GÉNEROS
Fuera del clóset dentro de la cancha: homofobia, machismo y masculinización en clave Olympo
La serie de Netflix busca darle visibilidad a las personas LGBT+ en el ámbito deportivo, algo que parece aún lejano en la vida real.
Apenas habían pasado unos segundos desde que el reloj había marcado cero, indicando que Boca, un club argentino y centenario, se metía en otra final de la Liga Nacional de Básquet. El Xeneize barrió la serie ante Quimsa, y definía ante Instituto quién sería el campeón de la máxima categoría.
Era el Día del Orgullo LGBT+, 28 de junio de 2025, en Santiago del Estero. Un reportero de TyC Sport entrevistó a Sebastián Vega, una figura del equipo. “Dejame mandar un saludo a toda mi familia, que siempre están viendo, a todos mis sobrinos”, expresó con una sonrisa y siguió: “Hoy es el Día del Orgullo así que muy feliz con eso. Y quiero decir que estoy orgulloso de lo que soy y agradecido de poder seguir jugando al básquet siendo gay. Estoy muy feliz”.
Sus expresiones de aceptación, alegría y libertad lo dijeron todo. El entrerriano escribió una emotiva carta pública en marzo del 2020 para hablar abiertamente de su sexualidad, marcando un acontecimiento histórico para el deporte argentino. Fue el primer basquetbolista en declararse homosexual.

Sebastián Vega tras consagrarse campeón de la Liga Nacional con Boca Juniors en julio de 2025.
Esta sensación es contraria al corazón de “Olympo”, la serie de Netflix que, con crudeza y sin atajos, expone la masculinización y el machismo feroz en el deporte de élite. En la ficción, el Centro de Alto Rendimiento “Pirineos” es un microcosmos donde Roque, el jugador gay de rugby interpretado por Agustín Della Corte, vive su relación clandestina con Diego como un acto de resistencia.
En un ambiente donde la masculinidad se mide por la violencia de la patada, por el silencio, la ocultación se vuelve un modo de supervivencia. Aunque esa doble vida también es un acto de valentía íntima y silenciosa. La serie también muestra cómo la presión extrema, el dopaje y el control total del cuerpo y la mente moldean el rendimiento. Pero también anulan la identidad y la diversidad.
La masculinización y el machismo en el deporte es una construcción social profundamente arraigada que condiciona quién puede pertenecer y cómo debe comportarse. En Argentina, como en muchos otros países, la cancha es un territorio casi exclusivamente masculino, donde la fuerza, la agresividad y la dureza se celebran, y la sensibilidad o la diferencia se castigan o invisibilizan. Ser gay, lesbiana o trans, o simplemente no encajar en el molde impuesto, es arriesgarse a la exclusión y a la marginación.
Mariano Granero es un rosarino que conoce esta realidad no como ficción sino en carne propia. Mariano, exjugador de rugby y activista LGBT+, expresa: “El ámbito deportivo hoy en día presenta cambios, hay una incipiente tolerancia, pero se frena cuando se profesionaliza y ahí no se llega. En el rugby o en el fútbol, principalmente. Esto implica seguir tratando de derribar prejuicios”.
El rechazo es claro y punzante. “Es algo social, no político, porque creo que los resguardos legales están pero socialmente sigue existiendo la discriminación deportiva tanto cuando los grupos de personas LGBT+ se van ampliando hasta que llegan una instancia más competitiva donde hay que destacarse el doble para que a uno se lo elija”, amplía Granero, quien sigue soñando con un deporte donde la diversidad sea bienvenida.

Guillermo Giménez, jugador de voley y referente de Yacarés BA (organización con perspectiva de género que busca generar espacios seguros de deporte y entrenamiento).
Por su parte, la psicóloga Juliana Mosca, especialista en salud mental y diversidad sexual, confirma la teoría del rechazo: “El deporte es una de las últimas trincheras del machismo”. Mientras en otros ámbitos sociales se han abierto espacios para la diversidad, en el deporte la norma sigue siendo la virilidad tradicional, la dureza y la competencia feroz. “Lo que se corre de ese modelo se vuelve sospechoso, peligroso”, afirma Mosca.
