle había un matiz importante entre un gran sector a favor de Cristina y otros grupos minoritarios en contra de ella. Pero en este momento creo que hay una consigna que nos unifica a todos: ‘Basta de neoliberalismo en la Argentina’”, analiza.
“Este Gobierno quiere mandar a los genocidas a sus casas y eso nos atraviesa a todos”, coincide Sofía Archigar, de la rama Pan y Rosas del trotskista Partido de los Trabajadores Socialistas. Esa sub agrupación feminista levanta las banderas de los derechos de la mujer y las travestis en el ámbito del trabajo, y también convoca a protestas a favor del aborto legal, seguro y gratuito.
Para elle, la izquierda debe ser la herramienta para “hacerle frente al ajuste del macrismo” y convertirse en “la oposición real”, a diferencia del peronismo que “garantiza la gobernabilidad”. Está de acuerdo con “El Místico”: desde el 10 de diciembre, el espectro de la militancia es mucho más amplio. “Se despertó una necesidad en la gente de expresar el descontento”, sostiene.
En plena época de elecciones estudiantiles, Leandro González recorre los pasillos de las facultades de la UBA en busca de votos. En la universidad, el rol de los militantes es acompañar a los estudiantes. “Nosotros defendemos a los compañeros y tratamos de estar presentes siempre con nuestras mesitas peleando por nuevos avances, como cursos gratuitos, o que se pueden hacer más materias por cuatrimestre, o becas de todo tipo”, explica el secretario general de la Franja Morada, la conocida agrupación universitaria de UCR.
Pero Leandro está incómodo, porque si bien se define como opositor al PRO en la Ciudad -donde impulsa la candidatura del actual embajador en Estados Unidos, Martín Lousteau-, a su vez se jacta de ser “orgánico” y de seguir los lineamientos que estableció su partido en el congreso de Gualeguaychú, cuando decidió integrar Cambiemos. “Soy muy crítico del rol que le da el gobierno de Mauricio Macri al radicalismo en la toma de decisiones y en el reparto de cargos. Eso es una falta de visión política porque nuestros dirigentes tienen mucho para aportar desde la experiencia”, avisa. Y describe: “En la universidad las cosas no cambiaron tanto. Eso sí, las agrupaciones de izquierda que se decían independientes (como La Mella, por ejemplo) formalizaron sus alianzas con el kirchnerismo de La Cámpora y Nuevo Encuentro”.

“Es indudable que con Néstor y Cristina el contexto político y social fue muy fértil para que los jóvenes volviéramos a la política”

¿La sociedad argentina sigue politizada? Esa es la sensación. Las discusiones sobre el tema suelen estar en las mesas familiares, en los ámbitos de estudio, en las reuniones de amigos. Ya se sabe que toda postura es política, incluida la apolítica. Y que más allá del publicitado resurgir de la última década, la “grasa militante” –como la definió el ministro Alfonso Prat Gay- estuvo siempre y por todos lados –por supuesto también en su partido-. Y es un aspecto sano en la vida de un país con una democracia joven. La apuesta del gobierno de Cambiemos por una comunicación light a través de redes sociales no puede, por muchos millones que se esfuercen, borrar el trabajo que hacen los militantes en cada ciudad, en cada barrio, en cada villa miseria.

Soy peronista

El peronismo me interpela desde siempre. Crecí revisando las cajas de mi abuelo y admirando a Perón. Mientras mis amigas jugaban a las princesas yo pasaba horas hojeando un librito con fotos de Evita. Para mí la única princesa era ella. Después fui creciendo y empecé a entender la historia. Escuchaba a mis papás hablar de política y veía por la tele como el país perdía el rumbo. Siempre sentí que mi conexión al movimiento nacional y popular estaba ligada a mi abuelo Pedro. Si bien no llegué a conocerlo, escuchar su historia me acercó al peronismo. Sus anécdotas como secretario general de la UOM o esa escapada de su casa durante una semana sin darle explicaciones a mi abuela formaron parte del imaginario de mi adolescencia. Se juntaba con Julio Troxler y con Salvador Ferla, y durante las marchas saludaba al padre Mujica.
Yo nací y me crié en Bariloche, y cuando me mudé a Buenos Aires me costó encontrar mi lugar. Nunca tuve problemas para hacer amigos, pero sentir pertenencia es otra cosa. Ese sentimiento recién se despertó en mí cuando comencé a participar en la agrupación Peronismo Militante, durante la campaña por el ballotage entre Macri y Scioli. En ese momento, la unidad básica se convirtió en mi hogar y los compañeros en mi familia. Recorremos los barrios, damos apoyo escolar y organizamos talleres de arte. Estamos presentes en cada comuna para ayudar a los vecinos; realizamos compras comunitarias y campañas de concientización, y tenemos clases de formación política en las que estudiamos Historia. En esos cursos aprendí más que durante el último año de secundaria. Somos muchos los provincianos que nos acercamos a la política no solo por ideales y compromiso, sino en busca de un espacio de contención. El peronismo es parte de mi identidad y el PM me define ya no como militante sino como persona.

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