LA REVOLUCIÓN SERÁ FEMINISTA


La Unión Soviética fue el primer país en permitir la interrupción voluntaria del embarazo en el mundo. Pero ¿cuál fue el rol de las mujeres en la revolución? ¿Puede existir una verdadera revolución feminista mientras siga en pie el capitalismo?

Por Josefina Blumenkranz

Ante la inminente votación de la Ley de interrupción voluntaria del embarazo en Argentina y a casi 101 años de la Revolución Rusa, primer país en despenalizar el aborto, cabe repensar: ¿Cuál fue el rol de las mujeres en la revolución? ¿Es casual que en la cuna del comunismo se haya gestado también la primera legislación sobre el aborto? ¿Puede existir una revolución feminista mientras siga en pie el sistema capitalista?
El reclamo por la legalización del aborto es un acto revolucionario desde el aspecto en que se lo mire. Por un lado, es uno de los principales bastiones de la lucha feminista, dado que implica una decisión de la mujer sobre su propio cuerpo. Por otro, es exigirle al Estado una respuesta allí donde la desigualdad social se cristaliza, dejando morir a quienes no poseen los medios económicos para realizarse un aborto seguro y sin riesgos.
En el año 1920, en Rusia se sancionaba la ley que despenalizaba esta práctica, transformándose en el primer país en hacerlo. Quien algo conoce de la historia, se pregunta: ¿Cómo es posible que Rusia, país que hasta principios del siglo XX estaba sumido en un notable atraso, haya sido capaz de sancionado una legislación tan avanzada como la despenalización del aborto? Se vuelve inevitable remarcar que entre la Rusia del atraso, y la Rusia del aborto legal, pasó un hito fundamental que dio vuelta al país: la Revolución de octubre de 1917.
Antes del estallido de la revolución, en Rusia seguía reinando el absolutismo. Gobernaban los zares -monarcas con el control total de la economía y la política-, un emblema del atraso comparativo del país con respecto al resto de Europa, donde los regímenes feudales habían comenzado a desmoronarse en el siglo XVIII, con la Revolución Francesa como puntapié inicial.
El “domingo sangriento”, en 1905, fue la primera señal de que el modelo absolutista estaba empezando a colapsar: un grupo de trabajadores se manifestó exigiendo reformas sociales y recibió como respuesta una brutal represión que dejó más de 200 muertos y 800 heridos. Sin embargo, no todo fue derrota: lograron constituir los Soviets, organismos de representación popular con obreros, campesinos y soldados.
El año 1917 encuentra a Rusia participando de la Primera Guerra Mundial y por ende, víctima de los males de cualquier país en guerra: falta de comida, desabastecimiento, grandes hambrunas, millones de muertos y muertas. Con gran parte de los hombres en el frente de batalla, las mujeres se ven empujadas a abrir las puertas del mundo del trabajo, hasta entonces cerradas para ellas. Se transforman en costureras, obreras de la alimentación, textiles, trabajadoras de la salud, educadoras, mineras, metalúrgicas o telefonistas, entre otros puestos desde los que comienzan a organizarse en defensa de sus derechos.
La organización de las mujeres fue tal, que logró encender la primera chispa de lo que terminaría siendo la Revolución de octubre: el 8 de marzo de 1917 –Día Internacional de la Mujer Trabajadora- las obreras textiles de Petrogrado declararon la huelga y comenzaron una manifestación a la que arrastraron a más de 9000 obreros al grito de “¡Queremos pan!”. Pasó a la historia como la Revolución de febrero (marzo, en el calendario occidental), que León Trotsky describiría como un “ensayo general” de la de octubre.
Dentro de la Revolución de febrero hubo distintas tendencias que pujaban por predominar: Social-revolucionarios, Mencheviques, Bolcheviques y Cadetes coincidían en que el régimen feudal no podía continuar, pero proponían diferentes caminos para el cambio. Fueron los Bolcheviques los que lograron la mayor influencia y en octubre del mismo año, los Soviets tomaron el poder comandados por Trotsky y Lenin.
En el poder, los y las Bolcheviques lograron concretar ciertas políticas feministas que se venían gestando desde la II Internacional Socialista. En 1910, Rosa Luxemburgo había declarado el 8 de marzo el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, no como una simple nomenclatura sino como una apuesta a la organización autónoma del movimiento de mujeres; los Soviets crean un Departamento de la Mujer para lo referente a sus derechos, los de niños y niñas y la familia; se otorga licencia a las mujeres embarazadas las ocho semanas anteriores a dar a luz, sin dejar de cobrar su sueldo habitual; se crean comedores públicos para liberar a las mujeres de la labor culinaria de la casa.
