Brenda Mato: “Mi trabajo no tiene que ver con el tamaño de mi cuerpo sino con lo que hago con él”
La modelo plus size y activista por la diversidad corporal cuenta su experiencia en la industria de la moda. Además adelanta cuánto falta para la aplicación de la ley de talles.
La modelo plus size y activista por la diversidad corporal cuenta su experiencia en la industria de la moda. Además adelanta cuánto falta para la aplicación de la ley de talles.
Tras diez años de trabajo y militancia, Brenda Mato pasó de ser pionera a una referente en el modelaje de talles grandes y el activismo por la diversidad corporal. Un movimiento que busca representar y dar visibilidad a un sector más amplio de la sociedad. Como activista persigue muchos objetivos, pero hay uno en el centro de la escena: el derecho a la vestimenta.
¿Por qué te etiquetás como modelo “plus size”?
Es un posicionamiento político. En el imaginario popular cuando uno habla de modelo no piensa en mujeres con un cuerpo como el mío. Soy una persona gorda que ocupa un espacio que históricamente nos fue negado y me lo gané con mi trabajo, que no tiene que ver con el tamaño de mi cuerpo, ni con cuánto espacio ocupa, sino con lo que hago con él. También me sirve para diferenciar el lugar al que apunto. Si yo me presento a cualquier casting que diga modelo, probablemente me pregunten: “¿Qué haces acá?”.
¿Cómo tomó el mundo de la moda la llegada de modelos como vos?
Hay una cuestión marketinera por la que la moda vende que cambió, que es inclusiva, y la realidad es que no. Todavía es lo mismo que conocimos, con algún que otro cambio muy mínimo que realmente no quieren realizar. Es tremendo sentir que te llaman porque ahora la causa vende, y te muestran para estar asociados con algo, pero en verdad no quieren trabajar con vos. Te convocan por compromiso, pero prefieren que no estés ahí, y te lo hacen notar.
¿De qué maneras?
Esperan que seas una gorda que no sabe cómo trabajar. Hago esto hace diez años, sé cómo hacerlo. Cuando me toca laburar con modelos flacas, ellas tienen 35 percheros, y yo con suerte uno, con un pantalón que esperemos que me entre y tres remerones, porque parece que es todo lo que puede vestir una gorda. Muchas veces debo llevarme mi propio vestuario y eso no le pasa a cualquier modelo clásica.
¿Por qué hay poca variedad de prendas en talles grandes?
La principal excusa es económica, que no se venden, que dan pérdida y que es imposible cubrir una diversidad amplia. Los que hacen talles son los emprendimientos pequeños, de la economía popular, que cuentan con menos posibilidades. Pibas que con una mano te contestan en Instagram y con la otra cosen una prenda. Realmente no hacer talles grandes no es una cuestión económica, es no querer hacerlos.
Militaste durante mucho tiempo por la ley nacional de talles, que se sancionó en 2019. ¿En qué punto está su aplicación?
En este momento estamos en la última etapa de un estudio que va a determinar el tamaño de los cuerpos argentinos. Si bien es federal, no va a todas las provincias, sino a conglomerados de cada región. Con una muestra de 15 mil personas es suficiente para realizar una tabla de medidas. Falta pasar por Entre Ríos, Salta y provincias de la Patagonia. En marzo de 2022 ya se podría empezar a trabajar en el proceso real.
¿Cuál es ese proceso?
Las marcas chicas, que laburan de colección en colección, van a poder aplicar la ley de una temporada a otra. Las más grandes trabajan dos o tres temporadas adelante, por lo que van a tener que adaptar sus talles y cambiar etiquetas dentro de lo que hayan producido. Probablemente se vea bien implementada en unos cuatro años.
¿La sociedad es más inclusiva gracias a leyes como esta?
Este es el inicio de un proceso que no arrancaba nunca y es un derecho que hemos conseguido los ciudadanos, porque esta es una ley que nace de la sociedad civil. Estamos en medio de un proceso de cambios que no sé si vamos a llegar a ver. Mi sueño es no tener que hablar más de esto porque quede obsoleto.
