PRESA DE OTRA PRESA


Una joven relata su experiencia de vivir con el dengue y el miedo a contagiarse, mientras que el mundo científico busca soluciones controversiales para controlar la propagación.

Por Ariana Citcioglu

El ritual lo repite cuatro veces por día: abre su cartera, saca el repelente y se lo esparce por los brazos. Le siguen las piernas, expuestas plenamente al acecho del “asesino serial”. Un poco en el cuello, un poco en la cara. La crema vuelve a su mochila y ella respira profundo. No siente tranquilidad, ya nunca está tranquila en verano.

Renata Franco no recuerda qué día ni en qué feria de Cali la pieza bucal del vector le perforó la piel. Tampoco recuerda el viaje en avión a San Andrés, también en Colombia. Deliraba de fiebre. “Lo más probable es que tengas dengue”, le comunicó con enorme liviandad el médico que llegó cuatro horas después del llamado. A partir de ese momento, tan irrelevante para el doctor y tan común para el dueño del hostel, el perfume de Rena siempre huele a Off.

El virus del dengue es transmitido por el mosquito hembra, principalmente de la especie Aedes aegypti y, en menor grado, por la especie A. albopictus. Según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se producen 390 millones de infecciones por dengue cada año. A nivel nacional,  el peor brote ocurrió en el 2016. Se confirmaron 41.000 casos autóctonos, 2681 importados y 11 víctimas fatales. En el 2017, debido a acciones de control y prevención, los casos se redujeron a 556, sin muertes. Y en lo que va del 2018, se confirmaron 315 casos, de los cuales 95 se registraron en la Ciudad de Buenos Aires y 90 en la provincia de Formosa, las regiones más afectadas.

La diseñadora gráfica tiene que vivir con estos datos y tiene que vivir con el mosquito. Desde el 2015, cuando contrajo el virus del dengue en sus vacaciones en Colombia, sus veranos en Caballito ya no son lo que eran. “En noviembre suena la alarma de mi TOC y arranco a joder por todo el edificio. Mi enemigo principal es el platito que ponen debajo de las macetas. Ese lugar es potencial criadero de larvas. Igual, yo saco todo. Nada de floreros, nada de pelopinchos. Una vez tapé un mosquitero roto con un chicle. Y hasta me agarró alergia por dormir con dos espirales y una pastilla toda la noche”, admite Rena mientras enumera sus rutinas de verano para combatir al “putito de patas blancas”.

Depende, de qué depende

Fueron varias las campañas en las que el gobierno difundió medidas para evitar la propagación del vector: no tener recipientes con agua, usar repelente, vestir ropa clara de manga larga, y cómo olvidar la ‘ovitrampa casera’ para identificar la presencia de focos. Nada de eso es suficiente: el abordaje tiene que ser multidisciplinario.

Lucila Citcioglu, médica especialista en salud ambiental, sostiene que hay muchos niveles a considerar para combatir el brote: “Se debe mejorar la gestión de residuos, porque su acumulación los convierte en posibles criaderos. Además del control focal, que está dirigido a la fase inmadura del mosquito, es primordial limitar el uso de agrotóxicos. La gente pide que fumiguen, pero la fumigación solo mata a los mosquitos maduros y el uso en exceso lleva a que desarrollen resistencia y se deban buscar plaguicidas más potentes que pueden ser dañinos para la salud”.

El dengue hemorrágico, la forma grave de dengue, representa el 1% de los casos, pero si la infección se repite a causa de una segunda picadura del vector, las probabilidades de contraerlo, aumentan. Rena lo sabe. No hay día en que no se revise el cuerpo. Cuando ve un punto rojo, una pequeña erupción debido al anticoagulante que deja el mosquito cuando pica, empieza a sentir cómo la adrenalina la recorre; ataque de ansiedad, lo llaman.

“Me acuerdo de la primera vez que me vi una picadura después de haber tenido dengue. Era un puntito mínimo en la planta del pie. No lo dudé y me fui a la guardia. Esperé tres horas, llorando, para que el médico me dijera que volviera si tenía fiebre o me sentía mal; un pelotudo”, se ríe mientras relata su primer episodio que ella bautizó: “El baile del mosquito”.

La coreografía siempre es la misma: “Veo puntito rojo en la piel, me agarra ataque de ansiedad, voy directo a la guardia, me mandan directo a casa y yo rezo, hago promesas al más allá para que no me agarre fiebre en los próximos días. En estos tres años ya habré ido a la guardia cuatro veces por una picadura de mosquito. Voy cambiando de hospital para que no me deriven a psiquiatría”, se ríe la nicolense de 28 años.

Ella sabe que no es posible sufrir todos los veranos, lo habla en terapia, pero no puede evitarlo, porque aunque la prevención depende de ella, hay cosas que no puede controlar. “Me puedo poner el repelente, puedo vestirme de blanco todos los santos días, pero si en el asado del domingo un mosquito resistente tiene mucha hambre y ve mi cuello, ve mis deditos en mi ojota, perdí. Es agotador”, admite, esta vez sin sonrisa.

Juguemos a ser Dios

Para limitar la reproducción del mosquito, desarrollaron una modificación genética que impide que el vector sobreviva la descendencia. El OX503 tuvo su prueba de campo en Panamá, las Islas Caimán y en Brasil, donde la población de la especie se redujo en un 90%. “Éticamente es cuestionable; estamos barriendo una especie porque transmite enfermedades. La ciencia tiene las herramientas y el aval político para exterminar la continuidad del mosquito. Esa no es la solución”, afirma la especialista.

Los mosquitos son agentes polinizadores y también están involucrados en la cadena trófica, son comidos por muchos animales y se alimentan de muchos otros. Las aves migratorias, que son prácticamente dependientes de los mosquitos, podrían descender en número a más del 50% si estos no existieran. “Su eliminación tendría un impacto ecológico porque se modificaría su nicho. Algunos biólogos creen que otras especies podrían reemplazar su función ecológica en la cadena, pero no hay garantías de que eso ocurra. Es muy peligroso”, asegura la licenciada en biología, Romina Monti.

Mientras tanto, Rena va tachando los días de verano como una presa: presa de otra presa. “Pido una convivencia pacífica. Yo voy a seguir usando mi perfume, aunque cada año esté más caro”.

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