USTED PREGUNTARÁ POR QUÉ CANTAMOS…


Cantamos porque el río está sonando…

Por Ariana Citcioglu

Martina toma wkisky de una petaca mientras escucha atentamente las palabras de una militante. “Pedimos respeto a nuestra identidad. Sistemáticamente nuestra población ha sido violada, mutilada y asesinada frente a un Estado indiferente”, lee una de las organizadoras entre gritos y aplausos para luego enumerar las consignas de la XXVI marcha del Orgullo Gay en Argentina.
Las cosas cambian y el escenario de la Plaza del Congreso se tuvo que mudar a la Plaza de Mayo porque la Secretaría de Cultura de la Nación no quiso participar. La política introdujo el baile, pero no actuó como epílogo, como supo hacerlo por 25 años.
“No nos aceptan y no nos quieren”, se queja entre sorbo y sorbo, Martina, que tiene 34 años y se cansó de vivir de su cuerpo. “Franco” dejó de existir cuando se mudó a Bs.As hace 16 años, escapándose de una familia que no la aceptaba. Pero llegó a una ciudad que tampoco la aceptó y vivió de lo que pudo. “Lo más triste es que las cosas no cambiaron tanto. Para los gays y lesbianas, sí, pero a los trans no nos protege nadie”, afirma mientras le ofrece la petaca a su amiga y se abrazan. “Parecía que iba a haber un avance, pero ganó el ‘gato’ y llevó todo para atrás. Volvió el miedo”, asegura mientras una chica le pide sacarse una foto con ella. Es que Martina está hecha una diosa. Se vino con un disfraz de Marylin Monroe bien cortito y una peluca rosa. Al otro lado de la plaza el juego del bowling está teniendo mucho éxito. El que derriba con una pelota roja el bolo con la cara de Macri o Bullrich se gana un sticker de Batman y Robin besándose.
La marcha es política, nunca fue de otra manera. Entre las consignas de este año aparece la ley por el derecho al aborto. Pablo está frente a la catedral con una pancarta que dice “mi cuerpo es mío”. Pertenece a la logia masónica y reclama por la legalización del aborto, así como también quiere fomentar la inclusión de la mujer en la masonería. “Hay mujeres masónicas, pero son pocas, y no hay logias intergenéricas. Eso es antiguo. Tiene que cambiar. El respeto a la mujer empieza desde que la dejan hacer de su cuerpo lo que quiera”, afirma mientras mira de reojo cómo llega el primer equipo de rugbiers gays de la Argentina: “Cuervos Pampa”. Ellos, con sus hombros anchos, sus barbas candados, sus voces gruesas…”y todos putos, hasta el gigante que ves ahí”, se ríe Caio, el capitán del equipo. Hace dos años se unieron a la URBA(Unión de Rugby de Bs.As) como asociación civil. “Nosotros no somos un equipo gay, nosotros somos un refugio para todos los chicos que aman el rugby y aman a los hombres. El ambiente del rugby es muy homofóbico, los chicos realmente sufren…pero la pelota no se mancha”, asegura mientras sus compañeros elongan antes de arrancar un partidito amistoso.
La marcha es eso: Marylin Monroe tomando whisky, un masón heterosexual pidiendo por el aborto legal y un grupo gay de rugbiers que buscan espacio en la plaza para hacerse unos pases entre cuerpos con brillantina, pechos desnudos y teléfonos perpetuando el inicio de una fiesta que busca celebrar la diversidad y visibilizar los peligros. “Que yo me pueda casar, pero que no pueda darme un beso en el tren, no me sirve para nada”, asegura Virginia, activista de la agrupación Asamblea Lésbica Permanente. “Estoy esperando algún cana para ver si nos van a pegar con un bastón rosa, como dice el protocolo”, admite, irónica, antes de partir hacia uno de los camiones.
El grupo “Jóvenes y adolescentes Positivos”, advierten en el escenario que faltan medicamentos antirretrovirales para los portadores del HIV y que el estado no está cumpliendo con la ley.
Protocolo de detención para la comunidad LGBT… Violencia institucional… Travesticidios… Y cuando el río suena, suena el río…

Del 92 al 2016

“Me acuerdo de que fui con una máscara de cartón que decoré con corazoncitos rosas. Éramos 200 personas y teníamos miedo. Nosotras fuimos con la agrupación ‘Las Fulanas’, que hoy sigue. Yo no me hubiera atrevido a ir sin cubrirme la cara. Me echaban del trabajo”, asegura Norma, que tiene puesta una remera de la asociación y baila con su amiga del alma, Silvia, como lo hizo aquel invierno del 92, en la primera Marcha del Orgullo Gay Lésbico (como se denominó ese primer año) de Argentina. “Se me llena el alma de ver tanta gente bailando sin tener que mirar al costado y sospechar que la policía te está por detener”, sonríe Silvia mientras ambas amigas se preparan para subir al camión de la agrupación “Visibilidad Lésbica” y marchar para la plaza, como hace 26 años, pero ahora vienen con sus nietos y sin máscaras que oculten sus sonrisas. Celebran las conquistas, mueven las cinturas y levantan las manos al ritmo de un reggeaton que no conocen, rodeadas de miles de personas que no se esconden, en una marcha que cambió de consignas, pero mantuvo el orgullo.

