El aumento y la diversificación de la conflictividad social, causada por el ajuste que se enmascara en el “déficit cero”, no solo transformó en algo cotidiano las acciones de protesta, sino que empujó a que las calles sean un punto de encuentro de los múltiples colectivos que se enfrentan a las políticas del gobierno. Los jubilados, la discapacidad, el “Ni Una Menos” y el Hospital Garrahan, fueron los principales protagonistas de la marcha del pasado 4 de junio.
Sin embargo, hay un sector que muchas veces se pasa por alto, pero que está presente en todas las movilizaciones. Los trabajadores de prensa, que también sufren la precarización y el deterioro de sus salarios, se fueron convirtiendo en un blanco de los operativos represivos que comanda la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. La cobertura periodística de las manifestaciones es una causa más, que se encuentra en disputa en tiempos de represión y recortes a la libertad de expresión.
Ataques a la Prensa
Desde la asunción de Javier Milei en diciembre de 2023, numerosos periodistas y fotorreporteros fueron agredidos por las fuerzas de seguridad. Según el Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SiPreBA), durante las jornadas de protesta contra la ley bases en febrero de 2024, hubo por lo menos 30 trabajadores de prensa que fueron heridos por la represión. Este año, un efectivo de la Gendarmería Nacional, le disparó en la cabeza al fotógrafo Pablo Grillo, con una granada de gas lacrimógeno en la marcha en apoyo a los jubilados del 12 de Marzo. El impacto de la granada le provocó múltiple fractura de cráneo y lo dejó al borde de la muerte. Grillo fue dado de alta recién el martes pasado, tras haber estado 55 días internado en el Hospital Ramos Mejía.
Foto: Kaloian Santos
Daniela Gian, cronista de C5N, estuvo presente cuando Grillo fue herido: “Desde
ese día cambió todo, nuestra forma de trabajar se modificó totalmente. Ahí empezamos a tomar dimensión de que estábamos en una situación de riesgo”. La imagen del fotoperiodista con la cabeza abierta recorrió la sociedad y expuso la gravedad del ataque que recibe la prensa durante los operativos represivos. Gian explicó que hace tiempo se venían equipando con máscaras, cascos y chalecos para protegerse.
La represión de cada miércoles
Lula Gonzalez, periodista de El Destape, cubre todos los miércoles la marcha de los jubilados y varias veces fue herida con golpes y gas pimienta. “No solo los jubilados sufren la violencia estatal en su reclamo justo, sino que nosotros los trabajadores de prensa también somos agredidos y en muchos casos colegas terminan siendo detenidos de manera indiscriminada. Esto es realmente grave, a mediados de Mayo me gasearon y estuve cuatro horas ciega. Fue la primera vez que tuve miedo de trabajar en la calle”, contó la cronista.
Por su parte, muchos periodistas que realizan una cobertura miércoles a miércoles para medios gráficos o para contenido en redes sociales también dieron el presente el pasado 4 de junio.
Yair Cybel,periodista en El Grito Del Sur, se expresó sobre la unión entre luchas que se dió en la marcha y la cataloga como un “primer punto de encuentro para poder canalizar la conflictividad social que lleva adelante el movimiento popular contra este gobierno”. “Hay un ensañamiento especial contra los periodistas, que lo que tratamos de hacer es visibilizar la situación que se vive, porque no quieren que se vea la represión ni el despojo que viven los jubilados, los laburantes de salud y educación, entonces disparan al mensajero” sentenció el periodista.
Pero si hablamos de trabajadores en medios de comunicación, no solo hablamos sobre movileros y fotoperiodistas. El pasado miércoles, conductores de televisión también concurrieron para expresarse en las calles junto a los numerosos grupos de manifestantes. Entre ellos, Georgina Barbarrosa quien, acompañada de Nancy Pazos, brindó declaraciones a diversos medios, entre ellos a ETER Digital.
