A más de un mes de la controvertida final por el ascenso a la B Nacional entre Riestra y Comunicaciones, ETER se metió en las entrañas del plantel perjudicado a partir de la invasión de cancha de un futbolista del club local. Detrás de las sonrisas, los jugadores del Cartero aseguran en voz baja que no todo es lo que parece.

Por Matías Fernández Burzaco, Óscar Russi Acosta, Nahuel Zamacola

¿Qué pasa si en un partido de barrio, en el que uno va ganando, se mete un pibe descalzo a invadir? ¿Y si tu equipo está a punto de empatar pero el rival dice que no te va a pagar la Coca? ¿Y si encima festeja? No hay árbitro, Tribunal de Disciplina, ni nada de eso. Es simple: entra uno y facazo en la panza; entra otro y vuelan las trompadas. De un lado a otro. Hay sangre. Mucha sangre. Roja y sucia como el piso. Y que no se crucen en la esquina. Porque se arma, de nuevo, una batalla campal.
Pero acá no.

En Comunicaciones, un club profesional, no pasa –y no pasó- lo mismo. En la entrada al predio, las construcciones no cesan. Mientras transcurre el entrenamiento de la pretemporada, con varias caras nuevas, hay risas, chicanas. Y cansancio, porque hoy se trabaja el cuerpo. Muchos ponen rostros largos y se quieren ir al masajista. El preparador físico, en cambio, dice: “Dale viejo, corran; sigan, sigan”. Otros hacen pesas a un costado. Y les abruma. Pero serán más cosas. El director técnico corre apartado de los jugadores. Parece aislado.
La puerta está abierta. Afuera, el viento da latigazos. Adentro, en el amplio salón, se oyen algunos suspiros. Llegó Patricio Loustau para charlar sobre reglamento: eso que tienen entre dientes. Loustau –un árbitro que parece que sí ve las cosas– se siente identificado con los valores del equipo. Se acerca como persona y no quiere que nadie sepa de lo que va a hablar. Está acá, también, porque es amigo de Alejandro Orfila,el técnico, que dice: “Estamos orgullosos de la forma en que nos desenvolvimos con lo de Riestra. La verdad que disfrutamos todo y la hemos pasado muy bien. El árbitro trató de hacer todo lo mejor posible, esa también era una situación nueva para él y la manejó muy bien. Considero que nadie hizo nada malo como para tener que pedirme disculpas. Por más que se sepa la verdad, no me cambiaria en nada, seguiría disfrutando por todo lo que pasó”.
Para Orfila no pasó nada.

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Los jugadores, que no son él (la cara del equipo), no piensan lo mismo. Algo todavía les retuerce el estomago. “A uno antes del partido le ofrecieron plata para que juegue mal”, cuenta una fuente confiable. Según dice, al mismo que se fue a Riestra hace diez días, un mes después de lo sucedido: Nicolás Varela. Los demás también se quieren ir, pero ponen una sonrisa cuando apuntan las cámaras. Dicen –porque es verdad– que “ganó el poder sobre la humildad”. No dicen que se murieron de frío en la cancha a la espera de la decisión. No dicen que es innecesario que venga Loustau a enseñarles el reglamento para saber que tienen la razón. No dicen que les pagan poco y tarde. No dicen que sintieron mucho miedo. No dicen que su dirigencia no hizo lo imposible para que el fallo saliera a favor de ellos, y que jueguen la B Nacional. No dicen que actuarían como en el barrio. Porque no había otra.


EL HOMBRE QUE PARÓ UN PARTIDO

Leandro Freyre es el jugador de Riestra que se hizo famoso por protagonizar un papelón más en el fútbol argentino y no por su juego dentro de una cancha. Una mancha más a la AFA.

Por Brian Pagano

Faltaban cinco minutos para que por primera vez en su historia el conjunto del Bajo Flores consiguiera su primer ascenso a la B nacional. De pronto, un encapuchado ingresó para invadir el campo de juego. Se lo veía asustado, perdido, como sin saber dónde se había metido. A primera vista parecía un barra brava, pero tenía el conjunto de Riestra con el número 20. Justamente en esa final, Freyre no fue ni siquiera al banco de suplentes.
“Entramos a festejar porque estábamos muy contentos y queríamos estar al lado de los muchachos, es especial por todos los que estamos en el club desde la D, por eso tanta alegría. Entré al campo de juego porque pensé que el árbitro ya lo había terminado.”, declaró el volante de Riestra. Y no volvió a hablar en público.

