El camino del señor Levis

Rissio Levis nació el 13 de septiembre de 1930 en el seno de una familia judía de inmigrantes. Sus padres provenían de Bulgaria y Turquía.

Al llegar a la Argentina, su padre búlgaro tuvo la precaución de cambiar su apellido de nacimiento Levy por Levis, más americano. Un pequeño retoque para disimular su origen y así,integrarse mejor a la sociedad, en tiempos en que el antisemitismo estaba diseminado por el mundo. Su nombre de pila era Moisés, pero una vez entrado a la Argentina fue Buco. Se casó por arreglo con Rosa, una jovencita judía turca que vivía en Montevideo. “Hay una joven mujer en Uruguay que es para ti”. Fue simplemente a buscarla. Tuvieron tres hijos. El rebelde era Rissio, indómito, no paraba de moverse.

Para controlarlo, el padre primero lo retaba, luego lo castigaba y por último lo zamarreaba. A Rissio le gustaban las películas de cowboys y leer la revista “El Tony”. Tenía prohibido ambas cosas. Un día leía la revista en un kiosco, su padre pasó por el lugar, lo descubrió, lo miró con furia y le dijo: “Ya vamos a hablar de esto”. No fue precisamente una conversación lo que ocurrió.

Cuando tenía apenas 13 años, en el verano del 43, Rissio se fue de campamento al interior con la Asociación Cristiana de Jóvenes. A la semana lo llevaron de vuelta con un acompañante, sin decirle nada. Desde la estación de tren su tío lo alcanzó en coche a su casa. En el camino le dijo: “Tu padre murió hace tres días”. Se quedó helado, no lloró, más aún, sintió alivio. Mucho tiempo después, le confesó a su hijo Javier de 18 años, que vivía exiliado en Francia,la alegría que había sentido al morir el padre, y que su gran temor era que sus hijos repitieran ese sentimiento cuando él falleciera.

 Rissio creía haberse liberado del ser que lo oprimía. A partir de ahí, él y su hermano mayor, Arnoldo, se ocuparon de buscar oportunidades para crecer. Su padre había sido comerciante y tenía un negocio que vendía telas importadas. Al morir, su madre compartió el manejo del negocio con un socio. Un año después, Rissio dio sus primeros pasos en el arte del comercio. Habían recibido una remesa de 100 pares de guantes chinos, que descubrieron pequeños para las manos argentinas. Antes de ser rematados a un ínfimo valor, Rissio se hizo cargo.“Déjenme a mí”, dijo. Se los llevó a su casa, utilizó sus grandes manos, a pesar de sus catorce años, y los agrandó, uno a uno, con dedicación y paciencia. Luego recorrió las calles de Caballito, el barrio donde vivían, casa por casa, ofreciéndolos. Los vendió todos en un par de tardes a mujeres que quedaban magnetizadas con sus grandes ojos celestes. Obtuvo un gran beneficio económico. Fue su primer éxito comercial, un esbozo de lo que lograría en su vida.

Mientras tanto la vida familiar había cambiado, la madre Rosa que nunca había trabajado intentó mantener su comercio con la ayuda del socio de su marido fallecido. Su hijo menor Alberto de sólo 7 años no era registrado por Rissio, no le interesaba en lo más mínimo, mientras que Arnoldo, el hermano mayor lo tomó a su cargo como si fuera su propio hijo.

El negocio familiar al poco tiempo se orientó a la importación de una tela liviana, semitransparente, que usada como cortina permite ver a los ocupantes hacia afuera pero impide la visión desde afuera hacia adentro. Se la conoce como voile, término francés que significa velo. Al cerrarse la importación, Arnoldo y Rissio, ya con 19 y 17 años, compraron un telar y comenzaron a fabricarlo. Al cabo de pocos años de crecimiento decidieron dividir sus caminos debido a sus divergencias personales. Rissio acababa de casarse con Judith, más conocida como Yuyi, en un templo del barrio de Once.

Rissio le pidió ayuda financiera a su madre Rosa, que había vendido la propiedad de su negocio, pero ella prefirió darle todo su apoyo financiero a Arnoldo, que como fue abanderado del Carlos Pellegrini y estudiaba Economía en la UBA era muy valorado por su madre. “Arnoldo es inteligente, capaz y estudioso”. Se ganó así la eterna enemistad de Yuyi: “Usted tiene una máquina registradora en el lugar del corazón”, le dijo por teléfono.