La actriz señaló el momento actual de la sociedad como “muy duro”. “Uno no puede tener miedo a manifestarse libremente y en paz”. Respecto a los ataques desde el gobierno a la prensa, Barbarossa observa que “hay mucho odio, y así no vamos a llegar a ningún lado”. “Creo que hay que vivir en democracia y este es un momento bisagra, donde nos tenemos que juntar los argentinos para poder hablar”, aseguró la conductora de A La Barbarossa.
A siete años, el eco de la tragedia en San Miguel del Monte sigue vivo. El murmullo de la laguna se corta de golpe. No hace falta que nadie diga nada. Entre la cumbia que satura un parlante portátil y el ruido de una moto al ras del asfalto, el destello azul de la baliza rebota en el agua y cambia el clima, todo se templa y el ambiente se vuelve pesado. Es lunes por la noche y cinco amigos avanzan a paso de hombre por la costanera en un Fiat 147.
En el pasto, los pibes que se pasaban el mate congelan el gesto. Las espaldas se enderezan, las miradas se clavan en el piso o se cruzan en silencio, y las capuchas suben un poco más. Nadie corre, pero todos calculan la distancia. Siete años después de la madrugada del 20 de mayo de 2019 que partió al pueblo en dos; el miedo ya no es un concepto: es un reflejo físico.
A unos kilómetros de ahí -sobre la Ruta 3-, la chapa del kilómetro 111 sobre la ruta junta humedad bajo la brisa del otoño. Ya no hay móviles de televisión estacionados en la banquina ni micrófonos de alcance nacional en la vereda. El silencio de ese recordatorio improvisado contrasta con la tensión que se respira en el centro de los corazones de los familiares de las víctimas.
Créditos: Sandra Cartasso / Página 12
Los adolescentes de Monte esquivan con la mirada a los uniformados, los mismos que en mayo de 2019 eran apenas chicos viendo cómo sus vecinos de la escuela, de la noche a la mañana, habían sido baleados por los que deberían cuidarlos. La Justicia ya dictó las prisiones perpetuas y archivó los expedientes, pero en las calles la noche es más oscura y distinta.
El calendario marca que hoy es miércoles 20 de mayo de 2026. Pasaron exactamente siete años, pero en Monte el tiempo parece medirse más pesadamente. A esta edad, rondando los 20, los pibes deberían estar rindiendo parciales para un título universitario, terminando un turno en el trabajo o, simplemente, pateando estas mismas calles tranquilas antes de volver a cenar a sus casas. Sin embargo, hoy su presencia es de lona, pintura y lágrimas.
Créditos: Infocielo
Bajo un cielo oscuro que cala los huesos, la plaza principal empieza a poblarse. De a poco, los brazos montenses desenrollan las primeras pancartas. Los rostros impresos de Camila López, Aníbal Suárez, Gonzalo Domínguez y Danilo Sansone, ahí están, congelados para siempre en la adolescencia, alzados junto al nombre de Rocío Quagliarello, el único milagro de aquella madrugada.
La multitud se amontona buscando calor humano en medio de la ausencia. Entre las rondas que se van armando sobre el cemento frío, el vapor del agua para el mate no pasa desapercibido contra el aire helado del otoño. A un costado, la brasa roja de algún cigarrillo encendido a las apuradas sube y baja entre los dedos cruzados; pitadas hondas y silenciosas que intentan engañar a la angustia y desestresar el cuerpo.
No hay ningún ruido ensordecedor de tambores. Lo que envuelve a la plaza es un murmullo espeso, el abrazo colectivo de quienes todavía se niegan a soltar a los chicos que alguna vez corrieron por estas mismas calles.
Créditos: Lucía Merle / Clarín
En medio de esas rondas donde el frío aprieta y las miradas se cruzan, la voz de Kevin Fiscina le pone palabras a esa tensión silenciosa que flota en el aire. Él es uno de los tantos jóvenes que transitó su adolescencia con este duelo colectivo. Al preguntarle qué quedó de aquel vínculo histórico entre los vecinos y los uniformados de la ciudad, su respuesta no deja margen para la duda. “Ya prácticamente no hay confianza”, dice con un tono que mezcla resignación y la dureza de quien aprendió a caminar a la defensiva.