Freyre, el jugador buscado para que diera explicaciones, cerró todas sus redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram) y no le atiende el teléfono a nadie que no identifique en la pantalla de su celular. Desde el club los dirigentes no hablan de él, la jefa de prensa tampoco quiere brindar información y los periodistas no tienen acceso para dialogar con los jugadores. En vez de un jugador profesional de fútbol, Freyre parece una persona fugada de prisión. Salvo por un detalle: todavía es jugador del club y estuvo apoyando a sus compañeros en el partido de Copa Argentina que Rosario Central le ganó a Riestra 2 a 1, 35 días después de la invasión de campo.
Luego el escándalo, la AFA decidió jugar los cinco minutos que restaban del partido entre Riestra y Comunicaciones, sancionar al club blanquinegro con una multa de 2.000.000 de pesos, la suspensión de la cancha durante 10 partidos, y una quita de 20 puntos para el próximo torneo en la B Nacional. ¿Y Freyre? Quien comenzó todo, en principio iba a ser castigado con una multa de dos años sin poder jugar, pero luego pasó a ser de dos meses, y todavía no se reconoció el fallo. Aunque por el momento no hay ninguna sanción para el mediocampista. ¿Será que en la nueva AFA también todo pasa?


EL PARTIDO QUE DIVIDIÓ A LA AFA

La nueva AFA tuvo una prueba de fuego para demostrar cuánto quedaban de los antiguos vicios de la gestión de Julio Grondona. El escándalo que generó la final entre Comunicaciones y Riestra dividió las aguas dirigenciales. ETER Digital accedió al detalle de cómo se resolvió la votación: cinco miembros del Tribunal de Disciplina querían que Deportivo Riestra perdiera los puntos, y otros seis pretendían que el partido se reanudara, ya que no les parecía justo tampoco que Comunicaciones ascendiera de esta manera. ¿En que quedó todo? Finalmente prevaleció el concepto de la vieja escuela “grondonista”: los partidos se ganan en la cancha y no en un escritorio.

Por Agustín Bartolucci y Franco Paladino

Pero no fue sólo ese el motivo del fallo. La otra pata de esta decisión fue el árbitro, quien no informó sobre la invasión al campo de juego de Leandro Freyre. “Si se hubiese informado la agresión, el fallo hubiese cambiado”, le reveló a este medio Fernando Mitjans, presidente del Tribunal de Disciplina de AFA. De todos modos, cabe una pregunta: ¿cómo el ente más importante del fútbol argentino no tuvo en cuenta el antecedente de 2014, cuando los del Bajo Flores ascendieron a la primera C ante Sportivo Barracas de la misma manera y en su cancha?

Si el Tribunal de Disciplina hubiese aplicado el artículo 106 del reglamento, inciso g, no se hubiese producido el ascenso de Riestra. El texto es claro en cuanto a la quita de puntos: “Cuando se produzca desorden o agresión en la cancha o entre el público asistente, promovido por dirigente, delegado, jugador o integrante de personal técnico de uno o de los dos equipos”.
La AFA prefirió basarse en el artículo 80 y entonces le restó 20 puntos a Riestra para la próxima temporada, no le permite jugar de local durante 10 fechas y le aplicará una multa económica. Suena a poco. Al menos para Comunicaciones, que sufrió la invasión de un jugador rival en su mejor momento del partido.


CRÓNICA DE UN DÍA EN LA SEDE DE RIESTRA

El cielo está nublado con elevadas chances de lluvias. La humedad no cesa en la temprana mañana del viernes 1 de septiembre. El Nuevo Gasómetro se esconde entre la densa neblina. Las tribunas y sus butacas lentamente desaparecen en el espeso gris que todo lo devora. El olor a tierra mojada abunda. Son las 11.40 y pocas personas deambulan por el lugar. La zona se encuentra tranquila, con poco movimiento a su alrededor.

