La tarde en Formosa se tiñe de naranja mientras el sol se esconde detrás de los edificios bajos. En la plaza, el aire huele a pasto recién cortado mezclado con humo de skate y parlantes que vibran como si fueran tambores de guerra. Un beat de rap rebota contra los bancos de cemento y convoca a los pibes que llegan en bici con gorras ladeadas, mochilas gastadas y la ilusión de que ahí, en ese rincón urbano, puede nacer algo grande.
En el centro del círculo con micrófono en mano y la mirada encendida aparece JaureMix, el nombre artístico del formoseño Lucas Jáuregui. Sus palabras no son solo rimas: son disparos de verdad que atraviesan las miradas cómplices de los que lo escuchan. Los chicos levantan la mano siguiendo el ritmo, otros marcan con los pies sobre el suelo agrietado, como si ese pedazo de tierra fuese una pista de baile improvisada.
El skatepark, convertido en templo sonoro, respira al compás de la música. Una gorra pasa de mano en mano para juntar monedas, gesto que mezcla calle y solidaridad. A un costado, otros jóvenes esperan su turno para rapear, improvisando versos que hablan de amor, broncas, sueños y del barrio que los vio crecer. JaureMix escucha, asiente, sonríe: sabe que la música es también compartir.
El artista formoseño de 23 años nunca olvida sus comienzos. “Al principio era solo un juego, pero después entendí que había gente que se sentía identificada con lo que decía”, contó en una entrevista con Sentí Formosa. De esos primeros shows en colectivos, cumpleaños y plazas pasó a escenarios más grandes, donde ya su nombre empieza a sonar fuerte. Pero, como él mismo admite, su cable a tierra sigue siendo Guadalupe, el barrio que lo forjó.
La movida urbana en Formosa es un río en crecida. El rap, el trap y el freestyle desbordan plazas, ocupan esquinas y hacen de cualquier baldosa un escenario. Cada encuentro es un ritual: parlantes, mates, risas y la certeza de que la música puede más que cualquier frontera. JaureMix es parte de esa ola que crece. “Siempre ponía excusas para no mostrar lo que hacía, hasta que un día dije: ‘Basta, este soy yo’”, recuerda sobre el momento en que lanzó Excusas, su primer sencillo.
Hoy, mientras recorre provincias como Córdoba, Corrientes y Buenos Aires, sigue siendo el mismo que se sube a rapear con los pibes en la calle. Cuando baja del escenario grande, se mezcla entre la gente, abraza, escucha, agradece. No hay barrera entre el artista y la persona: ambos se funden en un mismo gesto de humildad.
Más allá de su talento, quienes lo conocen lo describen como un “gran hijo de Dios”, alguien que busca transmitir esperanza con su música. “Yo solo quiero ser feliz y brillar con mi música”, repite como un mantra. Esa fe y esa claridad lo sostienen en cada paso, como si cada verso fuese también una oración que se eleva entre beats y rimas.
La noche cae y el círculo de pibes se aprieta alrededor del rapero. El beat suena más fuerte, las voces se multiplican y la plaza se convierte en un escenario sin luces ni telón, pero lleno de energía. JaureMix levanta el micrófono, sonríe y su voz viaja más allá de las paredes de cemento. Porque en ese instante, la música urbana de Formosa no es solo ruido: es identidad, es lucha, es sueño colectivo.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
“Me puse las Gucci con un short de Nike, buzo y cadena, estoy que goteo,
sigo volando de ciudad en ciudad, tumbando el club, shout out para Neo.
Con cara de que nada va a salir mal, soy un rockstar, toy que goteo,
estoy donde yo les dije que iba a estar, ustedes dónde están, no los veo”.
Fragmento del single “Goteo” de 2019 de Duki
Verborragia de rimas y ganas de contar. El trap, los sonidos urbanos, el freestyle y el reggaetón se encuentran, mutan, se oponen; y al mismo tiempo conviven con un rock nacional icónico y retrógrado.