Después de la masacre es muy difícil volver a creer en quienes, en realidad, deberían cuidar. Para su generación, el punto de fricción fue definitivo. El mapa del pueblo sigue siendo el mismo, pero la forma de transitarlo cambió para siempre. Fiscina explica que el temor se convierte en “un invitado” cada vez que se arma un plan de fin de semana fuera de una casa. “Hoy los pibes salen con miedo a la calle, no quieren saber nada con que la policía los mire”, relata.
Conseguir que un policía bonaerense hable sobre aquella madrugada es como romper un pacto de silencio de la fuerza. Un exfuncionario policial con años de servicio, que caminaba y patrullaba a diario esas calles, accede a conversar cara a cara bajo una condición innegociable: el resguardo total de su identidad. El miedo a los temas legales y al trato de sus propios excompañeros de turno pesa más que la chapa que lleva en el pecho. Sin embargo, cuando la charla entra en confianza, se apagan las formalidades y las cámaras o micrófonos, su testimonio desarma cualquier intento de justificar el horror institucional.
Confesó que, por más que algunos piensen “otra cosa” o quieran “buscarle una vuelta”, esto es “toda culpa de la policía”. Por más que los pibes hubiesen hecho cualquier cosa, “no pueden hacer jamás lo que hicieron”. Refiriéndose al tiroteo a campo abierto de parte de la fuerza policial al auto en que viajaban los adolescentes.
Créditos: Diario Hoy
Lo más escalofriante de su relato no es esa persecución fatal, sino la confirmación de que la tragedia se gestó a la vista de todos los que compartían la guardia. La masacre no fue un error de cálculo; fue el estallido de una descomposición que los propios conocían. La Policía Bonaerense en ese entonces había iniciado una persecución que se extendió por varios kilómetros.
La situación escaló, de acuerdo a la reconstrucción judicial, porque los uniformados empezaron a disparar contra el Fiat 147 que estaba en movimiento. Por los disparos y la alta velocidad en la que iba el vehículo, el conductor -Suárez, que tenía 22 años- perdió el control y chocó violentamente contra un camión estacionado. Solo se salvó Quagliarello, que quedó gravemente herida.
El oficial confiesa que, tiempo antes del 20 de mayo, él mismo se había sentado frente a Rubén García (uno de los efectivos hoy condenados a perpetua) para darle una clara advertencia. Le pidió, casi como un ruego entre colegas, que “se mantuviera lejos” de Leonardo Ecilape y Mariano Ibáñez.
Puertas adentro de la comisaría local, esos apellidos ya eran un murmullo de suposiciones que terminaron siendo más que claras luego de esa noche: todos sabían que cobraban coimas y que estaban empapados por la corrupción. Esa advertencia ignorada fue el camino directo de la noche que terminó con la vida de cuatro chicos contra el acoplado de un camión.
El trauma de la masacre no solo habita en las veredas compartidas o en el costado de la ruta; también se coló en los comedores de cada casa y cambió para siempre a las familias. Lucio tiene hoy 14 años, la misma edad que tenían Danilo, Gonzalo o Camila si aquella madrugada no los hubiera cruzado con su destino. En 2019 era apenas un niño, quizás demasiado chico para terminar de procesar la muerte de golpe, pero con la lucidez suficiente para absorber el terror que se instaló en su hogar, las secuelas quedaron y “ya nada es lo mismo”, confiesa mirando hacia los costados.
Hoy, esa herida invisible se activa en el pueblo como un reflejo condicionado. Basta con que la sirena policial corte el silencio de la noche montense para que el miedo se despierte de golpe. Dentro de las casas, ese sonido ya no es un símbolo de que las autoridades persiguen al delito; significa peligro.
Es una sensación amarga que empuja a los padres, de forma casi instintiva, a manotear el celular. En un instante, las pantallas se iluminan en la oscuridad de las habitaciones y un mismo mensaje de WhatsApp sale disparado en cadena hacia los hijos que están en la calle: “¿Dónde estás? ¿Estás bien?”. No importa que ya tengan 20 años, no importa si la plaza está a tan solo tres cuadras; en Monte, el instinto de supervivencia de los padres aprendió a desconfiar del patrullero.
