Tres veces padre

“Tienes que hacerlo con coraje, como si tuvieras rabia. ¿Te vas a dejar ganar de eso?”, me decía mi papá desde que yo era muy chica, cada vez que sentía que no era capaz de hacer algo y me quejaba por ser muy pequeña o no tener fuerza para terminarlo.

Apelaba a la rabia como el incentivo para terminar cualquier cosa que sintiera que no podía finalizar. Algunas veces, cuando me lo decía,  sentía que se lo decía más para el  mismo que para mí. Siempre ha sido así, la tenacidad antes que el dolor.

Mi papá, Jorge Arturo González, nació en 1964 en una casa hecha de  barro y paja  de  la zona rural de Choachí, un municipio montañoso de la zona centro-oriental de Colombia. Fue el hijo mayor de una humilde familia campesina de 12 hijos, tradicionalmente católica y conservadora. Estudió únicamente hasta terminar la primaria. “La gente de campo necesita aprender a trabajar la tierra y a ser personas de bien. Solo necesitan aprender a leer, escribir, sumar y restar para que no los roben”, me dijo una vez cuando le pregunté  por qué él  y mis tíos no habían estudiado más. Me decía que en esa época (su niñez) no necesitaba nada más para salir adelante. “Ahora no es así, por eso ustedes -mi hermano y yo- tienen que estudiar juiciosos, la única herencia que les puedo dejar es el estudio”.

Arturo, como lo llaman sus seres queridos, es padre de dos hijos, mi hermano y yo, pero cuando habla sobre su vida dice que se convirtió en papá en tres ocasiones y que la primera  fue sin desearlo. Tuvo que convertirse en la  figura paterna de sus 11 hermanos menores y ser el jefe de hogar de su familia a los 16 años, cuando en el patio de su casa mataron de un escopetazo a mi abuelo.

Se casó borracho a los 26 años. “Me case porque tu mamá estaba embarazada, yo la quiero mucho y nunca he pensado en separarme, pero tenía miedo de que nuestro matrimonio fuera como el de mis papás, así que me tome alguito para coger fuerzas antes de entrar a la iglesia”.

Desde los 18 años tiene un bigote grande que hace honor a la moda de los años 80´s y que nunca se quitó; salvo en una sola ocasión y después de insistirle mucho, porque prometió afeitárselo como regalo de graduación cuando me recibiera de licenciada.

Una de sus frases favoritas es: “En la mesa y en el juego se conoce al caballero” y nos la solía decir cuando teníamos malos modales para comer o si no cumplíamos algún trato infantil que hacíamos con mi hermano.

Defiende la honestidad sobre todas las cosas, incluso sobre sus propios sentimientos. Cuando tenía 8 años, me dejó de hablar durante más de un mes porque me quedé con el dinero que había sobrado de un mandado y le mentí diciéndole que no había quedado nada. Me dijo: “Mija, usted me cree tonto, yo sé cuánto cuesta eso, si quiere algo pídamelo, pero en mi casa no hay mentirosos ni ladrones”. No me pegó, no me dijo nada más, solo me miró con una profunda decepción y se fue de la habitación. No me volvió a  dirigir la palabra aunque mi mamá intercedió varias veces por mí. Cuando decidió perdonarme, me abrazó, se puso a llorar y me dijo: “Nunca más me vuelvas a mentir porque no te perdono”. 

Siempre nos trató de la misma manera a mi hermano y a mí. Dice que nos quiere a los dos por igual, pero que yo le caigo mejor porque me parezco más a él.

Es fanático de las navajas suizas y siempre carga una atada al cinto porque dice: “En cualquier momento la voy a necesitar”. Escucha siempre la radio y prefiere no ver  televisión, dice que es “el aparato idiotizante” aunque de vez en cuando le gusta ver películas, sus preferidas son las  románticas. Una vez  lo vi llorar con la escena final de  “The notebook”.

Se reconcilió desde hace algunos años con el uso de la tecnología y cuando hablamos por videollamada, le pregunto si alguna vez  va a venir  visitarme y me dice: “No, mija. Usted ya sabe dónde es mi casa, yo espero a que usted venga a visitarme”. La última vez que lo pude abrazar, él estaba junto con mamá  en la cocina y yo terminaba de hacer las valijas para viajar a la Argentina; me acerqué a despedirme, me esquivó y  me empujó. Alterada le dije: “Viejo bruto, no ve que me voy”. Él con cara de confusión y dolor me dijo: “Perdón, si soy un bruto”. Se acercó, me abrazó y se puso a llorar.