María O’Donnell: “Hoy hay un periodismo más alarmado, que juega más al enojo y a generar emociones que a informar”
La periodista, escritora y politóloga habló con Éter digital sobre el nuevo periodismo, el presente político del país, su amor por San Lorenzo y su paso por Masterchef Celebrity.
La periodista, escritora y politóloga habló con ETERDigital sobre el nuevo periodismo, el presente político del país, su amor por San Lorenzo y su paso por Masterchef Celebrity.
María O’Donnell (51), la periodista que conduce el programa “De acá en más” en Urbana Play Argentina y es columnista política en “Perros de la calle”, cuenta que todos los días antes de entrar a trabajar repasa la agenda de lo que pasó en el día. Prepara su desayuno con las recetas que aprendió en MasterChef Celebrity, diseña paso a paso su salida al aire en vivo para tenerlo organizado en su cabeza, y de paso lee alguna noticia de su club San Lorenzo en el diario.
¿Qué creés que es lo más importante hoy para un periodista?
La honestidad, la templanza y no ponerse delante de la noticia. Salir de la tentación del periodismo gritón, indignado y que solo mira las cosas desde un punto de vista. Eso genera el tipo de audiencia que parece una hinchada.
¿Qué cosas cambiaron entre el periodismo de antes con respecto al actual?
Algunas cambiaron para bien y otras para mal. A mí no me asusta la idea de que en el periodismo estemos mucho más a mano de la crítica, ya que eso es lo que nos exige aún más compromiso con nuestro trabajo. Otra cosa que cambió es que hoy el periodista que en los 90 era como el fiscal impoluto y el dueño de la verdad ya no es así, ahora es el “barro” también y eso me parece mucho más interesante, porque el periodismo también tiene que rendir cuentas. Lo peligroso es que hoy hay un periodismo muy alarmado, que juega más al enojo y a generar emociones que a informar.
¿Cómo manejás las críticas que recibís?
Leo mucho las críticas. Si son insultos, lo bloqueo y cuando son temas muy difíciles salgo de las redes por algunos días. Lo que sí me molesta y me genera impotencia es cuando tergiversan algo, la mentira. Lo demás lo acepto, son consecuencias de mi trabajo.
¿De dónde viene tu amor por San Lorenzo?
Yo tengo cuatro hermanos, tres son más grandes que yo y todos son varones. Nací en una época en la que no era habitual tener un televisor. En mi caso si teníamos pero no elegía lo que se veía, por lo que me pasé toda la vida viendo deportes y crecí con eso. En casa, la mitad de la familia era de Racing y la otra mitad de San Lorenzo y si yo me hacía del ciclón quedamos tres y tres divididos, equilibré la relación de fuerzas.
¿Cómo ves el presente de San Lorenzo?
Es una situación muy dramática. Como lo institucional está muy mal eso se termina viendo reflejado en el equipo. Lo que nos está pasando es una desgracia, porque hay un club endeudado, fuera de todas las copas, con un proyecto trunco. Tuvimos 12 técnicos en tres años, no hubo continuidad de un proyecto, eso hipoteca a futuro y ahora se nos va a complicar el promedio.
¿Por qué decidiste entrar a MasterChef Celebrity?
Veía el programa con mi hija, a mí me gusta cocinar, me divierte y empezó como un chiste en el programa de radio, me decían: “María te acostaste tarde, ¿te quedaste viendo Masterchef Celebrity?”. Los productores escuchaban el programa y le llevaron la propuesta a Diego Guebel, el productor de televisión y él a Telefé.
¿Creés que participar en el programa impactó de alguna manera en tu carrera como periodista?
Me generó un conocimiento más amplio. Además es un programa de 20 puntos de rating, mucho más popular de lo que yo hago habitualmente, con una audiencia mucho mayor. A la vez hizo que los que me conocen como periodista me vean como persona.
En la Comisaría Quinta del barrio de Almagro, en la Ciudad de Buenos Aires, se hace el silencio cuando se escucha: “Soy la mamá de Graciela Susana Betker“. Nadie contesta. Se miran entre todos. ¿Quién se va a hacer cargo? Uno parece que está por hablar. Le pregunta: “¿Y usted cómo se enteró?”. En ese momento, Margarita pensó en contestarle: “¿A vos, ¿qué te importa?”. Pero no. Ella tenía que mantener la compostura, sino, no iba a saber nunca dónde estaba el cuerpo de su hija. Apretando los dientes, escupió: “Me avisó un vecino”.
