Papá campeón

Mi viejo llegó a internet hace poco, y cuando me refiero a internet, hablo de WhatsApp, YouTube y demás aplicaciones millenials.

Se pone muy nervioso si, por ejemplo, te ve en línea y no le contestás los mensajes que le gusta mandar con memes que uno ya vio en el 2011. Sus 58 años lo encontraron en medio de una pandemia y abriendo un nuevo comercio que le cuesta mantener. Del casi año y medio de peste en Argentina, lo escuché decir más de una vez: “Esto es lo que tenemos y con esto vamos a ganar”. Vicente, mi papá, es un tipo hosco, poco demostrativo, ermitaño, obsesionado con su trabajo y resultadista. Así como Bilardo pero sin el título de doctor y el campeonato del mundo. La última vez que reímos juntos fue en el ’98, cuando yo tenía seis años. Me había comprado una remera de Boca y me dejaba meterle goles, de todas las formas posibles, en un improvisado arco en el fondo de mi casa.

Nunca me dio muchos consejos, pero se encargó de remarcarme que estudiar es lo más importante en la vida. “Para gil trabajador ya está tu viejo”, me solía repetir hasta hace poco. Jamás lo vi tan enojado como aquella vez que le dije que no quería seguir estudiando Derecho. Con la misma intensidad festejó el día que me recibí en la Universidad Nacional de La Matanza.

Mi viejo aprendió a ser aguerrido desde chico, cuando a los ocho años se le murió el padre. Le molesta ver a las personas de su entorno quejarse, porque él “las pasó todas”. Combativo, siempre lo escuché opinar a favor de los que menos tienen. Prensa Obrera y Hecho en Buenos Aires son sus lecturas obligadas de todas las semanas. En el fondo creo que sabe que en este país no puede existir un gobierno más a la izquierda que el kirchnerista, por eso sospecho que, en cierto punto, le gusta que sus dos hijos “hayan salido peronistas”, como suele contar. 

En las mesas del 24 o 31 de diciembre le gusta armar conflicto político navideño. El día de su cumpleaños cuenta exageradamente, a sus invitados, que me salvó la vida, porque justo cuando salía rumbo a Olavarría, al recital del Indio Solari que después tuvo incidentes (trágico concierto que terminó con dos muertos y varios heridos), me llamaron para que volviera porque se había descompensado. En la guardia de la clínica, entre llanto y diagnóstico, volvió a acercarse a la fe religiosa.

Muchos años después, en un bar en una esquina de Luján, junté coraje y le dejé en claro que lo quería. No obtuve respuesta alguna a cambio, miró para otro lado, como si no se hubiera enterado. Hoy escribo este perfil y la única certeza que tengo es que no lo va a leer.