¿Sos optimista sobre si vas a poder cumplir ese sueño?
Si no creyera que las cosas pueden cambiar no sería activista, aunque a veces pienso que no nos merecemos nada. Pero a la vez te llegan mensajes de agradecimiento porque por algo que dijiste, ahora hay alguien que puede ir a una pileta en malla, algo que parece chiquito, pero para la vida de las personas es enorme. Ahí te das cuenta que todo lo que haces vale la pena.
Lo que empezó como una idea casi improvisada en la Patagonia se convirtió en un fenómeno de alcance masivo. Luego de la exitosa transmisión en streaming del cañón submarino Mar del Plata en el Atlántico Sur; en octubre de 2025, a Federico Agnolín le tocó liderar la primera transmisión en vivo de una excavación paleontológica en Argentina realizada en General Roca, provincia de Río Negro.
De esta investigación, en la tarde del 7 de octubre de 2025, protagonizó un momento histórico que unió la ciencia y la emoción de los espectadores. En vivo y con el equipo del Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados (LACEV) del Museo Argentino de Ciencias Naturales levantó de la arena un objeto ovalado: un huevo de dinosaurio perfectamente conservado durante más de 70 millones de años.
Angolín es paleontólogo, investigador del CONICET en el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”, autor del libro “Enciclopedia de los dinosaurios argentinos”; y hoy habla sobre financiamiento, visibilidad y lo que el público realmente quiere ver.
–¿Cuál dirías que es hoy el mayor desafío de un paleontólogo en Argentina?
–Tenemos dos grandes desafíos: el financiamiento y hacernos escuchar en el mundo. El primero siempre es el primer obstáculo. Aunque la paleontología es una ciencia relativamente barata que no requiere de maquinaria compleja, las campañas implican viajes a lugares remotos y eso tiene un costo alto.
El segundo es histórico y también tenemos nuestra cuota de responsabilidad. Nos ha pasado muchas veces de refutar hipótesis elaboradas desde el hemisferio norte y que no se nos tome en cuenta, o que se apropien de la idea sin citarnos. Pero a la vez sucede que, entre colegas, tampoco nos citamos como debiéramos. En el fondo, los dos desafíos se vinculan: la visibilidad le da crédito a la ciencia que hacemos.
Créditos: LACEV
–¿Qué implicó armar una expedición como esta, en medio de la Patagonia y con la presión de transmitirla en vivo?
–Fue realmente delirante. Nuestro equipo se había dividido en dos y nos habíamos quedado sin materiales para la campaña. El hecho de que se hiciera viral nos permitió conseguir no solo el dinero sino también todo el equipamiento: carpas y materiales necesarios gracias a las empresas que donaron los materiales.
–¿Cómo se viralizó?
–Una integrante del equipo, Julia D’Angelo, le comentó la idea a una influencer que había visitado el laboratorio. Cuando la influencer lo mencionó al aire, se viralizó de manera inmediata y ya no hubo manera de frenarlo. Fue un error virtuoso, porque si no, no sé si hubiéramos podido hacerlo.
–Nosotros venimos de una línea de paleontólogos que hacen divulgación, algo poco usual. Apostamos cada vez más a llegar a la gente y sabíamos que había que aprovechar las redes para hacerlo. Comenzamos con nuestros propios streams y, de a poco, fuimos construyendo una comunidad.
Cuando vimos la campaña del Falkor entendimos algo: una cámara enfocando el fondo del mar logró que la gente se interesara. Nos preguntamos por qué no podía pasar lo mismo en un desierto de la Patagonia.
–¿Hubo resistencia dentro del equipo para transmitir en vivo, sabiendo lo que pueden generar las redes?
–Sí, principalmente de los técnicos. Cuando estás extrayendo material podés partir un hueso al medio, incluso destruir algo sin recuperación posible. Esa exposición los preocupaba, pero es algo que pasa frecuentemente en la paleontología.