Bajo esta tensión, y como si fuese un protocolo cualquiera, así se manejaron 5 policías soberbios, desentendidos, defensivos. Le dijeron a una madre que no había sido notificada por el hallazgo del cuerpo de su hija porque ella ya no vivía en el domicilio constatado en su DNI. El oficio judicial fue enviado y descartado. Si Margarita no recibía el llamado del compañero de su marido Miguel, esta sería otra historia…
Graciela Susana Betker estuvo desaparecida por la trata de personas durante un año. Tenía 17 años, había empezado a salir con un hombre 25 años mayor que ella. Ella era Susy para todo el mundo. Es el tatuaje que lleva Margarita Meira, su mamá, en su muñeca izquierda, en tinta negra, expandida, gruesa y clara: prendida en la piel.
—El fiscal no sabe que tiene que cotejar las huellas en el registro civil para averiguar la dirección y los padres de la chica que aparece muerta. Entonces, se da la orden de enterrarlas como NN. A mi Susy le iban a hacer lo mismo.
Yo no tenía nada ni nadie. La asesora tutelar de menores me decía: “Tiene 17 años y sabe lo que hace, no estamos para cuidarla”, yo le decía que no quería que me la cuide, quería que me la encuentre.
El despacho del equipo de abogadas de Madres de Víctimas de Trata se encuentra en pleno centro de la Ciudad, sobre Avenida de Mayo. Apenas está lista la cámara, trípode y luz, Margarita se tapa la remera blanca de estampado dorado para sombrearla con la pechera que lleva a todos lados, sin falta, y sin remedio: “MADRES VÍCTIMAS DE TRATA, DESAPARECIDAS PARA SER PROSTITUIDAS”. Letras grandes y claras. La palabra víctimas, en rojo. Un dibujo de una pequeña jaula justo debajo. Antes de poder apretar el botón de grabación, ya está hecho el nudo a sus costados, acomodado entre sus collares. Es como la capa de una superheroína. El pronunciamiento más fuerte. Es una acción similar a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo: antes de cada movilización, de cada entrevista, evento y juicio, aparece el pañuelo blanco.
Margarita era cercana a Norita Cortiñas, madre de Plaza de Mayo. Antes de morir, en 2024, le dijo a Marga: “Lo nuestro fue hace mucho tiempo y fue accionar del terrorismo de Estado, sabiendo qué hacían con nuestros hijos. Lo de ustedes está sucediendo ahora, en plena democracia. Tienen que marchar enfrente nuestro”.
Las Madres de Víctimas de Trata movilizan siempre con una barredora con las cientas de desaparecidas por el negocio macabro de la prostitución en nuestro país. En el año 2021, en el Encuentro Plurinacional de Mujeres en la provincia de Chaco, Marga estaba marchando junto a la mamá de una chica desaparecida.
—Yo quería que en la bandera de arrastre se ponga la foto de una piba desaparecida de esa provincia. Era una simple foto. Y me dijeron que eso ensuciaba la bandera. Me persiguieron entre 30 y me quisieron pegar. Que me peguen, que me rompan, ¿qué me van a hacer? nosotras no estábamos cometiendo un delito. ¿No saben lo que costó? ¿Quién está primero? ¿La foto de una chica buscada o una bandera?
Cuando una madre te cocina
Margarita ha logrado convertir el dolor en la búsqueda, el odio en la compasión, y el rechazo de diferentes sectores en este desinteresado acto de amor: la actual sede de Madres, ubicada en Buenos Aires, Constitución, funcionó desde el año 1989 como un comedor para combatir la pobreza del barrio, característica del contexto socio-político de la época, a fines del gobierno de Alfonsín. Marga aclara, puntualmente, que fue tras los saqueos a los supermercados en el año 1988, donde se desató el caos colectivo, y que fue fundado con la ayuda incondicional de su hija Susy.
