YO ABORTÉ


“Desde morirte o tener secuelas graves en tu salud hasta ir en cana son las cosas que pueden sucederte según como está planteada la realidad en torno al aborto en nuestro país.” Juana habla sin tapujos. Cordobesa que vive en Buenos Aires hace años, relató la experiencia en donde decidió interrumpir su embarazo y el contexto donde tuvo que hacerlo.
El miércoles que fui a verla hacía frío, pero con sol, lo que convertía a esa tarde en el barrio de Caballito en una paleta de naranjas y amarillos que veía mientras caminaba por la avenida Gaona, donde vive Juana. Al llegar a su casa, toqué timbre y esperé. Ella caminaba trabajosamente por la panza que tenía, consecuencia de su embarazo. Me recibió y mientras caminábamos por un pasillo angosto yo pensaba cómo encarar la charla que estaba a punto de tener con ella. Si bien no se había mostrado incómoda al comentarle mi idea por teléfono, yo nunca había charlado con alguien sobre un aborto que se haya realizado, con todas las cargas y matices sensibles del tema. Su casa era hermosa. Al entrar, nos sentamos en la mesa del living con tan sólo una jarra de agua y dos vasos. Mientras ella se preparaba, yo veía su biblioteca llena de libros. Resaltaban algunos de Galeano, y si bien no distinguí otros autores, los títulos demostraban claramente que aquella era una biblioteca de alguien a quien le interesa la política. Eso y, claro, las fotos de Fidel Castro y la urna de unas elecciones nacionales de los años noventa. Resaltaba un muñeco de Hugo Chávez que estaba en el estante de más arriba.
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Juana quedó embarazada a los 19 años, cuando estudiaba Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, a finales de 1998. Ella y su novio se cuidaban mediante el cálculo de las fechas. Estudiante y militante política, en ese entonces ella no contemplaba la posibilidad de ser madre. “Fue una situación muy difícil pero siempre con mucha claridad en relación al momento, donde yo sabía que no era uno en el cual yo quisiera ser madre. Eso nunca estuvo en juego. No me conflictué con la idea de la maternidad, de todo lo que está asociado a eso, como el proyecto de vida o como esa idea que está muy arraigada en la sociedad, que una mujer se completa siendo madre, como si la maternidad fuera algo determinante en nuestra vida”.
Juana, mujer de 37 años, estudiante, trabajadora y militante, hablaba y se acomodaba constantemente, mientras se reía porque con su panza le costaba no agitarse al hablar. Se expresa de forma clara y si bien habla de su experiencia personal, su relato es eminentemente político. Luego de haber decidido que ella no quería ser madre en ese entonces, explicó la dificultad de encontrar un lugar en donde interrumpir su embarazo. “En ese momento regía lo mismo que rige ahora: si tenés algo de dinero, podés hacerlo en un lugar que te de alguna tranquilidad en relación a las condiciones en que se va a llevar adelante ese aborto, y si no lo tenés probablemente las condiciones sean las peores y ahí si vas a quedar mucho más expuesta a que te pase algo. Sí me acuerdo que la sensación que me atravesó, y que me pesaba mucho, fue el exponerme a la clandestinidad de esa situación. Tenía miedo por mi salud y por mi vida.”
En ese momento, Juana se quebró y comenzó a llorar. No fue mucho tiempo, pero sí lo suficiente como para que tuviera que interrumpir su charla. Entre lágrimas se reía, como se ríe alguien que piensa que está haciendo o diciendo algo tonto, y me pedía perdón por interrumpir la entrevista. Como si alguien tuviera que pedir perdón por tener que enfrentar tal situación en total abandono. Como si fuera su culpa la total ausencia del estado, y la falta de acompañamiento que sufrió la que, en ese entonces, era una mujer que transitaba una incipiente adultez. Me dijo que al estar embarazada, el tema la movía mucho, y recordar ese momento fue un golpe a través del tiempo. Fue revivir una situación de total desconocimiento y desesperación.
“Imaginate: mi familia no lo sabía, con lo cual yo tenía que hacer toda una organización, ir con una amiga, que finalmente me acompañó, que me esperó. Primero fue una entrevista, en donde me contaron como era el procedimiento que iban a utilizar. El lugar era una clínica clandestina, montada en una casa en la ciudad de Córdoba. Luego de la intervención, yo estuve bien, me recuperé bien y no tuve ningún tipo de dificultad post aborto: ni hemorragias, ni fiebre, ni ninguna infección. Pero bueno, en el momento previo se te pone en juego todo esto que te decía: esa sensación que te dice ‘Si me pasa algo acá, ¿quién, y cómo, se entera?’“. Ella rechaza la idea de la liviandad con que las mujeres afrontan este tipo de situaciones (idea extendida en aquellos grupos que repudian la práctica del aborto) y remarca una y otra vez el abandono en el que se encuentran las mujeres que deciden interrumpir su embarazo, consecuencia natural de la ilegalidad de la práctica, que las empuja a encontrar métodos para abortar que ponen en riesgo su vida y su integridad psíquica y física.

