NUNCA MÁS CALLADOS


Crónica de la sentencia a los seis prefectos que secuestraron, amenazaron, golpearon y robaron a Iván Navarro y Ezequiel Villanueva Moya.

Por María Belén Ancarola

A las 11:30 de la mañana del viernes pasado, Iván Navarro salió del Salón de Derechos Humanos del Palacio de Justicia de la Ciudad de Buenos Aires y se sumergió en abrazos, fotos, y algunas lágrimas con sus amigos y familia: “Me pone feliz que hayamos llegado a esta instancia. Hay muchas madres que no pueden volver a ver a sus hijos y muchos chicos que no pudieron contarlo y son víctimas de gatillo fácil”. La sentencia a sus torturadores, seis prefectos que casi dos años atrás secuestraron, amenazaron, golpearon y robaron a Navarro y a su amigo Ezequiel Villanueva Moya, iba a conocerse horas después. Afuera de Tribunales, militantes de La Poderosa, la organización popular a la que pertenecen los jóvenes, acompañaban desde temprano con mates, cantos y banderas colgadas por toda la plaza que llevaban consignas como “Fuera Bullrich”, haciendo referencia a la Ministra de Seguridad, y “Control popular a las fuerzas de seguridad”.

Minutos antes en el salón, que es el mismo donde fueron juzgados los responsables de las violaciones a los derechos humanos cometidos durante la dictadura militar, todos los bancos estaban completos: Adolfo Pérez Esquivel, militante y ganador del premio Nobel de la Paz, y Nora Cortiñas, titular de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, se encontraban en la primera fila. También estaban presentes Roque y Jesica Azcurraire, trabajadores de La Garganta, entre otros amigos y familiares de los sobrevivientes. Todos esperaban escuchar las últimas palabras de Leandro Adolfo Antúnez, Orlando Ariel Benítez, Osvaldo Alberto Ertel, Eduardo Sandoval, Ramón Falcón y Yamil Marsilli, los acusados, antes de saber la sentencia.

 

A pesar de que estaban implicados en delitos de tortura, privación ilegítima de la libertad, lesiones leves y robo agravado y calificado, todos (excepto Marsilli, que no quiso hablar) aseguraron ser “hombres de bien”. Incluso uno de ellos, Ertel, comparó su vida desde que lo detuvieron con lo que sufrieron Iván y Ezequiel esa noche de septiembre de 2016: “Quisiera pedirles disculpas a estas dos personas por todo el mal que pasamos, porque todos pasamos por una situación de encierro. Ellos quizás se encuentran igual que nosotros, con miedo. Nosotros estamos de la misma manera, o peor, porque estamos encerrados en un lugar lejos de nuestras familias”.

Algunos utilizaron sus últimas palabras para hacer referencia a sus situaciones familiares. “Tengo una hija de un año y cuatro meses a la que no conocí debido a la situación en la que me encuentro. Sé que el tiempo que no pude verla no lo voy a recuperar, pero espero ser feliz a su lado”, dijo Sandoval. Benítez también eligió hablar sobre sus allegados: “A los dos meses de quedar detenido, mi mamá tuvo un ACV, por eso sí me siento culpable, porque cuando la llamo por teléfono balbucea, lo de ella no tiene cura. Mi familia siempre creyó en mí, y están yendo al psicólogo para superar esta situación”.

En el juicio oral, que comenzó el 11 de mayo, la fiscalía y las querellas habían solicitado penas de 12 a 18 años de prisión. El abogado defensor Ricardo Izquierdo, que también representó al carnicero absuelto recientemente por matar a un ladrón, fundamentó que los hechos no significaban torturas. En una de las audiencias, incluso, sacó un ejemplar del libro Nunca Más y dijo: “Este Salón sabe que torturas fueron las de ese momento, estas no”.

Los jueces Fernando Ramírez y Jorge Gettas y la jueza Ana Dieta de Herrero dieron a conocer la sentencia alrededor de las 15. Leandro Adolfo Antúnez, Orlando Ariel Benítez y Osvaldo Alberto Ertel fueron condenados a 10 años y seis meses de prisión. Eduardo Sandoval, Ramón Falcón y Yamil Marsilli, a 8 años y 11 meses. La sentencia fue festejada por los presentes al canto de “como a los nazis les va a pasar, adonde vayan los iremos a buscar”.

Con respecto a esto, María del Carmen Verdú, abogada y referente de CORREPI, dijo que “más del 95% de las causas por aplicación de tormentos que llegan a ser juzgadas son tipificadas judicialmente con alguna otra figura menor, como apremios, vejaciones o severidades. Así se cumplen dos objetivos concurrentes: por una parte, la pena es leve y casi siempre excarcelable. Por otra, evita que la sentencia admita la comisión de un crimen de Estado, ya que consagra la tesis del ‘hecho aislado’ cometido por un individuo, independientemente de su condición de agente del Estado”. Además, destacó el trabajo de La Poderosa para lograr la sentencia: “Sólo se logra quebrar esa lógica cuando la movilización popular sostiene el reclamo en las calles y la lucha organizada visibiliza y rodea la causa con solidaridad popular activa”.

Al salir de Tribunales, a los jóvenes los esperaban sus compañeros de militancia, que entre pogos, abrazos, lágrimas y cantos, festejaban la sentencia. Luego, los presentes se sacaron una foto con los puños en alto y haciendo el grito que caracteriza a La Garganta Poderosa, ese que demuestra que los pibes villeros ya no se callan más.

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