La música argentina atraviesa uno de los cambios generacionales más profundos desde la explosión del rock nacional en los años 80. La identidad artística, social y política que el rock supo brindarnos a millones de jóvenes, hoy son letras que apenas resisten al universo dominado por la música urbana que se apodera de la agenda vibrante.
Final de Freestyle Argentina 2018.
El legado del rock sigue funcionando como archivo sonoro de nuestras cicatrices y celebraciones. Y, en medio de esa tensión, las historias musicales siguen tejiendo nota a nota. ¿Estamos frente a un nuevo paradigma musical, en donde lo imperante es el flow? o ¿será la nostalgia escrita por Milanés que cantaba: “El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”?
El paso de una voz a otra
Nací en el 81. Me formé como pianista del conservatorio por unos 10 años. Estudié Composición Musical en la Universidad de La Plata por un tiempo. Solía escribir mucho y mis “letras” eran larguísimas, como las de hoy. En ese entonces, no encajaban en canciones. “Son muy largas”, decían mis compañeros al mismo tiempo que mis maestros en el 2000 sentenciaban que deberían tener “cierta organización” -en referencia a estrofa, estrofa estribillo, puente, estrofa, estrofa, estribillo y final-.
Hoy, las letras, los sonidos y el ritmo encuentran nuevos espacios en las calles, en las nuevas voces que desean ser robotizadas y ecualizadas para generar un nuevo sonido con el objetivo de perder su tímbrica natural, respondiendo a nuevos códigos, a su velocidad, a su forma de comunicarse y su relación con la tecnología.
Lo cierto es que el negocio de la industria comenzó a moverse en otras frecuencias y tonos y, aunque la narrativa es diferente, la música mueve los cuerpos y parece ser bien recibida por las nuevas generaciones.
El Taller Integral de Música “Vintage” en la ciudad de Neuquén invita a no olvidarnos de los clásicos del rock como una insignia y paso obligado del quehacer musical, sobre todo para los más jóvenes. Juan Pablo Azlan, su director, explica que la escuela busca destacarse en la formación de músicos integrales a través de los ensambles formando bandas con “acento vintage”.
También comparte que “no es la típica banda” ya que hay violines, acordeón, trompeta. Y suma: “Hay veces que en la canción no hay saxo y le suman ese instrumento igual para lograr una versión diferente sin perder la esencia”.
“Los más jóvenes se acercan al taller y aparecen con canciones de Duki y un montón de referentes que tienen hoy. Para nosotros es prácticamente casi una obligación pasar por las canciones del rock nacional, tomarlas como ejemplos, tomar sus vueltas armónicas, escuchar de los ritmos que se usaban, de las formas, el estilo y su conexión con lo internacional”, comenta Alzan y sigue: “Desde ese lugar proponemos tocar canciones. Y los chicos se copan y hasta se fanatizan”.
Tweety González, tecladista argentino y pionero en el uso del sistema MIDI y de los samplers en el rock argentino de los años 80, opinó en una entrevista de la revista Rolling Stoneque el género urbano “ya llegó a su techo” y cree que debido a esta saturación hay “una vuelta al rock de la que nadie quiere hablar”.
“Cada vez hay más bandas de rock que ya tienen su público. No es lo mismo que hace 20 años, claro, pero está pasando. Como ocurrió en el principio del rock acá en Argentina, que surgió como una respuesta al Club del Clan, ahora hay como una reacción a lo que está dominando”, destacó el productor en una conversación con el periodista Sebastián Ramos en abril de 2025.
En este sentido, González igual admite que el rock es un fenómeno “muy argentino” ya que en Latinoamérica el rock no avanzó, pero en nuestro país sí haciendo referencia a bandas como La Renga y Divididos, o artistas como Marilina Bertoldi.
De izquierda a derecha: Gustavo Cerati, Indio Solari, Charly García, Luis Alberto Spinetta, Andrés Calamaro. Créditos: Diario de Cultura
Nuevas generaciones, nuevas conexiones
Con la llegada del siglo XXI, la escena musical argentina comenzó a fragmentarse. Al rock se le sumaron la cumbia villera, el hip hop, la electrónica y una creciente producción independiente.