Créditos: Camila Flores / Pulso Noticias
La noche avanza y el frío termina de vaciar la plaza. Los adolescentes, con los cuellos hundidos en las camperas, emprenden el regreso a casa. A sus espaldas, la ciudad entra en esa vela tensa que la caracteriza desde hace años. Sin embargo, a cuadras de allí, en el límite exacto donde el asfalto urbano se rinde ante la inmensidad de la Ruta 3, el silencio nunca es absoluto.
En el kilómetro 111, el viento de la llanura choca contra el paredón con banderas desteñidas por el sol y estrellas amarillas. También hay una pintura levantada a la fuerza por la tragedia, que vigila a San Miguel del Monte como una herida que la humedad y el tiempo se niegan a cicatrizar. Cada vez que los faros largos de un camión de carga iluminan el lugar por una fracción de segundo, los rostros impresos comienzan a encenderse en la banquina, congelados para siempre en esa noche de 2019. Son las sonrisas interrumpidas de un pueblo que perdió la inocencia de un balazo.
Ya no hay móviles satelitales transmitiendo en vivo la indignación, ni políticos prometiendo purgas policiales frente a los micrófonos nacionales. La noche de Monte sigue su curso. A lo lejos, rebotando contra la quietud del agua en la laguna, el eco de una sirena policial vuelve a erizar la madrugada. No es una persecución; quizás sea solo un cambio de guardia o un patrullaje de rutina, pero el sonido viaja por las calles vacías, atraviesa las paredes y aprieta el pecho de quienes lo escuchan desde la cama. Es, en esencia, la banda sonora de un duelo infinito.
Mientras el patrullero dobla la esquina y el destello de sus balizas azules desaparece, el kilómetro 111 sigue ahí, inmóvil, tragando el polvo y la neblina del invierno. No hace falta pararse en el borde del asfalto para sentir su peso. Porque siete años después, el llanto de esa madrugada de mayo ya no es solo el recuerdo de fierros retorcidos en la ruta; se convirtió en la respiración misma de un pueblo que, cada vez que un móvil frena en la esquina, se promete a sí mismo que el olvido es un lujo que jamás se va a poder dar.
Fundación CONIN es una institución dedicada a la prevención y tratamiento de la desnutrición infantil, con más de 30 años de trayectoria y presencia en todo el país a través de numerosos centros. Su trabajo se enfoca en niños con distintos grados de desnutrición, especialmente en contextos vulnerables, aunque la problemática también puede afectar a otros sectores.
El abordaje que realiza la fundación de Mendoza es integral: no solo contempla la alimentación, sino también el acompañamiento, la estimulación y el cuidado. La desnutrición se clasifica en tres grados: leve, moderado y grave, lo que determina el tipo de tratamiento, que puede ir desde un seguimiento ambulatorio hasta la internación en los casos más graves.
El médico Abel Albino, fundador de la institución, explica las causas de la decisión de cerrar sus puertas; si bien analiza las posibilidades de una reapertura. “Sobre 3.000 chicos atendidos en mi hospital, deberían haber fallecido unos 800, pero solo murió uno”, cuenta.
Créditos: Infobae
-Recientemente ha informado que el hospital cerró sus puertas, ¿qué lo llevó a este desenlace?
–El hospital cerró básicamente por falta de financiamiento. El aporte estatal no se actualizó durante cinco años, lo cual hizo imposible sostener los sueldos del personal. Inicialmente, el Estado incluyó a la Fundación en el Presupuesto Provincial, pero con el tiempo ese apoyo quedó desactualizado.
Grandes empresas, como Coca Cola y Carrefour, al irse del país, dejaron de ser los mayores inversores y desde hace seis meses que no puedo pagar los sueldos de los médicos. Esta situación se empezó a hacer insostenible en el tiempo y es por ello que recurro hoy a la comunidad.
