QUIJOTES EN EL ÉTER


Desde hace veintiseis años pacientes y externados del Hospital Borda hacen “La Colifata”, una radio abierta que lo cura todo. O casi.

Por Juan Bosnic

Como los mexicanos a la muerte, los argentinos llaman a la locura de muchas maneras. Pero en lugar de citarla con nombres propios como Catrina, Huesuda o Calaca, el ingenio criollo alude al estado mental con metáforas.

Fue colifato en los años 50, piantado en los ´60 y rayado en los ´70.

Entrado el siglo XXI se dice que está pirado, pirucho, o bien que está de la cabeza, de la gorra, del tomate, del moño, de la nuca, de la chapa, y de allí deriva que está chapa o chapita. También hay formas complejas: le faltan jugadores, tiene los cables pelados, no tiene los patitos en fila o no le llega agua al tanque.

En el lunfardo porteño “colifato” significa loco, pero dicho con afecto y respeto.

En 1991 Alfredo Olivera tenía 25 años, estudiaba Psicología y hacía un año que asistía como voluntario al Hospital Neuropsiquiátrico Doctor José T. Borda. Junto al grupo artístico Cooperanza promovía la participación de la comunidad para generar lazos con los internos. Una tarde fresca de agosto -que en esos inmensos pabellones se potencia al frío- inició una experiencia sin precedentes en el mundo y que bien podría haber sido incluida en “La argentinidad al palo”, el himno rockero a los logros autóctonos.

“Buscaba obtener impacto en dos campos: desde lo clínico, trabajando sobre las psicosis donde la dificultad principal es la falla en la función simbólica, el lenguaje como generador de sentido de la propia existencia. Y desde lo social abordar la estigmatización del loco como alguien imprevisible o peligroso, que lo marca como alguien diferente”, rememora Olivera.

Con un grabador dual como único equipo, una vez por semana los pacientes hablaban libremente de diversos temas. Editados como micro programas de no más de dos minutos eran puestos al aire por una radio comunitaria de la localidad de San Andrés, en el Gran Buenos Aires. Luego, se invitaba a la audiencia a enviarles mensajes, los que eran grabados y escuchados por los internos durante la semana, generando un ida y vuelta catárquico entre pacientes y oyentes.

Aún sin título, Olivera solicitó a los pacientes sugerir nombres para la audición. Entre los más de 40 mencionados, por votación de los oyentes, se eligió “La Colifata”.

Con algo de decepción por la evocación a la locura de la que querían escapar, lo aceptaron. Y lo que en un primer momento los categorizó como locos queribles, también sirvió para desdramatizar el problema, sin negarlo.

Lalo Mir, el destacado periodista y conductor, fue quien hizo pública la experiencia.

“Yo conducía Radio Bangkok por la FM Rock & Pop. Un día a la salida del programa se acerca un muchacho, puro rulos, me dice que es psicólogo y que dirige una radio hecha por pacientes del Borda.

-Bueno, decime dónde transmiten y un día voy -le dije.
-Acá está, ésta es la radio -replicó. Y levantó el grabador que llevaba en la mano.
Resulta que el tipo grababa en el casete A, que luego reproducía y editaba con el casete B.
-Después ponemos el volumen fuerte y escuchamos todos -terminó diciendo el pibe.
Quedé impactado. No tenían edificio, ni antena ni transmisor y sin embargo había toda una radio o si querés, el espíritu de la radio, en ese aparatito”.

A los pocos días los micros de “Radio La Colifata” empezaron a salir al aire. Los taxistas, entre los oyentes más fieles, ayudaron a la difusión y el programa se viralizó. Pero no por estas redes sociales, sino por aquellas, las del boca en boca.

“Todo lo que logramos lo conseguimos con la participación de la comunidad” dice Alfredo Olivera y no exagera. “El primer equipo de transmisión lo donó Don Américo, que tenía una FM barrial en San Miguel. Era un equipo de un watt, con una antena paragüitas que pusimos arriba de un árbol. Sólo se escuchaba a menos de 100 metros.”

A mediados de los noventa el programa televisivo Sorpresa y Media sorprendió con una antena profesional mientras que particulares donaron un transmisor de 300W, la consola mezcladora, el equipo de grabación, discos, DVD´s y hasta un Citroën 2CV, luego usado como colifatomóvil.
El futbolista Oscar Ruggeri encabezó (sic) una movida para reunir fondos con los que se construyó un pequeño estudio dentro del hospital, que manos jóvenes adornaron con grafitis y un mural hecho con mosaicos. Javier Calamaro, Manu Chao y el grupo El Canto del Loco compartieron música, vivencias y hasta un CD editado por los españoles.

En agosto de 2014 estrenaron la antena y el transmisor, hoy en uso, financiado con recursos de la extinta AFSCA. Fue el único aporte estatal en más de 20 años.

LT22 Radio La Colifata trasmite en la frecuencia FM 100.3 todos los sábados por la tarde, desde los jardines del Borda. “Esto permite que se acerque todo aquel que quiera, facilita el intercambio de la palabra y además da una sensación de mayor libertad.