#matrimonio igualitario

De 300 personas en el ‘92, el número ascendió a 250000 en la marcha del 2010, en un pico histórico, cuando se celebró la Ley del Matrimonio Igualitario. Fueron años de esfuerzos de las agrupaciones CHA (Comunidad Homosexual Argentina) y FALGBT (Federación Argentina de la comunidad LGBT). Proyectos rechazados y recursos de amparo, manifestaciones de grupos católicos bajo el lema “quiero un papá y una mamá” , y una concentración ese 13 de julio, frente al Congreso, con algo de Patricia Sosa, algo de Kevin Johansen y algo de frío, para enterarse a las 4 de la mañana de que el bendito artículo 172 había sido modificado. “Ese día yo cumplía 50 años. Estábamos con Silvia a punto de irnos porque era muy tarde. Pero yo quería estar ahí. Sentía que de verdad podía pasar, y cuando nos enteramos de que se había modificado el decreto, me desmayé”, se ríe con su cómplice mientras termina la historia ya subida al camión. La música explota, pero su nieta, Lila, le trajo sus tapones porque el parlante tiene capacidad para hacer bailar a las 100000 personas que lentamente se preparan para marchar hasta Congreso, aunque, de marcha, no tiene nada. No hay reglas ni compases. Hay pancartas y besos. Muchos besos. Y un arcoiris gigante en la entrada de la Av. de Mayo que espera, con paciencia, ser cruzado por siete camiones de distintas agrupaciones. “Ni en sueños me hubiera imaginado que esto podría pasar. Tanta aceptación…tanta libertad”, grita Silvia desde el camión. Fue una de las primeras parejas en casarse apenas salió la ley. Se estima que hubo 12000 casamientos desde el 2010. Su pareja ”ahora es un ángel muerto de SIDA”, pero ella sigue usando el anillo que representa una unión que no necesitaba de papeles, “pero yo quería el arroz y el vestidito blanco”, admite, sonriendo.

La Plaza es un collage de colores. A algunos ya les cuesta levantarse. Entre hamburguesas veganas, jacarandaes resplandecientes, espuma y un sol que no se quiso perder la fiesta, María no logra convencer a sus mellizas de que tienen que irse con los camiones. Solange, su esposa, pintó a sus dos hijas de los colores del arcoiris y las vistió con tutús rojos.
Se casaron en el 2012 y arrancaron el proceso de fertilización in vitro con tres intentos fallidos y un doloroso embarazo interrumpido en el cuarto mes. En el censo del 2010 se estimó que hay 24000 familias monoparentales, pero Solange, periodista y militante del colectivo ‘Ni una Menos’, asegura que se duplica esa cifra. No es fácil ser distinto; ni para los padres o madres de hogares homoparentales ni para los hijos. “Todavía falta mucha información sobre cómo abordar el tema. Hay mucho desconocimiento. En el jardín de las chicas tienen buena voluntad, pero es indispensable la aplicación de la Ley Educación Sexual Integral. Se tiene que naturalizar el concepto diverso de familia”, asegura una de las madres de las mellizas arcoiris. A su lado se sientan dos hombres que tienen un cartel que dice “nuestro hijo es heterosexual, pero igual lo amamos”. Se miran como si se conocieran, porque, de alguna forma, se conocen. La lucha es la misma. El esfuerzo es el mismo. Marchar, pedir y cambiar la heteronormatividad para que el concepto de familia se adecue a los tiempos que corren. “Mirá, mamá, dos hadas gigantes”, le dice, obnubilada, una de las mellis a Solange. Fue la atracción perfecta para acercarse al camión de la agrupación CHA. Va a ser difícil que puedan saludar a esas hadas: los seres bucólicos están bailando arriba de las tarimas del micro, borrachas y en tanga.