Hasta el día de hoy, ella y otras madres cocinan para alimentar alrededor de 630 personas por día. Sobre la calle Ciudadela al 1200, se hace la fila eterna para una vianda al mediodía. Asimismo, en la casa conviven seis mujeres rescatadas de prostíbulos de Argentina. “Hoy hacemos de todo para que las chicas también puedan entretenerse. Estamos haciendo talleres de oficio como costura, velas artesanales, pedicura, manicura, todo lo que sea con salida laboral, así pueden tener un trabajo y un ingreso”, cuenta Margarita y amplía: “Yo vendí nuestro auto para alquilar esa casa mientras estábamos escondiéndonos de la dictadura, más o menos en el año 1981. Mi marido y yo éramos militantes peronistas. Nunca pensé que iba a quedarme toda la vida”.
Cuando Marga perdió su casa mientras buscaba a Susy, decidió instalarse definitivamente en la sede. “Me hice un entrepiso y ahí duermo yo. Pero me gustaría tener otro lugar, ya no tengo 20 años, ¿viste?, en ese lugar no hay intimidad, ni fiesta, ni reuniones. Hay víctimas de trata”. Entonces nombra a la única madre de desaparecida que la acompaña en la sede, Lucía. La identidad de su hija fue restituida a través de la búsqueda de Margarita, siempre al compás de su encargada de legales, la abogada Marcela Cano. Había sido enterrada como NN hacía 11 años atrás.
Cuando Margarita se encuentra en duda de alguna fecha, testimonio o nombre, Marcela la corrige, y le dice: “No Marga, así no fue. ¿Te acordás que lo hablamos hace poco?” y ella, casi vergonzosa, replica: “Sí, ya sabes que yo soy la ignorante de las dos”. Se admiran entre ellas, se cuidan. Marga es impulso, rescate e inmediatez. Marcela es estrategia, fluidez y certezas.
Matricularse legalmente en cada provincia cuesta 1 millón de pesos. Actualmente, Madres de Víctimas de Trata está asentado en 5, entre ellas se encuentra Chubut, Santa Fe, y Córdoba. Marcela cuenta que tuvo que vender 2 autos para matricularse en la última provincia para poder accionar en las causas judiciales, y para poder inaugurar el restorán “Che, Papusa”, cuyo objetivo principal es que las chicas sobrevivientes de la trata puedan efectivamente reinsertarse escalonadamente en la sociedad mediante el trabajo, juntas y acompañándose entre ellas.
El resto bar ubicado en Paraná 1500, centro de CABA, emplea a seis mujeres rescatadas. Marcela cuenta: “Este lugar era lúgubre, los vecinos se quejaban de las ratas, pero en menos de tres meses lo pusimos en valor y arrancamos sin sacarle la esencia del tango”, haciendo referencia a que en esa esquina Aníbal Troilo componía sus históricos temas. “Y vos ves que se gastan dinero en cualquier pavazo. Una ministra de género con 200 empleados y no nos recibió nunca. En 30 años no me recibió ningún presidente ni ningún funcionario”, suma Margarita.
Pero eso no fue ni es impedimento para una fundadora como ella. “Si no voy a llevar presos a los procesados, yo me quedo en mi casa disfrutando de los últimos años que me quedan. Yo no estoy para hacer propaganda. No me interesa”.
Cuando una madre te busca
—Yo fui testigo de un proxeneta para sacarle información.
En 2017, Marga se dirigió a la puerta de un prostíbulo muy reconocido de CABA, situación que quedó televisada por un medio periodístico cuyo nombre se reserva. Allí, un hombre estaba en la puerta custodiando la entrada. Al tiempo, ese mismo hombre fue desvinculado del boliche por aparecer su cara en la televisión pública, y contactó a Margarita para que fuera su testigo por juicio laboral. “Yo pensaba: ¿qué hago? ¿cuánta data le puedo sacar? el corazón se me salía del pecho. Y le dije que sí”, detalla. Allí empezó otra dura investigación encubierta que hasta el día de hoy sigue esperando justicia. En una conversación previa a una de las audiencias, Margarita le preguntó por qué habían matado a una chica en ese prostíbulo. Él le admitió: “No, eso no fue ahí. Eso lo hacíamos en otro lado…”
Cuando una madre lucha
Así como este caso, Meira atraviesa decenas por año. Le devuelve la identidad a las mujeres que el Estado le dio la espalda. “Hoy mantengo el comedor por las madres de las víctimas. Cuando a una le desaparece una hija, lo que más necesita es un plato de comida y un abogado. Y de eso, el Estado, no se encarga”.