Por Franco Rivas, Marcos Méndez, Jonathan Calisaya y Nicolás Lafuente.

Algunos valientes le hacenn frente al clima para tomar algún medio de transporte y así llegar a sus respectivos destinos. Un viernes común y corriente en el Bajo Flores. Atrás del estadio de San Lorenzo se encuentra el de Deportivo Riestra. Un club de bajos recursos del Ascenso. El lugar, como es de esperar, no tiene nivel de élite como tienen los clubes de Primera División. Apenas posee estacionamiento para sus dirigentes, que deben ejercer maniobras al estilo Rally para no estancarse en el barro con sus autos. A pocos metros se puede observar el campo de juego. Ese espacio verde con tribunas para aproximadamente 3.000 hinchas.
Son muchas cosas las que cambiaron luego de la polémica entre Deportivo Riestra y Comunicaciones. La imagen del club pasó de ser la de un equipo que avanzaba a paso firme en el torneo reducido, a la de los malos de la película. Hasta se habló de mafia por la relación de Víctor Stinfale con el club. Las peculiaridades de sus pretemporadas, sumado el apoyo público de Diego Maradona, ya hacían que Riestra no pasara inadvertido.
Sin embargo, la inoperancia en la seguridad en la final a la B Nacional nuevamente dejó a las claras muestras de que se tomó el asunto con ligereza. La completa facilidad con la que ingresaron personas hacia el campo de juego abre un nuevo capítulo en el libro de fallas que afectan al fútbol argentino. En complicidad con el libre espacio que les dejó la policía para no evitar que sucediera, Riestra niega, entre otras cuestiones, la culpabilidad de Leandro Freyre. Las miradas y las cámaras lo apuntaron como el responsable. Pero desde la oficina del club, con el vicepresidente Fernando Salorio a la cabeza, lo defienden.

“Al mismo tiempo que estaba Freyre, ya en el área había 50 personas. La tele siguió a la pelota, donde fue Freyre, pero ya estaba toda llena el área”, le esgrimió Salorio a ETER Digital. Las sospechas apuntan a que el jugador de Riestra obedeció las órdenes de sus superiores para entrar a interrumpir el juego. Pero Freyre ingresó, trotó hacia la pelota y hasta empujó a un jugador de Comunicaciones. Cuando el árbitro se percató, el acto ya estaba hecho. A la policía se le escapó uno. No era uno cualquiera. Fue la punta el disparador que encendió a jugadores, cuerpos técnicos y dirigentes, que se acumularon cerca del juez principal. Misión cumplida. La seguridad se volvió una figura sin autoridad, un apoyo intrascendente, una presencia sin sentido. “Está suspendido provisionalmente. Si vos tenés una persona que tiene un problema no lo podés descartar, lo tenés que apoyar”, continuó Salorio refiriéndose a los supuestos ataques de pánico que padece el jugador.
No es un chiste. En la sede de Riestra, Salorio habla y en una de las paredes se luce un sugestivo cuadro: es la imagen de ‘Don Vito Corleone’ (protagonista de la película El Padrino) junto al logo de la marca energizante Speed. La empresa vinculada con Víctor Stinfale.


LA CARA DEL PODER

Víctor Stinfale convirtió a un equipo sin estructura en uno poderoso. Riestra tuvo un ascenso trepidante y desde esta temporada jugará en la B Nacional. Perfil de un hombre que opera en las sombras, aunque en Riestra lo llamen “El jefe”.

