En el Lusail sonó la cumbia de los trapos

El Mundial terminó con la copa en las manos del jugador más importante (y querido) del mundo y, en definitiva, vestida de celeste y blanco, los colores del equipo que mejor jugó. Si existió una dimensión en la que hubo justicia, fue la final de Qatar 2022.


Argentina es campeón, por tercera vez, y después de 36 años de intentarlo. Pero además jugó una de las mejores finales de la historia de este deporte. Hubo magia en cada uno de los minutos y una sucesión de pequeños milagros, que terminó en una imagen que soñamos y supimos esperar: Lionel Andrés Messi, el mejor del mundo, en un mimo y un beso tierno a la copa.

El partido fue 3-3 en tiempo reglamentario y 4-2 en tanda de penales. Hubo poco de Francia hasta que pudo jugar la carta de Mbappé que con un triplete y, a pesar de ser el goleador del torneo, no logró festejar. El proceso de Scaloni tiene muchos matices gloriosos pero reina el amor del grupo por el grupo que hizo brillar a quien le tocó jugar. Algo nuevo para quienes sufrimos fuera de los límites de la cancha, la tranquilidad y la seguridad de todas las decisiones del entrenador que jugó en cada uno de los partidos.

En la cancha estuvo el Fideo Di María (que entró de titular) enganchó en el área, consiguió un penal, tiró caños y, después, coronó con gol una jugada maravillosa. Lo de este tipo en las finales ya es un capítulo en esta historia. También el de El Dibu Martinez que salvó la angustia de todos, con una atajada inexplicable en el minuto 123 y otra en la tanda final que coronó con un bailecito y nos sacó una sonrisa en uno de los momentos más tensos de la tarde.

El recorrido del equipo en los siete partidos  fue un cuento con narrativa extraordinaria. Que al final, en el último Mundial de su carrera, el capitán haya alcanzado su sueño y el mundo sea un poco más justo es una prueba. Pero además hubo todo un equipo que supo reflejar el amor de la gente por la pelota, sufrió, festejó a tope cada paso, se rebeló cuando hizo falta y nunca negoció el amor propio o la dignidad.

Salir campeones era probablemente un plan del destino (o Messi diría de Dios), pero esta copa reivindica el camino. No existe este final sin toda la trama del comienzo. Sin reconocer los pasos que fueron construyendo que este país, al sur del mundo, consiga treparse a lo más alto con la pelota en los pies.

Me pregunto si serán conscientes ellos, los 26, de lo que necesitábamos esta alegría, de cómo vivimos esta copa y lo que representa la revancha. Si seremos lo suficientemente sabios, nosotros, para entender este momento de la historia como el instante eterno. Si podremos atesorar esto que hoy nos desborda, porque no existe un amor popular más grande que el que despierta la camiseta. Y quizás, al final, ganar una copa significaba pasar eso por el cuerpo.

Campeones de nuevo, para siempre Maradona y para siempre Messi. Que son ellos porque son argentinos y aunque cueste explicar cómo lo hicieron, juegan con pueblo en las venas. Otra vez la pelota al 10 y  el fútbol rendido ante La Nuestra.