“Acá la agenda es trabajar el abolicionismo y el feminismo en conjunto: ojalá un día se de la discusión como corresponde, y que el Estado prohíba lo que tiene que prohibir”, dice, pero se nota desilusionada. No cree que tenga un movimiento contundente que la respalde: “Esto va a cambiar si el pueblo se pone de pie. Porque movimientos sociales hay muchos, pero este es el único contra la trata. Mi sueño es tener un movimiento grande… pero ¿cómo?”, la pregunta queda en el aire rodando como un espiral. Marga se muestra decepcionada. Pero no abandona la lucha jamás, ni está en sus planes. De casualidad, charlando con esta cronista, cuenta que cumplió 76 años el 17 de octubre. No le es ajena la fecha. Se ríe irónicamente: “¿Qué fecha, no?”
El feminismo es de los movimientos más grandes que tiene este país, y el que más orgulloso provoca diariamente para las miles de mujeres en todo el territorio nacional que ponen el cuerpo a las luchas, a los comedores, en los barrios, en las escuelas, en la salud, en el trabajo, en la comunicación. En el abrazo a otras mujeres. En la creencia de la transversalidad de los derechos, en un formato de vida que no nos encuentre únicamente como víctimas, sino como verdaderos sujetos de derecho: pero, ¿cómo podemos aceptar que esos derechos son universales si hay una gran mayoría que no los posee? ¿cómo se acciona con la gran multitud de deudas de la democracia con tantas mujeres desaparecidas y asesinadas, refugiada por la complicidad impune de los propios miembros del Estado?
Es claro que para esas preguntas, hay un grupo de madres que entregan su cuerpo, su vida y sus propios derechos para conseguir las respuestas antes de que sea tarde. Hay una comunidad organizada. Hay una madre que la guía. Hay una Margarita.
Considera que tomar la decisión de transicionar implica el cuestionamiento de todo lo impuesto. Se piensa mucho en la persona que se quiere ser, como te querés llamar y ver, dónde y de qué querés vivir. “Qué deja unx cuando se va, siempre está dando vueltas”. Por ejemplo, en la comunidad del ballroom esa preocupación se materializa a través de reconocimientos como los títulos de leyenda o icon que se consiguen después de muchos años de entrenamiento. “Quiero que me recuerden como una persona que trabajó incansablemente por dejar un mundo mejor”, sentenció.
No lo dice con solemnidad sino con vitalidad, como quien apuesta por el deseo colectivo. Tiene algo con las madres. Más bien, con una idea de maternidad que trasciende a la biología. Desea deshacerse por un otro que la necesita, darle todo para colaborar en la construcción de una persona ajena basada en el amor. Por eso, no habita su comunidad con pasividad y a través de sus obras milita en contra de una existencia castigada por un entorno que parece ser cada día más hostil. Recuerda haber encontrado al ballroom hace aproximadamente tres años llegada hace poco a Buenos Aires en la búsqueda de un espacio de pertenencia.
La exploración de la feminidad por fuera de la estructura de cómo debe ser una mujer es un desafío. El anhelo por libertad no empezó en Buenos Aires. Caro nació en Neuquén, en 1999, donde recuerda disfrutar con libertad del pelo largo y los juegos con muñecas. Pero más tarde se mudó con su familia a un pueblo de Entre Ríos, en el que tuvo que aprender a moldear sus gestos a una identidad más acorde a la masculinidad que se esperaba. “No fue hasta que me vieron sufrir en el cuerpo que habitaba que decidieron intervenir”, le contó a Marlene Wayar sobre la reacción de sus papás que más tarde la acompañaron cuando inició su transición a los quince años.