-¿Qué consecuencias cree que trae el cierre del hospital? ¿Por qué esos niños desnutridos no pueden ser atendidos en un hospital común?
-Un desnutrido es un inmunodeprimido. Si lo llevo a un hospital general, lo pongo en peligro, incluso de muerte. Este hospital era el único en Argentina especializado en desnutrición infantil grave; atiende pacientes de todo el país con modelos y tratamientos específicos para evitar infecciones y mejorar la recuperación, que en promedio demora dos meses.
-¿Cómo continúan con los tratamientos tras el cierre?
-Los niños más graves no pueden recibir el tratamiento adecuado, especialmente aquellos que son de otras provincias. Intentamos realizar los seguimientos y tratamientos ambulatorios, pero están en un peligro constante dado que no tienen la atención necesaria, los medicamentos, controles y seguimientos. A los que recibían tratamiento ambulatorio los seguimos atendiendo en las unidades de los centros CONIN, distribuidos en gran parte del país.
-Realizó una campaña solicitando a la comunidad una cooperación para lograr reabrir el centro hospitalario. ¿Qué respuesta tuvo ante esto?
-Una avalancha de nuevos socios. Hubo un aumento exponencial en las donaciones y el apoyo de la gente, aunque no hubo respuestas del Estado ni de las empresas privadas. La sociedad argentina es muy solidaria, pero aún nos falta mucha inversión para reabrir.
-Desde su mirada, ¿la desnutrición está subestimada en Argentina?
-A nivel internacional, se estima que muere el 28% de los niños por desnutrición. Sobre 3.000 chicos atendidos en nuestro hospital, deberían haber fallecido unos 800, pero solo murió uno. Esto demuestra que la desnutrición está subestimada por el Estado, dado que este debería brindarnos los recursos necesarios para cuidar a la población más frágil. CONIN replica su trabajo en Paraguay, Perú, Guatemala, Ecuador y Venezuela, donde ya se recuperaron 45.500 niños.
-Sin embargo, usted dijo que en un principio el Estado los incluyó en el presupuesto provincial. ¿Qué sucedió con eso?
-Cuando tomé contacto con el Dr. Fernando Mönckeberg decidí replicar en Argentina el modelo chileno. Allí se logró combatir la desnutrición con una red de micro hospitales y un fuerte respaldo del Estado. En Chile creyeron, lo acompañaron y sostuvieron el proyecto en el tiempo. En nuestro país, si bien al principio fuimos incorporados en el presupuesto provincial gracias al impulso de Raul Baglini y Paco Pérez, ese apoyo no se mantuvo en términos reales.
El presupuesto nunca fue actualizado. Hoy contamos con los mismos recursos de hace décadas. En un contexto inflacionario como el argentino, ese presupuesto es ínfimo.
-¿Qué ocurrió con los médicos y el personal tras el cierre?
-Muchos de ellos trabajan en los diferentes centros, o visitan a las familias en sus lugares para hacer los controles. Pero muchos otros no pudieron seguir con su labor. Claro que aquellos niños que estaban en tratamientos por desnutrición grave siguen bajo estricta supervisión.
-¿Qué tipo de pacientes atienden y de qué zonas provienen principalmente?
-Generalmente trabajamos en zonas carenciadas, aunque la desnutrición también puede afectar a niños de sectores “acomodados”. No se trata solo de falta de comida, sino de falta de nutrientes, que puede deberse a enfermedades, ausencias de órganos o problemas de absorción. Un niño no se recupera solo con alimento: también necesita afecto, estimulación y cuidado. Siempre digo: “Un beso, un vaso de leche”. Sin eso, aunque coma, su desarrollo cerebral no es completo.
-¿Cuál es la clasificación de los niños desnutridos y cómo es el abordaje del tratamiento en cada uno de los casos?
