PERFIL DE PAPÁ


En su diccionario no existía la palabra “metástasis” y terminó sus días sin conocerla. Era su cuerpo el que se la hacía sentir, era el fin de José. Aquel hombre que recomendaba mirar el cielo al menos una vez al día para dar gracias por estar vivos.

Hijo de una herencia que lo distraía de la realidad, José había iniciado un romance con el alcohol al igual que su padre. Una costumbre que lo alejó de todo aquello que construyó, pero que también lo ayudó a dibujar los más insólitos pasos de rock and roll atrapando las miradas de cualquiera que se encontrara cerca de él.
No era socio de Racing, tampoco habituaba el Cilindro de Avellaneda en cada fecha de partido. Lo de él era algo más místico, una conexión que se materializaba en celestes y blancos. Siempre que algo se le presentaba en estos colores, José afirmaba: “Es de la Akd”.

Con notas de engranaje y fríos metales, llevaba su particular fragancia metalúrgica, una profesión que no solo le dio “todo a lo que pudo lograr en vida”, sino que también le dejó una particular manía: tocar a cada instante la yema de sus dedos con la punta de la lengua para hidratar sus manos ásperas.
A los siete años el puesto del canillita del barrio le pertenecía, aunque también iba a la escuela y eran más los golpes que recibía por no aprobar sus exámenes que las felicitaciones por aportar con la economía del hogar. Descendiente de mapuches y españoles, para 1955 José nació en Morón y su alma decidió encarnar en una realidad de pobreza compartida con cinco hermanos más.

Aquél era José: un “Pacheco loco”, un hombre sin amigos, un padre que alimentaba fantasías. Escondido miraba la vida, amante del mar y las cervezas frías.

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