Esa elaboración de su mundo íntimo podrá ser caótica, pero gracias al ballroom pudimos conocer el personaje en el que viene trabajando los últimos años, una versión propia hiper segura, carismática y sensual. La música se desvanece detrás de gritos eufóricos. Carolina se plantó sobre la tarima con sus manos firmes a la altura de la cintura. Presume un vestido de uva oscuro que recorre las curvas de su cuerpo hasta la altura de los tobillos donde arranca la caída de un tul dramático. Sus ojos azules recorren desafiantes a su público y en una exhibición de control levanta una chalina del mismo color de su vestido que flamea junto con su pelo rubio y ondulado.
El ballroom nació en Nueva York en los años 70, creado por personas racializadas, queer y trans que habían sido expulsadas de los concursos drag por el racismo y la exclusión. Son espacios de reconstrucción. En Buenos Aires, la escena comenzó alrededor de 2017. Las casas funcionan como redes afectivas y creativas: familias elegidas donde les hijes encuentran contención, guía y cuidado. Eso también es política. “Los lazos afectivos son la base desde donde tenemos que poner en práctica estas ideas para el mundo que soñamos”, explicó Susy Shock, una de las artistas que Carolina siempre menciona como referencia.
Las ideas transformadoras surgen de experiencias sensibles. Caro ya no forma parte de la House of Glorieta, su primera familia artística. Sin embargo, sostiene vínculos significativos que trascendieron cualquier performance. Sería audaz intentar hablar de su recorrido sin mencionar a Kenny Bell, fue su hermano y hoy es su mejor amigo. Para él fue clara la vocación de su amiga para identificar necesidades ajenas durante su paso compartido por Glorieta. No se limitó a urgencias económicas, su compañero destaca que su interés alcanzaba la falta de contención y nunca escaseaba la predisposición para intervenir.
El ejercicio de esta cualidad sucede fuera de los balls. Por ejemplo, Keny recuerda que fue ella la que se dio cuenta que una de sus compañeras no estaba pudiendo terminar el secundario, y notificó a las autoridades de la House. “Es re mamá”, admitió finalmente.
Esta urgencia por la responsabilidad es extensiva hacia la historia de su propia comunidad. Kenny no olvida haberla escuchado decir que puede que se esté acabando el mundo, pero mientras tanto, podemos sostener a los demás. Reconoce las barreras de la comprensión que complican el vínculo con generaciones de mujeres trans que estuvieron a niveles de riesgo alejados de los que se enfrentan nuevas generaciones aún marginadas. “Hay cuidar y proteger a las más grandes”, sostuvo la performer y “sobre todo bancar con la paciencia que haga falta”
Todo lo que hacemos es político, pero su arte es el medio que ella elige para la batalla. Sus obras rebosan de ideas que se materializan en su movimiento, en su baile, en su escritura. Sus primeros dos libros son el archivo de su experiencia y el cuerpo es una parte esencial de su narrativa, es un espacio de conflicto entre la intimidad y lo público, la mirada propia y la ajena. Carolina Unrein escribe contra el olvido. Su escritura articula memoria, deseo y pensamiento político, pero también una ética del cuidado: escribir no solo para hablar de sí, sino para abrir espacio a otras voces.
En 2019 publicó Pendeja: diario de una adolescente trans, una colección de fragmentos íntimos donde exploraba la furia y la ternura de ser. Un año después, en Fatal: una crónica trans, narró su experiencia antes, durante y después de la vaginoplastía: “Papá agarrándome de una mano y mamá de la otra. Éramos una pintura renacentista. Había vuelto a nacer.” En sus obras, habita la elección de contar y transformar la vulnerabilidad en relato. Cada frase y recuerdo, es una forma de recordar que están y que existen. Enfrenta con vitalidad un entorno social hostil.
No es que no la seduzca la plata o que no fantasee con viajar por el mundo, pero detesta lo que ella define como la idea ingenua del individualismo. Sobre la realidad de las travas y travos con los que comparte espacios explica: “No saben a qué hospital ir, son excluidxs por sus familias, les da miedo el hospital porque los van a discriminar, no tienen para comer, van a la zona roja y no pueden hacer ni siquiera un peso, no tienen para pagar el alquiler… es una constante lucha”.
Ignorar esa realidad, para ella, es un crimen. Por eso, el arte no es un lujo, sino una herramienta indispensable. Necesita del arte para lograr su humilde objetivo: “Cambiar el mundo”.