Personalmente, tampoco disfrutaba de la idea demasiado: cuando uno va al campo entra en otra dinámica, quiere buscar dinosaurios, no estar frente a una cámara. Pero, la demanda del público pesó más: decenas de miles de personas querían que lo hiciéramos por lo que asumimos la responsabilidad y lo hicimos. Tenemos una filosofía en el laboratorio: lo que hacemos tiene que intentar llegar a la gente.
–Cuando encontraron el huevo, ¿sintieron alivio? ¿Notaron si cargaban con la presión de demostrarle al público no científico que su trabajo vale?
–No exactamente. El lugar donde excavamos está lleno de huevos de otras especies ya conocidas, con muy bajo interés científico. El que mostramos en el stream sí tiene un gran interés: es de un dinosaurio carnívoro y posiblemente tenga embriones adentro; y por eso a alguien del equipo se le ocurrió mostrarlo al público.
No contábamos con el impacto que podía generar, pero, independientemente de su importancia científica, el hallazgo para el público fue algo maravilloso.
–¿Qué fue lo mejor y lo más difícil de que la ciencia llegara al público masivo?
–Lo más difícil fue la logística: cargar lo que equivale a un estudio de televisión en la espalda durante kilómetros, armarlo, excavar todo el día, desarmarlo y moverlo a otra locación solo para regresar al campamento a cocinar, escribir las notas de campo y atender a los medios. El esfuerzo físico fue muy grande.
Pero, lo más revelador, fue que los momentos donde más gente se conectaba era en los silencios: cuando no había relator y solo se escuchaban los picos, las palas, algún comentario suelto. La gente no quería el relato constante sino mirar tranquila y saber que en algún momento podía pasar algo. Eso no lo esperábamos.
–¿Qué esperaban conseguir con el streaming y sienten que lo lograron?
–Más divulgación, concientización, no solo sobre la paleontología sino del pensamiento científico en general. Que se conozca cómo se elabora la ciencia y cómo razonar científicamente. Dejar atrás la idea de que un paleontólogo es una especie de Indiana Jones que llega con un látigo y encuentra un dinosaurio.
Y, por otro lado, mostrar soberanía científica. Que, desde Argentina, existen buenos científicos que tienen voz y voto. No somos solo un país proveedor de materias primas, también construimos ciencia.
–¿Volverían a hacer algo así? ¿Notaron un antes y un después?
–Hay muchas ganas, pero hay dos factores que frenan. Uno es el esfuerzo físico: fue agotador y es difícil de sostener. El otro es la complejidad burocrática. Hubo momentos muy pesados que casi me llevan al burnout. Si se repite tiene que ser una decisión de todo el equipo y en otras condiciones.
Sobre el después: sí, lo notamos. El Falkor ya había cambiado la percepción social del CONICET; y nuestro stream se sumó a esa oleada. La visibilidad es la única herramienta que realmente cambia las cosas. Esperamos que cuando salgamos a reclamar la gente nos escuche, no importa el color político.
–¿Cómo fue la cobertura de los medios tradicionales comparada con la de las redes?
–Creo que llegan a públicos distintos. Hay algo interesante que decía (Martín) Caparrós: “En el momento de mayor tirada, los diarios representaban menos del 1% de la población”. Nunca fueron tan masivos como uno imagina. Hoy probablemente sea lo mismo. Los medios grandes nos cubrieron y eso tuvo su valor, pero el volumen real vino de las redes.
–¿Cuál dirías que será mañana el mayor desafío de los paleontólogos argentinos?
–Creo que siguen siendo los mismos de hoy. Pero hay algo en lo que vale la pena prestar atención: las redes no son lo único. La gente está buscando algo genuino, algo más tranquilo.
Un investigador puede convocar a miles de personas hablando de cómo el ARN codifica proteínas en un canal de streaming y nosotros lo vimos en el campo también. Los momentos de silencio eran los que más audiencia convocaban.