La posibilidad de hacer canciones con una computadora, compartirlas en plataformas de streaming musical y difundirlas en redes sociales, sin la intervención de un sello discográfico, abrió la puerta para que una nueva generación de artistas se diera a conocer. La digitalización nos invitó a crear desde casa, componer con software y subirlo a las redes.
“Los chicos hoy escuchan lo que va de la mano de la actualidad: todo va muy al palo, todo lo quieren ya y rápido”, menciona Azlan y cree que antes “todo tenía otro proceso”. “La gente se sentaba a estudiar y a sacar los temas de oído rebobinando un cassette”, explica y sigue: “Hoy los estudiantes tienen todo. Los más jóvenes nos muestran cómo hacer música con AI”. Por este motivo, la experiencia en el taller escuela tiene como misión reivindicar el “en vivo” con su naturaleza imperfecta.
El espacio celebró 10 años de música y aprendizajes en diciembre de 2025. En la sede de Belgrano 235, de la ciudad de Neuquén, hay espacio para todas las edades y niveles de conocimiento. Se pueden tomar clases de instrumentos como saxo, batería, guitarra, piano, canto, entre otras.
“La música fue atravesada por la pandemia, el aislamiento y el aumento del uso de los medios digitales”,señaló Mariano Del Mazo, periodista y escritor, en conversación con la Agencia de Noticias de Ciencias de la Comunicación de la UBA (ANCOOM) en mayo del 2025; y reconoció a esos factores como los impulsores del trap, un movimiento que se gestó en el 2010 y creció “al calor de la presencialidad”, con batallas de freestyle y encuentros en Parque Rivadavia en la Ciudad de Buenos Aires.
Sin embargo, cuestionó la atención que tienen los oyentes en la actualidad: “Hoy es mucho más fragmentada y, a su vez, más afilada, lo que hace que todo sea más vertiginoso y que lo que ayer fue cantado enseguida caiga en el olvido. Es complicado pensar en un clásico, o un futuro clásico”.
Los artistas de hoy
Según un artículo publicado en agosto del 2025 en la revista digital Altafama.ar., Duki se posiciona como referente indiscutible del trap y la música urbana liderando la escena musical. Le siguen Bizarrap, María Becerra y L-Gante.
Aunque cifras exactas de ingresos totales de la industria son difíciles de precisar, se sabe que el circuito musical del género urbano moviliza cientos de millones de dólares anualmente y es clave para la economía musical argentina según reportó Forbes Argentina. En un artículo de Florencia Radici de noviembre del 2025 se indaga sobre las regalías de la plataforma Spotify y, al respecto, se supo que el factor de la exportación de la música se consolidó como uno de los grandes diferenciales a nivel global.
Vale agregar en este punto que no todos estos artistas son realmente talentosos o se encuentran a la altura de los grandes escenarios. Así lo explicó en una entrevista luego de recibir un premio en Chile, el músico Fito Páez: “No voy a generalizar porque sería una gran torpeza de mi parte, porque hay artistas increíbles en estas nuevas generaciones, pero se tiende más a una estandarización de los ritmos, de las armonías, de las melodías, casi desaparecidas, que del lenguaje musical en sí, que es lo que nos convoca aquí: la música”.
Jamás en la historia de la humanidad se ha consumido tanta música como ahora. Lo más curioso es que no fue el mercado lo que amplió la musicalidad de la gente, fue la cibernética. Los nuevos sonidos y nuevas escenas arrasan con fuerzavolcánica y aunque la música urbana domina el mainstream, el rock nacional creció un 90% en escuchas totales durante los últimos cinco años, una tendencia liderada por la Generación Z.
