UNA HISTORIA DE TROPIEZOS Y REGRESOS


Jefferson Farfán es el talento en el que confía Perú tras el doping de Paolo Guerrero. La Foquita ha tenido una carrera inconstante en el equipo nacional, producto de lesiones y sus excesos nocturnos.

Por Agustin Brítez y Joaquín Romera

El 23 de febrero de 2003, en el estadio Alejandro Villanueva del Club Alianza Lima, comenzó esta historia de un joven Jefferson Farfán con la selección peruana de fútbol. Haití era el rival. No había mucho en juego, ya que era un simple amistoso, pero en la cabeza de Farfán esa condición no existía. Fue titular y anotó el último tanto en la victoria peruana. A partir de allí, el gol no le ha sido esquivo: logró sumar 24 tantos, se posicionó como tercer goleador histórico de la selección y pieza clave en el equipo. Pero los problemas surgieron del lado disciplinario, que llevó a suspensiones e idas y vueltas en la relación con la bicolor.
Corrían las Eliminatorias para el Mundial de Sudáfrica 2010 y tras un empate 1-1 ante Brasil, el 18 de noviembre de 2007, La Foquita Farfán se vio implicado, junto a otros tres jugadores, en una fiesta realizada en el hotel Golf Los Inkas, en el que concentraba la selección peruana. Se encargaron de hacer ingresar mujeres y alcohol al lugar, Tras el escándalo, la Comisión de Disciplina de la Federación Peruana de Fútbol se encargó de suspenderlos, tanto deportiva como económicamente, y declaró: “Quienes traicionan a nuestra bandera con estas situaciones cometen una falta de respeto al pueblo y a todos nosotros”. Farfán se vio excluido de la selección incaica por 18 meses y obligado a pagar 20.000 dólares.
La fecha establecida para el regreso del jugador sería el 22 de mayo de 2009 y con las Eliminatorias por finalizar. Sin embargo, el entrenador de ese seleccionado, José Guillermo del Solar, no lo tuvo en sus planes al momento de formar el equipo. Mientras, Farfán era figura en Alemania, jugando para Schalke 04 pero brillaba por su ausencia en su selección. Hasta que hubo cambio de técnico y se le presentó una nueva oportunidad. El uruguayo Sergio Markarian tomó las riendas del equipo a mediados de 2010 y decidió olvidar lo sucedido aquella noche en el hotel de Lima: Jefferson Farfán estaba nuevamente en la selección peruana. Referente del equipo y disputando todos los partidos desde el comienzo, La Foquita comenzaba a ganarse el cariño de la gente. Sin embargo, otra inconducta lo desplazaría de ese lugar. Tras una derrota en Panamá, en octubre de 2010, abandonó la concentración, junto a otros compañeros, y asistió al Veneto Hotel Casino. Otra salida nocturna, otra suspensión. Markarian puso mano firme y decidió relegarlo del equipo mientras durase su proceso como director técnico.
A pesar de esto, Farfán siguió demostrando un nivel superlativo en su club y con grandes actuaciones en la Liga de Campeones de la UEFA, hizo ablandar la decisión del entrenador uruguayo. Para mayo de 2011, hubo una nueva reconciliación con la selección peruana. En aquella ocasión, volvió para disputar la Copa Kirín frente a Japón y ser considerado una pieza clave del equipo. Pero nuevos deslices en su vida amorosa y nocturna, sumando su bajo rendimiento futbolístico debido a una lesión en la izquierda, hicieron que nuevamente Farfán fuera marginado en 2014.
Pero el destino le jugó a favor una nueva pasada. Emigró al Lokomotiv Moscú de Rusia, subió el nivel futbolístico y dio el visto bueno para la convocatoria en el equipo de Ricardo Gareca. “Jefferson siempre era un jugador convocable para la Selección y solo requeríamos que tenga mayor continuidad en su equipo. Por lo demás, conmigo nunca presentó ningún inconveniente de nada”, había declarado El Tigre al llamarlo durante 2017.
Farfán demostró su madures y aprovechó esta nueva oportunidad. Dejó el pasado, los problemas y las críticas en el olvido, fue perdonado por todo el público peruano y se encargó de devolverles la alegría de tantos años de espera. En el partido de repechaje para la clasificación a Rusia 2018, marcó el gol con el que abrió el marcador para un 2-0 final ante Nueva Zelanda en Lima, que le permitió a Perú volver a disputar un Mundial después de 36 años. Le dedicó, entre lágrimas, el triunfo a su amigo Paolo Guerrero -sancionado por doping en el partido por eliminatorias ante Argentina- y celebró, fiel a su costumbre, hasta altas horas de la noche.

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