La Selección derrotó 3-0 (uno de Lautaro y dos de Messi) al elenco centroamericano en el primer amistoso que disputó en Estados Unidos.
Con gol de Lautaro Martínez y doblete de Lionel Messi, Argentina superó holgadamente su primera parada en el Hard Rock Stadium de Miami. La Albiceleste se mostró muy superior al conjunto hondureño y marcó esa diferencia a los 15 minutos del primer tiempo, luego de que el Toro Martínez conectó un certero pase de Alejandro “Papu” Gómez debajo del arco. En el cierre de la primera mitad, Santos le cometió penal a Lo Celso y Messi convirtió el gol para ir al descanso con una diferencia de dos goles.
La segunda etapa siguió en la misma línea que la misma primera. Honduras no pateó al arco, Argentina mantuvo el dominio del partido y a los 23 minutos, el capitán selló la goleada con una excelente definición desde la medialuna del área, tras un buen robo de Enzo Fernández.
Luego, el propio Messi le puso tranquilidad a los hinchas en cuanto a las expectativas de Qatar 2022: “Nosotros estamos igual que la gente, con mucha ansiedad de que llegue, pero el Mundial es especial y hay que ir paso a paso”.
Enzo Fernández, quien tuvo su debut en la Selección, expresó su felicidad tras el partido: “Estoy en un presente muy lindo de mi vida, disfrutando a full”. En cuanto a las posibilidades de ir al Mundial se mostró esperanzado al manifestar: “Este es un lindo grupo que se disfruta día a día, creo que el entrenador me dio la oportunidad de mostrarme hoy y después él decidirá la lista final. Yo vengo a aportar mi granito de arena y hacer lo mejor posible para poder estar”. Para finalizar declaró su felicidad por cumplir uno de sus sueños: “Poder jugar con Messi es una felicidad enorme, un sueño cumplido. Ya el año pasado lo venía pensando y ahora tuve la oportunidad. Lo disfruté mucho”.
“Si quiero yo te hago desaparecer y nadie se entera”. La frase, cargada de una violencia estatal impune, no fue dirigida a un civil secuestrado en una sala de tortura, sino al mejor arquero del mundo en una oficina de la Ciudad de Buenos Aires. El interlocutor era el Almirante Carlos Alberto Lacoste, el hombre que manejaba el fútbol bajo la bota militar. Ubaldo Matildo Fillol, el Pato, estaba allí para discutir su contrato con River en 1979. Lacoste sacó un arma reglamentaria y la puso sobre el escritorio. Más tarde, Fillol comprendió que sus voladas milagrosas contra Holanda ya no lo protegían del delirio de poder de quienes se creían dueños de la vida y la muerte. Esa anécdota, que Fillol tardó años en procesar públicamente, es el reverso oscuro de una carrera deportiva que no tiene comparación en la historia del arco argentino.
Nacido en San Miguel del Monte en 1950, Ubaldo Matildo Fillol llegó a ser un arquero profesional no convencional. Cuando atajaba, sus piernas parecían impulsadas por resortes. Se formó en Quilmes, club en el que debutó en 1969 en Primera, y rápidamente pasó a Racing, en el cual su leyenda empezó a gestarse. Finalmente fue River el lugar en el que Fillol alcanzó la dimensión de leyenda. Bajo los tres palos del histórico Monumental, el Pato se consagró como un maestro de su puesto, aún con la presión de la herencia que había dejado Amadeo Carrizo. Introdujo la técnica de achicar espacios basándose en la intuición y la velocidad de reacción más que en la estática. Sus reflejos eran sobrenaturales. No volaba por el aire para la foto, volaba porque era la única forma de llegar a pelotas que otros daban por perdidas. Con River ganó varios títulos, se convirtió en el muro infranqueable de una de las décadas más importantes del club, y se ganó el respeto universal de arqueros y delanteros que veían en él a un gigante imbatible.