Rissio no se amilanó y consiguió créditos que le permitieron resurgir. Él valoraba por encima de todo el éxito. Sin ese condimento ninguna actividad tenía sentido. Cuando su nieta a los siete años lo invitó a su primera muestra de piano se negó a asistir: “Cuando toque en el Colón, entonces sí, iré”.

La relación matrimonial de Yuyi y Rissio fue tempestuosa, los gritos eran rutinarios en la casa de Acassuso donde vivían. Sus caminos se bifurcaron inevitablemente, ella se puso a estudiar psicología, fue psicoanalizada desde la adolescencia y tenía la costumbre de interpretar sueños y actitudes de su marido.

Tuvieron dos hijos, Diego y Javier. Cuando se separaron, siete años después de su casamiento, Rissio se alejó repentinamente de la casa familiar de Acassuso. Mientras sus hijos observaban cómo guardaba con cuidado en el coche sus licores y sus valijas de ropa, les dijo: “Me voy por culpa de su mamá”.

A partir de ese momento, cuando los hijos del matrimonio eran aún muy pequeños, de 7 y 5 años, Yuyi solía “regalarles” sus interpretaciones a ellos y así con asiduidad podían escuchar:“Rissio se tragó a su padre muerto por no haberlo llorado, se va a morir a los 55 del corazón, como él”. Su predicción fue inexacta: quien murió a esa edad y del corazón fue el psicoanalista que lo había atendido.  

Rissio Levis hizo algunos años de terapia, ya que sentía grandes bajones anímicos cuando fracasaba en los negocios. Cuando el éxito lo acompañó, y logró sacar a flote su  empresa textil, se dio a sí mismo el alta y dejó la terapia.

Hizo el secundario, como su hermano dos años mayor, en el Carlos Pellegrini. Allí fue recibido con muchas expectativas. Pero al poco tiempo un profesor le dijo resignado: “Vos no sos como tu hermano”.  Las aptitudes de Rissio eran otras, distintas a las de Arnoldo. Rissio era hiperactivo y practicaba todos los deportes que se cruzaban en su camino. Su lado más sensible se manifestaba en la pasión por el canto, participaba en el coro. En esos días, quería ser cantante de ópera, pero se resignó definitivamente al cambiar la voz. Luego, de grande, asistiría a conciertos con asiduidad, de música clásica, óperas y ballet en el Colón, y también en sus viajes anuales a Paris y Nueva York.

Arnoldo, al morir el padre era quien ejercía el poder en la casa materna. Toleraba apenas a su hermano Rissio, “un tiro al aire”, le imponía con dureza sus pareceres. Siempre estaba bien dispuesto para el estudio, no le hacía falta mucho esfuerzo, alcanzaba con leer algo para retenerlo y su capacidad de análisis no parecía corresponder a un niño. Fue adulto desde pequeño.

 Rissio, en cambio, buscaba divertirse, seguir sus impulsos sin medir las consecuencias. El estudio no le importaba. Como tantos chicos, su único objetivo era zafar. Alguna vez contó que en la escuela secundaria sedujo a una profesora con el propósito de pasar una materia. Retener lo que estudiaba no le resultaba fácil, pero tenía una capacidad natural para los cálculos (sobre todo los de ganancias)  y también para la negociación.

Si hicieron negocios juntos, fue porque descubrieron que eran complementarios. Arnoldo aportaba su análisis y planificación y Rissio su creatividad comercial y su inagotable energía.

Luego de separase de Yuyi y antes de casarse en segundas nupcias, Rissio se dedicó con ahínco a la práctica del esquí acuático, participó en torneos y vio a sus hijos convertidos en campeones nacionales infantiles. Compartieron en una oportunidad un viaje en lancha hasta Carmelo (Uruguay), donde además de participar padre e hijos en un torneo de esquí, se organizó una carrera motonáutica, donde él se lució ganándola. Fue ovacionado por la multitud que la presenció. La carrera fue transmitida por radio, para satisfacción de sus hijos que la vieron orgullosos y emocionados, sentados al  lado del relator.

