Once femicidios y contando: el mes rosa teñido de rojo
En octubre de 2025, una mujer era asesinada cada 28 horas en Argentina. Mientras, los programas de asistencia del Estado están prácticamente disueltos. Ser mujer es vivir con temor en nuestro país.
El “mes rosa” comenzó teñido de rojo. Once femicidios en menos de dos semanas. Cada 28 horas, la inacción del sistema judicial se cobró –al menos– una vida. Y, de acuerdo con el Observatorio de Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuMaLá), fueron 196 mujeres las que corrieron este destino atroz en lo que va del año -escalando a 231 en noviembre-.
La secuencia fatal inició con casos hipotéticos: dos compañías petroleras publicaron en la red social TikTok videos de “la de marketing” metida en una bolsa de consorcio. Pese a las disculpas públicas, esa broma de mal gusto fue la antesala de un escenario que se presentó días después.
Lara Gutiérrez, Brenda del Castillo y Morena Verdi aparecieron sin vida en Florencio Varela. Bajo el pretexto de una “fiesta VIP con una paga de 300 dólares”, una banda narco las secuestró y filmó su muerte. En redes sociales, la mayoría de los comentarios rondaban sobre lo mismo: fue una vendetta, no un femicidio.
Los focos giraron entonces hacia el motivo de la “narcovenganza” y la captura de los implicados. Pero nadie dudó de los casos posteriores. Luego, en octubre resonaron las muertes de Adriana Velázquez y su hija Mariana Bustos en Bahía Blanca; Daiana Mendieta en Entre Ríos; y Luna Giardina y su madre Mariel Zamudio en Córdoba. Las primeras pericias determinaron que hubo premeditación, es decir, ensañamiento.
En el caso de Giardina, las denuncias, perimetrales, el botón antipánico, no fueron suficientes. Su expareja Pablo Laurta cruzó el Río Uruguay en kayak, se tomó un remis –con el detalle de que mató y descuartizó al chofer en el trayecto–, y acabó con su ex y su madre con dos disparos, para luego huir con su hijo. El año anterior, una pericia judicial había determinado que Laurta “no era peligroso”.
Sin embargo, el femicida publicaba en la red social X mensajes como “No hay futuro en una sociedad donde las mujeres tienen un estatus mayor al de los hombres”, al mismo tiempo que lideraba Varones Unidos, un grupo de derecha que buscaba “incorporar una perspectiva masculina a las discusiones de género”.
Estado cómplice de la violencia contra las mujeres
En este presente, las políticas estatales para proteger a las víctimas de violencia –como el Programa Acompañar, la Línea 144, la Ley Brisa, Acercar Derechos y el Registro Nacional de Organizaciones Sociales de Género– ya no se encuentran disponibles o van hacia ese rumbo. El Presupuesto 2026 prevé una reducción del 89% de los fondos destinados a las mismas.
“Formalmente se eliminaron del organigrama nacional todas las políticas públicas que teníamos para abordar la violencia machista. Es evidente que hay un aliento a no concurrir al Estado”, criticó Gabriela Sosa, directora ejecutiva de MuMaLá en diálogo con Página 12.
Mientras tanto, la violencia avanza sin freno. MuMaLá estimó que hubo 758 intentos de femicidio en el transcurso del 2025. De las mujeres asesinadas, solo un 14% se atrevió a denunciar a su agresor.
Los discursos de extrema derecha profundizan esta situación. Aseguran que la violencia de género es “algo del feminismo”, un “invento para aventajarse de los hombres” en el marco legal. El Gobierno nacional incluso anunció que eliminará la figura de femicidio del Código Penal, dado que “ninguna vida vale más que otra”. Pero, ¿acaso la premeditación, la extrema violencia y la misoginia tampoco tienen peso alguno?
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
“Escribo porque intento, una y otra vez, poder anclar algo propio en el territorio siempre extranjero, siempre inestable del lenguaje. Escribo como un ejercicio de soberanía íntimo, porque en lo profundo deseo que se fracturen los lugares aparentemente seguros”, afirma Tamara Padrón Abreu en su autobiografía publicada en Tilda (o los animales saciados).
Profesora en Letras, coordinadora de talleres, escritora y editora, nació el 19 de noviembre de 1980 en la ciudad de Lima, Perú. Vivió en Buenos Aires y se radicó en San Martín de los Andes. Actualmente es miembro del Centro Editor Municipal, integra el Consejo Editorial de las revistas Surrealidades y Pura pulpa, y forma parte de la Colectiva de Escritoras Patagónicas. Desde esa labor colectiva surgió, en 2019, el proyecto del libro coral de poesía y fotografía titulado Es tiempo de soltar la lengua: poemas despenalizantes. El mismo fue editado en 2020 por Las Guachas, editorial autogestiva feminista con la que recorre la autoría de mujeres de diversos territorios.
