TÁCTICAS DE SUPERVIVENCIA


Tras una década de crecimiento sostenido, las editoriales independientes están en crisis. La producción de libros cayó un 25%, aumentaron los costos de los servicios y cerraron libre-rías. Sin embargo, muchas de ellas aplican estrategias novedosas para no desaparecer.

Por Juan Cruz Carrique (@FedorCarver)

“Las editoriales independientes no van a desaparecer, pero de a poco las van a obligar a sacar uno o dos libros por año, y eso es una forma lenta de hacerlas desaparecer”, advierte Fernan-do Pérez Morales, librero y editor de Notanpüan. En sus palabras no hay exageración: el sec-tor editorial PyME vive el momento más crítico desde 2002. En el último año, las ventas bajaron más de un 20%, los costos de los servicios básicos y de logística aumentaron, y se produjeron 20 millones menos de ejemplares que en 2015 y 60 millones menos que en 2014. Según Diana Segovia, gerente de la Cámara Argentina del Libro (CAL), “actualmente, la rentabilidad de la industria editorial de este sector es nula”.
La CAL estima que en la industria hay un total de 450 editoriales que publican más de tres novedades al año. Este es el requisito para pasar de ser un micro-editorial a una edito-rial “pequeña”. En caso de superar las veinte publicaciones anuales, ya se la puede considerar “mediana”. La CAL representa exclusivamente a esta franja de la industria y está compuesta por 380 empresas. Aunque aún ninguna de ellas se vio en la obligación de cerrar, Diana Se-govia señala que a las editoriales independientes “no les queda otra opción que achicarse, tanto en las novedades publicadas anualmente como en la cantidad de ejemplares por cada nuevo libro”.

Pérez Morales comparte el diagnóstico y agrega que uno de los grandes problemas es la distribución: “Hoy la relación entre los costos de imprenta, diseño y distribución y el costo de venta del libro está desfasada. A mi Wadluther –la distribuidora– me saca el 60% de cada libro. Más que una distribuidora es un socio que gana más que vos.” En su caso, la editorial sobrevive sólo gracias a la librería, de lo contrario no podría seguir: “en una editorial inde-pendiente necesitás como mínimo 50 títulos para que los egresos y los ingresos se equiparen. Si ahora tuviera que cobrar el libro con la misma ecuación que hace diez años, cualquier no-velita costaría $500.”
Frente a este contexto desalentador, en los últimos dos años se han conformado aso-ciaciones basadas en el cooperativismo como gestión editorial que buscan poner en jaque el sistema de distribución. Uno de los casos más representativos es el de La Coop, una coopera-tiva formada por quince sellos, entre los que se destacan Alto Pogo, China y Nudista. Como dice Marcos Almada, editor de Alto Pogo y uno de sus fundadores, “La Coop nació con la idea de trabajar cuestiones que tenían que ver con la distribución. Nuestra idea era consolidar esos trabajos, sistematizarlos y poder tercerizarlos, porque no nos gustaba hacerlo. Sin em-bargo, desde hace dos años venimos trabajando mucho más que antes.” Otra de sus premisas es participar en las ferias de todas las provincias y, también, de otros países. En 2015 asistie-ron a 44 y en 2016 a 85. Según Almada, “ir a ferias tiene que ver con vender libros, por su-puesto, pero también con llegar a pueblos y ciudades donde no te conocen y poder hablar cara a cara con la gente.” Y concluye: “este modo de trabajo nos ha proporcionado un gran crecimiento y mayor visibilidad. De hecho, el año pasado pudimos abrir una librería en Al-magro donde vendemos todos los libros de nuestros sellos que no tienen espacio en otras librerías.”
Sin embargo, esta no es la única táctica que ponen en práctica las editoriales indepen-dientes para superar la crisis. Hay sellos, como Santos Locos o Milena Caserola, que suben los libros a la web y no ponen restricciones para su descarga. Otros, como Outsider o Nudis-ta, ofrecen e-books a un precio mucho más económico que en papel y no limitan la cantidad de descargas. Curiosamente, la CAL no concuerda con la estrategia del copyleft, como la llaman los editores. Según Diana Segovia, “aunque aún el porcentaje de libros digitales es bajo en comparación con el libro de papel, el nivel de piratería es altísimo. Sólo un 5% de los libros digitales son de consumo pago y ese es un punto que hay que ajustar.”
En un país que registra el primer lugar en cantidad de librerías del continente, y el ter-cero en títulos publicados al año –detrás de Brasil y México–, no deja de llamar la atención la falta de políticas públicas para revertir esta situación. “La explosión de editoriales indepen-dientes en la última década se debió, en gran medida, al apoyo que hubo desde el Estado, un apoyo que ya no está”, dice Pérez Morales. Segovia, por su parte, señala que lo que se necesi-ta, esencialmente, es “una gran promoción de la lectura que surja desde el ámbito estatal.” Luego, resalta la necesidad de “créditos flexibles para la producción de bienes culturales, fortalecer las bibliotecas escolares y públicas, y propiciar la exportación.”
Mientras tanto, un numeroso grupo de editores inquietos apuesta por el trabajo colec-tivo y le sigue inyectando vida a los libros.

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