Lo mismo pasa con los chicos que conozco en el museo: al momento de elegir lo que les gusta no eligen la imagen en IA llamativa, eligen al dinosaurio de cuello largo pacífico bien dibujado, eligen crear sus propios libros de sapos. Hay que prestar más atención a eso.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Jugando en la calle, andando en bicicleta, metiéndose en terrenos baldíos, “haciendo lío”. Mirando películas de acción y de terror, creando sus propios personajes e historietas. Emulando ser Indiana Jones, venerando a los superhéroes de las películas que le fascinaban como Jason y Freddy. Así recuerda Demian Rugna su infancia en la zona oeste del conurbano bonaerense.
El director y guionista argentino oriundo de Haedo incursionó en el cine de horror de forma lúdica y desde pequeño, a una edad a la que probablemente la clasificación etaria lo excluiría de las salas. Amante de la lectura, jugaba a hacer películas, creaba monstruos, escenografías, sangre falsa: soñaba con ser escritor y director de cine. “Mis ambiciones eran hacer películas de terror y ese sueño de chiquito después se fue transformando en algo que pude hacer”, cuenta.
El pasado 15 de noviembre del 2025 participó en el Festival “Haedo, Capital Nacional del Terror”, encuentro que reivindica el rol de la localidad en el mundo del terror por haberse filmado allí las películas de “Plaga Zombie”, hoy consideradas de culto en el cine de terror clase B.
Rugna recuerda que tenía cierta facilidad de chico, por haber aprendido tanto jugando. Y que le salía intuitivamente, entonces aprovechó para hacer y aprender haciendo: “Y el hacer me llevó a superarme cada vez más. Empecé a darme cuenta de que con mis cortos de la universidad generaba cosas en el espectador, que en ese momento tal vez eran algunos amigos y familiares”.
El director cree que esa etapa fue crucial para “construir algo alrededor” de su propio nombre, “algo” que lo pudiera propulsar como director el día de mañana. Y así fue. El chico que se crió en el oeste jugando en la calle con sus amigos y dibujando las películas que veía en la televisión, construyó el profesional que es hoy.
La síntesis de esos años pareciera ser ideal, pero también estuvo marcada por varios grises y claroscuros. “No es tan fácil como lo cuento”, aclara Rugna, quien se fue desarrollando en una profesión que, por momentos, le resultó frustrante y lo tentó a soltar las riendas y pensar otras alternativas.
Luego de 15 años como director y tres largometrajes realizados que no lograban consolidarlo, llegó su cuarta película en 2017. “Aterrados” le explotó en la cara como una bomba justo cuando evaluaba abandonar la profesión.
“Aterrados” (2017).
-¿Por qué “Aterrados” tuvo el éxito que las otras películas no tuvieron?
-Fue el largometraje que me posicionó como un director de cine. Tuvo la buena fortuna de tener distribución y que llegue a la gente. Ya había llegado a un momento de hartazgo, de que no lograba ninguno de todos los objetivos que tenía. Más allá de que podía hacer las películas con muchísimo esfuerzo, no las veía nadie; y yo no me podía mostrar.
Entonces fue un momento bastante bajón de mi vida, de mi carrera, me replanteaba dejar de hacer cine. Y de repente explotó “Aterrados” y pasé de dejar de hacer cine, a estar en Hollywood trabajando en un remake y con el ganador del Oscar, Guillermo del Toro.
Si bien el proyecto hollywoodense quedó en pausa desde la pandemia, su cuarta película no dejó de abrir puertas. Es que contiene todos los elementos que cualquier amante del terror busca en el género: desapariciones misteriosas, muertos que regresan, voces extrañas, entes sobrenaturales. El largometraje de 2017 presenta eventos que se desarrollan en un tranquilo barrio de Buenos Aires, al cual acuden un policía, un investigador y personal especializado en eventos paranormales, con el fin de esclarecer el misterio.
El largometraje tuvo muy buena recepción por parte del público y recibió algunos premios (“Mejor actor” y “Mejor película” en el Buenos Aires Rojo Sangre “Mejor película” en Festival Montevideo Fantástico), pero fundamentalmente preparó el terreno para lo que estaba por venir: “Cuando acecha la maldad” (2023). “Una bomba mundial” según las propias palabras de su director, que nunca hubiese visto la luz si no fuese por su antecesora.
“Cuando acecha la maldad” (2023).
