Te fuiste demasiado pronto

Héctor Emilio Fernández, mi padre, murió a los cincuenta y cinco años, un 31 de diciembre cuando lo despertó bien temprano en la mañana un infarto fulminante.

A pesar de que había tenido un preinfarto y el cardiólogo le había advertido que no era prudente que manejara tres días hasta Bariloche; su tozudez hizo que nos llevara a mi madre y a mí -con mis quince años- a una cabaña que había alquilado frente al Cerro Otto. También le había exigido que dejara el cigarrillo, casi dos paquetes diarios, cosa que no intentó ni por asomo. Fumaba la marca 43, negros de tabaco fuerte. Habíamos estado otro verano en un hotel y quería volver a disfrutar de la paz de los lagos y las montañas.

Era un tipo alto, flaco que caminaba con los pies hacia afuera al estilo Chaplin. Era algo pelado, según él y las fotos que lo confirmaban, desde los veintitantos años. Pelo negro, ojos marrones, piel cetrina y para mí, alguien muy especial. Abogado y discutidor como pocos, pero con argumentos. Lector empedernido, en especial de autores latinoamericanos. Era usual que apareciera con libros recién comprados. Para mis trece, me regaló -no sé porque- el libro de Jorge Amado: Doña Flor y sus dos maridos, que por supuesto devoré en pocos días. Su biblioteca que llegaba casi hasta el techo y a la cual me gustaba treparme como un mono para inspeccionarla, estaba muy bien provista, sobre todo de cuentos y novelas. Mario Benedetti, Roberto Arlt, Enrique Medina, Manuel Puig, Bernardo Kordon, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez, muchísimos. Nunca me dijo: “éste libro, no lo leas”, podía elegir cualquiera.

Tenía la costumbre de leer al anochecer, La Prensa ola quinta de La razón sentado en su gran sillón con un chop de cerveza, mientras la música lo acompañaba desde la radio. Cuando yo tenía cuatro o cinco años, no recuerdo mayor placer que estar sentada sobre su falda en ese mismo sillón, un rato antes de la comida con una picadita que consistía en la apertura de latas de mejillones, cholgas o sardinas, que pacientemente untaba sobre galletitas Criollitas fascinado por que me gustaran esas cosas, que por lo general ningún niño come. Todos los días me traía uno o dos chocolatitos Jack de la marca Felfort, los que venían con los personajes dentro. Era raro que se olvidara. Bastante más permisivo y flexible que mi madre, yo era la luz de sus ojos. Me llamaba “Baby”, hasta que llegada cierta edad se lo prohibí porque me daba vergüenza.

Ir al cine a ver una película cómica con él era un bochorno, porque su risa era como una gggg larga y prolongada. Las personas se daban vuelta para ver de dónde venía ese sonido tan peculiar. Le gustaba mucho el cine de Luis Buñuel y su actor cómico preferido era un francés muy gracioso, llamado Louis de Funés.

No le gustaba levantarse temprano, lo hacía a eso de las nueve. Se bañaba, vestía y se iba a los tribunales. Nunca salía sin antes peinarse con la gomina Glostora. Volvía a la una, almorzaba y se iba nuevamente a la oficina.

Era muy familiero, adoraba a su hermano menor, mi tío Roberto, al cual le llevaba más de diez años. Cuando él estaba, los ojos se le encendían, cosa que causaba celos en su otro hermano, Alfredo con el cual no había chispa. Sus amigos eran los de siempre. Le gustaba festejar su cumpleaños y organizaba hasta el más mínimo detalle de la mesa del comedor de mis abuelos, con quienes vivíamos. Si se trataba de comida, era un gourmet. Una vez fuimos hasta la casa de su sastre en Vicente López a buscar una inmensa olla que contenía la famosa sopa de pescado que hacía el sastre, del cual por supuesto se había hecho amigo. Esas reuniones se prolongaban hasta la madrugada con música y cócteles. Cuando estaba cansado, cortaba la música, bajaba las persianas y empezaba a apagar las luces. Los invitados le decían: “Héctor Emilio, déjate de hinchar, andate a dormir vos que nosotros la seguimos”. Y volvían a poner la música y subir las persianas.

Ir con él por la calle -sobre todo por la zona que rodea la plaza Libertad- era encontrarse con gente que lo saludaba y con quienes se paraba a conversar. No era ambicioso, su carrera como abogado no fue brillante. Creía más en un mal arreglo que en un largo juicio.

Si se le ocurría una idea, nada se le interponía para llevarla a cabo. Una vez, estaba muy entusiasmado que fuésemos a conocer Mallorca en España, donde vivía una hermana de mi madre. Su iniciativa era tal que hasta había señado los pasajes. Para pagar, contaba con ganancias del campo de mis abuelos, donado en vida a sus hijos por medio de una (SCA) Sociedad en Comandita por Acciones y que -por la mala administración- daba solo pérdidas. Se vio obligado a devolver los pasajes. Su desazón fue tal que recuerdo haberlo visto esa noche charlando con mi madre después de la cena, con una botella de vino tinto embriagado de impotencia.

A los pocos días, en el ascensor del viejo edificio de la calle Libertad esquina Córdoba -donde estaba el estudio para el cual trabajaba- se puso a conversar con una señora de origen chino, llamada Mei Ling, viuda de un almirante -a la que le había resuelto un tema legal- quien lo invitó con la familia: mi madre y yo a que la acompañaramos quince días a su casa de Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba. No había luz por la noche, más que la de las lámparas de kerosén. Fueron unas de las mejores vacaciones que recuerdo. Mi padre pasaba las tardes leyendo bajo un sauce llorón y pudimos charlar prácticamente acerca de todo. Fue su último verano.

Era antiperonista acérrimo y murió cuando aún gobernaba Isabel Perón, a la que llamaba, a pesar de todo cariñosamente: “Chavela”. ¿Qué diría hoy que soy peronista? A veces me pregunto qué debates tendríamos acerca de eso, seguro que lo hubiera entendido, doy sólidos argumentos. Lo aprendí de él.