En efecto, así lo expresaba Rodrigo Decono, Lead Editor en Spotify, en el artículo de Forbes: “Los ritmos locales, como el rock nacional o el folklore por mencionar algunos, crecieron exponencialmente en el último año”. En conclusión, el rock nacional no desapareció: resiste en internet, discos, vinilos, festivales, homenajes y bandas que lo reinterpretan. Más que un reemplazo, el presente parece mostrar un ecosistema híbrido donde cada generación encuentra su espacio expresivo.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Benjamín tiene ocho años; vive con su mamá, Liza Anabel Sabadin y su abuela, Mónica Dávila en el barrio Empalme, en Córdoba capital. Su infancia está marcada por una rutina constante entre terapias, juegos y fútbol. Su diagnóstico dentro del espectro autista (TEA) llegó cuando tenía poco más de dos años, tras meses de incertidumbre. Desde entonces, su familia convirtió cada avance en una celebración.
“Lo más difícil no es él. Es el mundo. Benjamín es puro amor, pero muchas veces la sociedad no sabe cómo recibirlo”, dice Liza mientras observa cómo su hijo intenta pronunciar una nueva palabra. En ese gesto se resume toda una historia: la de una familia que aprendió a mirar distinto sin pedirle al niño que cambie, sino adaptando el entorno para que él pueda ser.
La primera infancia fue un desafío. Las maestras del jardín mostraron dudas, y algunos directivos incluso rechazaron su inscripción cuando supieron del diagnóstico. La escuela, que debería ser un espacio de encuentro, se transformó en un muro difícil de atravesar. “Sentimos muchas veces que queda solo. Yo no necesito que lo sobreprotejan, necesito que lo incluyan”, dice Liza con firmeza.
Su testimonio pone en palabras lo que muchas madres viven: la inclusión no se decreta; se construye con empatía, paciencia y formación. Según UNICEF Argentina, el 63% de los niños con autismoque asisten a escuelas comunes experimenta algún tipo de dificultad de integración, principalmente por la falta de capacitación docente y la ausencia de recursos específicos para acompañar los procesos de aprendizaje.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada 36 niños en el mundo se encuentra dentro del espectro autista, lo que convierte a esta condición en una de las más frecuentes dentro de los trastornos del neurodesarrollo. Con el objetivo de promover activamente la aceptación, el reconocimiento y la inclusión, la ONU declaró al 2 de abril como el Día Mundial de Concientización sobre el Autismo en 2007.
En Córdoba, asociaciones de familias —como la Red Federal de TGD Padres— sostienen que las demoras en los diagnósticos y la falta de cobertura total de las terapias generan un impacto emocional y económico importante. Muchas madres deben dejar de trabajar para acompañar los tratamientos que, en algunos casos, suman hasta 10 sesiones semanales entre fonoaudiología, psicología y terapia ocupacional.
“Cada pequeño logro de Benjamín es una fiesta”, asegura Mónica con orgullo y sigue: “Cuando logra decir una palabra nueva, cuando expresa cariño o comparte algo, sentimos que todo el esfuerzo vale la pena”. Ella es parte activa del proceso: lo acompaña al centro terapéutico, conversa con los profesionales y sostiene la casa cuando su hija necesita descansar. Su mirada resume el rol de miles de abuelas que son red, soporte y sostén silencioso de estas infancias diversas.
Benjamín asiste tres veces por semana a un centro terapéutico, donde realiza ejercicios de lenguaje, motricidad y socialización. Allí, un equipo interdisciplinario trabaja con objetivos simples pero profundos: fomentar la autonomía, fortalecer la comunicación y acompañar emocionalmente a la familia.
En la sala del centro se mezclan juguetes, pictogramas y risas. Cada profesional adapta la actividad a la necesidad del niño. Nada es automático, todo requiere lectura, paciencia y amor.
En el barrio, Benjamín también encontró su lugar en el Club Empalmedonde participa en prácticas de fútbol infantil. Lo recibieron sin discursos ni protocolos, simplemente lo aceptaron. Lo que no siempre se logra desde la teoría se construye desde el afecto cotidiano: en la cancha, los otros niños lo esperan, le alcanzan la pelota, lo celebran cuando anota un gol. La inclusión entendida desde el corazón se vuelve real.