A Rissio le gustaba el juego,le gustaba el riesgo, la adrenalina. Muchos años de su vida vivió endeudado para poder crecer. Pasó momentos de zozobra, la intuición le jugó una buena pasada. En una oportunidad, siendo muy joven, estaba prácticamente quebrado, la quiebra era inminente. Viajó a Colonia, Uruguay, aunque en realidad, se puede decir que no viajó a Colonia sino al Casino de Colonia. Volvió al día siguiente, punto y banca mediante, con una fortuna que le permitió salir airoso, levantarse y volver a empezar. La suerte lo acompañó en la vida. Más adelante, contradiciendo al fantasma de su padre que esquivaba el hipódromo para no cruzarse con ese “antro de perdición”, compró caballos de carrera. Los visitaba muy temprano, varias veces por semana, en el Hipódromo de San Isidro. Su hijo Javier se enteró de la existencia de esta actividad, quince años después, cuando un día almorzaban juntos en un bar. “Qué carrera que ganaste, tu caballo es bestial”, lo felicitó un conocido de ese ámbito que se encontraba en el bar. En su casa, años más tarde, Diego y Javier encontraron gran cantidad de trofeos y fotos que lo mostraban sonriente junto a los caballos ganadores, el jockey y todo su equipo. Rissio, en el centro junto al caballo.

En eso también se diferenciaron los hermanos, Arnoldo no era jugador,jamás jugó ni siquiera un billete de lotería, no le gustaba apostar a nada. Como una paradoja de la voluntad del padre: ¿una rebeldía inconsciente?, vivió toda su vida de adulto en un departamento sobre la Avenida del Libertador, en frente del hipódromo, desde donde se pueden apreciar en cualquier momento las pistas donde se corren las carreras de caballos.

La separación de Yuyi coincidió con una crisis económica que provocó la reunificación de los hermanos,(se sumó también, por iniciativa de Arnoldo, el hermano menor, Alberto, como empleado) quienes junto a un tercer fabricante en problemas, aunaron esfuerzos y construyeron una fábrica conjunta. Utilizaron la marca que había registrado y ya había comenzado a popularizar Rissio: “Voile Niza”.

Rissio fue un intuitivo publicista con grandes logros en la materia. Se dio cuenta muy pronto de que era más importante parecer que ser. Así se ocupó de crear la necesidad de su producto. Su ayudante de la época,Fernando Braga Menéndez, quien entre otras tareas dirigió la campaña presidencial publicitaria de Néstor Kirchner,comentaría: “Rissio fue mi gran maestro”.

 Muy pronto fue el primero en utilizar publicidades no convencionales en la televisión: canje y chivos. Su “cómplice” fue Antonio Carrizo, quien en sus programas televisivos musicales repetía con simpatía las virtudes de Voile Niza una y otra vez:“Al abrirse el telón de Voile Niza aparecen nuestras estrellas”. En sus programas Voile Niza era un protagonista infaltable.

La promoción industrial les permitió instalar la fábrica en Trelew (Chubut); obtuvieron grandes beneficios fiscales que acompañaron su crecimiento. Le compraron su parte al tercer socio. Alberto compró parte de esas acciones, y quedó constituida la sociedad de los tres hermanos. Una sociedad cerrada. Rissio consideraba que las empresas no resisten las  segundas generaciones. Así fue que desde temprana edad marginó a sus hijos de la posibilidad de seguir ese camino. Sin embargo, se ocupó de que la profecía se hiciera realidad. Aceptó la inclusión en la empresa, del hijo varón de Arnoldo y más tarde, de una hija publicista de Alberto, su hermano menor. Al cabo de algunos años echó de mal modo a su sobrina, y su hermano menor dejó de hablarle. Las acciones de Alberto fueron compradas por el sobrino. Al poco tiempo la empresa se volvió deficitaria y fue vendida por un valor insignificante. Así el pronóstico de Rissio se cumplió.

Luego de casarse con su segunda mujer en Paraguay, ocho años después de su separación, decidió distanciarse de sus hijos,  cambió el esquí acuático por la práctica intensa de tenis, la casa en el delta por una en un country. Con un nuevo orden, sin los sobresaltos que significaban las inundaciones recurrentes en el Tigre, sin los riesgos de la naturaleza indómita, salvaje, cambiante que tanto le habían atraído durante su vida. Este nuevo ámbito pareció adaptarse al lema que incorporó a su vida: “Non calentarum,largum viverum”, una estrategia para atenuar su rabia, su impulsividad y nerviosismo. Allí, en el country, estaba rodeado por un gran jardín que alimentaba su esposa con bellas plantas y flores siempre auxiliada por un jardinero. La calma parecía garantizada.

