Juan Ignacio Bernardini: “Cuando escuché el himno por primera vez, casi me desmayo”

Participó en todo el proceso PLADAR, jugó dos Sudamericanos y dos Mundiales juveniles con Los Pumitas. El cordobés cuenta el orgullo que significa ponerse la camiseta del Seleccionado Nacional y recuerda el sacrificio que lo llevó a cumplir su sueño.


¿Qué es jugar un Mundial?

Es lo más lindo que te puede pasar. Cuando sos chico y empezás a jugar al rugby, todos sueñan con ser Puma. Ya cuando con 17 años ingresé al sistema PLADAR y vi que mi objetivo era posible, me motivé aún más para conseguirlo. Después de todo el proceso, de las listas, de las concentraciones y de las giras, que confirmen tu nombre en la lista del Mundial es una sensación de alivio, de trabajo cumplido. Pero ningún momento se compara con el primer partido. Fue un sentimiento muy difícil de explicar. Mezcla de emociones. No entendía nada. Solo lloraba jaja…

¿Qué sentiste?

De todo. Esa frase que repite todo el mundo de que se te cruza todo por la cabeza, aunque suene trillada, es cierta. Pensás en cuando eras chiquito y jugabas sin mucha noción, corriendo atrás de la pelota. Después en todas las veces que me ponía frente a la tele a ver a Los Pumas, soñando algún día estar en ese lugar. En cuando iba a ver la primera del club de chico. En el sacrificio que hice durante los últimos años previos al Mundial. Todo lo que resigné y trabajé. Y obvio, en la familia y los amigos. La familia porque siempre acompañó y bancó. Y los amigos porque fueron los que me llevaron a ese lugar. Mis amigos son los mismos de toda la vida. Los del club. Los compañeros de división. Y gracias a ellos yo pude cumplir mi sueño. Sentí que los estaba representando.

Cuando mirabas el escudo, la camiseta: ¿podías creer dónde estabas?

No. Es como que nunca caes. Si bien es todo un proceso y vas poniéndote la camiseta de la Selección antes, vivir un Sudamericano y un Mundial son otro nivel. Porque ahí estás los 20 o 30 días con la ropa de tu país, representándolo no solo en la cancha sino en el hotel, caminando, comiendo, en todo momento. A mí me tocaron los Mundiales en Nueva Zelanda en 2013 y Francia en 2014, entonces ese tiempo por decirlo de alguna manera “vendíamos” o mostrábamos lo que era Argentina para el mundo. Cuando te pones la camiseta de tu país, la responsabilidad no termina dentro de la cancha, ese es el último detalle, pero afuera hay que comportarse, hay que ser educado, respetar. 

¿Qué te pasó al escuchar el himno?

Lo que te decía antes. Lloré y lloré como loco. Casi me desmayo. Se te aflojan las piernas. Es una mezcla entre pensar en todo y no pensar en nada. Decir no entiendo que me está pasando, pero sé que es muy groso. Por dentro estas feliz, completo. Pero la cabeza está a mil y no podés dejar de llorar jaja. Es ese momento emotivo donde te abrazás con tus compañeros, miras a la tribuna y están tus viejos. Empecé en el himno y terminé de llorar a los cinco minutos del primer tiempo. Por suerte estaba de suplente jaja…

Te diste el gusto de apoyar un try en un Mundial: ¿se festeja de la misma forma que un try cualquiera?

Obviamente es lindo anotar para Los Pumitas y más en un Mundial, por la trascendencia que tiene. Fue en un partido con Samoa que veníamos ganando y sirvió para liquidarlo. En el momento igualmente no te das mucha cuenta, porque uno está metido en el partido y te da igual quien haga un try, solo importa que el equipo gane. Pero con el correr de los años quedó como un lindo recuerdo. Me siento un privilegiado.

Al final de todo el proceso y ya mirando al pasado ¿crees que todo el esfuerzo valió la pena?

Sin duda. No me arrepiento ni un poco de todo lo que dejé: los programas, las vacaciones con ambos, las salidas y todas las cosas que un chico de 18 o 19 años hace normalmente. Lo haría de nuevo sin dudarlo. Incluso si no hubiera quedado en la lista definitiva. Yo quería cumplir mi sueño, y lo logré. Tuve la suerte incluso de que me seleccionaran dos veces. Cuando vas pasando las preselecciones y ves que el Mundial ya está más cerca, la adrenalina crece porque el miedo de quedar afuera y las ganas de estar también aumentan. Fui un afortunado. Si bien el rugby no es como el fútbol en cuanto a popularidad, tuve la suerte de ocupar uno de los 30 lugares que todo chico argentino con menos de 20 años que jugaba al rugby quería ocupar, y no una sino dos veces. Representar a mi país fue lo máximo.

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