En su consultorio ella escucha relatos desgarradores: jóvenes que sufren ansiedad, ataques de pánico y hasta pensamientos suicidas por el miedo a ser descubiertos, y al riesgo de perder el equipo, el club y la identidad que han construido alrededor del deporte. Y los números acompañan y amplifican estas voces.
Según un estudio de la Fundación Estadio (AEA 2020-2021), el 72% de deportistas LGBT+ declaró haber sufrido discriminación directa. Un 41% abandonó una disciplina por no sentirse aceptado, y solo un 8% contó con acompañamiento institucional. El resto quedó en el silencio. En la sombra que cubre la exclusión disfrazada de indiferencia o tolerancia tibia.
No obstante, en la vida real y en la ficción surgen espacios de resistencia. En Argentina, la Asociación Argentina de Deportistas por la Diversidad (AADD), ligas inclusivas y campañas de visibilización en medios públicos como DEPORTV trabajan para abrir espacios que reconozcan y celebren la diversidad sexual y de género en el deporte. “El deporte no puede ser un lugar para el odio”, repiten.
Asimismo, en el informe de Telenueve “Discriminar por deporte”, varios deportistas LGBT+ relatan cómo los insultos, la homofobia implícita y el rechazo social condicionan sus trayectorias. En la campaña de Altavoz TV, el mensaje es claro: lo más difícil no es competir, sino existir.
Guillermo Giménez, voleibolista chaqueño de 41 años, cuenta que fue difícil ser marica en una provincia conservadora; sumado a que el deporte está forjado de prácticas “heteronormativas y patriarcales que se enquistaron y han excluido las disidencias”. “Muches tuvimos que adaptarnos para sobrevivir. El deporte y las tribunas replican muchas violencias para las diversidades y excluyen; y hacen que terminemos abandonando el deporte”, dice y agrega: “Buscamos un deporte más amoroso, el acceso al deporte y el derecho al juego, tenemos que abrazar lo colectivo y disidente”.
El ámbito deportivo entonces sigue siendo binario, es decir, masculino-femenino. Las identidades en la cancha son muchas más, por eso faltan derribar barreras respecto a la masculinización y la heteronormatividad. El escenario político actual agrega tensiones y amenazas. En Davos, el Presidente de la Nación, Javier Milei, sostuvo: “La ideología de género constituye lisa y llanamente abuso infantil. Son pedófilos”. La frase fue denunciada como una incitación al odio por organizaciones de derechos humanos y diversidad sexual.
“Cuando el discurso viene de arriba, se naturaliza abajo”, advierte Mosca. Eso impacta directo en el ánimo de quienes están construyendo espacios nuevos. Al respecto, la psicóloga suma: “El deporte sigue siendo una institución de disciplinamiento. Se castiga todo lo que se corre del modelo viril, competitivo, heteronormado. Eso daña mucho más de lo que parece. Surgen historias de ataques de pánico, ansiedad, depresión y aislamiento. El cuerpo está entrenado, pero el ser está escondido”.
Pero también Olympo, muestra otra cara: la visibilidad. La lucha de quienes desafían ese mandato es también una invitación a transformar el deporte, abrirlo a la diversidad, a la disidencia. Porque al final, jugar es un derecho humano. Y la cancha debería ser un espacio donde la única regla sea el amor por el juego y el respeto por quienes juegan. Un lugar donde se construyen identidades, donde se abren espacios para la libertad.
Sebastián, Guillermo, Mariano y muchxs más hacen posible esa transformación con cada pase, con cada abrazo, con cada acto de existir dentro y fuera de la cancha. En un mundo deportivo que sigue pidiendo silencio, hay quienes corren con orgullo. Aunque les pese la camiseta. Aunque les falte el pase. Aunque la tribuna no grite su nombre con pasión. Porque cada vez que se animan a jugar, ganan algo que no se mide en goles: visibilidad.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
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