“EL ESPÍRITU ES COMO LA CALLE: TIENE SU RUMBA”


El director colombiano Chris Gude presentó “Mambo Cool”, su ópera prima, en el Festival de Cine de Mar del Plata. Una historia que se mete en el marginal mundo de la droga desde dos mundos que se cruzan: el ritmo del Caribe con la agresividad de Nueva York.

Por Santiago Varcarcel

Luego de la presentación de su film en el 28º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, el primerizo director colombiano Chris Gude abrió un espacio de reflexión y preguntas sobre su película, Mambo Cool. Al comenzar, repitió parte de la sinopsis: “El hombre está hecho de dos partes. El cuerpo es como la casa: no se mueve; el espíritu es como la calle: tiene su rumba”.

Mambo Cool es mezcla. Desde su título sugiere la convivencia de dos términos polémicos: uno refiere al corazón subecuatoriano del continente viejo (Mambo) y el otro es una expresión típicamente norteamericana (Cool).Un poco de color dentro del país del norte: “Mambo es una palabra que tiene raíces del Congo y de África y tiene que ver con una conversación con diálogo, con el canto, con la poesía y todo”, explicó.

La película retrata a un grupo de presidiarios, adictos, prostitutas y dementes marginados en el rincón oscuro de alguna ciudad en Colombia que se dedican a sobrevivir en un únder muy turbio. Ese grupo social está caracterizado en un lado por el mambo, ritmo que desde África llegó a Centroamérica y luego a Nueva York para regresar más violento; y por otro por el hábito del crack que también llegó con esa nueva corriente envenenada.

Chris Gude es uno de los protagonistas, junto con Juan Pablo Pardo. Ninguno es actor profesional o director; pero al ver la problemática que esta droga generó decidieron hacer  esta “propuesta”, como ellos dicen. Un mambo latino.

Culturas destinadas al cambio, a modificarse, y en algunos casos a urbanizarse también; eso es lo que muestra esta película. El movimiento libre y los tambores africanos de otrora cambiaron, en parte debido al tráfico de gente negra en tiempos menos iluminados de la humanidad: “La película realmente se trata de un cierto tipo de exilio. Un exilio urbano”, dijo Gude. Explicó también que pese a las referencias al monte (parte del territorio colombiano más rural) lo que se ve en la pantalla “es un mundo completamente urbano, claustrofóbico”.

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El baile y los tambores exiliados fueron cambiando por donde pasaban. Su evolución también está presente en la película en toda la sonorización. Con respecto a este punto, Gude aclaró que para la música desarrollaron un concepto: “Comenzamos con ese tumbao, que es un sucundún, y pasamos a un bolero. También metimos una cumbia que es de nuestra tierra. Y así llegamos montando la música hasta el mambo que nació en Cuba y también en México”

El resultado de la mezcla es un paso y un ritmo único: “Este mambo es realmente un mambo muy urbano, de Nueva York, muy agresivo. Esa música de puertorriqueños viviendo en Nueva York pegó mucho en Colombia”, explicó mientras aludía que su país tiene uno de los mercados más grandes de consumo en mambo y salsa, así como en consumo y producción de otras cosas.

La película atraviesa otro eje. Pegado a este movimiento estrictamente urbano y con experiencias carcelarias y criminales, viene la droga.

En Colombia, la droga es un tema pesado. No se habla únicamente de consumo: es el sticker del narcotráfico. Cuando todos hablan de narcos la primera imagen está relacionada con Colombia. Es una asociación inmediata, ya que la palabra misma encontró una rima subliminal, devenida de la historia y los contextos (por ejemplo, Pablo Escobar). (“En la época de la cocaína las cosas eran más elegantes”, dijo una cinéfila al salir de la proyección de Mambo Cool). Tan pesado es como complejo: “Hay una división de labor, tanto como en un submundo, un bajomundo, los que hacen las pipas, los que venden la base, los que hacen otras cosas. Todo tiene su economía y lo mismo en el cine”, reflexionó Chris con tono de lamento.

Mambo Cool es lo que queda de cruzar el monte y el color de Colombia con la resaca y la autodestrucción sistemática y sistémica estadounidense. Un mundo turbio que lucha por opacar la luz y el brillo de ritmos primitivos y tribales.

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