El Tato

Roberto Luis Pozzo es muchas cosas. Encasillarlo sería una injusticia. Sin embargo, los títulos no mienten. El de jubilado fue el más reciente.

Yendo un poco más atrás, abuelo por seis. Hacia el futuro y con tiempo libre disponible podría surgir un eximio acordeonista. Hasta entonces, hagamos de cuenta que no percibimos alguna que otra nota desafinada. Convengamos, por ahora, que es un consagrado integrante de InveCanto, el coro de AMSAFE. 

Ávido lector. Su mesa de luz es la que rebalsa de libros y página-doces. También es cinéfilo, del alternativo. De ese que pasan en el Cine Club Santa Fe, al que acude con Teresa, su compañera de vida, cada jueves, religiosamente. Para desgracia de quienes lo rodean, su disminución auditiva no logró que abandonara su costumbre de informarse en el auto, en la cocina o donde haya una radio con posibilidad de subir el volumen.

El aroma del café recién molido invade la casa de Barrio Candiotti todas las mañanas. El colado del kéfir que ahogará el cereal comprado suelto, las tostadas con queso, una naranja cortada en cuartos, y el magazine de LT10 son parte de la ceremonia. El desayuno es cosa seria.

Retrocediendo un poco más en el tiempo, a principio de siglo se animó a escribir y publicar un libro colectivo, “Del Otro Lado de la Mirilla”. Luego de meses de escritura colectiva, se supo que sus compañeros literarios lo llamaban Tato, su nombre de guerra. Compañeros también, porque convivieron con él media dictadura en la cárcel de Coronda, Provincia de Santa Fe. Tato, en tiempos de paz y democracia, le dicen ahora sus nietos.

Aún desde la celda, procuró participar de la vida familiar intercambiando cartas con Teresa. Tampoco escatimó correspondencia con sus dos hijos. Regaló adivinanzas, cuentos y consejos a su hijo mayor para que éste, a su vez, se los leyera al menor. Llegaban historias de niñez en el campo y sus aventuras junto a su perro fiel que temía a los relámpagos y Petiso, el caballo testarudo al que para montarlo, había que subirse con banquito. Los relatos se convertían en dibujos de los hermanos que, sin que ellos supieran, alimentaban un cuadernillo, hoy documento de la historia familiar. Como la censura previa no permitía el ingreso de ilustraciones dentro de la correspondencia, había una mano materna que avisaba: “Ramiro dibujó un perro debajo de la mesa y Matias lo pintó.” En la siguiente carta desde Coronda, antes del próximo capítulo de aventuras, se leían las críticas: “¡Me encantó el dibujo que me enviaron de Laqui escondiéndose por la tormenta; es exactamente como sucedió!”.

Hasta el 83 permaneció “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”, los últimos tres años como exiliado en los Estados Unidos. Fue el castigo a un legado, que aún sigue construyendo, de militancia y compromiso social.

El exilio en el frío, pero amigable estado de Minnesota se extendió durante siete inviernos. Un viaje que emprendió una familia de cuatro, prácticamente con lo puesto y que terminó en el 87, la misma familia, pero ya compuesta por seis integrantes. Durante ese tiempo, mientras ansiaba la caída de las dictaduras y abogaba por las revoluciones, aprovechó para hacer un doctorado en la Universidad estatal. Claro que, para esto último, antes tenía que haber sido ingeniero químico de la Universidad del Litoral, donde también era profesor de física. La vuelta a Argentina le devolvió su cargo de profesor y lo convirtió en investigador del CONICET. Al escucharlo hoy maltratar el inglés sin piedad, cuesta imaginar cómo habrá hecho para sobrevivir en tierras elegidas hace un siglo por inmigrantes alemanes y escandinavos.

Aunque tranquilo, reflexivo, distraído, parece cuestionarlo todo. Es capaz de hacer tartamudear al más progre. Que las mineras no deben financiar a las universidades; que la deuda externa, por más quita que se le haga, es ilegítima; que la soja genera pobreza, y que paren de fumigarnos.

En la mesa, sólo oye lo que escucha. Otras voces, otros ruidos presentes desaparecen de su atención. Si hay migas de pan a su alcance, estas se convierten en perfectas bolitas. Ninguna comida será rechazada, ninguna recibirá crítica negativa.

Hasta entrados los cincuenta, las apreciaciones sobre Roberto eran unánimes. “Qué bien que se mantiene. Parece conservado en formol”. Hoy peina mayoritariamente canas, pero están todas en su lugar. Su sonrisa cálida, intacta. Si bien los movimientos son, digamos, más selectivos, la energía no ha mermado. Las palabras que emanan de su boca parecen ya filtradas por todos los pensadores juntos. En cambio, cuando salen en forma de chiste, no suelen ser inspiradas en humoristas de mucho prestigio.

Antes de salir a conquistar ciudades, se crió en el campo, entre tambos, chiqueros y cultivos de maní; allí donde hoy sólo hay soja. Según la documentación existente, Roberto es argentino desde el 20 de noviembre de 1944, por haber sido inscripto en la localidad cordobesa de Oliva, un día después de nacer. También hay papeles que aseguran que además es italiano, nieto de friulanos que vinieron en barco desde el viejo mundo para pasar menos hambre.

Hoy, Tato renueva su título de padre. Su hijo mayor, flamante estudiante de periodismo, intenta hacerle justicia escribiendo su perfil.