La OMS sostiene que el juego colectivo es una herramienta esencial para la socialización de niños dentro del espectro porque enseña desde el vínculo y la emoción, no desde la corrección. En Benjamín esa afirmación se cumple: la pelota se transformó en su puente al mundo.
Especialistas destacan la importancia del diagnóstico temprano y la continuidad en los tratamientos, indicando que los primeros cinco añosde vida son determinantes para fortalecer la comunicación y el desarrollo cognitivo. También subrayan la necesidad de políticas públicas que garanticen cobertura plena y acceso igualitario, especialmente en el Norte y el interior del país, donde los recursos son escasos.
Desde la Dirección Nacional de Discapacidad (ANDIS) se impulsa un Programa de formación docente en Inclusión y Acompañamiento integral destinado a reducir las barreras en el sistema educativo. Aunque las políticas existen, su aplicación real varía según la provincia y la voluntad institucional de cada escuela.
Benjamín no necesita un mundo perfecto, sino un mundo que lo mire con amor. Su historia junto a su mamá y su abuela demuestra que la inclusión no se construye desde los discursos, sino desde los gestos cotidianos. Comprender el autismo no es solo una tarea médica ni un desafío individual: es una responsabilidad colectiva. Detrás de cada palabra pronunciada, mirada sostenida y paso logrado hay un equipo de afectos, profesionales y esperanzas que empujan juntos. La inclusión no es permitir que alguien esté. La inclusión es recibirlo.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
En la esquina de Maipú y Juan Luis Piedra Buena, una vieja casa de madera resiste el paso del tiempo. Su fachada con la pintura blanca picada, los techos celestes, las ventanas cerradas y ese aire de abandono no delatan la historia que guarda dentro: la de Lucinda Otero, poeta y descendiente de antiguos pobladores de Ushuaia, cuya voz se perdió entre las ráfagas del sur.
Lucinda no fue una escritora famosa. No publicó libros en editoriales de renombre ni ganó premios nacionales. No obstante, fue declarada Ciudadana Destacada de la Ciudad de Ushuaia y hasta la homenajearon con una calle y una plazoleta con su nombre frente al Centro Polivalente de Artes, ubicada en la intersección de las calles 17 de Mayo, Alem, Yaganes y Avenida Héroes de Malvinas.
Sus versos hablaban de la tierra, del viento, de la memoria ancestral. De lo que significa pertenecer a un lugar. “Los duendes de los carámbanos”, como titula una de sus obras, eran sus amigos. Los carámbanos son esas pequeñas formaciones de hielo alargadas que se forman en los tejados o los árboles. Los duendes de los que hablaba usaban estas formaciones heladas para transportarse y charlar largas nevadas junto a ella. En su libro los describe como “niños traviesos”. “Así nos hicimos amigos: yo le contaba lo que él quería saber de los humanos y él, lo que yo quería conocer sobre su vida en los carámbanos”.
Lucinda fue impulsora de la Feria Provincial del Libro, presidió la Asociación Gente de Letras de Tierra del Fuego y trabajó por la reapertura de la Biblioteca Popular Sarmiento. Publicó, entre otros libros, “El Triángulo de Fuego”, “Antología raíces”, y “Cuentos y poemas fueguinos”.
También le escribió poemas a América Latina: “Mi indómita tierra, por los mitos que te atestiguan tus raíces, dame la fuerza para vencer el origen de tu niebla y surgirás otra vez nueva, sin deudas”.
Lucinda Otero a orillas del Canal Beagle, junto a un Cormorán, ave típica de Ushuaia.
Además de su faceta literaria y cultural, se destacó por ser buzo. Se la podía ver vestida con los antiguos buzos de goma anteriores al neoprene. Le bastaba caminar solo algunos metros desde la puerta de su casa, en la esquina de las calles Maipú y Piedrabuena, para llegar a las aguas de la bahía.