-El tratamiento es personalizado y depende del origen de la desnutrición, la cual puede ser por falta de alimentos, falta de algún órgano o la desnutrición propiamente dicha que serían ambas características juntas. La desnutrición se divide en tres grados: primer grado es leve (8 a 7.5 kg) es el llamado “flaco”; segundo grado es moderado (7.5 a 6 kg) y el tratamiento es ambulatorio y domiciliario; tercer grado es grave (menos de 6kg) y necesita internación.
Créditos: Marcos Garcia / MDZ
-Por último, ¿alguna historia que lo marcó? ¿Algún mensaje que quiera darle a la sociedad?
-En 54 años de esta profesión hay muchas anécdotas. Un día se me acerca en un restaurante una mujer y me dice: “Soy la mamá de fulanito que fue paciente suyo en CONIN. Quiero agradecerle. Se acaba de recibir de ingeniero, y eso es gracias a que usted le salvó la vida”. Eso… eso es satisfacción por la profesión de uno.
Y, a la sociedad en general, me gustaría dejar en claro qué es lo esencial más allá de lo médico: alimentación adecuada, estimulación afectiva, saneamiento (cloacas), agua potable y electricidad. Sin esto, no hay erradicación posible de la desnutrición.
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El cierre del hospital de la Fundación CONIN deja una marca profunda que va más allá de lo institucional: deja a muchos niños sin el espacio seguro y especializado que necesitaban para recuperarse. Mientras los hospitales públicos intentan dar respuesta desde la atención general, sobreviviendo ante la falta de sustento del Estado, los centros CONIN continúan sosteniendo tratamientos y acompañamiento en distintos puntos del país, pero los pacientes más vulnerables se encuentran desamparados ante la falta de una atención especializada.
El futuro de estos niños depende de la mirada colectiva: de entender que la desnutrición no es solo una estadística, sino una realidad que “se puede prevenir y revertir”, como indica el Dr. Albino. Porque detrás de cada tratamiento interrumpido hay una vida en desarrollo; y detrás de cada esfuerzo, la posibilidad de que ese niño no solo sobreviva, sino que tenga un futuro.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
En 2013, Río Grande fue nombrada por el Congreso de la Nación como la Capital Nacional de la Vigilia por la Gesta de Malvinas. Esto gracias a la multitudinaria vigilia que se lleva a cabo cada 1º de abril, donde la comunidad riograndense y personas de todo el país asisten a conmemorar a los caídos en la Guerra de Malvinas.
Seguramente, llegando al 2 de abril uno se pregunta cómo fue que vivieron esos pibes de 18 años la guerra que los llevó a conocer unas islas remotas en nuestro país. En Tierra del Fuego existe un lugar con las mismas características climáticas: una estepa gris, viento y frío que viene del mar, donde el abrigo es crucial. Río Grande está a sólo 562 kilómetros de las Islas Malvinas, mucho más cerca que de la capital de nuestro país. Esta ciudad jugó un papel importante durante el conflicto en 1982 y es protagonista de una vigilia creada por los mismos veteranos hace más de 30 años, aquellos que decidieron esperar a orillas del Mar Argentino las 00:00 horas horas del 2 de abril, sintiendo cerca a las islas y a sus compañeros que no volvieron.
La vigilia empezó alrededor de un tacho con leña, un fuego simbólico pero también esencial para poder resistir al frío. Con el pasar de los años dejó de ser solo una noche y logró convertirse en una carpa armada por ellos mismos una semana antes. “La Carpa de la Dignidad nació y sigue siendo nuestro homenaje a nuestros compañeros que no volvieron. Pero, a través del tiempo y dada la magnitud y la importancia que la ciudadanía riograndense le ha dado, le dió otro tipo de significado, tanto o más importante que ese”, dice Bernardo Ferreyro, integrante del Centro de Veteranos de Malvinas de Río Grande.
Este año la vigilia marcó un hito importante: por última vez, los veteranos armaron la Carpa de la Dignidad. Ellos son los responsables de bajar del camión la estructura formada por fierros y lonas de gran porte con la ayuda de “Generación Malvinas”, una agrupación compuesta por hijos de veteranos. Todos los años se reciben a más de 20 mil personas que se acercan a los stands informativos e interactivos, en ellos se puede compartir con los veteranos, acceder a material histórico y conocer el trabajo que hacen varias instituciones con objetivo de lograr un proceso de malvinización educando a las nuevas generaciones haciéndoles entender lo que es la soberanía sobre las Islas Malvinas.
