MALVENIDAS A LA CIUDAD DE TRELEW


Miles de mujeres se autoconvocaron al 33º Encuentro Nacional de Mujeres en la ciudad patagónica. Durante los tres días del fin de semana largo de octubre, las participantes inundaron las calles ante la mirada temerosa de los vecinos del lugar. Te contamos cómo lo vivimos nosotras y como lo sintió la ciudad que nos recibió.

Por Agustina Zeballo

“¿Se van a portar bien? Portense bien”, medio exigió, medio suplicó el taxista que nos esperaba en el aeropuerto de Trelew para llevarnos a la que sería nuestra casa por los próximos tres días que duraría el 33° Encuentro Nacional de Mujeres. Él era nuestro primer contacto con alguien del lugar y estaba asustado, como muchos en la ciudad.

El intendente de Trelew, Adrián Maderna, aconsejó a los residentes hacer compras anticipadas, no transitar el centro de la ciudad y en lo posible no salir de sus casas. Quienes contaban con más recursos, incluso, decidieron irse de la ciudad los días en los que transcurría el evento. Tal cual, lo hizo el gobernador del lugar: Mariano Arcioni.

Unas horas antes del encuentro con el taxista, aún en el Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires una pareja de curiosos parisinos volaban a la Patagonia en el mismo vuelo que nosotras sin saber que allá, donde iban, se iba a realizar el encuentro más austral que hasta entonces se había realizado, con más de cincuenta mil participantes.

Un poco tímida ella, de unos sesenta años, se acerca a nosotras y nos dice que su esposo, que no habla español, quiere saber qué son los pañuelos verdes que todas tenemos colgados de la mochila, el pelo, o la ropa. Le explicamos que es el pañuelo de la campaña por el aborto legal, seguro y gratuito y ella se lo traduce a su esposo. Se comentan algo en un francés cerrado que ninguna comprende y ella traduce: “Mi esposo no puede entender cómo aún están luchando por esto, parece la Edad Media”. Nosotras tampoco lo entendemos.

Una vez en el avión, descubrimos que también viajábamos con Nelly Minyersky, la abogada argentina, pionera en la lucha por los derechos de las mujeres. Ella saluda contenta a cada una que se asombra, se emociona o se contiene cuando la ve sentada en la primera butaca. Después de ver el amanecer sobre el Océano Atlántico y dos horas de vuelo, escuchamos a la azafata decir por el parlante: “Bienvenidos a la ciudad de Trelew y bienvenidas al trigésimo tercer Encuentro Nacional de Mujeres”. Todas aplaudimos.

De vuelta en el taxi y su conductor asustado. El principio del viaje transcurrió en silencio con el señor prestando una especial atención a lo que veía en el espejo retrovisor. Cuando se aseguró que no teníamos un arsenal de bombas molotov, que no íbamos a grafitear su auto y que teníamos más sueño que otra cosa nos empezó a hablar. Que nos portemos bien, que no destrocemos nada, que no le peguemos a nadie. Él vio las noticias, sabía lo que íbamos a hacer. Le explicamos que el encuentro no era eso, que en los medios solo muestran lo que conviene a su discurso pre armado. Le contamos sobre los setenta y dos talleres que se darían en simultáneo sobre las distintas problemáticas que enfrentan mujeres, lesbianas, travestis y transexuales. Sobre cómo después de esos tres días de reflexión se crearían ciertas recomendaciones de las que saldrán nuevos planes de acción y proyectos de ley. Después de la charla y de dejar atrás un paisaje de bardas y arbustos cuando llegamos a la ciudad: ya no desconfiaba, por lo menos de nosotras.

En una casa de un solo piso con ladrillo a la vista y techo de chapa nos reciben dos perritos con muchos ladridos y una mujer que nos grita que entremos, que está abierto. Rina nos alquila una habitación de su casa y espera otro grupo más. Le gusta sentarse con nosotras en la mesa de su cocina y hablar. Así lo hace los tres días. Ella no nos tiene miedo a nosotras, le tiene miedo al estado de emergencia por violencia de género que declaró la Legislatura de Chubut hace cuatro meses, a todo los hombres que ella dice que conoce a los cuales sus parejas denunciaron y siguen libres caminando las mismas calles y a los que esperan a las chicas cuando bajan del colectivo en la ruta para, en el mejor de los casos, violarlas.

Rina tiene dos hijos, de pareja no habla. Es flaquita y con el pelo corto y de color bordo. El mate lo toma dulce y nunca había escuchado hablar de los encuentros de mujeres, que se dan todos los años desde que ella tenía diez, hasta el año pasado cuando se enteró que se haría en Chubut. Dice que cree que es feminista pero que no lo sabía. La primera mañana nos confiesa que le gustaría acercarse al centro a vivir el encuentro pero que tiene miedo. A fuerza de insistencia y relatos sobre encuentros pasados el segundo día Rina le pide a una amiga del barrio que la acompañe a un taller y a la marcha.

Al salir de la casa para ir a la primera jornada de talleres no sabemos muy bien para dónde ir. El barrio de casas bajas, patios delanteros y calles de tierra seca y piedras no tiene señalizaciones. Una mujer en un auto intenta explicarnos cómo llegar a la terminal pero prefiere llevarnos directamente. Dice que es más fácil. Una vez en el auto nos explica que ella “es pañuelito celeste”, que le aconsejo a Rina que no hospedara a chicas del encuentro pero que igual nos lleva. Cuando nos bajamos nos pide que nos portemos bien. Por un momento, alguna va a volver a explicar que no viajamos mil trescientos kilómetros para romper nada. Pero esta vez la dejamos ir, seguramente ya se va a dar cuenta sola.

El encuentro transcurre con el mismo ambiente de fiesta y lucha que todos los años. La plaza se llena de música, batucadas, cantos y malabares. Se juega al fútbol, se duerme bajo los árboles, se va a alimentar a los patos, se pintan murales. Lejos del encuentro que los medios muestran en donde en los ratos libres todas cargamos nafta en botellitas para hacer bombas molotov.

Los cinco kilómetros de marcha de cierre están repletos de compañeras con brillos en la cara y lágrimas de emoción en los ojos. De baile al grito de “mujer, escucha, únete a la lucha”. De invitación a las vecinas que salen a las puertas de sus casas y ven a la marea verde pasar, todas juntas, como una interminable víbora que se pierde en el horizonte. Y de padres, hijos y hermanos que esperaban pacientes a un costado ver pasar a la mujer que aman más fuerte y luchando.

Nos quitaron tanto que nos quitaron el miedo. Y a Trelew le pasó lo mismo. Se dice que algo cambia en cada mujer que va al encuentro. Lo mismo tiene que pasar con la ciudad. Esa es su potencia transformadora. El año que viene nos vemos La Plata.

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