Son emisiones abiertas donde participan de 30 a 40 pacientes: 60 por ciento son internos y el resto está en tratamiento ambulatorio o con alta definitiva, que rara vez termina siendo eso. La vulnerabilidad social se suma a la psíquica: 60 por ciento de los pacientes dados de alta no tiene contacto con la familia y su mundo social es pobre o nulo. Además, más del 80 por ciento ha sido declarado insano por la Justicia, el 90 por ciento no trabaja -porque no los toman- y un 75 por ciento sólo tiene el ingreso de la pensión por discapacidad que apenas alcanza para alquilar una piecita cerca del hospital. Resumiendo: los estabilizados no tienen dónde ir ni qué hacer”, expone Olivera. Hugo López, 83 años bien llevados, un histriónico colifato que dice vivir en el loquero de afuera lo resume así: “La radio hace mejor que veinte psicofármacos juntos”. En la ciudad de Buenos Aires, el sistema público de salud mental está compuesto por 31 unidades de atención. La mayoría son áreas especializadas dentro de hospitales generales que prestan atención ambulatoria únicamente. En parte porque los cuadros son leves -para el que no los está sufriendo- y en parte porque la psiquiatría moderna promueve la desmanicomialización, tan conveniente como impronunciable.

Por año atienden más de 1 millón de consultas: la depresión es el trastorno más común. La siguen trastornos de ansiedad, distimia, el trastorno obsesivo-compulsivo, trastornos de pánico, psicosis no afectivas y la bipolaridad.

También son admitidas -es decir, internadas- casi 50 mil personas al año; los casos más graves son la cuarta parte y refieren a la demencia, la esquizofrenia y otras psicosis.
Estos últimos son tratados en los hospitales monovalentes, es decir, de una sola especialidad: el mencionado Borda (sólo para hombres), el Neuropsiquiátrico Dr. B. Moyano (para mujeres), el infanto-juvenil Dra. C. Tobar García y el de emergencias psiquiátricas Dr. Torcuato de Alvear.
Los dos primeros fueron fundados a mediados del 1800 y ocupan unas 40 apetecibles hectáreas a minutos del Obelisco. A propósito, en abril de 2008 el gobierno porteño, encabezado por el actual Presidente Mauricio Macri, prometió cerrarlos en apenas dos años como parte de una “reforma integral del sistema” que nunca fue aplicada.

En estos manicomios la estadía promedio de un paciente llega al año y en no pocos casos, es vitalicia. Una frase de Garcés, colifato de la primera hora, ilustra sobre la cuestión: “Oh dulces cadenas de la salud mental, más hermosas que las alas suicidas de la libertad de la locura”.

Desde hace cinco años Alfredo Olivera vive en París, Francia, pero participa vía Skype en la dirección estratégica de la Asociación Civil “La Colifata, Salud Mental y Comunicación”, ONG que vendría a ser el brazo legal del medio. De difusión.

Trabaja en el campo psiquiátrico y asesora en proyectos de radios hospitalarias. A partir del modelo argentino, lo adapta a distintos criterios de trabajo y a comunidades disímiles. Al decir de Lalo Mir, “es como el inventor loco, pero de radios”.

En la actualidad, una decena de ellas en Europa y Sudamérica replican la experiencia y hasta tienen su propio mundial: el Encuentro Internacional de Radios Terapéuticas, cuya última edición se realizó en Moscú bajo el lema “Somos el hilo de Ariadna” porque “la radio es el modo de encontrar la salida”.

En Buenos Aires, un equipo de seis profesionales coordinado por la psicóloga Laura Gobet mantiene el éter encendido. Además de la clásica audición desde el Borda, transmiten partidos desde la cancha de San Lorenzo, relatados por oyentes que se postulan para ello.

Para Laura “estar en La Colifata es resignificar la profesión permanentemente. Es otro modo de construir salud mental, a través de la creatividad, de la inventiva”.

Ahora van por más: armaron un estudio “externado” en la oficina de la ONG, en Villa Ortúzar. Dice Olivera: “El desafío de hoy es que sea una herramienta al servicio de la inclusión social y económica de las personas que ya lograron salir de la internación. Pero desarrollar ese proyecto es inimaginable si no es con la comunidad. La idea es que a partir de febrero de 2018 la gente presente su proyecto radiofónico y, formando equipo con colifatos, desarrollen los contenidos en nuestro estudio”.

No conformes aún, también están convocando a estudiantes de la carrera de filosofía para “La Colifata filosa”, un programa de televisión que hablará sobre… filosofía. Una locura.

Sin proponérselo, Alfredo Olivera, el equipo de La Colifata, Lalo Mir, en fin, toda la gente que apoya o participa en este quijotesco proyecto vienen a desmentir al “Hombre mirando al sudeste” de Eliseo Subiela.

En la película de 1986 el Dr. Denis, psiquiatra en un manicomio de Buenos Aires, intenta “curar” a Rantés, un paciente con el delirio de ser un extraterrestre enviado a la Tierra a cumplir una misión:

-Dr. Denis: Usted está totalmente chiflado, pero debo reconocer que es un chiflado muy especial. Me preocupa, Rantés, de verdad me preocupa.
-Rantés: Y yo le agradezco que se preocupe por mí, no creo que sea habitual que alguien se preocupe por otra persona en este lugar.
-Dr. Denis:¿En este hospital?
-Rantés: En este planeta.

 

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