Durante mucho tiempo los veteranos soñaron con un edificio fijo -el más joven de ellos tiene 60 años y cada vez se vuelve más difícil estar subidos a los andamios-. “El tema del edificio lo habíamos hablado alguna vez así como algo imposible o como si fuera un sueño; y por eso se ve que el Intendente o alguno de la Intendencia nos escuchó y salió el ofrecimiento de hacernos el edificio y obviamente lo aceptamos con mucho gusto”, dijo Ferreyro, que fue el encargado del discurso de este año en la vigilia. El proyecto del Municipio se espera que esté culminado para abril del 2027 este será el último armado.
El pasado 1º de abril entonces fue una jornada de mucha emoción y nostalgia, donde familiares y vecinos acompañaron a los veteranos que dejarán atrás 32 años de armado. Veteranos de otras provincias, grupos scouts, medios locales, personal de la Municipalidad y del Gobierno se acercaron a cebarles mates y compartir con ellos un evento histórico.
Render del proyecto de obra “Edificio permanente de la Carpa de la Dignidad”. Fuente: Municipio de Río Grande
Preocupación en el último armado por los veteranos de guerra
Luego de armar la estructura ocurrió un hecho lamentable mientras se estaba colocando la lona.Raúl Villafañe vino especialmente desde Buenos Aires a participar de la Semana de Malvinas, y poder participar con su familia de un hecho importante para él.
Todo iba encaminado. La estructura de la carpa ya estaba levantada y era el turno de colocar la lona que cubre los hierros. Villafañe junto a otro compañero veterano ayudaban desde una pala mecánica de una maquinaria pesada cuando cayó de una altura de 2 metros activando los servicios de emergencia.
Fue internado rápidamente en la Clínica CEMeP donde presentó acumulación de líquidos post trauma al igual que fracturas de cinco costillas y cinco vértebras. A unas horas del accidente, la familia informó que se encontraba estable y pidió a la comunidad ayuda con una donación de sangre, donde rápidamente se acercaron varios vecinos.
Luego de varios días internado, el 1º de abril fue dado de alta siguiendo desde su casa todas las actividades programadas para la Semana de Malvinas. En estos momentos, Villafañe sigue en recuperación y agradeció a las personas de Río Grande por todo el cariño recibido tras el accidente.
Edificio permanente de la Carpa de la Dignidad
El nuevo Edificio de la Dignidad contará con 800 metros cuadrados, un salón amplio vidriado con vista a la costa, oficinas administrativas y estará en el mismo lugar donde se armó durante muchos años la carpa tradicional. “Hemos pensado que el edificio emule una carpa, por eso tiene forma de media caña y es un diseño trabajado junto a los veteranos”, comentó José Silva, subsecretario de Obras Públicas del Municipio de Río Grande. Este nuevo punto de actividades culturales se está realizando con un presupuesto propio del Municipio, a pesar del desfinanciamiento del Gobierno nacional.
Daiana es vecina de la ciudad y asiste todos los años a la vigilia con sus hijos. Como toda riograndense, su ritual malvinero favorito es ir a la carpa a charlar con los veteranos, al igual que su hijo Gael de 13 años que desde que es muy chiquito la acompaña. Mile, la hija más chica de Daiana, va a conocer una nueva Carpa de la Dignidad, una fija que va a poder visitar durante todo el año ya que no va a hacer falta esperar a la Semana de Malvinas.
“A nuestros veteranos: gracias por su valentía y por enseñarnos. Ellos son el ejemplo de qué significa amar a la patria”, comparte Daiana y concluye: “Son orgullo, son historia viva y son el corazón de esta causa que nunca vamos a dejar de abrazar”. Si hay algo que está claro con su testimonio: con o sin carpa, a los veteranos se los acompaña toda la vida.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.