Sí mantuvo, en cambio, su inmenso placer por viajar: París, Madrid, Nueva York y Buzios eran parte de su rutina de viajes anuales. Asistía año a año a los grandes torneos de tenis de Paris y Nueva York. En esta última ciudad festejaba todos los años sus cumpleaños el 13 de septiembre. En una oportunidad, un par de días antes, se despertó con una gran explosión, era el 11 de septiembre de 2001, cuando derrumbaron las Torres Gemelas. Deambuló, ese día, por las calles de Nueva York sin rumbo, perdido, desorientado, sin entender qué había sucedido.

A los 80 años, coincidiendo con la muerte de su primera esposa, sufrió de una traqueotomía para extirparle un cáncer y perdió el habla para siempre.

Mantuvo un postrero almuerzo con su hijo Javier, en el bar de la esquina de su trabajo, el día anterior a su operación. Necesitaba compartir con él algunos secretos antes de su silencio definitivo: le contó que se casó porque Yuyi le había dicho que estaba embarazada. Creía que lo habían engatusado su suegra y Yuyi porque ese bebé nunca nacería: “Ya después de casados, mi suegra me explicó que Yuyi había abortado para evitar las malas lenguas”. Era muy mal visto, por esos tiempos, que una mujer tuviera un hijo gestado fuera del matrimonio. La segunda confesión de Rissio era su secreto mejor guardado: “Me separé porque sentí que la iba a matar,  me di cuenta de que si la mataba iba a ir preso y ya no podría ver a mis hijos nunca más; me detuve, la solté y me fui”.

 No le importó demasiado perder la voz, no intentó reemplazarla por otros sistemas de comunicación, se negó a aprender el uso de la computadora y de los mensajes del celular. Toda comunicación quedó en manos de su mujer, quien decidía qué mensajes transmitir y cuáles no.

Su carácter estoico le permitió sobrevivir ocho años más. Se sucedieron los problemas de salud. El Parkinson y posteriormente el Alzheimer se hicieron presentes y no pudo hacer nada más que aguantar. Era visitado, una vez por semana, a la hora del almuerzo, por su hijo Javier. Llegó a decirle (por escrito) que lo que más disfrutaba era su presencia, sus aventuras. Sin embargo, miraba el reloj y transcurridos treinta minutos, en forma invariable, se levantaba y se iba a descansar a su cuarto.

Un año y medio antes de morir, su segunda esposa falleció de cáncer y quedó al cuidado de sus hijos. Diego, el mayor, sintió que era la oportunidad para lograr una reconciliación después de diez años sin verse. No fue tan fácil, Rissio veía en sus hijos a los niños que fueron, él intentaba ir a trabajar, pedía las llaves del coche y enarbolaba el bastón para que le abrieran paso, sin éxito y se alteraba sin comprender. La televisión con sus deportes y los programas políticos dejaron de ser el refugio, la calma que necesitaba. Su capacidad visual se mantuvo casi inalterable durante su vida, sin embargo los diarios y revistas se amontonaban y habían perdido el sentido para él.

Su último año, ya viudo, fue internado en un geriátrico. Compartió la habitación con un ex locutor de Badía y de Canal 13, Luis Fuxán, veinte años menor, que padecía Parkinson. La dificultad compartida para deglutir y las miradas cómplices los convirtieron en amigos inseparables: Luis decía, paradójicamente, que Rissio era la única persona con la que podía conversar. En sus años silenciosos desarrolló cierta capacidad de comunicación gestual, no siempre comprendida. A veces su hijo Javier en verano le llevaba helado de chocolate, dulce de leche y frutilla. Rissio era extremadamente goloso, y con Luis lo compartían como dos niños ávidos. Si se le preguntaba a Rissio cuántos años tenía, escribía 55, como su padre cuando murió. Al final de su vida ya su escritura era imposible de dilucidar.

Lo dieron por muerto varias veces en Cemic: “Vivirá unos pocos días más, ya no podrá comer nada más”. Su estoicismo no lo abandonó, le permitió seguir y seguir, e incluso recuperó la capacidad de deglutir antes de apagarse lenta e inexorablemente un año después, el 3 de agosto de 2019, a un mes de cumplir 89 años.

Un día de verano, antes de la irrupción del Covid 19, sus cenizas fueron arrojadas en un hermoso paraje del Delta del Paraná, cumpliendo así su deseo. La naturaleza pareció recibirlo con una puesta de sol fastuosa y bella, de imborrable intensidad.