Eduardo Massa, de 57 años y oriundo de la ciudad de Cipolletti, Río Negro, recorre las rutas de nuestropaís en camión desde muy joven. Nos cuenta cómo es la vida del camionero, qué ganó y qué perdió a lo largo de todo su viaje.
Para él, la historia arranca con su papá que tenía “una debilidad” por los camiones, por el transporte. También en la exploración armando un camión “muy, muy viejo” enfrente de la casa de su abuela y con el cual salió a trabajar por primera vez. “Y a soñar con ser caminero y poder tener muchos caminos”, cuenta el transportista.
-¿Qué te motivó a elegir esta profesión?
-De chiquito vi camiones en mi casa y cuando venían las vacaciones de la escuela era viajar a Bahía Blanca donde tenemos gran parte de la familia, acompañándolo a mi papá. Yo me acostaba a dormir sobre un colchoncito, mi papá arrancaba el camión en la mañana y mi canción de cuna era el ruido de un motor. Creo que camionero se nace.
-¿Recordás cuál fue tu primer viaje?
-Terminaba la escuela y me subía con mi papá, con mi tío Mario y viajaba con los choferes de la empresa y ellos me hacían manejar. Llegando casi a los 17 años surgió un viaje de Allen a Santa Cruz, no recuerdo qué problema tuvo mi papá y arranqué con los choferes, así llegué manejando solo a Comodoro Rivadavia, esperé la carga y volví. Cuando llegué mi papá estaba muy enojado porque no tuve como avisarle pero bueno cuando le di la plata que había ganado porque me adelantaron el viaje, se le pasó.
-¿Cómo es un día típico cuando estás de viaje?
-Me levanto muy temprano, repaso todo el camión, me tomo unos mates, le voy a cargar los tanques de combustible, reviso todo y arranco muy temprano con poco tráfico.
-¿Qué cosas no pueden faltar en tu camión antes de salir a la ruta?
-Sábanas limpias, ropa, mate y termo.
-¿Qué piensa un camionero en tantas horas en compañía de la ruta?
–El camionero pasa tantas horas viajando que solo él sabe lo que pasa por su cabeza. Uno piensa en la familia, y en cómo estarán. Llora… soy un tipo que llora mucho, extraño mucho, pienso cómo puedo hacer algo mejor, cómo puedo ayudar a mis hijos y cuántos días me faltan para llegar a casa.
Créditos: Marcelo Manera / La Nación
-¿Podés compartir algún código que tengan entre choferes?
-El camino es una hermandad. Es durísimo lo que te voy a contar: hace un tiempo atrás, en el invierno, vuelca un camión en Chile y el chofer que venía atrás era el hermano de la vida, eran compañeros. Cuando va corriendo a auxiliarlo y ve que era el amigo y que no podía sacarlo, de la desaparición le dió un infarto. Fallecieron los dos.
Me tocó vivir una situación parecida: iba viajando por la Ruta 14 para Concepción del Uruguay, se abre un camión y cuando pasa la mitad de mi equipo se empieza a quedar dormido. Sacó el equipo lo más derecho que puedo para la banquina y cuando siento que la dirección le golpea se despierta y vuelve. Se agarraba la cabeza.
Cuando hablé con él me dijo: “Si no llego con la mercadería me echan”. La presión y la exigencia también nos hace cometer errores. En un viaje normal, el camión hace 1.000 kilómetros por día y el chofer puede descansar unas seis horas pero no siempre es así.
-¿Tuviste alguna situación peligrosa a lo largo de tu carrera?
-La única vez que me quedé dormido en la ruta, me despertó Dios. Me dió una oportunidad más y ahora veo que a lo largo de mi vida Dios ha sido la clave. El camión tiene sus riesgos.
-¿Cuál fue el tramo más largo que hiciste?
-Cuando me alejo del transporte de la familia, empiezo a trabajar en una empresa de carretones internacional y ahí me sale un viaje a Ushuaia en primavera. Viajamos y bajamos un barco muy grande de un equipo francés, lo dejamos y volvimos después un mes y medio con todas las máquinas. En la siguiente primavera, que ya estaba todo listo, estuvimos casi dos meses montando el equipo en la bahía San Sebastián.