Su participación en los Mundiales es un capítulo aparte. Si bien estuvo en Alemania 1974, fue en Argentina 1978 cuando tocó el cielo con las manos. Su actuación en ese torneo fue una exhibición de perfección técnica y templanza psicológica. Atravesó momentos increíbles, tales como el penal atajado al polaco Kazimierz Deyna en Rosario y su seguridad brindada en el 0 a 0 ante los brasileños en el mismo Gigante de Arroyito. En la final contra Holanda, sus intervenciones fueron las que permitieron que la Albiceleste llegara al tiempo suplementario con vida. Fillol no solamente atajaba pelotas. Atajaba la desesperación de un equipo que jugaba bajo una presión política y social asfixiante, ya que el país estaba gobernado por la Junta Militar. Años después, volvería a ser clave en las eliminatorias para México 1986, con aquella atajada agónica contra Perú en la cancha de River, que le dio la clasificación a la Argentina de Bilardo y Maradona, aunque luego, por decisiones que todavía hoy generan debate, quedó afuera de la lista final que viajaría a México.
La vida de Fillol fuera de la cancha siempre fue la de un hombre de principios firmes. Su paso por el Flamengo de Brasil y su experiencia en el Atlético de Madrid demostró que su talento no conocía fronteras. Al regresar al país, fue figura en el Racing campeón de la Supercopa 1988. Se retiró en Vélez de manera cinematográfica: le atajó un penal a River en la última fecha, lo que le quitó la posibilidad de salir campeón al club de Núñez. Esa tarde de diciembre del 90 todos los medios gráficos lo calificaron con 10 puntos. Así, demostró un profesionalismo inquebrantable hasta el último minuto de su carrera. Sin embargo, su mayor atajada llegó con la madurez y la democracia. Fillol se convirtió en uno de los referentes deportivos más comprometidos con la memoria histórica. Su cercanía con las Abuelas de Plaza de Mayo y su decisión de contar lo que vivió con Lacoste fue un acto que da cuenta de los valores que defiende.
A 50 años del Golpe de Estado de 1976 y en vísperas de un nuevo Mundial, la figura de Fillol se agiganta. Ya no es sólo el futbolista que usaba el buzo verde número 5 y hacía atajadas épicas. Es el hombre que, habiendo alcanzado la gloria en 1978, se animó a bajar a las profundidades de la historia argentina para decir que el fútbol no fue cómplice, sino un rehén más. Su legado es una mezcla de excelencia deportiva y coraje cívico. El Pato Fillol será recordado por ser el guardián de un arco mucho más importante, el de la identidad de un pueblo que celebra a sus ídolos no solamente por lo que hicieron con la pelota dentro de un campo de juego, sino por cómo se plantaron ante la vida cuando las luces del estadio se apagaron y apareció la sombra de la dictadura.
Hoy, Fillol se mantiene activo a través de su ciclo de charlas “El abrazo del alma” en Instagram, y con su eventual presencia en eventos deportivos. Además, en un acto que refuerza su compromiso con los valores, se encuentra finalizando sus estudios secundarios, con el objetivo de motivar a los jóvenes a que no abandonen su formación académica. “Quiero terminar el estudio, siendo muy pequeño lo abandoné. Ojalá tenga tantos seguidores como los tuve atajando”, confesó hace algunos meses en sus redes sociales.
Volvió como vuelven los que no aceptan el final: sin pedir permiso, desafiando al pasado y a su propio cuerpo. A comienzos de los años noventa, Diego Maradona regresó a la Selección Argentina después de atravesar sanciones, escándalos y una vida que parecía ir siempre al límite. No era un regreso más. Era, en muchos sentidos, el último intento de reconciliarse con su propia leyenda.
El contexto no era sencillo. El fútbol había cambiado, el ritmo era otro y él ya no era el joven indomable de México 86. Pero había algo que permanecía intacto, su voluntad. Para reconstruirse, eligió alejarse del ruido. En la inmensidad de la llanura argentina, lejos de los flashes y las urgencias mediáticas, encontró el espacio ideal para empezar de nuevo. Allí, en La Pampa, junto al preparador físico Fernando Signorini, a quien había conocido de su época en Barcelona, comenzó un proceso tan exigente como íntimo.
