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Ruth Zurbriggen: pedagogía de luchas y desobediencia  

La activista, docente especializada en estudios de Mujeres y de Géneros, y fundadora de La Revuelta comparte su historia sobre cómo llegó el feminismo a su vida y por qué no lo puede soltar.

Su vida está marcada por una transformación constante. Es feminista y educadora. Reconocida en Latinoamérica por su activismo. Nació en Pozo del Molle, un pequeño pueblo de Córdoba, en una familia de clase trabajadora y en un contexto de mucho sacrificio. Es la segunda de ocho hermanos, por lo que desde muy chica aprendió a cuidar. No tuvo otra opción. 

Ruth Zurbriggen comenzó a cambiar su historia cuando se fue a trabajar a las escuelas salesianas de Villa Regina, Río Negro. Ese fue su único paso por la educación privada. Ante la noticia de su embarazo y la decisión de afrontarlo sola, se mudó a Neuquén y ahí se abrazó con la educación pública, un camino que le abrió un abanico de posibilidades. “Desde que ingresé a trabajar en la educación pública sentí que era ahí donde quería estar”, comparte.

-¿Qué recuerdos tenés de tu infancia en Córdoba? 

-Era una persona muy obediente, ayudaba mucho a mi madre, me ocupaba de las tareas de la casa. Ella trabajaba como empleada doméstica y mi padre era obrero en una fábrica, y tenía algunos períodos sin trabajo. Recuerdo una infancia de mucho sacrificio. ¿Viste que en las familias hay sectores más acomodados? Nosotros éramos los pobres de la familia. La parte pobre. 

Íbamos a la escuela todos los días, sí o sí, porque a la escuela no se faltaba. Era la posibilidad de que mi madre no estuviera rodeada de pibes. La escuela siempre fue un lugar que permitió que las mujeres, con tantos mandatos en ese momento, pudieran armar otras cosas, en el caso de mi madre trabajar. 

También tengo recuerdos que prefiero olvidar. No soy de la generación que tuvo infancia o adolescencia desde los paradigmas de derechos. Entonces recuerdo mucha violencia en mi casa. Los conflictos se resolvían a golpes y había más castigos para mis hermanos varones que para las mujeres. Eso lo tengo muy marcado y es parte de lo que me duele. Te diría que todavía no lo perdono a mi padre. 

Apenas terminé la secundaria me fui a estudiar para ser maestra en un profesorado de una ciudad vecina. Necesitaba trabajar para poder estudiar y conseguí trabajo en una fábrica como secretaria. Trabajaba todo el día y cursaba por la noche en un instituto de monjas, porque era el único que tenía turno noche, no me quedaba otra que cursar ahí. 

Créditos: Ayelén Santillán

-¿Qué aprendizaje te dio la educación pública? 

-La educación pública me enseñó tantas cosas. Cosas como pensar en comunidad, en la importancia del trabajo y estar organizados; me vinculó con mundos. Desde que ingresé a trabajar en educación pública sentí que era ahí donde quería estar. 

Después, cuando ingresé al MAS (Movimiento al Socialismo) me vinculé con el trotskismo y eso me retrotrae un poco de pensar en lo público, debo decirlo. Cuando me fui del MAS, empecé a estudiar Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional del Comahue. Ahí se me termina de abrir un abanico, hasta de sentir afectivo, de vinculación con el conocimiento, de explicación de cosas que me pasaban en la escuela y yo no le encontraba del todo palabras. 

-¿Cómo llegó el feminismo a tu vida? 

