“ME CRUCÉ EN EL COLECTIVO CON QUIEN ME ABUSÓ”


Martina Rodríguez tiene 18 años y una valentía para imitar; hace dos años denunció a su padrastro por abuso sexual y a su mamá por violencia doméstica. Los grupos de terapia con otras mujeres la ayudaron a salir adelante pero su denuncia está varada en la burocracia judicial.

Por Camila Smith

La violencia machista es un tema que se instaló en la agenda este último tiempo. A pesar de los movimientos y marchas que se realizaron en todo el país, miles de denuncias ni siquiera llegan a un juicio. Como es el caso de Martina Rodríguez, que hace dos años denunció a su padrastro por abuso sexual y a su mamá por violencia doméstica pero todavía sigue sin respuestas por parte de la justicia.

Martina tenía 14 años cuando dejó de vivir con sus abuelos y se mudó –obligada–con su madre, hermana y padrastro. Ella sintió, desde el primer momento, que él tenía algo en contra suyo. Un día llegó del colegio, se puso a cocinar y el hombre, que volvía de su trabajo, le pidió que le cocine algo. Al contestarle que no, la agarró fuerte y la abusó sexualmente. Cuando se quiso defender la amenazó para que no cuente nada. “Él pagaba el alquiler y los gastos. Teníamos problemas económicos y me daba miedo que dejara de ayudarnos”, explica.

Esta fue la primera situación de violencia, de las muchas, que se repitieron a lo largo de un año. “Me molestaba en la cocina, entonces dejé de ir y de comer. Esperaba a que se fuera para no verlo”, dice.  Más tarde, la mamá de la adolescente se enteró de los acosos que ella recibía. “Me empezó a pegar diciendo que era una mentirosa y que estaba loca”, cuenta.

A fines de enero de 2015 Martina denunció a su mamá por violencia doméstica, mientras su abuela pedía por la tutoría. “El psicólogo se dio cuenta de que había algo más, una razón por la cual nos llevábamos tan mal. Por eso me citaba una vez a la semana y me preguntaba qué pasaba realmente”, dice. Después empezaron las clases en su colegio que, por seguridad, tenían que llevarla e irla a buscar porque a unas cuadras vivía su madre y su pareja. “Tenía mucho miedo, ella me llamaba y me amenazaba”, recuerda. Su profesora de literatura empezó a notarla mal y a cuestionarla, hasta que finalmente le contó lo que le estaba pasando. “Me daba mucha vergüenza decirlo. Vino la policía, me entrevistaron y después lo denuncié. También pidieron para comenzar un tratamiento porque tenía anorexia, bajé 22 kilos”, agrega.

-¿Sabés qué carátula tenía cada denuncia?

Sí.  Él por abuso sexual y mi mamá por violencia doméstica.

-¿Y qué determinó el juez o fiscal?

Nada. En octubre del año pasado íbamos a ir a juicio, hasta me explicaron cómo iba a ser el procedimiento. Estuve todos estos años esperando a que hagan algo, también tuve mucho tratamiento psicológico.

-¿Lo pagabas vos o te los ponía el Estado?

El Estado. Los psicólogos me ayudaron un montón, me enseñaron a no tener vergüenza.

-¿Fuiste a algún otro lado?

Sí, a charlas de mujeres en las que había psicólogos. Éramos 15 chicas del barrio que habíamos pasado por cosas similares, ellas me entendían y me sentía mejor.

-¿Se siguen haciendo?

No sé, hace mucho no voy. Donde iba era en una estación de bomberos en la que había un Ministerio de Desarrollo Social.

-¿Eran gratuitas?

Sí. Habré ido como a siete charlas.

-¿En qué consistían?

Nos ponían a todas en una ronda y nos preguntaban qué tal nuestro día. Después cada una podía empezar a contar por qué estábamos ahí, sin miedo, pero yo era tímida.

-¿Los otros casos eran parecidos a los tuyos?

Una chica que había sido violada por su hermano, una mujer que en ese momento recibía violencia por parte del marido…

-¿Se hablaba de violencia machista o sólo se tocaban los problemas?

No. Sólo se hablaba de los problemas y tratábamos de entendernos, sentía mucho apoyo.

-Los jueces y fiscales, ¿qué medidas precautorias tomaron?

En el momento tenían una perimetral… sólo eso.

¿La respetaron?

Sí, pero me volví a cruzar al hombre de casualidad en el colectivo y me puse mal, él se rió…

-¿Cómo está la causa hoy?

En octubre del año pasado iba a haber un juicio que se postergó y no me llamaron más, quedó en la nada el caso. Mi abogada me dijo que al tener 18 años ya no me dan la misma bola, también me explicó las penas que podía llegar a tener.

-¿Cuáles?

Hacer trabajos comunitarios, un curso psicológico o una fianza. Me dijeron que es muy raro que vaya a cumplir una condena.

¿Y qué tendría que haber pasado para que el caso llegara a la justicia y se le dictara una condena?

Tendría que haber ido directamente a la policía para que me hicieran las pruebas reales después en un hospital. Para el momento que yo denuncié tampoco tenía golpes, fueron cuatro o cinco meses después.

-Últimamente se habla un poco más de este tipo de violencia, ¿creés que puede cambiar esto y que la justicia actúe distinto a como lo hicieron con vos?

No. A mí me explicaron que hay millones de casos en el país y que a muy pocos le dan importancia. Como me pasó a mí, les pasó a muchas. No somos tan importantes como otras personas o no se divulgó tanto para que hagan algo.

*El nombre de la víctima fue cambiado para su protección.

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