Las jornadas eran largas, repetitivas, casi austeras. Caminos de tierra y viento constante. No había lujos ni concesiones. Signorini diseñó un plan que apuntaba no solo a recuperar el físico, sino también a ordenar hábitos, a reconstruir una rutina que durante años había sido caótica. Maradona aceptó el desafío. Corrió, sufrió, se exigió como pocas veces. Cada entrenamiento era una pelea contra el desgaste, pero también una forma de reencontrarse con el jugador que había sido.
Cuando regresó a la Selección para el repechaje frente a Australia (post 0-5 ante Colombia, al que vivió desde la platea del Monumental junto a Claudia), su sola presencia transformó el clima. El periodista Enrique Halac, que cubrió para una radio el Mundial, recordó: “Diego no era el de antes. Aunque había trabajado en el campo, no estaba en plenitud física. Sin embargo, era Maradona: con solo estar, te emocionaba”.
El destino y el esfuerzo lo llevaron al Mundial de 1994. En Argentina el clima alrededor de la Selección era especial: después de un fin de eliminatoria con golpes, críticas y dudas, volvía la ilusión. El regreso de Diego había cambiado el ánimo del país. En las calles, en los bares y en cada programa deportivo se hablaba de una Selección que recuperaba a su líder justo a tiempo. Muchos creían que Argentina volvía a ser candidata. No solo por el peso histórico de la camiseta, sino porque el equipo mezclaba experiencia, talento y la presencia de un Maradona que parecía dispuesto a desafiar cualquier pronóstico.
Esa esperanza se había construido desde mucho antes del Mundial. La clasificación había sido sufrida y obligó a Argentina a disputar un repechaje decisivo frente a Australia. El empate en Sídney dejó la serie abierta y cargada de tensión. Antes de subir al avión para regresar desde Australia, un periodista le preguntó a Maradona cómo veía la revancha. Diego, fiel a su estilo desafiante y seguro, respondió con una frase que quedó grabada en la memoria futbolera: “Argentinos, saquen pasajes que nos vamos al Mundial”.
En Buenos Aires, el partido de vuelta se vivió como una final anticipada: un país entero paralizado frente al televisor, consciente de que quedarse afuera del Mundial hubiera significado un golpe histórico. Argentina ganó 1-0 en el Estadio Monumental y selló el pase con alivio más que con festejo. Aquella clasificación reforzó todavía más la figura de Maradona: para muchos, su regreso había salvado a la Selección en el momento más crítico.
Ya en Estados Unidos, el debut frente a Grecia dejó una de las imágenes más icónicas de su carrera: el gol y ese grito desbordado frente a la cámara, con los ojos encendidos, como si quisiera decirle al mundo que todavía estaba vivo futbolísticamente. Argentina jugaba bien, goleaba y transmitía una sensación que hacía tiempo no generaba: la de ser un equipo capaz de pelear seriamente por el título.
Sin embargo, toda la ilusión que rodeaba a la Selección cambió de golpe en cuestión de minutos. Después del triunfo ante Nigeria, ocurrió una de las escenas más impactantes de la historia de los Mundiales. Una enfermera ingresó al campo y tomó del brazo a Diego para llevarlo al control antidoping. El Diez salió sonriendo, casi sin imaginar que esa caminata terminaría convirtiéndose en una imagen eterna y dolorosa para el fútbol argentino.
Días después llegó la confirmación del resultado positivo y el golpe fue devastador. Argentina quedó conmocionada: no sólo perdía a su capitán en plena Copa del mundo, sino también la ilusión de volver a pelear por el título con él como bandera. El regreso de Maradona terminaba de la manera más inesperada y cruel.
En Boston, Diego brindó una conferencia de prensa cargada de emoción y bronca. Frente a las cámaras de canal 13, entrevistado por Adrián Paenza, lanzó una frase que quedó marcada para siempre en la memoria colectiva argentina: “Me cortaron las piernas, argentinos”. Aquellas palabras resumían el sentimiento de un país entero, que veía cómo el Mundial se les escapaba.
Sin embargo, Enrique Halac tenía otra mirada sobre ese momento: “Para mí, esa frase fue una confesión de lo que había hecho. Ahí sentí una gran desilusión, porque todos queríamos seguir creyendo en Maradona”.
Aun así, el paso de Diego por Estados Unidos 1994 quedó grabado para siempre. Fue el regreso del ídolo que ilusionó otra vez a millones de argentinos, aunque también el final más doloroso de su historia con la Selección.