Así también, Lucinda tuvo su faceta de costurera. Y, además, debió ocupar el rol de directora de la fábrica de conservas de su familia cuando falleció su padre. Don Perfecto Celso Otero llegó a la Argentina en 1915 y en 1921 se mudó a Ushuaia junto a su esposa María Lucilda Saldivia Torres. Lucinda nació como una mujer del sur argentino, 11 años después, en enero de 1932.
Sobre la misma calle Maipú de la Ciudad de Ushuaia se puede observar que la urbanización hizo lo suyo. En un intento de rescatar las historias de las antiguas casas coloniales, muchas de ellas hoy no solo son patrimonio, también son lugar de encuentro y museos. Como lo es la “Antigua Casa Beban” adquirida por una familia de inmigrantes suecos y construida entre los años 1911 y 1913. Hoy está ubicada sobre la misma calle a unas pocas cuadras. Pero con el gran diferencial que sí se pudo poner en valor.
En aquella esquina de Maipú y Juan Luis Piedra Buena, los años pasan y la vida que supo habitar la casa de Lucinda permanece cerrada, olvidada. La familia Otero llegó en 1940 a esta misma propiedad donde instalaron una fábrica de conservas de moluscos.
Casa de Lucinda Otero. Esquina de Maipú y Juan Luis Piedrabuena, Ushuaia.
Son considerados como una de las familias centenarias de la ciudad, pero su casa año a año es arrasada por el salitre del mismo Canal Beagle. Marcelo Murphy, periodista reconocido de Ushuaia, declarado embajador de la ciudad y un defensor de la historia local, atiende el teléfono. Se presenta y, con un tono amable, esboza cierta melancolía al recordar los años dorados de la literatura ushuaiense.
La primera pregunta para él es el “por qué”: “¿Por qué la casa de Lucinda no está entre las que fueron recatadas y restauradas sobre la Avenida Maipú?”. Su respuesta sincera delató que la burocracia y el poder hacen lo suyo: “La casa permanece desde su fallecimiento en litigio judicial”.
“Su vecino de toda la vida, quien forjó una gran cercanía tras su cuidado, dice tener el poder de la propiedad porque Lucinda en vida se la cedió”, explica Murphy y sigue: “El Juez que llevaba adelante esto se jubiló y todo quedó estancado, mientras la casa año a año se detona más”.
En medio del conflicto y el querer poner en valor la propiedad, en 2007 y a tres años del fallecimiento de Lucinda, aparece una hija que reclama los bienes. Ante esto, el juez Civil y Comercial, Juan José Ureta ordena exhumar el cuerpo con el fin de obtener muestras de tejido para realizar un ADN, el cual da positivo.
Lo cierto es que, desde la muerte de la reconocida escritora, los intereses personales se contraponen con el objetivo y el último deseo de Lucinda. “Ella quería que su casa se convirtiera en ‘La casa del escritor’”, expresa Marcelo.
Su casa, la misma donde vivió con sus padres, obtuvo una placa de recordatorio en el 2005 tras cumplirse un año de su fallecimiento. En una de sus paredes que da a la calle Maipú se puede ver ese rectángulo de bronce que pareciera ser lo único que le da identidad a esa vieja estructura de madera cuya pintura resquebrajada lucha con todas sus fuerzas por perdurar, aunque el tiempo avance.
Las cortinas de Lucinda aún están colgadas, amarillentas y con algunos agujeros. Allí yace olvidada, pasada por alto ante la mirada de los 141.437 turistas que visitan Ushuaia y la de los fueguinos que recorren las calles.
En el 2017, la casa de Lucinda fue declarada como Patrimonio Arquitectónico Cultural bajo la Ordenanza Municipal 5.288. Para que esto ocurriese estuvieron implicados vecinos, gestores culturales y el mismo Murphy. La casa de los Otero es una de las pocas construcciones que conserva el estilo original de las viviendas fueguinas del siglo XX. Un símbolo de otra época. Un testimonio vivo. O debería serlo.