Ella es autora, a su vez, de los poemarios: Esquina sin ochava, antología (1999), Andenes (2003), Los días de la selva (2016), Migraciones (2018), y Tilda, publicado en el 2021 por Ediciones de la Grieta.
Irregular y desprolija, porta una estética que fractura lo estándar, que ejerce esa soberanía de lo íntimo. Baja del auto acalorada, desgarbada, pero con la palabra segura, inquietante. Saluda. “Siempre es un todo girar alrededor de la literatura”, dice.
Luego, explica que, para ella, a medida que pasa el tiempo, los acercamientos y las aproximaciones a la literatura van cambiando. Cuando empezó a estudiar Letras tenía la idea de que el lenguaje era una herramienta con la que se podía expresar. Ahora piensa que el lenguaje es una herramienta defectuosa, “nunca termina de decir lo que queremos decir” y, a través del lenguaje no sé si se termina de pensar aquello que realmente uno quiere.
La escritora continúa: “De alguna forma, no podemos pensar por fuera del lenguaje y el lenguaje nos hace trampa; y, particularmente, la poesía le hace trampa al lenguaje. Pienso que, si hay algo verdadero, algo que se aproxima bastante a aquello que somos, es la literatura, particularmente la poesía”.
Mira a través de sus lentes, y el reflejo desdibuja el foco: siempre hay un más allá. “Imagino el lenguaje no como algo estable sino como cuando uno es chica y jugás con el piso: es lava, o agua que se mueve, magma porque también quema”, sigue.
A su vez, ella determina que hay que buscar dentro de uno el lenguaje. Cree que es muy difícil tratar de discernir si lo que uno dice todo el tiempo es “de verdad de uno” o si tiene que ver con “fórmulas que ya están circulando”.
Por tanto, insiste en que “no todo el mundo quiere pensar”. “Pensar y mover cosas adentro tiene un costo. Para que salga algo propio tiene que haber muchísimas cosas: tiene que haber experiencia, pero también tiene que haber literatura. Sin lectura es como balbucear, tenés que escuchar a las demás como para aprender a poner tu palabra también”, comparte.
-Decís “escuchar para poder poner tu palabra”, y esto me lleva a preguntarte sobre lo propio y lo colectivo particularmente en el libro coral “Es tiempo de soltar la lengua”.
–A comienzos del 2019, una editorial de Buenos Aires nos convoca para hacer un libro de fotografía y poesía en torno a la despenalización del aborto con poemas de corte feminista. Y empezamos a darle forma al libro. Pero era muy difícil porque una cosa es militar sobre derechos humanos, y otra cosa es poner en marcha el proceso de la propia escritura, que no sea un panfleto, que haya un cuidado por la palabra. Entonces era difícil porque yo no sé si mi poesía es feminista; yo soy feminista.
Entonces la idea fue invitar también a poetas de otros lugares. Así se empezó a armar la revuelta que de pronto se hizo un tejido inacabable. Pero tuvimos un desacuerdo con la editorial porque nosotras queríamos un libro militante con un precio accesible, que no fuera privativo.
Al final, decidimos fundar Las Guachas, una editorial autogestiva y feminista que armamos junto con otras compañeras. Así, sacamos el libro por la editorial, y fue una edición de la que somos dueñas, y eso permitió que pudiera circular de otra manera.
Foto y diseño de tapa: Florencia Nobre y Leandro Martin
-¿Puede ser que algunos de los poemas tengan que ver con los discursos generacionales versus un discurso referido a la voluntad, al ejercicio político?
–Sí, cuando nos propusimos encarar desde la escritura, pensamos qué podemos hacer nosotras como poetas. La clandestinidad del aborto no es la única violencia ejercida contra las mujeres: la violencia en los medios, la falta de presencia del Estado, el vaciamiento de políticas de género en su momento, todo tipo de violencia a las que estamos sometidas las mujeres, desde las más chicas hasta quienes han vivido toda una vida víctimas, resilientes, supervivientes.
Se cruzaban un montón de cosas… Como la violencia con respecto a la maternidad, con las frases del tipo “¿qué vas a hacer?”, “te faltan pocos años”, “el reloj biológico”. Entonces, sí, hablamos de un montón de experiencias en una sociedad patriarcal. Somos voluntad y somos deseo.