-Llegó cuando me fui del MÁS. Las diferencias políticas que tuve con el partido fueron vinculadas al sexismo y a las prácticas patriarcales. No le ponía ese nombre,

pero sí me daba cuenta que las cosas para nosotras eran tres veces más difíciles. Cuando planteabas alguna discusión política que ponía en duda la palabra de los varones que estaban en la dirección del partido, te lapidaban. Además, la violencia de parte de unos de los dirigentes, que era mi pareja; y en los pedidos de ayuda que hice a otras y otros dirigentes me decían que “tenía que entenderlo”, que estaba “muy presionado”. Ahí me di cuenta que la organización no solamente no iba a cuidarme, sino que me exponía. Y dije: “Basta, no puedo seguir dándole años de mi vida a esto”. 

El feminismo también llegó cuando abrí la puerta, me fui de mi casa y dije: “No vuelvo hasta que lo saquen de acá”. Porque la sensación era de que alguien lo tenía que sacar. Me fui a lo de una amiga con mi hija y volví cuando no estaba en la casa y no tenía ningún riesgo de que estuviera. 

Ahí decidí estudiar Ciencias de la Educación y la carrera, ¡me atrajo de una manera! Me ayudó a armar La Revuelta. Fue el puntapié para organizar al feminismo que me encontró porque la vida, las violencias, los sexismos de los lugares en los que estaba me atravesaban… y ahí empezás a mirar toda tu vida, empezás a mirar el pasado. Y no lo puedo soltar, o no me suelta. 

-¿Cómo fue la fundación de La Revuelta y cómo la definís? 

-Tengo recuerdos hermosos, de mucha conversación con Val Flores y Graciela Alonso. Estuvimos dos meses para definir qué nombre le íbamos a poner. Hicimos la presentación pública el 8 de marzo de 2001 con una radio abierta. Éramos 10, 15 personas y pasaban nuestras amigas y nos decían “Chau, ¡feliz día!” y nosotras, “Nada que festejar”. Tuve un tiempo de mucho enojo con el mundo. 

Recuerdo levantarme de las cenas con amigos y decir: “Basta, no los aguanto más”. Perdí muchos amigos y amigas en esos primeros tiempos. Era menos paciente, hoy soy bastante más negociadora con mis amistades aunque no parezca. 

La Revuelta es singular porque sí hay algo que nos definió es que, para ampliar la organización, teníamos que intervenir en política. La Revuelta tiene esa impronta: nos interesa intervenir en los problemas, en los conflictos que aparecen en los lugares donde activamos, es el interés por resolver aquí y ahora.

-¿Cuáles fueron los logros del feminismo en Argentina que más orgullo te generaron? 

-El proceso de politización de las violencias que arranca con Ni Una Menos y se expande con hechos como, por ejemplo, la denuncia de Thelma Fardin. Son episodios que se desparraman como “movimiento de capa tectónica”, digo. La politización de las violencias nos permite que haya ese tipo de denuncias que muestran que nada va a ser igual. En esa politización, la intergeneracionalidad me genera mucho placer. 

Eso es un proceso que también se ve en aborto y eso es lo otro que me genera mucho orgullo. El proceso de convicción del nos merecemos que el aborto sea legal, nos merecemos que el Estado reconozca que esto no está mal. Ese proceso donde nos pudimos reír del aborto, del desastre que hacían los sectores antiderechos, el pañuelo verde en las mochilas que es memoria justiciera… y por eso creo que este Gobierno no se mete con el aborto. Al menos no todavía. Esos dos procesos me dan mucho orgullo. 

Estoy orgullosísima de las movilizaciones internacionales que generaron los feminismos. Esto hace un tiempo que lo vengo sintiendo más y más: este proceso no podemos alejarlo de la historia de Madres y Abuelas de Plaza Mayo. No hay forma. Los feminismos serían otros, no sé cómo seríamos. Algo de la impronta, de lo que hacemos las argentinas está directamente atado a estas mujeres. 

¿Por qué el proceso de derechos humanos en otros países no fue como en este? ¿Por qué los feminismos son tan distintos a los de otros países? Más pienso en estas tremendas mujeres y pienso: “¡Guau! ¡Cuánto linaje tenemos!”. Debemos ser muy agradecidas.


*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.

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