Hoy, cien años a la distancia, ciertas críticas se nos vuelven evidentes: más allá de ciertas reivindicaciones, y de algunos pocos nombres femeninos que sí pasaron a la historia, no se encuentran dentro del comunismo líderes mujeres; de hecho ninguna estuvo cerca siquiera de los puestos de conducción. Por otro lado, algunas de las medidas mencionadas no hacen más que remarcar una construcción social según la cual el rol de la mujer está inevitablemente ligado a lo familiar y a la maternidad: la creación de un Departamento de la Mujer que legisle no solo sus derechos, sino también los de los niños, las niñas y las familias; una licencia por embarazo que entiende a la madre como única responsable de su hijo o hija y que, a la larga, se convertiría en una desventaja en el campo laboral.
Sin embargo, a pesar de estos cuestionamientos –entre muchos otros-, no se puede dejar de remarcar el avance ruso en cuanto a las cuestiones de género. Desde lo discursivo, el mismo Trotsky había expresado: “si queremos transformar la vida, tenemos que aprender a mirarla a través de los ojos de las mujeres”. En los hechos concretos, en este marco de pequeñas victorias feministas, hubo una de mayor envergadura: la Rusia soviética fue el primer Estado en despenalizar el aborto, una batalla que casi cien años después, en numerosos países no se ha podido ganar.
El derecho a la interrupción voluntaria del embarazo estaba estrechamente relacionado con la necesidad de cuidar la vida de las mujeres. A pesar de que tanto la guerra mundial como la guerra civil habían disminuido drásticamente la población y llegaron a implicar la pérdida de más de siete millones de personas, este derecho se proclamó igual. Aunque pareciera ir en contra de la necesidad de repoblar un país con un inmenso territorio y cada vez menos habitantes, la Rusia revolucionaria entendía que no podía hacerse bajo imposición y castigo a las mujeres. Consideraban que la legalización del aborto era una política de salud pública de primer orden, cosa que aún hoy pareciera no ser clara para algunos y algunas.
El preámbulo del decreto argumentaba: “La legislación de todos los países combate este mal mediante el castigo a las mujeres que deciden abortar y a los médicos que llevan a cabo la operación. Sin haber obtenido resultados favorables, este método de combatir el aborto condujo estas operaciones a la clandestinidad y convirtió a la mujer en una víctima de mercenarios, a menudo ignorantes, que hacen de las operaciones secretas su profesión”.
Entendido como un reclamo central en la lucha de género, no se puede perder de vista que el feminismo, al ser un movimiento en pos de la igualdad, es por definición anti-capitalista. El sistema en que hoy estamos inmersos existe gracias a la desigualdad: es en ella que se sustenta y gracias a la que sobrevive y se reproduce, dado que para existir, necesita una clase opresora y una clase oprimida; necesita que quienes no poseen medios de producción sigan sin poseerlos, y deban venderse a quienes sí los tienen, acatando las condiciones de explotación impuestas. Esta clase dominante, para mantener el orden establecido, construye discursos hegemónicos que la legitiman en el poder y naturalizan las relaciones sociales existentes, perpetuándolas; ya que lo que es natural, rara vez es cuestionado. Durante siglos fue “natural” que la mujer no votase, que no se involucrase en política, que no trabajara y que estuviera al servicio de su marido y sus hijos e hijas.
No parece casual entonces, que una consigna que pregona por la igualdad de condiciones para todos los cuerpos gestantes ante el deseo de interrumpir un embarazo haya surgido en el primer país que fue capaz de plantear una alternativa al capitalismo.
El feminismo hoy sigue avanzando, continúa luchando y logrando, a los empujones, algunas victorias. Pero ronda en el aire una pregunta a la que no podemos escapar: ¿Puede existir una verdadera revolución feminista mientras siga en pie el capitalismo? La respuesta la encontramos en las calles, en cada marcha, y parece ser clara: “la revolución será feminista, o no será”.

Edición periodística: Ayelén Oliva

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