Presentación de “Nos queda el mundo” de la Colectiva de Escritoras Patagónicas.
***
Desciende a la playa de rocas. Su paso es firme, aunque tambalea al compás de la pollera que flamea. Busca un lugar a escondidas del resto. Se aleja. Se oye un ruido acuoso. Vuelve con el pelo empapado, la ropa húmeda, cierto vapor de lago en la piel, cierta satisfacción, cierta fractura.
***
-En la autobiografía también hablás del deseo, y decís: “En el deseo espero que se fracturen los lugares aparentemente seguros”. Creo que tiene mucho que ver con tu último poemario Tilda (o los animales saciados).
-Varios poemas de Tilda son anteriores a Soltar la lengua, pero con el proyecto colectivo y feminista mandé todo al freezer. En 2021 volví a esos textos, a ordenarlos, a corregirlos; tenerlos guardados me permitió verlos de otro modo. Y tuve la suerte de ganar una beca para la clínica con Malú Urriola.
Empecé a escribir sobre Tilda, una actriz que me fascina. Ella era todo, camaleónica, algo más a nivel del cuerpo, donde el cuerpo va junto con el deseo. Tilda puede ser todo; podemos ser todo lo que queramos. Pura potencia deseante de la animalidad. Puede despojarse de su condición humana. Ser deseo puro; ser excesivamente humana. Esa distancia permite que nos veamos de otra forma. No es un libro homenaje; es una excusa, tomar esta idea, esta obsesión y darle curso, darle rienda.
-En muchos de los poemas pareciera haber cierto deseo de una definición que se va como desplazando hacia la imaginación, hacia el propio deseo, hacia lugares y espacios poco seguros. ¿Puede ser?
-Ojalá. Hay algo donde los recuerdos mienten, donde no estamos seguros de decir, donde decimos y al minuto ya decimos otra cosa, donde lanzás un poema y ya tiene cuatro direcciones. Y todo es poco seguro… Qué distinto sería el mundo si todo tuviera un cartel para todo… Esa seguridad es posible en una ficción. Y esos lugares seguros, el lenguaje no los tiene ni queremos que los tenga. La poesía socava, horada el lenguaje.
Con la ropa pegada a su cuerpo, Tamara entra en comunión con el territorio. Militante de una palabra que circula entre lo íntimo y lo colectivo, entre lo propio y lo repetitivo, nos ofrece una búsqueda por alcanzar eso que se desea: “poner algo propio ahí y poder verlo y poder entender” mediante “el lenguaje como una herramienta defectuosa, que nunca termina de decir lo que queremos decir”, como “un territorio siempre extranjero”, donde “se fracturen los lugares aparentemente seguros”, como “Fuga, luz, siluetas”, en una poesía “que socava, que orada el lenguaje mismo”.
“Así de simple” de “Es tiempo de soltar la lengua: poemas despenalizantes”
¿Por qué una mujer llora?
Esta mañana no sabe qué responder
A esa pregunta ni otras similares,
Estudia el reflejo de su rostro en la ventana
Reconoce el gesto perdido de su padre.
Ese día a todos los lugares que fue
Lo hizo caminando sobre su propio pasado.
Siente la porosa fragilidad
De la madera falsa, también
Siente la arena extendiéndose contra el mar.
A veces es posible estar en un sitio
Y al mismo tiempo en otro, intuye.
(…)
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
El fútbol la envuelve tanto que, apenas uno entra a su casa, lo primero que ve son cuadros antiguos de Lionel Messi y Diego Armando Maradona colgados en las paredes. Siempre hay una camiseta dando vueltas en su departamento, reafirmando ese amor por el deporte que la marcó desde chica.
Mientras preparábamos la entrevista, la felicidad de Victoria Marín era enorme: pocas horas antes, su primo —un referente para ella en el fútbol y en sus inicios como jugadora— había logrado meter a la Selección de Bolivia en el repechaje rumbo al Mundial 2026. Se trata de Maximiliano Alonso, preparador físico e integrante del cuerpo técnico que está haciendo historia en las Eliminatorias Sudamericanas.
Podría parecer una obviedad que su retiro de la Liga Jujeña haya sido con alegría y convicción, pero la coyuntura y las lesiones hicieron que esa historia, la que siempre soñó con un final feliz, quedara truncada y con un inevitable sabor a poco.