Por Ramiro Farías y Juan Manuel Gil

La relación entre el poder y el fútbol es inherente. A veces el vínculo roza lo oscuro, como en el caso de Víctor Stinfale. El abogado penalista más mediático de la Argentina es el “gerenciador” de Deportivo Riestra, un supuesto club humilde de Nueva Pompeya. Muchos se preguntaran cómo llegó a la institución. Stinfale no tiene ninguna documentación firmada que establezca que él es el gerenciador del club.
En su principal profesión defendió a delincuentes como el Gordo Valor, José “El Abuelo” Barritta, la familia Escobar e incluso al traficante de armas sirio Monzer Al Kassar. No hay que investigar para llegar a esos datos. Lo cuenta el propio Stinfale en su mini biografía de Twitter.
Otron aspecto característico del abogado es su vinculación con “la noche”: dueño de Speed, la bebida energizante más conocida en los boliches del país, fue unos de los involucrados en la trágica fiesta electrónica Time Warp.
Su ocupación en el club es diferente a la que le valió la fama como abogado. Nunca se lo ve pero está. Jamás fue a la AFA, pero el hecho de acumular poder hace que sea temible o mirado con otros ojos por dirigentes de los demás clubes. A pesar de ser un dirigente sin papeles, en el club lo llaman “El Jefe”. En sus cinco años dentro del club, armó un esquema de poder y millones de pesos para que Riestra ascienda rápidamente tres categorías, un hecho que no tiene antecedentes en la historia del fútbol argentino.
En del club actúa como presidente y entrenador. Con su poder, el nivel de Riestra se potenció. El abogado consiguió que la marca de las camisetas sea Adidas, algo sumamente curioso. Es el único club del Ascenso vestido con esa marca.
Dada su amistad con Maradona, hizo que Diego en algunas ocasiones hiciera de entrenador y arengara a los jugadores de Riestra. Stinfale “cumple con todo”, dice una voz en off, que es parte de la estructura de sus empresas. Si alguien tiene una deuda, él la resuelve. Siempre con sus particulares modos, como los empleados para las pretemporadas; es sabido que los futbolistas de Riestra son sometidos a levantarse de madrugada para realizar cuatro turnos de entrenamiento. En los partidos se puede escuchar al “Jefe” dándole indicaciones a través de un handy al mismísimo entrenador del club.
Otro de los sellos característicos de Stinfale es haber impuesto la inscripción de Irak en la camiseta de Riestra, porque así se llama el equipo en el que juega un campeonato amateur empresarial.
Después de lo sucedido con Comunicaciones, todo indica que Stinfale no tiene techo. Riestra tampoco.


SENTIRSE ROBADO

El instante de la invasión de campo lo viví a pura adrenalina, con ganas de llevarme puesta a la Policía, a Guille (ayudante de campo que me frenaba), y a todo aquél que tuviera en su ropa el escudo de Deportivo Riestra. Sin medir, incluso, una eventual futura sanción o alguna medida disciplinaria. Así me nació en ese momento, por bronca acumulada, por sentirme robado, y por ganas de hacer justicia por mano propia. ¿Pero qué justicia iba a hacer si una vez que la pelota se mancha es imposible remediarlo?

Por Sebastián Corda (*)

(*) Jugador del plantel profesional de Comunicaciones y estudiante de periodismo.

Desde el club nos fuimos en busca de una tarde soñada para todos y de pronto nos encontramos con la trampa, el juego sucio y lo que logra el poder cuando es usado a su favor.  Escuchaba con auriculares Añoranzas de Los Manseros Santiagueños en el instante en que llegábamos al estadio ubicado en Bajo Flores. Con la ropa de concentración habitual y debajo de la remera tenía algo muy especial. Una foto que refleja muchas cosas. Mi viejo y yo compartiendo uno de los momentos que tan felices nos hacía. Los dos estábamos con chaquetilla, lentejuelas, pantalones con flecos y el repique con el que tocaba. En otras palabras, nos íbamos a la murga. A solo dos semanas de su muerte necesitaba regalarle esa final.

Parte de la impotencia que me invadió en ese momento fue por ver cómo se derrumbaba ese deseo, esas ganas de darle a aquella estrella que ahora está en el cielo un brillo aún más grande y no poder lograrlo. La deuda sigue hasta el día de hoy.

Las leyes estaban claras. El fallo se esperaba el lunes, después se decía que saldría el martes y hasta se había hablado del viernes de esa semana. Ante la dilación de días, pensamos: “nos van a cagar”. Era la sensación de todo el plantel. Lo peor de todo es que iba a ser peor. El árbitro dijo que no había identificado al jugador que invadió, cuando en las imágenes televisivas se lo vio claramente. El Tribunal de Disciplina, tras las declaraciones del árbitro, se basó en otro punto del reglamento y decretó jugar esos cinco minutos. Sin pena ni gloria y con la frente bien alta estamos a la espera del comienzo de otro torneo de la Primera B con el cuchillo entre los dientes. Como debe ser.

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