Placa recordatoria, colocada a un año del fallecimiento de Lucinda.
La cotidianeidad y la agilidad del tiempo rodean la vivienda. En la vereda de enfrente a su diagonal está “La Casa de la Mujer”, un lugar donde se dan talleres y reuniones que reivindican y defienden el rol y la figura de la mujer. ¿No es algo paradójico esto? Que haciendo tan solo unos pocos pasos, la vivienda de una mujer emblemática para la literatura local se difumina.
La esquina permanece intacta y a su alrededor la brisa sureña destruye los marcos de sus ventanas. Las bocinas de los autos ingresan por los recovecos que se van generando por acción del tiempo. Durante estos años, la casa de Lucinda supo tener nuevos vecinos.
A pocos metros y de espaldas a ella, se encuentra una de las principales calles de Ushuaia, “la San Martín”. Con locales que abren sus puertas ante la gran cantidad de turistas que cotidianamente buscan llevarse un recuerdo del Fin del Mundo. Frente a ella, hay un terreno vacío que a su lado pareciera como si existiese una especie de diálogo frente al abandono. Mientras tanto, el Canal Beagle, el mismo que la escritora supo animarse a bucear, es el único testigo de su inmortalidad.
Los flashes encendidos de los celulares no se dirigen a esta esquina simbólica. Sino más bien al inmenso paisaje que rodea la costa fueguina, esa que alguna vez Lucinda y sus duendes supieron ver. Pareciera que las miradas pasan por al lado de su memoria, casi rozándola, pero sin tener el efecto que ella en vida hubiese querido que tenga su literatura.
Los intentos por cumplir el último deseo de Lucinda fueron llevados hasta el Consejo Deliberante. En el 2017, el concejal Hugo Victoriano Romero del “Frente para la Victoria” entregó el proyecto “El anhelo de la ilustre Otero” al, por entonces presidente del Consejo, Juan Carlos Pino; y que fue redactado y pensado por una estudiante de la Tecnicatura Superior en Gestión Sociocultural, cuya motivación fue la de contribuir al acervo cultural y al fortalecimiento de la identidad local.
El proyecto de 2016 tiene como finalidad concretar un espacio dedicado a la literatura, donde los protagonistas no solo sean los escritores sino también los ciudadanos y turistas. Un lugar donde se geste la apropiación cultural fueguina. Cabe mencionar que este pedido se basaba en el “Programa de Rescate del Patrimonio Arquitectónico Cultural de la Ciudad de Ushuaia” creado en el 2013 bajo el número de Ordenanza Municipal 4.419.
En uno de los puntos del mismo, Carolina Alejandra Gomez Zamacola (la autora del proyecto) expone el diagnóstico del momento y lo que dificulta el avance de este:“Tras la investigación de la situación legal de la vivienda involucrada en este proyecto surgieron inconvenientes como falta de interés por parte del Presidente del Concejo deliberante de la Ciudad de Ushuaia para indagar en su situación legal, como también el desconocimiento del programa ‘Rescate del patrimonio arquitectónico’ su ejecución”. Esto lamentablemente deja a la vista que los reconocimientos a la familia y a la propia Lucinda; sumado lo significativo de “los café literarios en su memoria”, como decía Antonino Pilello, vecino y escultor de Ushuaia, ahora “son promesas que se las lleva el viento frío del Sur”.
La casa de Lucinda aún no se convirtió en lo que muchos imaginaron: un espacio cultural, un refugio para la memoria, un rincón donde las palabras de la poeta pudieran seguir respirando. Un lugar de encuentro para seguir cultivando la lectura y la escritura sureña.
Hoy, la propiedad permanece en pie, pero sus fuerzas declinan a la par de la de los defensores culturales de la ciudad. Ella subsiste silenciosa, y la poeta ya no está. Mientras tanto, afuera, el viento sigue soplando fuerte en Ushuaia. Adentro, tal vez, los versos de Lucinda aún esperan ser escuchados.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.