Un camión transportando un barco por la Ruta 40. Créditos: Minuto Uno.
-¿Tenés una noción de los kilómetros recorridos en toda tu vida?
-Alguna vez hicimos una cuenta: eran como 99 veces el país, porque hubo una época en que hacíamos 25.000 kilómetros por mes.
-¿Qué considerás esencial para ser un buen caminero?
-Primero la pasión, porque uno se va de la casa y deja la familia. Es un trabajo muy sacrificado, yo tengo muchos cumpleaños, muchas fiestas familiares en las que no he estado. Pero bueno, es el trabajo que elegí y él es lo que me motivó a seguir adelante y también, ver bien a mi familia por esto.
-¿Cómo creés que impactó tu vida de caminero en tu familia o en tu vida personal?
-Realmente es durísimo porque uno está poco. Esto lo vas a escuchar en casi todos los testimonios de camioneros: te vas y no hablas con tus chicos por mucho tiempo, nunca los podés llevar a la escuela. Si bien, alguna que otra vez fui a un acto de jardín, esperábamos siempre las vacaciones para poder estar más tiempo juntos.
-¿Qué es lo que más disfrutás de tu trabajo?
-Conocer mucha gente, tengo muchos viajes, muchas anécdotas, el paisaje todo lo que encierra el camión y al trabajo, obvio.
-¿Cuál es el lugar más lindo al que te llevo el camión?
-A Brasil, donde me hizo ver lo lejos que estamos en lo que es transporte. El trato de la gente hacia el camionero, tiene prioridad para todo. Más lindo que mi país no hay, he recorrido mi país entero y Brasil es lindo pero yo a lo que me estoy refiriendo es a la experiencia de ver la diferencia que hay con Argentina con el tema de servicio en ruta para el chofer.
Créditos: Transporte Mundial
-¿Tenés alguna anécdota memorable o divertida que puedas contar?
-Muchísimas, pero me quedo con la gente, amigos llamándome para saber por dónde voy. Llegar y que estén esperándome una familia o dos reunidas con comida y una guitarra. En todas las provincias que fui me recibieron muy bien.
-¿Qué cambios percibís en el rubro en los últimos años?
-Ahora aprenden a manejar en un simulador y yo creo que falta acompañar y aprender desde la experiencia en ruta. A mí me dijeron: “Cuando sepas cebar un buen mate vas a manejar”. Hay que dejar el celular, los auriculares, ir con los vidrios bajos y escuchar los distintos ruidos del camión para empezar a entenderlo.
-¿Qué consejo le darías a alguien que quiere arrancar en esta profesión?
-Que busque la capacitación y después el sueldo.
-¿Qué sueño o meta te falta alcanzar en esta profesión?
-Ahora estoy en un nuevo proyecto y veo que les falta experiencia a los chicos; entonces trato y busco transmitir lo que aprendí en tantos años.
-¿Qué valores y/o enseñanzas te dió viajar?
-La responsabilidad, la vocación de servicio, la importancia de la palabra que es más que un documento. Si un camionero te dice que va a llegar con la carga quedate tranquilo que va a llegar.
-¿Qué crees que va a pasar cuando te bajes del camión?
-No sé. Por ahora no lo extraño porque estoy entre camiones, capaz que llegado el momento voy a tener que hacer un viaje. La vida me lleva hoy al lugar donde yo arranqué, pero del lado de la capacitación.
Así que hoy me siento feliz. Primero porque ahora estoy empezando a tener tiempo para estar en mi casa; y segundo porque puedo seguir haciendo lo que me gusta, lo que nací haciendo.
-Si tuvieras que volver a tus 17 años, ¿volverías a elegir esta profesión?
-De hacerlo en las mismas condiciones, sí. En caso de que tuviera la familia que tuve y ver con la pasión que viajaban en los camiones, el entorno de las carreras de moto.
Yo me crié en una familia muy fierrera y el que nace en una familia fierrera termina siendo fierrero. Y, generalmente, si estudia elige algo relacionado con el tema.
-¿Qué es lo más valioso que pensás que te dio la carrera?
-Ser quien soy. (Se emociona).
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.