PALABRAS LIBRES


Dentro de la cárcel de máxima seguridad de Florencio Varela existe una redacción compuesta por presos. Allí nació “Desde Adentro”, que se presentó en la última feria del libro.

Por Ezequiel Bratti y Kevin Robledo

desde adentro 3

“La literatura me salvó la vida”, confesó Marcelo Occhiuzzo, corrector de Desde Adentro, una antología de relatos escritos por los internos del pabellón 4 de la cárcel de máxima seguridad número 23 de Florencio Varela. Occhiuzzo actualmente está en libertad, pero hubo una época donde estuvo preso. En ese tiempo, junto a otras personas en su misma situación, encontró en la escritura un refugio de un mundo lleno de violencia, abandono y desesperación que se refleja en las páginas del libro.
Alberto Sarlo es un abogado comercial y escritor que hace cinco años también trabaja dentro del pabellón número 4. Su trabajo consiste en llevar adelante un taller literario en una cárcel de máxima seguridad. Él asegura que los hechos de violencia entre los internos se redujeron por completo desde que comenzó su labor hasta el momento de la nota. “Desde hace cinco años que los guardias no tienen la necesidad de entrar a reprimir al pabellón”, afirmó.
Los habitantes del pabellón 4 están allí por distintos tipos de delitos. Adentro funciona una redacción equipada con algunas computadoras e impresoras. Por otro lado, hay espacios para realizar artes plásticas e incluso algunos practican boxeo con rigurosa disciplina. Todo sirve para establecer las reglas de convivencia dentro del espacio habitado por los internos: si hay disturbios dentro del pabellón lo pierden todo, eso implicaría perder el taller, sufrir trasladados de pabellón o incluso terminar en otro penal. Junto con los internos, Sarlo fundó la cooperativa “Cuenteros, verseros y poetas”, con la que ya editó tres publicaciones: Antología de cuentos infantiles 1 y 2 y La filosofía no se mancha.

foto Desde Adentro

Este paisaje retratado en un rincón del penal de Florencio Varela es una excepción. Según un informe elaborado por el Centro de Estudios Laborales y Sociales (CELS) en 2012, el Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) cuenta con 18.640 plazas para las 27.991 personas privadas de la libertad. La falta de plazas sumado a la falta de obras produjo altos niveles de superpoblación, que se traduce en hacinamiento y problemas para satisfacer las necesidades básicas. El resultado es el aumento de la violencia, sobre todo entre los presos.
“Los internos de población son considerados lo más bajo que hay, la lacra: tenés pabellones evangélicos, pabellones de gestión y tenés los que quedan. Eso es población y yo trabajo con ellos”, comentó Sarlo. Muchos de los autores que dejaron su testimonio en las páginas de Desde Adentro retratan cómo es ingresar por primera vez a un pabellón de población. “¿Qué só: perro o gato?”, “¿Vas a pelear con faca, bigote?”, “Te voy a romper toda la panza, gil”, suelen ser frases de bienvenida dirigidas a los recién llegados. Allí, el que no pelea con una faca, planchuela o punta tiene destino de gato. En un pabellón de población ser un gato significa ser servidumbre, estar a la merced de aquellos presos que imponen su voluntad a la fuerza. Un gato se encarga de la limpieza, cocinar e incluso de satisfacer las necesidades sexuales de los porongas del pabellón. Pelear es el único camino para tratar de evitar ese destino. Igualmente no garantiza no terminar en el área de sanidad mal herido ya sea por una pelea, un ataque entre varios o una violación.
“Cuando entré mataban a un pibe por semana”, contó Occhiuzzo sin que le temblara la voz. El testimonio de los internos revela que los guardias permiten las peleas, incluso llegan a esperar al desenlace para intervenir. Igual, de poco sirven los candados (palabra tumbera para guardias). Son los presos lo que imponen sus propias reglas y orden jerárquico, ellos toman las decisiones. “Hay cosas que no se cuentan en el libro, ni se van a contar jamás en la vida, pero lo vivimos”, aseguró Occhiuzzo.
Sarlo admitió que trabajar dentro de una cárcel es emocional y físicamente desgastante y aseguró: “Mientras los chicos me respondan, yo voy a tener fuerza para bancármelo“. El trabajo realizado que culminó con esta antología compuesta por testimonios escritos por los mismos presos tuvo que atravesar varias etapas. La primera fue lograr que les interesara el taller de escritura. “Les dije que yo podía ayudarlos a hacer un cuento para sus hijos y ahí se prendieron“, contó Sarlo. El abogado aseguró que cuando llegaron al taller eran “ignorantes sociales”. Muchos no sabían leer y escribir más allá de lo que habían aprendido mirando anuncios en las calles o en la televisión. Pero el principal problema era que los internos puedan llegar a la “zona de educación”, un espacio destinado para que se dicten los talleres. Pero según relata Sarlo, para poder acceder allí es necesario pasar por varios controles y a veces incluso sobornar a alguien o someterse físicamente. “Todo eso lo evitamos yendo al pabellón”, contó Sarlo, y agregó: “Eso lo logré porque ellos me invitaron“. También destacó la actitud del director de la cárcel, que le permitió ingresar cuando percibió que no corría ningún peligro.
“Ver la reacción de los chicos al ver el libro terminado fue impactante. Es fuerte“, dijo Sarlo con los ojos vidriosos. “Los chicos (por los presos) se ponen a llorar cuando lo ven”, enfatizó. Tanto Occhiuzzo como Sarlo sostienen que la literatura les ofreció a los presos la posibilidad de “revindicar su rol en la sociedad de alguna manera”, y que este tipo de actividades ofrece un camino distinto para transitar la condena y poder desarrollar herramientas que permitan estar lo más preparados posibles para el momento de recuperar la libertad. Eso mismo le ocurrió a Occhiuzzo, que presentó junto a Sarlo Desde Adentro en la última Feria del Libro, en el mismo día en que su libertad condicional se convirtió en definitiva.

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