LOS BOMBOS TAMPOCO OLVIDAN


Peteco Carabajal fue el abanderado de La Ronda Legüera, una agrupación que va por el sendero de la soberanía cultural.

Por Aníbal Mon

Los bombos legüeros tienen memoria y saben de genocidios. Porque fueron, unos cinco siglos atrás, el medio de comunicación elegido por pueblos originarios del noroeste argentino diezmados por la conquista española. La cantidad de golpes sobre los parches fabricados con cueros de animales indicaba con su sonido, a varias leguas de distancia, si había baile, velorio u otro acontecimiento en la comunidad.
Será por eso que un centenar de esos cuerpos de ceibo ahuecado convertidos con el tiempo en instrumentos musicales emuló el viernes pasado, con sus repiques, los latidos del corazón de la multitudinaria marcha que unió el Congreso con la Plaza de Mayo a 41 años del inicio de la feroz dictadura militar que dejó 30 mil desaparecidos, víctimas del terrorismo de Estado.

Una gran pancarta con la leyenda Verdad, Memoria y Justicia; Chacarera y Liberación; por el sendero de la soberanía cultural encabezó la columna de unas cien personas, y casi la misma cantidad de bombos, que avanzó por Avenida de Mayo. Esas almas se fundieron en la marea integrada por otras 400 mil, según las estimaciones de los organizadores.
La chacarera es un ritmo ancestral emparentado con Santiago del Estero y que tiene al legüero como aliado indispensable. El consagrado folklorista santiagueño Peteco Carabajal fue el abanderado de esta delegación bautizada como La Ronda Legüera, compuesta por personas de distintas edades, llegadas de diferentes lugares del Conurbano, y de la Ciudad de Buenos Aires, muchas de ellas con raíces norteñas.
“Los bombos legüeros tienen memoria, con esa consigna llegamos y también con muchas ganas de aportar y participar, a través de nuestra música popular, con esta causa de es de todos los argentinos, la de que no se silencie el grito y el reclamo de memoria, verdad y justicia”, dijo Juani Rojas, el creador de La Ronda Legüera nacida en la localidad bonaerense de Tortuguitas, donde él reside.
La columna entró a la plaza histórica chacarereando, bailando, cantando. Los golpes sobre los parches de cuero de cabra o chivo marcaban el paso. Las guitarras, la voz de Peteco y hasta algún violín inspiraban a los bailarines. Irma, de Los Polvorines, y su pequeño hijo Ciro de 6 años no disimulaban su asombro y perplejidad por hacer sonar en ese marco imponente el instrumento que los acompaña en muchos momentos de sus días. Esos bombos, y los troncos de árbol que les dieron vida, atesoraban en sus memorias recuerdos de otras épocas, de otros genocidios. Por eso, en esta ocasión, tampoco quisieron olvidar.

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