Brasil en 2002 se consagró campeón, en parte, por su talento ofensivo, pero la línea de cinco defensores fue una de las claves, al tener tres centrales fijos los laterales brasileños (Cafú y Roberto Carlos) pasaban al ataque con mucha libertad sabiendo que tenían cobertura. Normalmente usaban un 3-4-1-2, los cuatro mediocampistas cubrían el ancho de la cancha, en ataque el enganche y los dos delanteros le daban juego interior, juego aéreo y mucha descarga de espalda con los puntas. La defensa se escalonaba para recuperar la pelota; los dos stoppers podían salir de la línea defensiva ya que el líbero Edmilson quedaba atrás barriendo el espacio a sus espaldas. A partir que recuperaban con el bloque defensivo a altura media o baja buscaban transiciones rápidas con los dos carrileros, los dos puntas y el enganche que bajaba a armar el contraataque.
Italia en 2006 ganó el mundial con su famoso “Catenaccio”. El orden defensivo era prioridad, usaba un 4-4-1-1 que cambiaba a un 4-2-3-1 para juntar más las líneas para que no le puedan filtrar pases por dentro. El mediocampista Andrea Pirlo fue el cerebro del equipo, encargado de manejar la pelota y el ritmo de juego desde la zona de creación. Recuperar la pelota era una tarea colectiva, todos corrían y se sacrificaban para recuperarla en la mitad de la cancha, un equipo muy ordenado tácticamente. Aprovecharon mucho la pelota parada y los contraataques para hacer goles.
España en 2010 se caracterizó por usar el tiki taka, un sistema 4-3-3 o 4-5-1 en el que se defendía teniendo la pelota, no era sólo posesión de pelota, sino que se juntaban los cinco mediocampistas (Iniesta, Xavi, Xavi Alonso, Cesc Fabregas y Busquets) alrededor de la pelota e iban así avanzando y limpiando a los rivales, en ataque David Villa era clave para desmarcarse con su velocidad hacia posiciones profundas.
Alemania en 2014 fue una topadora mundial, usaban un 4-2-3-1 con un bloque compacto y presión asfixiante los alemanes generaban muchas chances de gol por partido, si la presión fallaba esperaban en la mitad, los centrales salían lejos para cortar avances y Neuer fue clave porque jugaba casi como líbero a pesar de ser el arquero. Luego de recuperar, movían rápidamente la pelota con Kross o Schweinsteiger y los laterales subían por los costados, como falso se paraba Muller o Klose que se movían mucho y triangulaban con el equipo.+
Francia en 2018 usaba un bloque medio-bajo 4-2-3-1 o 4-4-2 para aprovechar la velocidad de Mbappe y Dembele, Giroud era clave para aguantar la pelota de espalda y descargar a los puntas que volaban hacia el ataque. N’Golo Kanté y Paul Pogba fueron el motor del equipo. Kanté se encargaba de recuperar y presionar, mientras que Pogba aportaba equilibrio, quite y pases largos para iniciar las transiciones rápidas. En tres cuartos la pelota la manejaba Antoine Griezmann que aprovechaba los rebotes de Giroud para organizar el ataque.
Argentina en 2022 usó muchas formaciones para obtener la pelota, 4-4-2, 4-3-3, 5-3-2, 4-2-3-1, fue algo muy pragmático ya que Scaloni acomodaba el equipo en base a cómo atacaba cada rival, la presión alta fue importante para generar chances de gol en campo rival, Julián Álvarez, Lautaro Martínez, Mac Allister, De Paul, Enzo Fernández, todos ellos presionaban muy agresivo para darle la pelota a Messi (quien acompañaba tímidamente en la presión para estar fresco para atacar) y a partir de ahí atacar las espaldas de los rivales, aprovechando el buen pie de todos los mediocampistas.
Como conclusión podemos notar que, a pesar de la línea de cinco defensores de Brasil en 2002, luego de ese mundial la línea de cuatro se impuso por su versatilidad y simpleza táctica, adaptándose según los delanteros y mediocampistas que podía imponer el rival en la ofensiva.