‘Si me pasa algo acá, ¿quién, y cómo, se entera?’
En nuestro país se realizan alrededor de 500 mil abortos por año y su realización en condiciones insalubres y de ilegalidad es la principal causa de muerte en mujeres gestantes, según datos aportados por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, impulsada por un amplio espectro de partidos políticos, organizaciones no gubernamentales y asociaciones civiles. El riesgo que corren las mujeres en estas situaciones no se reduce solo a su salud personal, sino también a su integridad y seguridad, ya que muchas veces el costo por ir a un hospital público esperando atención médica es la judicialización y la cárcel, como sucedió en el caso Belén.
“Esa realidad que deben vivir las mujeres tiene que ver con la ausencia del Estado a la hora de promover el cuidado y la sexualidad libre de las mujeres y de los hombres, a la vez de legalizar la interrupción voluntaria del embarazo para que las mujeres puedan hacerlo en condiciones que garanticen su seguridad”. Para Juana, el principal problema de la ilegalidad del aborto es, además de la imposibilidad que tienen las mujeres de decidir sobre su cuerpo, la condena a aquellas provenientes de los estratos más bajos. Al ser un negocio millonario, llevado adelante por los mismos médicos que le niegan la interrupción del embarazo a las mujeres en los hospitales públicos (ignorando, incluso, la figura del aborto no punible, aplicable en caso de violaciones), aquellas que poseen los recursos económicos para interrumpir su embarazo en una clínica privada están en clara ventaja respecto de las no los tienen. Esa “ventaja” es la diferencia entre vivir o morirse.
En los últimos años, la lucha de género ha ganado terreno en el imaginario social y en la agenda política en nuestro país. La presencia de miles de personas en la marcha del #NiUnaMenos es una muestra de eso, como así lo es también el surgimiento de colectivos de mujeres que hacen de la lucha por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo su principal bandera o la masiva adhesión a la Campaña que busca legalizar el aborto. Según Juana, que esta práctica siga siendo ilegal responde a una cultura patriarcal, milenaria, que tiene que ver con que la decisión sobre el cuerpo de las mujeres no recae sobre ellas mismas: “Creo que ese es el debate de fondo: la independencia, la autonomía y la soberanía sobre nuestro propio cuerpo, sobre el cuerpo de las mujeres.”
En el año 2007 se creó la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Desde 2008 se presentan proyectos en las cámaras de senadores y diputados de la Nación que buscan legalizar la interrupción voluntaria del embarazo, volviendo a presentarse cada dos años si pierden estado parlamentario y habiéndose presentado el último en agosto de 2016. El proyecto de ley ya cuenta con el apoyo de más de 70 legisladores nacionales y, según encuestas realizadas por el organismo, más del 60% de la población está de acuerdo con la legalización de esta práctica. Sin embargo, la misma sigue siendo ilegal, y las que mayormente sufren esta ilegalidad son las mujeres pobres. Abordar esta problemática, y los números alarmantes que arroja, hace tiempo ha dejado de ser una muestra de interés en un debate filosófico sobre la vida para pasar a ser una tarea fundamental que debe llevar adelante el estado, si pretende ser garante de los derechos de las personas.

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