En una excursión a la juguetería del barrio, descubrí una trama de tensión y misterio escondida en los pliegues de la cotidianeidad pandémica.

Por Francisco Policastro

Detrás de un mostrador que ahora es una valla de contención, Marcos atiende a una pareja que le pide un reompecabezas. Son sus primeros clientes en varias horas. Ya está acostumbrado a que sea así: se resignó a que en este contexto el miedo venza las ganas de andar por la calle.

Desde que comenzó el aislamiento social, preventivo y obligatorio a causa de la pandemia del coronavirus, Marcos es el encargado de abrir y atender la juguetería, aunque no está legalmente autorizado para hacerlo. Ahora tiene toda su atención puesta en vender el rompecabezas que le pidieron. No se percata que, desde la esquina, se acerca un policía.

El oficial se desplaza lentamente por el frente de la fachada, que ocupa la mitad de la cuadra ubicada en Avenida Gaona entre Fragata Sarmiento y Nicasio Oroño. Es de vidrio y sirve de resguardo y exposición para juguetes de Los Vengadores, artículos para bebés, disfraces y juegos de mesa que parecen haberse empujado para ganar un lugar. Al costado están los carteles de rigor, a los que ya nadie les presta atención: “Barbijos desde $40”, “tenemos alcohol en gel”. A todos esos mensajes los firma un personaje de dibujitos llamado Tom.

Cuando Marcos logra hacer contacto visual con el policía, ya es demasiado tarde. Está ubicado detrás de la pareja de compradores, esperando su turno, y se dedica a esperar con una expresión tan estática como la de cualquiera de los Playmobil que se ofrecen en el local. Impostando una aparente tranquilidad, el empleado de la juguetería ingresa a buscar el que sabe que será el último juego de mesa vendido hasta que las autoridades de la ciudad de Buenos Aires lo dispongan.

Tras pasar el detector de robos, recorre las cuatro islas de juguetes que se encuentran, como siempre, ordenadas con criterios disímiles y con elementos que parecen haber sido traídos con máquinas del tiempo desde el inicio del comercio hasta hoy.

En el fondo, el sector de mochilas y útiles está en penumbras. Arriba de él se ven más de treinta triciclos a los que se accede por escalera. Los dos cuartos contiguos ubicados a un costado del local no se emparentan en lo más mínimo. El primero, más cercano a la entrada, ofrece andadores, chupetes y baberos. En el segundo, patines y skates para los más arriesgados son acompañados por rodilleras y cascos para los no tanto.

El empleado encuentra el rompecabezas de mil piezas, le cobra a la pareja y los despide con gesto resignado, como sabiendo que debió haberse quedado en su casa como todos sus compañeros. Parece vislumbrar un futuro claro: el local será cerrado, lo llevarán a la comisaría a declarar y, probablemente, tendrá que pagar una multa.

—¿Tenés cartas de poker?

Marcos tarda unos segundos en procesar esa pregunta tan sencilla. Por supuesto que tiene, esa no es la incógnita.

—Sí, claro, ya le traigo —dice y se dirige nuevamente al amplio mostrador blanco de adentro, que tiene casi el mismo ancho que el local. Detrás de él se observan lápices, pinturas, sellos con formas de corazón y tarjetas de Ben10. Se acerca al estante correspondiente y agarra los dos modelos de cartas disponibles. Uno es un mazo único, chico y cuadrado, marca Streamline. El otro trae dos pilones, uno azul y otro rojo, más parecido al estilo clásico.

Marcos intenta no ser atolondrado y que no se note que continuamente mira de reojo al impasible oficial. Cuando tiene los dos mazos en la mano, vuelve a colocarse frente a él, respetando el distanciamiento social, y le expone el material.

—Tengo este que sale $230 o estos dos por $540.

El tiempo se vuelve tan inexacto para Marcos que no percibe si pasan dos segundos o dos horas hasta que el policía saca la billetera, coloca un billete de 200 y uno de 50 en la mesa, guarda el mazo Streamline en su chaleco y se retira, sin esperar el vuelto, a la misma velocidad que cede la tensión en el cuerpo del empleado.

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