El film transcurre en un pueblo rural y remoto donde dos hermanos descubren la presencia de un “embichado”, un “encarnado”, un hombre infectado por el demonio. Ambos deben deshacerse de este vecino antes de que todo el pueblo caiga en desgracia, pero el mismísimo caos se desata.
Nuevamente, Rugna nos bombardea con monstruos, sangre, vísceras, y agrega superstición, leyenda, nigromancia. La película recibió numerosos premios, entre ellos el de “Mejor película” en el Festival de Sitges, el evento cinematográfico más importante de cine de terror y fantástico. De esta forma, se convirtió en la primera película latinoamericana en recibir este reconocimiento.
Primero con “Aterrados”, luego con “Cuando acecha la maldad”, Rugna demuestra que en Argentina se puede hacer cine de terror: bien hecho, que asuste, que funcione. El director reivindica el género de horror en el país, y abre una ventana para atraer a ese público un tanto reticente que no suele mirarlo.
-¿Cómo ves el cine de terror argentino?
-Lo veo super bien. Siempre se consideró al cine de nuestro país como uno de los mejores del mundo y, ahora puntualmente, el de terror está super bien visto. Por mi parte, tuve la suerte de meter dos películas al hilo que han puesto al cine de terror de nuestro país en una consideración muy importante afuera.
No solo fue el éxito de mis películas, sino que hace un tiempito que muchas se van metiendo en todos los festivales del mundo. Y, para los que se dedican al cine, en Argentina hay una meca del cine de terror, no solo por la calidad, sino por la cantidad también.
Por supuesto que ahora, con este Gobierno nacional, estamos pasando por una merma considerable de todos los géneros, todo lo que se fue logrando se está desvaneciendo.
“Cuando acecha la maldad” (2023).
***
La mayor parte de la película “Aterrados” se rodó en Ciudad Jardín Lomas del Palomar, partido de Tres de Febrero. Varias escenas de “Cuando acecha la maldad” se rodaron en Ciudad Evita (La Matanza) y Llavallol (Lomas de Zamora). Terror argentino, terror conurbano. Un terror cotidiano, palpable, tangible, que va desde lo paranormal en el interior de cualquier vivienda, a una leyenda popular que cobra vida en un campo rural: nuestras peores pesadillas se materializan.
-¿Qué buscas transmitir en tus películas?
–Soy bastante realista con los miedos. Miedo a la muerte, a lo desconocido, a sufrir, al dolor, a las enfermedades. Todos los tenemos. Y eso creo que es lo que a mí más cagazo me da.
Lo que busqué en estas películas es lo terrenal. Creo que parte de mi estilo es encontrarle un realismo, una verosimilitud a las situaciones; a no forzarlas, a que funcionen de forma orgánica. Pero, sobre todo, que haya un guión, una historia.
Lo que yo intento o busco es que no sientas que estás viendo una película, sino que estés inmerso en la historia. Y siempre desde un buen argumento, una buena historia, unos buenos diálogos, que creo es lo más importante que tiene que tener una película, sea del género que sea.
“Aterrados” (2017).
Miedo, buenos diálogos, buen argumento, buena historia: Rugna nos deleita con estos elementos en sus películas, elementos que el propio director encontró en “Martes 13: parte 3” (1980) y “El exorcista” (1976), dos de sus films predilectos; elementos que volvió a hallar en producciones más contemporáneas como “Bring Her Back” (2025) y Weapons (2025), y también en una que recuerda fue la última con la que sintió mucho miedo: la coreana “Ju-on” (2000). Y, como extra, recomienda ampliamente “Gokseong” (2016), de la misma nacionalidad.
Pero lo del director no es solo lo audiovisual. Si bien se está hablando de una posible secuela de “Cuando acecha la maldad”; se publicó el libro de “Aterrados”, basado en la película homónima, suceso que se suma a un productivo 2025.
–¿Qué se viene? ¿Qué más podemos esperar de tu universo?