-Para entender un poco esta pasión. ¿Cómo nació el amor por el fútbol? ¿Quién te contagió ese fanatismo?
-Recuerdo a mi primo Maxi. Él jugaba desde chico y era mi compañero de los domingos. Siempre que nos juntábamos en familia, él era el que tenía la pelota. Yo lo veía y me metía a jugar con él y sus amigos. Nunca había otra mujer, la única era yo. Además, a mi abuelo le encantaba ver fútbol, a mi papá también, así que era el deporte que siempre se veía los fines de semana en nuestras casas.
-¿Cuándo sentiste que se encendió esa chispa para arrancar a jugar al fútbol? ¿Pasó algo puntual o a qué se debe?
-Sí, hubo un momento clave. Cuando me mudé al barrio Los Perales sabía que en la esquina de mi casa había una cancha, pero nunca veía chicas, era más que nada fútbol masculino. En ese momento me encontré con un profesor, que después terminó siendo amigo mío, y me contó que iba a abrir una escuelita para mujeres. Yo tenía entre 14 y 15 años. No lo dudé ni dos segundos y me metí. Ahí fueron mis primeros pasos en el fútbol amateur.
-Y en ese momento, ¿qué te motivó a sumarte a un equipo femenino de fútbol?
-Me llamaba la atención la coordinación que había que tener de la cabeza a los pies y, sobre todo, el grito del gol. Ese festejo grupal, esa algarabía que se vive en ese instante. Me preguntaba: “¿Cómo será vivirlo? ¿Cómo será ese momento?”. Después, cuando probé el fútbol, la verdad es que me costó; fue uno de los deportes que más me costó. Yo había hecho tenis, handball, gimnasia artística, pero el fútbol me resultaba muy difícil.
-¿Por qué creés que te costó?
-Primero, me di cuenta de que había que trabajar mucho para lograr un pase bien hecho, un buen cabezazo o simplemente para llevar la pelota en los pies sin que se escape. Yo nunca dejé de entrenar, pero en todo ese tiempo pasé por etapas de estudio, trabajo y entrenamientos.
Ahora que vivo sola es otra responsabilidad. Con los años las cosas se van complicando bastante, sobre todo siendo mujer. Hay muchas que tienen hijos y hacen dos trabajos por día. El trabajo también lo dificulta, porque los partidos y los entrenamientos suelen coincidir con los horarios laborales. Y cuando no entrenás, se nota el triple en la cancha.
-Y todo ese desgaste, el día a día, perderte partidos por trabajar… ¿Creés que fue llevándote a desenamorarte del fútbol?
-Sí, principalmente se me fue perdiendo la pasión por jugar. Antes sentía que era un motorcito para mí salir del trabajo, tomarme un taxi e ir corriendo a entrenar. Pero terminó siendo una obligación: cumplir con un equipo porque le correspondía a mis compañeras y a mi técnico.
En lo personal, siento que sí, que con el paso del tiempo las cosas cambiaron. Eso que pensé aquel día en el que entré a una cancha por primera vez y toqué la pelota, se fue apagando. La pasión se fue cayendo de a poco. Lamentablemente, uno nunca quiere llegar al momento de decir “ya no siento lo mismo” por un deporte que ama, pero pasa.
Hoy el fútbol queda solo como un deporte que me dio mucho, pero también me quitó. Las dos lesiones más grandes en mi vida fueron a causa del fútbol. Una de ellas, incluso, por el mal estado de una cancha. También duele no poder jugar con normalidad en un lugar que, en teoría, debería estar en condiciones para que a nadie le pase nada.
-Justamente hablando de tus lesiones y de canchas en mal estado, ¿cómo acompaña la Liga Jujeña a las mujeres dentro del fútbol? ¿Se sienten contenidas?
-La Liga hace mucho tiempo que viene bastante deteriorada, no solo en el femenino, sino también en toda la infraestructura en general. Nunca sentimos que hubiera una verdadera escucha. No hay baños en las canchas, hay pocas habilitadas y las pocas que hay no están en condiciones, tienen pozos.
Creo que hay muchos factores que hacen que las chicas no tomen a la Liga Jujeña en serio. A medida que vas creciendo, vas encontrando todas estas cosas que, al fin y al cabo, te sacan las ganas de jugar y de disfrutar el fútbol.
-Sos periodista y también vivís desde otro lado el fútbol y la realidad que se vive en la Liga Jujeña. Si pudieras decir qué podría cambiar la Liga para que no se alejen las chicas de las canchas, ¿qué sería?
