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¡VÍCTOR VIVE!


El martes 13 de octubre de 2015 decenas de personas nos concentramos en la Fiscalía General de Quilmes en reclamo de justicia. ¿Nuestro pedido? La reapertura de la causa que la justicia cajoneó y dejó prescribir al cabo de doce años, desde que asesinaron a mi hermano Víctor Hugo Velázquez en el 2003. ¿El asesino? Su padrastro, Rogelio Bravo. ¿Los cómplices? El juez y el fiscal; el primer abogado que nos proveyó el Estado -que nunca hizo nada en todo ese período-; el segundo abogado “conocido de la familia” que pidió la reapertura ese año, que nos mintió luego, que se quedó con el dinero y, por supuesto, tampoco movió un dedo.

Por Nerea Velázquez

Víctor fue el segundo hijo que tuvo mi papá durante su primer matrimonio. El primero en llegar fue José y el tercero Walter. Los tres son mis medios hermanos, pero, a decir verdad, ese término poco nos identificó, porque el vínculo y el amor que nos unieron nunca fueron a medias. Ellos vivían en Villa España, un barrio humilde en las afueras de Berazategui, zona sur del conurbano bonaerense. Calles de tierra, pibes andando en bicicleta, potrero en frente de su casa, y un hospital municipal del otro lado de ese descampado. La noche del 12 de enero de 2003, cuando José festejaba su cumpleaños con sus amigos, su padrastro -Rogelio Bravo, en estado de ebriedad-, decidió dispararle a Víctor dos veces en el abdomen después de una discusión que habían tenido. El hospital estaba cerca, pero a los cinco minutos de haber llegado ahí -trasladado por sus amigos de toda la vida-, Víctor murió, y con él, un pedazo de todos los que lo quisimos con el alma.

Víctor había cumplido 21 años en diciembre de 2002, la misma edad que yo tenía el día del reclamo. Eran las doce del mediodía. Los rayos del sol eran absorbidos por mi suéter negro, el calor agobiaba aunque era octubre. Sus amigos, nuestra familia y desconocidos que se acercaron a darnos su apoyo habíamos formado una ronda frente a la fiscalía. Marchábamos. Nuestro primo Sebastián empezó a gritar ¡Víctor! desde lo más hondo de su garganta, acompasando lo que parecía ser un llamado desesperado con un redoblante, y los demás respondíamos “¡Presente!” con el mismo vigor. De un momento a otro, esa voz que lo nombraba era la mía, y el tiempo pareció dejar de existir. Estaba en el medio de ese círculo humano sosteniendo un cartel enorme que rezaba “Nadie podrá matarte en mi alma”, que había pintado con mis propias manos -como otros tantos con frases que pensamos junto a mis hermanos- gritando su nombre con lo poco que me quedaba de voz, de fuerza, de llanto. Ahora eran los demás quienes evocaban su presencia en un grito que me envolvía. Y ahí estaba yo, en el medio, con el tiempo detenido, casi levitando, siendo él a su edad, sintiendo el amor de sus seres queridos, su juventud, su vida.

El asesino estuvo prófugo durante doce años. Los primeros cuatro, la justicia investigó, los siguientes ocho, la causa quedó, al igual que Víctor, en un cajón. En junio de 2015, el diario Infopoliciales de La Plata publicó una noticia que nos hizo recordar de qué se trataba tener esperanzas. La nota titulaba “Tras buscarlo 12 años en Berazategui, cae homicida en La Plata”. Rogelio “Alemán” Bravo fue detenido en la casa de su hija en esa ciudad.

La policía tuvo legalmente cinco días para notificar a mi familia sobre su detención, pero no lo hizo. Nos enteramos por un amigo que nos envió una foto del diario.
Bravo estuvo una semana detenido. A diferencia de nosotros, él sí pudo contratar a un abogado privado quien pidió la prescripción de la causa del homicidio que había cometido. Al juez Martín Nolfi no le tembló el pulso para dictar sentencia con el aval del fiscal de la causa: Alfredo Samprón Noel. El asesino quedó -otra vez- en libertad.

Tras un nuevo engaño de nuestro último abogado -el Dr. Marcelo Dietrichs- los meses pasaron y así como el tiempo se esfumó, la esperanza se fue detrás de él. Pero la memoria siguió latiendo.

La causa quedó, al igual que Víctor, en un cajón

Es la mañana del lunes 30 de octubre de este año y del otro lado del teléfono está Isabel Yaconis, fundadora de Madres del Dolor, mamá de Lucila Yaconis, quien murió a los 16 años en el 2003 luego de que la violaran y arrojaran su cuerpo al lado de las vías del tren en Núñez. Su caso, como el de Víctor y desde el mismo año, también se encuentra impune. 

Isabel me escucha con la paciencia y el amor de una madre. Sabe y entiende de qué dolor le estoy hablando. Se sorprende, pero más se espanta al saber que el asesino estuvo prófugo y que igualmente le dieron la prescripción. -¿Cómo puede ser esto posible?- le pregunta a otra de las madres que está a su lado y le resume qué sucedió. -¡No, eso no se puede!- escucho que le responde de fondo.

Cuando la pesadilla empezó, las pruebas parecían ser suficientes para que el asesino fuera condenado. Y aunque las Madres del Dolor, con su experiencia y asesoramiento me digan que no puede ser, así fue. Yaconis no deja de asombrarse por la impunidad con la que se maneja la justicia. -Te esperamos el martes que viene a las 11 de la mañana con nuestro equipo- se despide Isabel.

Son casi las doce del mediodía del martes 6 de noviembre. En el recibidor de esta asociación civil, ubicada en Fray Justo Sarmiento al 200, en Vicente López, hay varias familias que esperan ser atendidas por el equipo. Una puerta se abre y un hombre mayor de anteojos me llama. Es el Dr. Alberto Linares, coordinador de la Unidad de Intervención en Victimología del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Sobre la mesa del despacho en donde nos sentamos a charlar, está la copia del expediente de la causa. La que les acercó José, mi hermano mayor, hace dos años.

– Esta causa está llena de irregularidades, nunca tuvimos un caso así. Pero estamos llenos de casos de Samprón Noel, este tipo es un hijo de puta -me dice Linares con indignación-. En Quilmes todos saben que anda con un arma en la cintura, que tiene negocios con la policía, que se maneja con una impunidad tremenda. A él también habría que iniciarle juicio, a él y al Fiscal Nolfi -continúa. El Doctor me lee un punteo que armó antes de recibirme sobre todos los -pocos- movimientos que tuvo la causa a lo largo de esos doce años. Me explica qué significa cada uno de ellos. Y no significan nada.

Pasada media hora, le pregunto si aún estamos a tiempo de hacer algo.

– Siempre se puede hacer algo. En este caso, se puede hacer mucho. Empezando por ir a la Oficina de la Corte y hacer una denuncia a la Comisión Bicameral de Enjuiciamiento de Magistrado, e incluso pedir la casación a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Eso y más, pero lo vamos a ir viendo. Quiero que tengas claro que nunca es tarde, y me alegra que estés acá -concluye Alberto.

Nos despedimos con un abrazo.

Hoy hace catorce años, cinco meses y trece días que Víctor no está. A lo largo de la Avenida Mitre -la principal del centro de Berazategui- todavía pueden verse los grafitis que pintaron en las paredes sus mejores amigos en el 2003, y que los comerciantes de los negocios nunca quitaron. Quizá estén borrosos, ya sin color o desgastados, pero, en cada uno de ellos, así como en nuestra memoria, puede leerse claro que “Víctor vive”.

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