-De lo que viene no tengo idea. Casi todos los días me despierto haciéndome esa misma pregunta. Tengo un montón de proyectos y sigo sumando, pero la dinámica del cine es muy compleja. A veces, para poder entenderla, siempre parece que estás por filmar y pasa algo que hace que se atrase o se cancele.
Por lo general, ya no digo más qué estoy haciendo; no por cábala, sino porque aprendí que las películas todo el tiempo se caen, y es un bajón después estar explicándole a todo el mundo qué sucede. Pero sí puedo decir que habrán tres o cuatro películas, muy pronto.
Obviamente que no voy a poder hacer las cuatro, haré una si tengo suerte. Son películas de terror; y una comedia negra dando vueltas también. Esperemos que pronto tenga alguna fecha para enfocarme en una. Pero igual, estoy en un millón de cosas.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Mauricio Benítez mide 1,68. Es morocho, de nariz ancha, pelo oscuro, barba apenas crecida. Tiene un cuerpo grandote, morrudo, de esos que imponen presencia. Recién termina de trabajar —hizo herrería, algo de pintura— y llega corriendo a su casa para la entrevista.
Como cada día, se levantó a las seis de la mañana, pero todavía le sobra energía. Se cambia rápido, pone la pava y prepara el mate. El agua tiene que estar hirviendo. Literalmente. Su sonrisa franca, sus dientes desparejos o ese modo de hablar que se le escapa entre risas cuando recuerda anécdotas son su marca registrada.
Como aquella vez en “El Suplente”, película de Diego Lerman en la que tuvo un pequeño papel como guardia de hospital, una señora se acercó a pedirle indicaciones creyendo que era personal de seguridad real. A él le divierte esta situación: “Eso es actuar bien”, dice con orgullo. Y no está tan lejos de la verdad: su cuerpo ya había llamado la atención de varios directores en papeles similares antes de conseguir el rol que, sin buscarlo, le cambiaría la vida.
Es que el joven de 38 años es insistente. Busca vida. Pero, sobre todo, es empático. “Yo tengo un medidor de emociones”, dice en un momento de la entrevista y con eso define mucho más que una frase. Habla de saberse medir frente al halago, pero también frente a lo que no le sale.
Puede reconocer cuando otro se quedó afuera. Como le pasó a Brian Maciel, “un pibito de 20 años, flaquito y rubio”, el actor que originalmente iba a interpretar al Teniente Moro en “El Eternauta”,la serie más vista en Netflix basada en la historieta de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López, y el personaje que finalmente quedó en manos de Mauricio. “Yo estaba contento, claro, pero un poco mal también. No era culpa mía, por edad y contextura física a último momento decidieron que daba más con el personaje, pero uno piensa en el otro”, recuerda.
Mauricio nació en 1988 bajo el signo de Escorpio, en el barrio de Gregorio Laferrere, en La Matanza. Aprendió a construir su historia sobre tres ejes: trabajo, fe y actuación. En ese orden, o en otro pero siempre entrelazados. Perdió a su papá y a un hermano antes de nacer, aunque la tragedia no se cortó ahí: cuando tenía 12 años, perdió a otro hermano más. En total, su madre tuvo 12 hijos: ocho mujeres y cuatro varones.
El dolor le pegó justo cuando entraba a la adolescencia. Podría haberse “ido por otro camino”, como se dice en su barrio pero eligió: cargar baldes, levantar paredes, pegar afiches, disfrazarse de pájaro azul en Liniers y volantear. Todo, mientras soñaba con actuar.
Tenía siete años cuando se subió por primera vez a un escenario improvisado, de la mano de la ONG Kiosco Juvenil. La organización ofrecía clases de teatro gratis en Laferrere, y hacía que los pibes y pibas practicaran frente a cámara para después cagarse de risa viéndose en la televisión. Por desgracia, no quedó ningún cassette de esa época. Todo era un juego, pero el bichito de la curiosidad por el escenario ya lo había picado.
