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En el tango la tradición indica que el hombre es el que guía a la mujer. Pero la propuesta cada vez más fuerte en la escena porteña es trascender la sexualidad de los bailarines

Por Horacio Villar y Marcelo Manzi. Fotos: Malena Adandia.

“El tango queer propone animarse al abismo”, dice con un entusiasmo que la obliga a sonreír, como si todavía tratara de comprender el tamaño que tomó el movimiento que nació en 2001, en salas de ensayo aisladas de las milongas. Mariana Docampo sostiene que ese abismo es la fragilidad que tienen las definiciones de uno mismo, que no siempre se es realmente lo que se cree y que animarse a esas posibilidades es uno de los fundamentos del tango queer.
Aclara que ella es escritora, que siempre se definió desde ahí. Cuenta que el tango le surgió como una oportunidad económica que no tenía con las letras. Pero con el tiempo sus oficios fueron encastrando: “En la escritura estás sola frente a la computadora; sin embargo esto (el baile) es sociable, físico, estás con el cuerpo. Es el complemento perfecto”.
Publicó dos colecciones de cuentos y dos novelas, en las editoriales Simurg y Bajo la luna. En su narrativa hay un revisionismo de la tradición y una búsqueda en nuevas formas de contar. En octubre, ganó una beca del Fondo Nacional de las Artes para escribir un libro sobre tango queer: “Es la primera vez que mezclo mis profesiones. El libro también combina estilos como la crónica, la autobiografía y reflexiones sobre el movimiento y su danza”.

En el manifiesto de tango queer, redactado por Mariana, se especifica que la propuesta es bailar tango sin que los roles estén fijos al sexo de quienes lo bailan. La tradición indica que el hombre es el que guía y la mujer se deja hacer. Sin embargo el movimiento tiene un fuerte sustento histórico: los primeros bailes en el arrabal eran entre hombres.
Explica que es más difícil para la mujer “aprender a guiar”, ya que es la primera vez en la historia del tango que sucede. Cuenta que a ella también le costó y que al principio solo daba clases a mujeres. Pudo crear un grupo estable cuando le abrieron las puertas en la Casa del Encuentro, un espacio feminista, pero al poco tiempo el espacio quedó chico y no le permitieron incluir hombres en las clases.
En 2005 creó la Milonga Tango Queer en Buenos Ayres Club, San Telmo. Al año siguiente fundó con Augusto Balizano, creador de La Marshall Milonga Gay, el Festival Internacional de tango queer de Buenos Aires. De ahí en adelante, el fenómeno creció, tomó relevancia internacional e impactó en los códigos y normas tradicionales.

“Me excede, pero siempre lo supe. Aunque no sé si la gente lo dimensiona porque nos ve como homosexuales bailando tango, cuando el planteo simbólico va más allá; mueve toda la estantería. Va a trascender a estos espacios, esto es parte de la modificación del tango tradicional, pero no lo relacionan”, augura riéndose como quien le explica un chiste a alguien que no lo entiende.
Sabe que los milongueros más viejos no van a querer aceptarlo, que no entienden los tiempos que corren y que el tango debe modificarse como todo lo demás. “Venimos a actualizar. En las milongas tradicionales hay un sistema de códigos que se armó en los años 40, pero ahora hay mucha mezcla. En estos 10 años cambió la vida. Entiendo que hay una proximidad implicada, una sensualidad. Tienen miedo de que los acusen de gays”, analiza y agrega que no todos se la bancan.

Más tarde gráfica esa proximidad, esa sensualidad, enredándose en la pista con una compañera de baile. Es tango, sin lugar a dudas. Se turnan para guiar. Se llevan con la mirada, con el pecho, con las piernas firmes, y entre los silencios del bandoneón los tacos marcan la madera.
“El modo gay de vivir lo expresamos en el tango”, sentencia. La consigna es desprenderse de las leyes del género. Es algo que, explica, va más allá de las orientaciones sexuales. Al mirar la pista colmada de parejas dice que “el tango queer viene a posibilitar algo que no estaba: ser libre”. Y baila.

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