-Haría un listado extenso. Pero es necesario que en los clubes haya entrenamientos integrales, mejorar la infraestructura y generar espacios de gimnasio para trabajar la fuerza. La mujer no entrena mucha fuerza, y eso hace que haya más lesiones. También sería importante contar con un espacio de coaching o un psicólogo deportivo que esté siempre presente en el equipo. Tener una cancha en condiciones, un baño donde cambiarse y acceso a hidratación son tres cosas que no pueden faltar en este deporte, junto con una buena gestión.
-Y como profesional, ¿qué te parece que falta hacer para que sea más visible el fútbol femenino en Jujuy?
–Hay mucho potencial en Jujuy, mucho potencial en el fútbol femenino. Solo hace falta involucrarse en el deporte y en la gestión. Desde el periodismo, también creo que es fundamental apoyar a cada una de las mujeres que quiere entrar en este deporte tan lindo, que lamentablemente requiere un esfuerzo extra, pero que en algún momento puede servir para otras personas.
Estoy segura de que, con más visibilidad y responsabilidad de las autoridades, los frutos van a llegar; y el resultado se va a ver en las chicas jugando en las canchas y no haciendo otra cosa o abandonando.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Apenas habían pasado unos segundos desde que el reloj había marcado cero, indicando que Boca, un club argentino y centenario, se metía en otra final de la Liga Nacional de Básquet. El Xeneize barrió la serie ante Quimsa, y definía ante Instituto quién sería el campeón de la máxima categoría.
Era el Día del Orgullo LGBT+, 28 de junio de 2025, en Santiago del Estero. Un reportero de TyC Sport entrevistó a Sebastián Vega, una figura del equipo. “Dejame mandar un saludo a toda mi familia, que siempre están viendo, a todos mis sobrinos”, expresó con una sonrisa y siguió: “Hoy es el Día del Orgullo así que muy feliz con eso. Y quiero decir que estoy orgulloso de lo que soy y agradecido de poder seguir jugando al básquet siendo gay. Estoy muy feliz”.
Sus expresiones de aceptación, alegría y libertad lo dijeron todo. El entrerriano escribió una emotiva carta pública en marzo del 2020 para hablar abiertamente de su sexualidad, marcando un acontecimiento histórico para el deporte argentino. Fue el primer basquetbolista en declararse homosexual.
Sebastián Vega tras consagrarse campeón de la Liga Nacional con Boca Juniors en julio de 2025.
Esta sensación es contraria al corazón de “Olympo”, la serie de Netflix que, con crudeza y sin atajos, expone la masculinización y el machismo feroz en el deporte de élite. En la ficción, el Centro de Alto Rendimiento “Pirineos” es un microcosmos donde Roque, el jugador gay de rugby interpretado por Agustín Della Corte, vive su relación clandestina con Diego como un acto de resistencia.
En un ambiente donde la masculinidad se mide por la violencia de la patada, por el silencio, la ocultación se vuelve un modo de supervivencia. Aunque esa doble vida también es un acto de valentía íntima y silenciosa. La serie también muestra cómo la presión extrema, el dopaje y el control total del cuerpo y la mente moldean el rendimiento. Pero también anulan la identidad y la diversidad.
La masculinización y el machismo en el deporte es una construcción social profundamente arraigada que condiciona quién puede pertenecer y cómo debe comportarse. En Argentina, como en muchos otros países, la cancha es un territorio casi exclusivamente masculino, donde la fuerza, la agresividad y la dureza se celebran, y la sensibilidad o la diferencia se castigan o invisibilizan. Ser gay, lesbiana o trans, o simplemente no encajar en el molde impuesto, es arriesgarse a la exclusión y a la marginación.
Mariano Granero es un rosarino que conoce esta realidad no como ficción sino en carne propia. Mariano, exjugador de rugby y activista LGBT+, expresa: “El ámbito deportivo hoy en día presenta cambios, hay una incipiente tolerancia, pero se frena cuando se profesionaliza y ahí no se llega. En el rugby o en el fútbol, principalmente. Esto implica seguir tratando de derribar prejuicios”.
El rechazo es claro y punzante. “Es algo social, no político, porque creo que los resguardos legales están pero socialmente sigue existiendo la discriminación deportiva tanto cuando los grupos de personas LGBT+ se van ampliando hasta que llegan una instancia más competitiva donde hay que destacarse el doble para que a uno se lo elija”, amplía Granero, quien sigue soñando con un deporte donde la diversidad sea bienvenida.