Al año, los talleristas dejaron de ir. La madre de Mauricio recuerda el día en que él, con los ojos vidriosos, la miró y se animó a decirle que quería seguir haciendo teatro. Ella sufrió al explicarle que no podía llevarlo: no había ni tiempo ni dinero. Quedaba muy lejos. Mauricio lo evoca distinto: “Mi mamá me lo explicó con tanto amor, que yo lo acepté sin reproches. Nunca nos hizo faltar ni un plato de comida”.
A los 18, en 2006, la ONG seguía funcionando y él, que ya estaba por terminar la secundaria volvió. Era eso o trabajar. Terminó haciendo las dos cosas. Unos años después, le pidió al profesor que lo llevara hasta Morón y que lo acompañara a anotarse en la carrera de actor municipal. No se animaba a ir solo en tren y no tenía quien lo acompañara. El profesor le dijo que sí, lo llevó en su auto y ese viaje le cambió la vida.
Desde entonces no paró: cursos, talleres, escenarios. En 2013 se recibió como actor profesional en una escuela de San Justo. La actuación, que arrancó como un juego, se convirtió en una profesión que anhela ejercer de tiempo completo.
De lunes a viernes trabaja con su hermano en una empresa estatal que construye escuelas en el conurbano; él lo subcontrata. Mauricio hace pintura y se defiende con la herrería. Cuando tiene un casting o una nota, se toma el día o sale más temprano. “No cualquiera tiene esa suerte”, reconoce. Ese margen de libertad es clave para él, porque sabe que la construcción es un trampolín para seguir de pie. Pero lo que realmente quiere es vivir de la actuación, dedicarse solo a eso. Y repite casi como un mantra: “Si Dios quiere…”
La gente lo conoció por sus apariciones en “El Suplente”, “La 1-5-18”, “Maradona: Sueño bendito”; pero lo de “El Eternauta” fue otra cosa. Fue el salto o su entrada por la ventana. Se había preparado para otro papel —un operador con casi ninguna línea—, pero cuando el director Bruno Stagnaro lo miró, le dijo: “Vos vas a ser el Teniente Moro”.
Mauricio tenía 35 años en el 2023, el cuerpo firme, la voz potente. Daba con el personaje. Aprendió el guión en 20 minutos y terminó grabando 27 jornadas en lugar de tres. Stagnaro lo felicitó, aunque reconoce que se puso nervioso en una escena con Ricardo Darín. El mismo actor que hace de Juan Salvo lo tranquilizó y le sugirió que lo hiciera de otra manera. Y le funcionó. Cuando lo cuenta, se le nota en la cara el agradecimiento.
Celeste es su pareja actual y la madre de su última hija. Se conocen desde 2021, si bien ya se tenían de vista del barrio. Un día, Mauricio se animó a hablarle y así empezó su historia. Ella recuerda y relata con pausas esos días: “Me mandaba mensajes desde el rodaje, con fotos, con videos”. “Cuando conoció a Darín se le notaba la emoción. Estaba cumpliendo un sueño”, cuenta y sonríe al final de la frase.
“Yo fui feliz trabajando en ‘El Eternauta’, pero después entendí que la verdadera felicidad era poder comprarle cosas a mi mamá con los frutos de ese trabajo”, reflexiona el actor que vivió siempre con su madre. Bueno, hasta hace unos meses, que se mudó con su mujer.
Con su primer sueldo grande —$5.000.000 en tres meses, equivalente a 60 salarios mínimos de 2023— se compró un auto usado (al que se le fundió el motor en dos días), una moto 0 km, dos televisores, una heladera, una PlayStation y una máquina de coser para ella. Su mamá no tenía tele hacía tres meses: se le había quemado. Mientras deja la bombilla delante de sus labios, listo para tomar otro mate, cuenta orgulloso que su madre nunca pensó que alguien le iba a regalar un televisor. “Yo ya gané”, sentencia y se emociona. Se le llenan los ojos de lágrimas, ninguna llega a caer por la mejilla.