#Minorías de minorías
Son las 17:00hs y empiezan a marchar los camiones. La gente se aglomera en la Avda. de Mayo. El aire falta, el sudor reemplazó la brillantina, cerveza y fernet, música que varía según el colectivo, hadas, diablos, avatares, pelucas y pancartas. Es una fiesta y Vicky lo sabe, pero no se atreve a bailar. Se queda inmóvil, al lado del camino. Le encantan Benedetti y Lorca. “La poesía me hace bien”, admite, sonriendo con timidez. Mira todo de costado. Con su pulserita multicolor y su primo que la abraza, es la primera vez que va a la marcha y se siente…rara. No tiene pintada la cara ni ganas de bailar. No lleva pancarta ni sabe quién es Carlos Jáuregui. Solo quiso ir a un lugar donde estuviera bien que le guste su amiga Jesica. Sus papás nunca se van a enterar de que es lesbiana, porque la echarían de la casa. De familia evangelista, su abuelo, Pedro, suele hablar de esa gente endemoniada que perdió el rumbo. “Me dice esas palabras, ¿entendés? 2017 y mi papá me advierte sobre esos enfermos que van a ir al infierno”, admite mientras se prende un cigarrillo que fuma demasiado rápido. Dos, tres, cinco pitadas largas. Su acomoda el pelo de la cara y su ternura inicial convive con esa manera voraz de comerse las uñas, ese cigarrillo mal fumado y esos ojos caídos. “A veces me imagino que tengo 25 años y estamos con mi novia y mi familia un domingo en casa, todos juntos… Cinco minutos son suficientes para soñar una vida entera. Así de relativo es el tiempo”, repite a Benedetti y todo suena tan lindo, tan posible. Su primo trata de hacerla mover, apenas deslizarse al ritmo de Ricky Martin. Le cuesta; le cuesta porque entre Benedetti y su abuelo Pedro, hay una nena de 15 años que quiere escribir poemas de amor…y no la dejan.
El London Bar como el Bar Primera Junta son eternos testigos de las manifestaciones sociales de la ciudad. Tan testigos como el Obelisco y los Congresos.
La caravana de camiones multicolores pasa frente a sus ojos, con espuma que mancha sus vidrios, brillantina que sigue apareciendo Dios sabe de dónde y música que retumba y hace vibrar las paredes. Ese no es el problema. Esos bares vieron todo. Pero Roberto no sabía que se realizaría “esa” marcha hoy. Como todos los sábados, va a leer La Nación y tomarse su café cortado al bar de toda su vida. Pero no puede, porque dos gays disfrazados de Madonna y Cher lo invitan a bailar y él los amenaza con un bastón. “No me toquen que los mato”, grita Roberto. Las dos divas se van riendo y esta broma no pasa a mayores. Pero el London Bar no está contento con esta marcha. Las miradas desde adentro no sonríen. Los comensales ignoraban que habría miles de gay y lesbianas caminado frente a sus ojos con consignas que les molestaban y de las cuales desconfían. “Son muy exagerados. ¿Qué necesidad de ir disfrazados así, ¿me querés decir? No me digas que no es raro. Mucha terapia les falta. Un asco”, afirma Susana, que no quiere salir del bar para que no le salpique la espuma.
Pero hay otra Susana que baila entre la espuma y que sí sabía de la marcha. Forma parte de la agrupación “Madres, padres o familiares de adolescentes gays”. Por mucho tiempo su mirada llevaba el mismo rechazo que la de la mujer del bar. “Cuando mi hijo me dijo que era gay, se me cayó el mundo. Yo pensé que la orientación sexual tenía que ver con traumas infantiles. Me eché la culpa a mí y tuve depresión por dos años”, admite mientras agarra con fuerza la pancarta gigante que lleva con otros siete miembros de la agrupación. “Me alejé de toda mi familia para que nadie se enterara de que mi hijo era gay. Sentía mucha vergüenza. Mis hermanas no podían saber que mi hijo era gay. Mis amigas. ¡Ni mamá! Tres años con un psiquiatra que no sirvieron de nada. ¿Y sabés lo que pasó? Se me fue a vivir a Barcelona”, relata, con nostalgia, Susana, mamá de Fermín. Hace tres meses se unió al grupo y se arrepiente de haber sido tan dura con su hijo. Se acerca una chica con gorra y la mirada baja. “¿No me dan un abrazo ustedes, que mi mamá no me lo quiere dar?”, pide, con las manos extendidas, Cynthia. De familia judía ortodoxa, hace un año que su papá se enteró de que era lesbiana y la echó de su casa. Todas las madres del grupo se frenan para darle un abrazo grupal. “Mi amor, no te preocupes, tarde o temprano lo van a aceptar. Creenos”, la consuelan. Y hay que creerles. Porque ellas lo vivieron, esas madres lo sufrieron, y ahora quieren reparar. La novia de Cynthia mira, emocionada. Se conocieron en la Iglesia pero en su caso, sus papás la aceptaron.
Pasa un camión del partido de Izquierda con una militante que canta con un bozal una canción que se saben todos: “A la Iglesia, Católica Apostólica Romana, que se quiere meter en nuestra cama. Les decimos que se nos da la gana, de ser zurdas, travestis y lesbianas”. Adelante, el camión LOCA, lleva muchos loquitos y loquitas bailando y celebrando las conquistas y preparando mil batallas. La marcha también es eso: Una judía que tiene miedo de quedarse sola, un zurdo que no tiene miedo de pedir igualdad, una madre que busca redención….y brillantina para todxs. Con x, porque los tiempos cambiaron. Porque cuando suena el río, suena el río.

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Diana

“La marcha es eso: Marylin Monroe tomando whisky, un masón heterosexual pidiendo por el aborto legal y un grupo gay de rugbiers que buscan espacio en la plaza para hacerse unos pases entre cuerpos con brillantina, pechos desnudos y teléfonos perpetuando el inicio de una fiesta que busca celebrar la diversidad y visibilizar los peligros.” Hermoso.
Muy buena Ari, me encantó!

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