Guillermo Giménez, jugador de voley y referente de Yacarés BA (organización con perspectiva de género que busca generar espacios seguros de deporte y entrenamiento).
Por su parte, la psicóloga Juliana Mosca, especialista en salud mental y diversidad sexual, confirma la teoría del rechazo: “El deporte es una de las últimas trincheras del machismo”. Mientras en otros ámbitos sociales se han abierto espacios para la diversidad, en el deporte la norma sigue siendo la virilidad tradicional, la dureza y la competencia feroz. “Lo que se corre de ese modelo se vuelve sospechoso, peligroso”, afirma Mosca.
En su consultorio ella escucha relatos desgarradores: jóvenes que sufren ansiedad, ataques de pánico y hasta pensamientos suicidas por el miedo a ser descubiertos, y al riesgo de perder el equipo, el club y la identidad que han construido alrededor del deporte. Y los números acompañan y amplifican estas voces.
Según un estudio de la Fundación Estadio (AEA 2020-2021), el 72% de deportistas LGBT+ declaró haber sufrido discriminación directa. Un 41% abandonó una disciplina por no sentirse aceptado, y solo un 8% contó con acompañamiento institucional. El resto quedó en el silencio. En la sombra que cubre la exclusión disfrazada de indiferencia o tolerancia tibia.
No obstante, en la vida real y en la ficción surgen espacios de resistencia. En Argentina, la Asociación Argentina de Deportistas por la Diversidad (AADD), ligas inclusivas y campañas de visibilización en medios públicos como DEPORTV trabajan para abrir espacios que reconozcan y celebren la diversidad sexual y de género en el deporte. “El deporte no puede ser un lugar para el odio”, repiten.
Asimismo, en el informe de Telenueve “Discriminar por deporte”, varios deportistas LGBT+ relatan cómo los insultos, la homofobia implícita y el rechazo social condicionan sus trayectorias. En la campaña de Altavoz TV, el mensaje es claro: lo más difícil no es competir, sino existir.
Guillermo Giménez, voleibolista chaqueño de 41 años, cuenta que fue difícil ser marica en una provincia conservadora; sumado a que el deporte está forjado de prácticas “heteronormativas y patriarcales que se enquistaron y han excluido las disidencias”. “Muches tuvimos que adaptarnos para sobrevivir. El deporte y las tribunas replican muchas violencias para las diversidades y excluyen; y hacen que terminemos abandonando el deporte”, dice y agrega: “Buscamos un deporte más amoroso, el acceso al deporte y el derecho al juego, tenemos que abrazar lo colectivo y disidente”.
El ámbito deportivo entonces sigue siendo binario, es decir, masculino-femenino. Las identidades en la cancha son muchas más, por eso faltan derribar barreras respecto a la masculinización y la heteronormatividad. El escenario político actual agrega tensiones y amenazas. En Davos, el Presidente de la Nación, Javier Milei,sostuvo: “La ideología de género constituye lisa y llanamente abuso infantil. Son pedófilos”. La frase fue denunciada como una incitación al odio por organizaciones de derechos humanos y diversidad sexual.
“Cuando el discurso viene de arriba, se naturaliza abajo”, advierte Mosca. Eso impacta directo en el ánimo de quienes están construyendo espacios nuevos. Al respecto, la psicóloga suma: “El deporte sigue siendo una institución de disciplinamiento. Se castiga todo lo que se corre del modelo viril, competitivo, heteronormado. Eso daña mucho más de lo que parece. Surgen historias de ataques de pánico, ansiedad, depresión y aislamiento. El cuerpo está entrenado, pero el ser está escondido”.
Pero también Olympo, muestra otra cara: la visibilidad. La lucha de quienes desafían ese mandato es también una invitación a transformar el deporte, abrirlo a la diversidad, a la disidencia. Porque al final, jugar es un derecho humano. Y la cancha debería ser un espacio donde la única regla sea el amor por el juego y el respeto por quienes juegan. Un lugar donde se construyen identidades, donde se abren espacios para la libertad.
Sebastián, Guillermo, Mariano y muchxs más hacen posible esa transformación con cada pase, con cada abrazo, con cada acto de existir dentro y fuera de la cancha. En un mundo deportivo que sigue pidiendo silencio, hay quienes corren con orgullo. Aunque les pese la camiseta. Aunque les falte el pase. Aunque la tribuna no grite su nombre con pasión. Porque cada vez que se animan a jugar, ganan algo que no se mide en goles: visibilidad.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.