Hay una herida que Mauricio no nombra todo el tiempo, pero está. De chico fue tartamudo. Ahora, de grande, apenas se le nota. Cada tanto tropieza con una palabra. Su mamá le contó que, cuando tenía dos o tres años, después de un susto muy grande, se quedó un año sin hablar. “Me costaba mucho. Pero el teatro me curó”, dice sin vergüenza de exponer su punto débil. Y tiene razón porque cuando actúa, no tartamudea. Nunca lo llamaron para hacer de tartamudo, pero sí de guardia de hospital, de exjugador de fútbol, de teniente. Mauricio se transforma, habla y se hace escuchar. “Mucha gente me pregunta si soy tartamudo… y yo digo: sí o lo era, no sé. Capaz que todavía lo soy”, se ríe.
A Fabián Benítez, su amigo, coach y representante, lo conoció en un taller de actuación que brindaba en la Villa Zavaleta en 2016. Dice que, desde el primer encuentro, lo percibió como alguien distinto. “Mandado, entusiasta, sociable, predispuesto”, así lo describe. Mauricio había llegado al taller de Actores de Villa por curiosidad, se quedó por convicción. “Mauri” —como le dice siempre— “no va a ver qué onda. Va en serio. Tiene vocación, compromiso y hambre de aprender. Y de trabajar”, cuenta Fabián.
Él mismo fue quien lo preparó para castings, lo acompañó en escenas, lo vio crecer. “Le tocó algo lindo con ‘El Eternauta’ y eso le ayudó mucho con su confianza. Al principio no dimensionamos lo que era, después fue un shock hermoso para todos”, comparte con orgullo su representante que le consiguió el casting, y hasta él mismo tuvo un papel chiquito en la mega producción de Netflix. De Actores de Villa salieron los siguientes actores: Lucas D’Amario (Monzón), Diego Gallardo (El Marginal 5, Un Gallo para Esculapio y Santa Evita) y Mauricio.
Gracias a la exposición que supo aprovechar, Mauricio forma parte de cinco proyectos —en cine, televisión y publicidad— pero dice que selecciona “bien, ya no cualquier cosa”. La etapa del estudiante para él ya pasó. Aunque si hay que volver a volantear, volvería. “Pero ahora priorizo otras cosas: la familia, el tiempo, el contenido de los trabajos”, dice quien ahora puede elegir, aunque con un poco de miedo a que la gente piense que se la creyó.
Hoy viaja en tren y en bondi. Vendió el auto y la moto que se compró y, con la plata de “El Eternauta” está construyendo su casa con sus propias manos. Literal. Mientras tanto, sueña con que su hija recién nacida —la primera junto a Celeste— crezca viéndolo trabajar de actor. Él enfatiza que, aunque esté cansado, la bebé es su mayor motivación: le da fuerza para levantarse todos los días. Además de tener lo suyo, expresa: “Sueño con comprarle una casa a mi mamá. Que viva bien. Que esté. Ojalá me dure 20 años más”.
Es la primera vez que Celeste habla para un medio y se nota en su voz. “Mauricio es muy familiero. Ama a su mamá, la cuida. Es muy atento: siempre se fija si necesita algo, si está bien. Conmigo es igual”, dice y sigue: “Como actor admiro la perseverancia que tiene en cada trabajo. Empezó desde abajo, sin dejarse influenciar por nadie, siguiendo su corazón y su amor por lo actoral. ‘El Eternauta’ no cambió en su personalidad: sigue siendo el mismo”.
El chico de Laferrere no quiere ser famoso. Quiere trabajar, que lo llamen, que lo miren, que le dejen hacer lo que ama sin tener que dejar de ser quien es. Sabe que “El Eternauta” le abrió puertas por eso se anima a escribirle a cuanta persona tenga un programa en algún medio para que le den espacio para una entrevista. Tampoco duda en abrir las puertas de su casa —aunque esté en plena construcción y tenga que tapar los muebles con sábanas—.
Sabe que si se queda quieto, se enfría. Aunque el frío quizás no sea algo malo, eso lo tiene claro desde chico, desde que vio una entrevista a Charly García. “Charly dijo una vez que ser artista es cagarse de frío. Entonces yo soy un artista de la concha de la lora”, lanza sin reparo y entre risas mientras se toma el último mate, el que cierra la ronda… y también nuestra charla. Es la despedida.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.